
Título original: La isla de los dinosaurios
Año: 1967 (México)
Director: Rafael Portillo
Productor: Guillermo Calderón Stell
Guión: Alfredo Salazar
Fotografía: Agustín Jiménez
Música: Gustavo Carrión
Intérpretes: Armando Silvestre (Molo), Alma Delia Fuentes (Laura), Manuel Fábregas (profesor), Elsa Cárdenas (Esther), Genaro Moreno (Pablo), Cecilia Leger (Misha), Crox Alvarado, Cavernario Galindo, Jesús “Murciélago” Velázquez (cavernícolas), Julie Janssen (mujer cavernícola), Victorio Blanco (cavernícola anciano), Reyes Oliva, Xochitl Flores, Regina Torné…
Sinopsis: Una expedición científica en busca de los restos de la Atlántida va a parar a un extraño lugar donde el tiempo parece haberse detenido y en el que conviven tribus de cavernícolas con los más increíbles monstruos prehistóricos.

De todos es conocida la facilidad que siempre ha mostrado el cine de género mexicano, especialmente el fantástico, para fagocitar elementos provenientes de cintas de éxito de otras latitudes. Fruto de esta idiosincracia son un buen puñado de películas donde, y siempre dentro de unos argumentos demenciales, no es raro encontrarse a un luchador enmascarado haciendo frente, juntos o por separado, a la momia, el hombre lobo, el monstruo de Frankenstein, y/o el mismísimo conde Drácula, por solo poner un ejemplo. Bajo estas premisas surge esta película que, bajo el llamativo título de La isla de los dinosaurios , intenta aprovechar uno de los éxitos de la temporada anterior, la británica Hace un millón de años (One Million Years B.C., 1966), de Don Chaffey, cinta producida por la Hammer y que lanzaría a la fama a su protagonista femenina, la norteamericana Raquel Welch, convirtiéndola en toda una sex-symbol. Pero como veremos a continuación, esta no sería la única fuente de inspiración que tomó el guionista Alfredo Salazar, hermano de Abel Salazar (1), para dar forma al film que nos ocupa.
La cinta se inicia con un prólogo en el que un profesor se reúne con tres antiguos alumnos, con la intención de proponerles formar parte de una expedición que irá tras la búsqueda de los restos de la Atlántida, para poder comprobar así la veracidad de sus tesis sobre la existencia del mítico continente, después de que ese mismo proyecto haya sido rechazado entre burlas por la Universidad en la que trabaja. En la siguiente escena la expedición, ya en ruta, sufre un accidente mientras sobrevuela el océano Atlántico, teniendo que hacer un aterrizaje de emergencia en una isla cercana, que pronto descubrirán que se halla en la era prehistórica.
Como vemos, el comienzo de la cinta no puede ser más típico, y no es muy difícil de deducir que bebe directamente de uno de los clásicos de la literatura fantástica que había sido llevado a la pantalla –y no precisamente por primera vez- en fechas recientes a la producción de la cinta. Me estoy refiriendo a El mundo perdido (The Lost World) de Sir Arthur Conan Doyle y la adaptación de idéntico título que realizara Irwin Allen en 1960.

Tras la llegada de los científicos a la isla, la película se dedica a fusilar la trama, varias escenas incluidas y no sin cierta ingenuidad en algunos de sus pasajes, de la referida Hace un millón de años, más concretamente de la versión de 1940 dirigida por Hal Roach Sr. y Hal Roach Jr., de la que la película de Chaffey era un remake. Pero no contento con esto, aparte de su argumento, la película mexicana también toma prestadas de ésta la práctica mayoría de las escenas donde las bestias antediluvianas –en realidad lagartos y cocodrilos caracterizados, en el mejor de los casos– hacen acto de presencia. De este modo, la única novedad remarcable en el desarrollo de la cinta es que el rol de mujer protagonista recaiga en una de las investigadoras de la expedición, con lo que su encuentro con el cavernícola protagonista, aparte de la inevitable historia de amor, acentuará más si cabe las diferencias entre los modos de vida de ambos individuos, provocando la llegada de la mujer a la tribu de éste una cierta evolución de la misma, aportándoles una especie de educación que les permitirá vivir en sociedad con mayor armonía.
Pese a las esperanzas que nos pudiera despertar su, a priori, atractivo punto de partida, especialmente para los rastreadores de rarezas y amantes de las películas ambientadas en mundos perdidos, nos encontramos ante un pastiche insustancial y por momentos aburrido, aparte de por la citada falta de originalidad que aflora en cada uno de sus fotogramas (prestados o no), por la plana narración de Portillo, fruto de una estática y teatral puesta en escena, basada prácticamente en planos generales de los actores sin apenas montaje, que no hace sino restar dinamismo al conjunto.
José Luis Salvador Estébenez

(1) Actor, productor y realizador mexicano que intervino en algunos de los títulos más emblemáticos del fantástico de su país, como el díptico El vampiro – El ataúd del vampiro (1957-58) de Fernando Méndez, El hombre y el monstruo (1959) de Rafael Baledón, o El barón del terror (1962) de Chano Urueta, amén de protagonizar la primera versión española del famoso personaje de José Mallorquí “El Coyote”, en las películas El Coyote (1955) y La justicia del Coyote (1956) de Joaquín Luis Romero Marchent [y Fernando Soler sin acreditar].