
Hasta el nacimiento del denominado fantaterror a inicios de los 70, alumbramiento que suele asociarse al estreno de La marca del hombre lobo (1968) de Enrique López Eguiluz, el bagaje del fantástico dentro del cine español -salvo casos puntuales como La torre de los siete jorobados (1944) de Edgar Neville, Gritos en la noche (1961) de Jesús Franco, El sonido de la muerte (1965) de José Antonio Nieves-Conde, o los diversos trabajos durante la época del cine mudo del turolense Segundo de Chomón-, se había limitado a comparsa, bien de comedias de corte fantástico, como Las cinco advertencias de Satanás (1937) de Isidro Socias; dramas con toques góticos, como la magnífica El clavo (1944) de Rafael Gil; cine de contenido religioso, como esa obra maestra del cine español que es Marcelino, pan y vino (1954) de Ladislao Vadja, autor también de El cebo (1958); musicales como la rara avis Parsifal (1951) de Daniel Mangrane y Carlos Serrano de Osma; excentricidades inclasificables como Fata Morgana (1966) de Vicente Aranda o parodias cómicas del propio género como el film de episodios Tres eran tres (1955) de Eduardo García Maroto o la película que nos ocupa.
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