Entre el 6 y el 16 del pasado mes de octubre, la ciudad costera de Sitges volvió a convertirse durante diez días en el epicentro mundial del cine fantástico, con la celebración de la 44 edición del Festival Internacional de Cinema Fantástic de Catalunya – SITGES. Un año más, el festival catalán sirvió para tomar el pulso a la última hornada de producción genérica, gracias al centenar largo de títulos proyectados en sus cuatro sedes y repartidos entre sus diferentes secciones. Así, pudo comprobarse la auténtica edad de oro en la que se encuentra instalado el cine fantástico español, presente en la exportación de talentos a las principales industrias mundiales, la repercusión que las propuestas autóctonas están obteniendo más allá de nuestras fronteras, o el excelente estado de salud del que goza, cuantitativamente hablando, la producción patria; la eclosión que de un tiempo a esta parte vienen experimentando las filmografías escandinavas, tras años alejadas del género; el imparable auge de la tecnología 3-D; la postulación de la temática vampírica como sustituta natural de la cada vez más moribunda moda zombi; o una nueva demostración de aquella máxima que habla del reflejo que en el cine fantástico tienen los temores del ser humano en épocas de crisis, representada por la preponderancia de propuestas que, quizás por aquello de las profecías mayas, giraron en torno a la idea del fin del mundo, desde diferentes ópticas y estilos. Todos estos y otros temas son puestos de relieve a lo largo del siguiente muestrario, formado por algunos de los títulos más representativos de cuantos pudieron verse durante el pasado Sitges. Como suele decirse en estos casos, no están todos los que son, pero sí que son todos las que están.
RED STATE (Kevin Smith, 2011)

El jurado de la sección principal “Oficial Fantástic”, formado por los cineastas Juan Antonio Bayona, Richard Stanley, Ryoo Sening-Wan, el crítico Quim Casas y la actriz Lisa Marie, resolvió conceder el premio a la mejor película a Red State, sorprendente cambio de rumbo de Kevin Smith, con el que el norteamericano ha conseguido ofrecer su mejor versión tras unos años un tanto perdido. Dicho reconocimiento, no obstante, levantaría cierta polémica entre los periodistas especializados, que acusaron a la ganadora de falta de coherencia narrativa y profundización en las diferentes críticas enunciadas a lo largo de su metraje. Una queja bastante discutible, ya que, tras estos supuestos defectos se esconden algunos de los aspectos más interesantes que atesora la cinta, si bien haya que reconocer que requiere de un necesario esfuerzo por parte del espectador para entrar en el juego que plantea. Así, esa falta de tono y de profundización en su discurso a la que aluden sus detractores es, en realidad, el fruto de una sorprendente habilidad para la mezcla de géneros, que abarca desde el terror a la sátira, pasando por el policíaco o la comedia, dentro de una narración urgente que, siguiendo el modelo instaurado por Hitchcock en Psicosis, va rotando su protagonismo a medida que avanza la trama; significativamente, cada uno de estos cambios se corresponde con las tres partes en que se divide su historia y que, a su vez, conectan con los otros tantos temas denunciados en esta incisiva radiografía de los traumas de la sociedad estadounidense post 11-S: la manipulación informativa, el fanatismo religioso y el terrorismo de Estado. Además del destinado a la mejor película, Red State también acapararía el galardón al mejor actor, gracias a la sobresaliente interpretación que Michael Parks hace del desquiciado patriarca de la secta de integristas cristianos sobre la que pivota el relato, bien secundado por un, como siempre, inmenso John Goodman.
ATTACK THE BLOCK (Joe Cornish, 2011)

A pesar del reconocimiento a Red State como mejor película de la selección oficial, la gran triunfadora de esta edición fue Attack the Block. Así lo avalarían los premios de la crítica, del público y el especial del jurado, además del de mejor banda sonora, con el que regresaría a su Gran Bretaña natal este film auspiciado por los productores de Zombies party y Arma fatal -no en vano, uno de sus papeles secundarios corre por cuenta de Nick Frost- , y enmarcado dentro de cierta rama del último cine fantástico realizado en aquellas latitudes, encabezada por títulos como Eden Lake, Cherry Tree Lane o, en menor medida, The Children. Con ellos comparte su preocupación por la falta de valores que aqueja a la juventud británica actual, aunque lo haga de muy diferente modo. Frente al posicionamiento crítico de los ejemplos referidos, la cinta del debutante Joe Cornish aboga por una visión optimista, convirtiendo en héroes de su historia a un grupo de pandilleros que decidirán hacer frente a la invasión alienígena que se cierne sobre el bloque residencial en el que viven, situado en los suburbios de Londres. Solo la simpleza y superficialidad con la que es formulado su discurso subyacente, así como la falta de sutileza con la que este es puesto en imágenes -el evidente simbolismo de ese plano del protagonista colgado de la fachada del edificio, sujeto únicamente por una bandera británica que sobresale de uno de los balcones cual mano amiga-, evitan unos resultados aún mas satisfactorios por parte de este entretenidísimo producto de ritmo trepidante, en el que muchos han querido ver un heredero espiritual de la mítica Amblin.
THE YELLOW SEA (Na Hong-jin, 2011)

Siguiendo con la lista de ganadores, el premio al mejor director iría a parar al surcoreano Na Hong-jin por el que ha supuesto su segundo largometraje, The Yellow Sea. Tras su excelente opera prima The Chaser, vista en este mismo marco hace ahora tres años, Na Hong-jin consigue superarse a sí mismo con este espectacular thriller sobre un taxista que decide asesinar a un hombre para conseguir el dinero que le permita cruzar la frontera y buscar a su mujer. Con casi dos horas y media de metraje, esta trepidante cinta de acción se pasa en una sentada, haciendo vibrar con cada uno de sus fotogramas. Con infinidad de persecuciones (las mejores las que se hacen a pie, corriendo), cuchillazos y hachazos, como espectador uno no puede hacer otra cosa que pasárselo en grande con las desventuras de nuestro protagonista y aplaudir con las orejas cada aparición del malo malísimo, Kim Jun-seok, sin lugar a dudas lo mejor de la película. Soberbia.
THE DIVIDE (Xavier Gens, 2011)

Como no podía ser de otro forma, la profusión de cintas de temática apocalíptica tendría su reflejo en el palmarés final de este año. Así, mientras que Brit Marling era considerada la mejor actriz por su trabajo en Another Earth, la alemana Hell se llevaba el galardón destinado a la mejor fotografía. La lista la completaría The Divide, segundo proyecto norteamericano del francés Xavier Gens, si bien en coproducción con Alemania y Canadá, el cual sería recompensado por sus efectos de maquillaje. Con la paranoia post 11-S como telón de fondo, su armazón argumental está construido sobre la arquetípica situación limite por la que un variopinto grupo de desconocidos se ve obligado a cohabitar en un emplazamiento cerrado sin posibilidad de escape, y de cómo la convivencia y las relaciones de poder establecidas entre los diferentes personajes acabarán dinamitando el frágil equilibrio en el que se sustenta el microcosmos formado. En fin, nada que a estas alturas no se haya visto cientos de veces en la gran pantalla, pero que es encarado por el director de Frontiere(s) con convicción y buen pulso narrativo, solo solventado por un final algo dilatado. Mención aparte merece el sacrificado trabajo de su elenco interpretativo, en su loable pretensión de reflejar las progresivas secuelas físicas y mentales que el alargado encierro provoca en los distintos personajes.
THE WOMAN (Lucky McKee, 2011)

La vuelta al género de Lucky McKee tras cinco años alejados del mismo con el alegato feminista o, más bien antimachista, The Woman, se saldó con una de las propuestas más sugestivas de todo el festival. Valiéndose del mito del niño salvaje, McKee articula una especie de cuento perverso que no es sino una brillante metáfora acerca del papel asignado a la mujer en el aún vigente modelo patriarcal y, por extensión, de la hipocresía de la sociedad de las apariencias en la que vivimos y el American Way of Life. Como en toda fábula que se precie, no falta su parte de moraleja con un estallido final de la violencia que servirá como catarsis a siglos de marginación y sometimiento al sexo femenino, en uno de los desenlaces más demoledores y sin concesiones de los últimos tiempos, al que solo cabe reprochar cierto giro de guion un tanto forzado y del todo innecesario. En el reparto encontramos a Angela Bettis, a quien ya habíamos visto en la ópera prima de McKee, la interesante May, pero la que está para morirse es la mujer, la “woman” del título, Pollyanna McIntosh, que sin tener una sola línea de diálogo consigue crear un personaje totalmente rompedor. Una lástima que no consiguiera el premio a la mejor actriz.
GUILTY OF ROMANCE (Sion Sono, 2011)

Que a nadie le quepa la menor duda de que Sion Sono es uno de los directores nipones más estimulantes del panorama actual; ahí están sus dos recientes obras maestras Love Exposure y Cold Fish para atestiguarlo. Es por ello que había ganas de comprobar lo que podía deparar su última película, Guilty of Romance, una especie de thriller erótico narrado a base de flashbacks en torno a unos escabrosos asesinatos, por medio de los que se cuenta la historia de una mujer sumisa, casta y servicial llamada Izumi, que un buen día decide aventurarse en un espiral de sexo degradante y guarro, a la vista de que con su marido – un importante escritor de novela romántica -, a lo único a lo que ha llegado en lo que al sexo se refiere es a tocarle (un poco) el pene. De ese modo, Izumi se adentra en el mundo del cine porno y la prostitución, donde conocerá a un violento personaje y a una estrafalaria prostituta que la conducirán por un terreno peligroso que, como sabemos, desembocará en trágicos acontecimientos. Como siempre, Sion Sono consigue mezclar en una misma película diferentes géneros como el erotismo (enfermizo), el thriller (escabroso), la comedia (negra) y el drama (reflexivo), consiguiendo una de sus películas más personales e inquietantes. Una auténtica virguería que, sin superar sus dos referidos trabajos, supone un paso más allá en la filmografía del director japonés.
INVASION OF ALIEN BIKINI (Oh Young-doo, 2011)

Pocas esperanzas había puestas en esta película que, sin embargo, sorprendió gratamente. Tales precauciones se debían, por qué negarlo, a las connotaciones que guardaba su título, y que hacían presagiar una especie de reactualización en clave gamberra del típico cine de ciencia ficción de serie B que durante los años cincuenta practicaran gente como Roger Corman. Y aunque en el fondo algo de ello hay, su propuesta es totalmente diferente. Invasion of Alien Bikini cuenta la historia de un bigotudo vigilante urbano que se enfrentará con un grupo de maleantes con tal de defender a una bella damisela. Tras salvarla de sus asaltantes, el tipo del bigote, un hombre que ha hecho unos rigurosos votos de castidad, invitará a la muchacha a su casa, donde la cosa se pondrá dura cuando se descubra que la chica en cuestión resulte ser una extraterrestre que necesita quedarse encinta esa misma noche. Lejos de lo que pudiera pensarse en un principio, el resultado es un cóctel bien potente en el que se entremezcla el humor socarrón, el erotismo soft e incluso unas buenas escenas de artes marciales.
MICROLORZE: A LOVE STORY (Yoshimasa Ishibashi, 2011)

Para bien o para mal, Microlorze: a Love Story no dejó indiferente a nadie. Construida a base de historias independientes e inconexas entre sí con el amor como tema principal, este film cuenta con una de las mejores puestas en escena que se recuerden -véase esa épica secuencia en la que un trágico samurai va liquidando a cámara lenta a toda una legión de espadachines-. Para ello, Ishibashi hace gala de un humor de lo más absurdo y de una fotografía estrafalaria y colorista que consigue mantener la atención del espectador. Divertida y extravagante a partes iguales, la única pega de este delirio que, insistimos, atrapa visualmente, es el regusto de vacuidad que deja su visionado.
BELLFLOWER (Evan Glodell, 2011)

Si Jean-Luc Godard realizó con éxito un relato futurista ambientado en un entorno cotidiano en su emblemática Lemmy contra Alphaville, aquí el debutante Evan Glodell escribe, dirige y protagoniza un drama apocalíptico en unos parajes totalmente reconocibles y actuales. La bella fotografía de Joel Hodge consigue hacer creíble esta historia de (des)amor que alcanza el nivel de autodestrucción necesario para una película apocalíptica, sin que por ello tengamos que ver bombas atómicas o batallas entre clanes por conseguir algo de agua o petróleo o lo que sea. Woodrow y Aiden, un par de amigos obsesionados por la saga Mad Max para más señas, se están preparando para el fin del mundo. Por ello deciden construir un lanzallamas y comprarse un coche con la inscripción “Medusa” en el lateral. Por otro lado, Woodrow ha conocido a una muchacha llamada Milly, de la que se ha enamorado perdidamente y con la que pronto inicia una relación. Y ahí, ahí es donde empieza el verdadero Apocalipsis; un Apocalipsis sentimental que acabará afectando por igual a todos los personajes involucrados.
EXTRATERRESTRE (Nacho Vigalondo, 2011)
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Con tan solo dos largometrajes en su haber, Nacho Vigalondo no solo ha demostrado ser uno de los mejores directores de España (y del mundo), sino ser también todo un especialista en contar historias mínimas y con pocos recursos. Cinco actores, un apartamento y una invasión extraterrestre como telón de fondo le bastan a Vigalondo para rizar el rizo y perpetrar una de las comedias románticas más divertidas, originales y conmovedoras nunca vista. Michelle Jenner, Carlos Areces, Julián Villagrán y Miguel Noguera están soberbios (aunque, quizás, Areces se limite a hacer un poco lo de siempre), pero el que lo borda es el también “muchachado” Raúl Cimas, encarnando al novio psicótico y tontorrón de la Jenner. Unapequeña obra maestra que nos debería enorgullecer a todos y en la que incluso no falta un guiño final a Los cronocrímenes, en lo que va camino de convertirse, si no al tiempo, en un rasgo de autoría equiparable a “los austrohúngaros” de Berlanga. Esperemos que, al contrario que ocurriera con su predecesora, su estreno en salas comerciales españolas no se haga de rogar.
LIVIDE (Alexandre Bustillo & Julien Maury, 2011)

Sin lugar a dudas, la gran decepción de la edición de este año fue Livide, el esperado segundo trabajo del tándem formado por Julien Maury y Alexandre Bustillo, quienes hace cuatro años sorprendieran a propios y extraños con A l’interieur, su aclamado (y supravalorado) debut en el medio. Volviendo a demostrar su facilidad para la creación de atmósferas, Maury y Bustillo sustituyen en Livide la truculencia gore que les diera fama y nombre por una vena poética que, a decir verdad, no hace más que amplificar los importantes defectos que arrojaba su primera obra, empezando por sus carencias como narradores. De este modo, las muchas licencias argumentales que se daban en su predecesora son transformadas en un libreto sin pies ni cabeza; un batiburrillo de ideas mal digeridas y peor planteadas en las que tan pronto se trata de establecer un discurso sobre las relaciones paternofiliales como se intenta adoptar una visión novedosa del mito vampírico. Todo parece valer para la pareja de directores franceses con tal de conseguir el impacto visual en el espectador, aunque ello implique sacrificar cualquier vestigio de coherencia argumental en su relato. Y es que, a pesar de lo alejados que pudieran parecer sus planteamientos en un principio, en el fondo tanto Livide como A l’interieur son más de lo mismo; en ambos casos, todo se reduce a un vacuo ejercicio estético-efectista, al que en esta ocasión se le une, además, una molesta pátina de pretenciosidad heredada de su impostado tono lírico.
KILL LIST (Ben Wheatley, 2011)

Desconcertante. Quizás sea esa la palabra que mejor definiría a esta producción británica. A pesar de tener un tono enfermizo que va in crescendo, un protagonista que es un excombatiente de la guerra de Irak (un soberbio Neil Maskell), y el acierto de presentarlo como un hombre con problemas para reintegrarse de nuevo en la sociedad, acentuados por la crisis familiar que sufre, el conjunto puede dejar descolocado a más de uno. Una lista, sí, de eso se trata. Aquí nuestro protagonista, junto a un antiguo compañero de batalla – Michael Smiley, otro que está que se lo bebe -, son contratados para matar a una serie de personas entre los que se encuentran un cura y una panda de pedófilos. Después, y he aquí lo desconcertante, o lo bueno del film según se mire, Kill List da un giro de 180º y nos adentra en un auténtico infierno en el que nuestros dos aniquiladores se las tendrán que ver con una extraña secta. La escena de las cloacas en la que la pareja de asesinos a sueldo son perseguidos por unos feligreses suicidas, que parecen recién salidos de El hombre de mimbre o del mismísimo infierno, es realmente angustiosa y pone los pelos de punta, pero te deja algo fuera de lugar. Aún así, lo auténticamente terrorífico de la película se encuentra en la propia casa del protagonista. Una cinta que, sin tener nada que ver con ella, tiene ciertos ecos con la polémica A Serbian Film del año pasado, al focalizar su conflicto de base en la tensión derivada de la difícil conciliación del singular trabajo del protagonista con un entorno familiar tradicional.
THE INNKEEPERS (Ti West, 2011)

Una de las películas que fue injustamente abucheada. Injustamente, sí. Estamos de acuerdo en que le cuesta arrancar y que si lo consideramos un film de miedo o de casas encantadas, se queda a la mitad (o ni siquiera llega al tercio). Sin ir más lejos, en The Inkeepers los sustos, las apariciones, el rollo duro en todo su esplendor, no se dan hasta los últimos quince minutos, mientras que Insidious, una película con la que ha sido comparada, despilfarra estos momentos por doquier con unos resultados cuanto menos superiores. Sin embargo, el gran logro de Ti West es el haber conseguido hacer una gran cinta con apenas unos pocos escenarios y un plantel de actores reducidísimos. Lo importante de The Inkeepers no son los sustos, sino la vibrante, divertida y triste relación que nace entre los encargados del hotel. Sin apenas explicarnos demasiado y contarnos una ñoña historia de amor entre amigos que “se gustan”, West logra tocar los palos necesarios para que todo cobre sentido, mostrando que cosas tan importantes como expresar nuestros sentimientos nos pueden salvar la vida. Insistimos, una pequeña gran película.
NEW KIDS TURBO (Steffen Haars & Flip van der Kuil, 2010)

Incluida dentro de la maratón llamada “La nit + freak”, New Kids Turbo supuso todo una bocanada de aire fresco para el respetable… y de risas, claro. Tirando de mucha mala baba, humor de ese que tildan como políticamente incorrecto y un poco de cultura de “tunning”, esta cinta holandesa fue la fiesta que todo el mundo necesitaba. Con la crisis mundial como telón de fondo, New Kids Turbo nos cuenta la historia de cinco energúmenos que plantan cara al gobierno con un rotundo “ya no pago más”. A raíz de esta decisión el grupo de colgados vivirá un sinfín de situaciones, en las que se meterán en líos con la policía, pedirán dinero prestado a Peter Aerts – luchador de K-1 profesional -, matarán a Jody Bernal, o comprarán armas a un dulce viejecito nazi, entre otras muchas locuras. Al parecer, el origen de la película está en New Kids, una serie del canal Comedy Central de los Países Bajos ideada por las descerebradas mentes de Steffen Haars y Flip van der Kuil, a su vez co-protagonistas de la cinta. Pero es que, además, ya preparan una suculenta secuela llamada New Kids Nitro en la que se podrán ver incluso zombis.
MONSTER BRAWL (Jesse T. Cook, 2011)

Dentro de la misma maratón llegó la segunda decepción del festival. Y es que, dentro de su bizarría, a más de uno nos atraía la idea de un torneo de lucha libre entre los monstruos clásicos del cine de terror. Que si la Cosadel Pantano, que si la “witch bitch” (bruja zorra), que si la vampira, que si el cíclope, que si el monstruo de Frankenstein, el zombi y el hombre lobo… El problema está en el que la propuesta de la película se reduce a básicamente eso, sin que medie mayor hilo argumental, ni haya un ápice del humor y desparpajo que se le supondría por su argumento. Por el contrario, su director, el canadiense Jesse T. Cook se limita a filmar sin demasiado entusiasmo, dicho sea de paso, un programa de pressing catch con monstruos que entretener, lo que se dice entretener, no lo hace demasiado. Para colmo de males, su falta de un desenlace al uso deja la puerta abierta a una segunda parte. Una sensación que parece confirmar el hecho de que no luchen todos los monstruos anunciados y, sobre todo, ese “permanezcan atentos a sus pantallas” con el que finaliza. Esperemos que en el hipotético de que llegue a materializare esta secuela, sus responsables aprendan de sus errores y subsanen los muchos problemas de la presente.
JUAN DE LOS MUERTOS (Alejandro Brugués, 2011)

Juan de los Muertos aterrizaba en Sitges con el cartel de ser la primera película cubana de zombis de la historia. A priori, todo parecía indicar que se trataba de uno de esos casos que suelen darse (y en escenarios como el de Sitges, abundar) en los grandes festivales: el de aquellos films cuya presencia parece estar justificada por el exotismo de su procedencia, en lugar de por las posibles cualidades cinematográficas que pudiera albergar su propuesta y que, por regla general, suelen ser tirando a nulas. Por suerte, la segunda película de Alejandro Brugués escapa de esta máxima, brindando una obra que, aunque irregular en su conjunto, resulta al menos estimable y valiente. Y lo es por la irónica forma, no exenta de ternura, con la que retrata el día a día con el que tienen que enfrentarse para sobrevivir los habitantes de la isla, personificados en su personaje protagonista, Juan, un delincuente de poca monta que combatirá y sacará provecho de una extraña epidemia que provoca que los cadáveres vuelvan a la vida en las calles de La Habana. Menos conseguida, en cambio, se antoja su parte de comedia, en la que intenta equiparse sin éxito a ciertos referentes anglosajones, con Zombies Party a la cabeza, por medio de un humor facilón y de brocha gorda, que solo consigue descollar en muy contados momentos.
DRIVE (Nicolas Winding Ref, 2011)

Un especialista de cine que hace las veces de mecánico y conductor en algunos atracos verá su vida cambiar con la llegada de Irene, una vecina que debe hacerse cargo de su hijo en solitario, ya que su marido permanece encerrado en prisión. Rápidamente la relación entre ambos se va estrechando pero se estropea cuando el esposo es puesto en libertad y pone en peligro la vida de su familia. Nuestro héroe anónimo, pues, se verá forzado a mediar en el asunto y ayudará a sus vecinos a deshacerse de los mafiosos que les persiguen. Detrás de esta breve y, ¿por qué no decirlo?, poco original sinopsis, se encierra una de las películas más sorprendentes y mejor realizadas de la presente edición. El danés Winding Ref, que ya dio muestras de su buen hacer con la excelente y particular Bronson - filme que buscaba encumbrar la figura de uno de los criminales más peligrosos de Gran Bretaña -, nos propone con Drive una vuelta de tuerca al anti-héroe de los filmes de coches de los setenta y ochenta, vistos en títulos como Carretera asfaltada en dos direcciones, Punto límite cero o Driver. De este modo, el protagonista, un individuo sin nombre, tímido y bonachón hasta lo insoportable, es presentado en un principio como el hombre al que toda mujer desearía y la figura paternal de un niño sin padre. Pero tras esa apariencia tan idílica se encierra uno de los (súper) anti-héroes más sensacionales de la historia; y es que, no por menos, Ref consigue asombrarnos con una película que es capaz de colarnos una escena de ultraviolencia después de otra romántica hasta la extenuación.
TROLL HUNTER (André Ovredal, 2010)

En sus últimas ediciones, el Festival de Sitges ha venido siendo testigo de la eclosión del cine fantástico procedente de la fría Escandinavia. La sueca Déjame entrar de Tomas Alfredson en 2008 abriría una senda por la que posteriormente han transitado títulos como la noruega Zombis nazis o la finlandesa Rare Exports, ganadora el año pasado de los premios destinados a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Fotografía. A todas ellas se les sumó en esta edición Troll Hunter, la cual, curiosamente, coincide con Rare Exports en la utilización de una figura popular de la mitología escandinava en un entorno realista como base de una propuesta, denunciando del mismo modo mediante su empleo la corrompida forma en que estos elementos del folclore autóctono han pasado a formar parte del imaginario colectivo global – en este sentido resulta de lo más revelador el que los monstruos de Troll Hunter puedan detectar por su olor a los que identifican como sus enemigos naturales, los cristianos, en lo que supone una implícita acusación contra los responsables de la desaparición de una parte muy importante de la cultura pagana de aquellas tierras -. No obstante, todos los posibles parecidos entre una y otra acaban aquí, ya que estilísticamente Troll Hunter apuesta por un formato de falso documental, en el que se nos pone tras la pista del último cazador de troles. Precisamente, lo más destacado del conjunto se encuentra en su novedoso empleo, o al menos, poco visto, de un subgénero a estas alturas tan trillado y sobreexplotado como es el mockumentary (también conocido como found footage), gracias a una hábil combinación de los consabidos momentos de tensión con unos sorprendentes toques de humor negro. Al positivo bagaje final de la cinta, cabe también añadirle el clima de suspense creado por su director, gracias a su apuesta por no mostrar claramente el aspecto de los troles hasta bien avanzado el metraje, limitándose hasta ese momento a planos rápidos y desenfocados de las criaturas, que, en cierta manera, emparentan su realización con uno de los ejemplos más aplaudidos de su especie, la norteamericana Monstruoso; una decisión que, al contrario de lo que suele ser norma, no tiene nada que ver ni con la posible calidad del diseño de los troles, ni con la de los efectos especiales utilizados para darles vida, pese a contar con un modesto presupuesto de poco más de dos millones y medios de euros.
SAINT (Dick Maas, 2010)

Troll Hunter no sería la única que recordó a la gran triunfadora del año pasado. En la misma situación se encontraría Saint, película que desde su inclusión en la programación fue señalada por muchos como una especie de sucedáneo de aquella. Una comparación que se revelaría aún más oportuna una vez concluida su proyección, al descubrir que no solo compartía con ella un argumento similar, sino que también sus planteamientos cinematográficos eran muy parecidos. Así, si Rare Exports indagaba en la verdadera raíz antropológica de Papá Noel, esta producción holandesa hace lo propio con San Nicolás, su equivalente en la tierra de los tulipanes, si bien sin base histórica alguna. En ambos casos ello se refleja en un relato que bascula entre el cine de terror y el de aventuras, bajo una narración que remite a ciertos títulos ochenteros hoy de culto como Gremlins o Los Goonies. La diferencia está en que mientras que en Rare Exports tal circunstancia era consecuencia directa de la adopción / emulación / reproducción / reinvención de un modelo ajeno, en Saint se antoja como algo más genuino y natural, debido a la identidad de su director, Dick Maas, responsable hace tres décadas de dos mini clásicos del cine de genero europeo de la época: El ascensor y Amsterdamned: misterio en los canales. Ello no quita para que la presente quede muy por debajo de los logros de su ilustre predecesora, algo que, por otra parte, se encuentra en consonancia con sus modestas pretensiones de producto de consumo. Un objetivo que a fe que consigue, aportando de paso hallazgos visuales de la fuerza iconográfica de esa estampa del diabólico San Nicolás rompiendo la fría y neblinosa noche holandesa a lomos de su caballo blanco.
KILLER JOE (William Friedkin, 2011)

Englobada en la última maratón del sábado como “filme sorpresa”, Killer Joe fue otra de esas “mejores películas del festival”. Y es que con una historia negrísima, un humor enfermizo y unas interpretaciones que quitan el hipo, William Friedkin ha vuelto por la puerta grande. Matthew McConaughey, ¿quién nos lo iba a decir?, está inconmensurable como el letal asesino (y policía corrupto) contratado por Emile Hirsch para liquidar a su madre y cobrar el dinero del seguro. El problema está en que el personaje de Hirsch es miembro de una familia de lo más amoral y decadente; una panda de paletos formada por su padre, su madrastra y su hermana pequeña de doce años que servirá de billete de intercambio para pagar los servicios de Joe. Polémica, malsana, negrísima y, cómo no, divertida, Killer Joe está llamada a ser una de las películas del año, ni que sea por la estremecedora felación que Gina Gershon le hace a un muslito de pollo.
LOBOS DE ARGA (Juan Martínez Moreno, 2011)

Realizada en el periodo histórico mas fecundo industrialmente hablando que se recuerde del cine fantástico en España, Lobos de Arga se inscribe en el que durante muchos años fuera el principal y prácticamente único bastión con el que contó el género dentro de nuestras fronteras: la comedia terrorífica. Un estilo tradicionalmente sobreexplotado por parodias al estilo de las protagonizadas por Abbott y Costello durante los años cuarenta y puestas al servicio del artista de turno, pero, también, de títulos de la valía de El día de la bestia, o, a un nivel inferior, la reivindicable Un vampiro para dos de Pedro Lazaga. Afortunadamente, la película escrita y dirigida por Juan Martínez Moreno se encuentra más cercana a este último grupo que al primero, pese a su evidente naturaleza de producto de consumo. Y es que, al igual que ocurriera en los dos títulos referidos, gran parte de su mérito reside en formular su propuesta adaptándola a la idiosincrasia española. Así, no es difícil definir su contenido como un cruce de caminos entre Un hombre lobo americano en Londres y Matías, juez de línea, tomando de la norteamericana su conocimiento y respeto por el género fantástico, y de la cinta dirigida por “La Cuadrilla” el protagonismo coral y la ubicación de su marco geográfico en un recóndito pueblo de Galicia (por no hablar de la análoga presencia del gran Manuel Manquiña en un papel con no pocas similitudes), aprovechando de este modo el clima mágico y de superchería que tradicionalmente se ha asociado a la tierra de las meigas, en lo que se antoja como el mayor acierto de todo el conjunto. El buen hacer de su elenco interpretativo, encabezado por los televisivos Gorka Otxoa, Carlos Areces y Secun dela Rosa, y unos efectos especiales artesanales la mar de competentes para lo que suele ser habitual en este tipo de cintas, se bastan y se sobra para cumplir con creces el mínimo exigible, a pesar de lo muy cuesta arriba que en ocasiones se lo pone el desigual libreto de Martínez Moreno. El resultado es un entretenimiento bastante digno que, si bien queda lejos de hacer historia, tiene todos los ingredientes para triunfar en taquilla a poco que sea dirigida al público adecuado. La buena respuesta con la que fue recibida en Sitges y su posterior triunfo enla Semana de Terror y Cine Fantástico de San Sebastián son dos buenas pistas de por dónde van los tiros…
EL CALLEJÓN (Antonio Trashorras, 2011)

Entre los muchos debuts de nuevos realizadores españoles albergados por esta edición de Sitges, uno de los más esperados era el protagonizado por el hasta ahora crítico y guionista Antonio Trashorras con El callejón. En su debut en el medio, el madrileño se descuelga con una historia que, a decir de sus características formales, parece escapada de las míticas Historias para no dormir y, por ende, de tantas otras series televisivas dedicadas al misterio. Cuatro personajes, un solitario emplazamiento y el consabido golpe de efecto final destinado a poner patas arriba todo lo hasta entonces visto conforman los cimientos de una propuesta que, a pesar de los atractivos que sobre el papel pudiera presentar su planteamiento de base -la imposibilidad de una joven de llegar a casa, encerrada en una lavandería situada a escasos metros de su domicilio-, navega entre los cauces del ridículo y el desastre, bien sea por sus poco creíbles giros narrativos, sus modos televisivos, su discutible dirección de actores, o por un look visual que reproduce la estética sixty en su versión más hortera, tal y como ejemplifica la cansina presencia de pantallas partidas a lo largo de su montaje, cuya inclusión, huelga decirlo, obedece antes a un antojo formal que a cualquier tipo de necesidad narrativa. Y ahí es donde radica el principal problema de El callejón; en su poco disimulado intento por dar cabida al mayor número de referencias por él admiradas, Trashorras abandona cualquier atisbo de autocrítica, sacrificando la coherencia y verosimilitud interna de la cinta al forro de sus caprichos. Ni su corta duración, ni los guiños destinados a los seguidores del género, pueden así compensar los muchos defectos que a todos los niveles atesora un trabajo con el que su novel cineasta da claras muestras de lo mucho que aún le queda por aprender dentro del oficio.
ON VAMPYRES AND OTHER SYMPTOMS (Celia Novis, 2011)

Dentro de la atractiva programación ofrecida por Brigadoon, el espacio alternativo y de acceso gratuito de Sitges, destacó su cuidada selección de documentales. El misteri de Fassman, de Sebastián D’Arbó, la completa panorámica al nuevo cine fantástico español ofrecida por The Terror Group de la francesa Joanne Belluco, o Roma fantastica, último trabajo hasta la fecha del Premio Nosferatu de este año, Luigi Cozzi, se contaron entre los ejemplos más interesantes de cuantos se pudiron ver en el edificio Miramar, sede de la sección. Pero si hubo un título que destacara por encima del resto, este fue On Vampyres and other Symptoms, en el que la barcelonesa Celia Novis explora la figura de uno de los cineastas malditos por excelencia de nuestra cinematografía: José Ramón Larraz. Fraguado durante el homenaje que el Festival le tributara a este hace ahora dos años, el documental se aparta del típico biopic al uso para articular una (de)construcción de la personalidad de su protagonista a muy diferentes niveles. Para tal fin, On Vampyres and other Symptoms se vale de los comentarios e ideas que el propio Larraz lanza a cámara, estableciendo un apasionante juego metalingüístico entre el autor y su obra, en el que una a una van siendo desgranadas las claves para entender el cómo y el porqué del catalán y su cine, al tiempo que son relatados algunos de los capítulos que marcarían de un modo más importante el futuro devenir profesional del director de Las hijas de Drácula. Utilizando diferentes lenguajes y texturas, y con una encomiable capacidad de síntesis, impropia de una debutante, Novis no solo consigue captar con éxito la esencia de la controvertida personalidad de Larraz, acercando al público su carácter reflexivo, casi de puro intelectual; en su empeño construye una obra única y cautivante que, tras su aparente sencillez, esconde un trabajo de vertiginosa densidad, abierto a múltiples lecturas y cuidado hasta el mas mínimo detalle. Nada es aleatorio, sino que es el fruto de un concienzudo estudio. Valga como ejemplo de ello un elemento, en principio, tan insignificante, como la combinación en su narración de los idiomas inglés, francés, catalán y castellano, cuya utilización sirve a su directora para establecer un sutil paralelismo con cada una de las etapas que conforman la peripecia vital del protagonista: su infancia en Barcelona, su estancia en Bruselas como dibujante de cómics, su posterior traslado a Gran Bretaña, donde ya convertido en fotógrafo instalaría su residencia y, por último, su vuelta a España a finales de los setenta para proseguir con su carrera de cineasta.
EATERS (Luca Boni & Marco Ristori, 2011)

Documentales aparte, Brigadoon también cedió su cuota de protagonismo al género de ficción, por medio de los consabidos concursos de cortometrajes, y la proyección de distintos largometrajes, repartidos entre títulos clásicos “recuperados” y producciones recientes de corte independiente. Este último apartado permitió la inclusión de Morituri y Eaters, dos ejemplos que constatan la lenta pero inexorable recuperación que viene experimentando en los últimos tiempos la producción de cine fantástico en Italia. Mientras que la primera propone la traslación de ciertos estilemas del American Gothic a un entorno y motivos cien por cien italianos, Eaters por su parte lleva a cabo una actualización mejorada y ampliada del modelo que imperara en el cine de género trasalpino a finales de los setenta y principios de los ochenta, con una historia encuadrada entre dos de las corrientes más mayoritarias de aquel estilo: el cine de muertos vivientes y el de temática post-apocalíptica. Tomando como referente el film de George Romero El día de los muertos, pero sin desdeñar otras influencias como la reciente producción británica Hijos de los hombres o la novela de Richard Matheson Soy leyenda, sus debutantes directores, Marco Boni y Luca Restori, consiguen materializar un producto con personalidad propia, capaz de desembarcar (en formato doméstico) en los principales mercados internacionales, gracias a sus cualidades cinematográficas y a su envidiable empaque visual. Si la cosa funciona es, sobre todo, por centrar su interés en la definición de su historia antes que en la escabrosidad de su puesta en escena como por desgracia viene siendo costumbre, lo que tampoco es óbice para la aparición de los consabidos momentos gore que cualquier película de zombis parece obligada a tener. Consecuencia de tal circunstancia es el que, sin duda, se erige en el mayor activo con el que cuenta la cinta, la relación basada en el contraste de su pareja protagonista, potenciada, además, por la química existente entre sus dos intérpretes, Guglielmo Favilla y el carismático Alex Lucchesi. Todo ello, condimentado con unas agradecidas gotas de humor negro, dan como resultado una cinta bien disfrutable que, sin inventar nada ni pretenderlo, trae al menos un poco de aire fresco al cada vez más moribundo y repetitivo panorama del cine zombi.
José Luis Salvador Estébenez & Juan Pedro Rodríguez Lazo