Título original: La furia de Johnny Kidd / Dove si spara di più
Año: 1967 (Italia, España)
Director: Gianni Puccini
Productoras: Framer Film, Hispamer Films
Guionista: María del Carmen Martínez Román
Fotografía: Mario Montuori
Música: Gino Peguri
Intérpretes: Peter Lee Lawrence (Johnny Monter), Cristina Galbó (Julieta Campos), María Cuadra (Lezerind), Andrés Mejuto (Lefty), Piero Lulli (Sheriff), Peter Martell [Pietro Martellanza], José Rubio (Hijos de los Campos), Luis Induni (Señor Monter), Ana María Noé (Señora Monter), Ángel Álvarez (Padre), Rufino Inglés, Eulalia Tenorio, Javier de Rivera, Sandalio Hernández, Paolo Magalotti, Franco Pasquetto, Luciano Catenacci, Poldo Bendandi, Mirella Pamphili, Paul Naschy…
Sinopsis: Los Campos y los Montauner son dos familias rivales de un pueblo fronterizo. Como fruto de esta enemistad, Johnny, el hijo pequeño de los Montauner, inicia una serie de actos de venganza contra los Campos. En una de estas escaramuzas conoce a Julieta, de la que queda rendidamente enamorado. Lo que él ignora es que la muchacha en cuestión es hija de los Campos…
La furia de Johnny Kidd es, mejor decirlo nada más empezar, una película mala. Y lo es, no por su ramplona puesta en escena, su mediocre escritura o su pobreza interpretativa, no. Lo es por cometer el único pecado mortal del cinema bis, aburrir soberanamente. Pero, así y todo, resulta un título de interés con un buen puñado de rasgos, cuanto menos, curiosos. El primero, ser una traslación al ambiente y la tipología del spaghetti-western de la shakesperiana Romeo y Julieta (1), a la que resulta razonablemente fiel en cuanto a que recoge los highlights de la obra e intenta reproducir con un empeño entrañable los caracteres más destacados de los protagonistas.
De esta manera, la película sigue el consabido desarrollo de la historia de los amantes trágicos, condenados por la enemistad de sus respectivas familias pero coloreado todo por el exceso y el gusto por el sadismo aparatoso de su adscripción genérica. El dúo protagonista recae en los bellos e inexpresivos Peter Lee Lawrence y Cristina Galbó(2); ella, candorosa ahora, desdeñosa luego, se limita a abrir mucho los ojos, él ni eso (el estrellato alcanzado por Lawrence es uno de los misterios del eurowestern y ni siquiera se justifica con su breve aparición en la seminal La muerte tenía un precio, porque a esas cualidades interpretativas que por contraste convierten a Anthony Steffen en un Michael Caine, se le unía un carisma por completo ausente).
La película más o menos se soporta durante su primera parte, excepción hecha de un comienzo espantoso que mejora a partir de que el joven Johnny es capturado por los hijos de la familia Campos a los que interpretan Pepe “Enseñar a un sinvergüenza” Rubio y un Peter Martell tan macho como solía e incorporando un jugoso componente homoerótico tanto en su rivalidad con Lee Lawrence como, y especialmente, en su simbiótica relación con el sheriff corrupto al que encarna Piero Lulli. Y es que ambos están indisolublemente unidos desde el momento en que sus balas entrechocaron refundiéndose en una sola, sin duda una de las pocas ideas brillantes de la cinta, visualizada encima con una regodeo impagable en un flashback que muestra a Martell durmiendo descamisado en un pajar mientras Lulli lo acecha.
Junto a esto cabe destacar la relación típicamente western de maestro-alumno que se establece entre el héroe y un viejo bandido manco (muy bien interpretado por el venerable Andrés Mejuto) al que salvará la vida durante un alambicado duelo en la hacienda de los Campos y que en agradecimiento tomará bajo su protección transformándose en una figura paternal, enseñándole a disparar, a pelear y a amar. Durante una de sus escaramuzas será cuando conozca y caiga rendido a los encantos de la Julieta de turno, ignorando claro, quien es ella. Pero igualmente enamorará a la fogosa y descreída María Cuadra, cantante de saloon y amante ocasional del personaje de Martell que con sus celos desencadenará el fatídico final. La presentación del personaje deja otro detalle que se retomará en el cierre original: canta una siniestra balada fatalista donde se mezclan el amor y la muerte, anticipando simbólicamente y con una sutileza sorprendente la imagen última de la película.
En la conclusión española del film los amantes logran reconciliar a sus familias interponiéndose en medio de un inminente tiroteo. Una incongruente línea de diálogo (algo así como: “No se podía encontrar otra manera”) y una cabalgada ridícula cerraban el film. Pero esa frase cobra sentido en su versión no recortada, en donde los rivales deciden masacrarse mutuamente y solo los amantes quedan en pie. Y algo más… sorprendente (pero anticipado) que deja entrever como pudo haber sido este film con un punto más de delirio: una misteriosa figura aparece en el encuadre rematando a los malheridos. “A quien llama a la muerte, la muerte le responde”, dice con voz cavernosa mientras la melodía que antes cantaba María Cuadra llena la banda sonora, se gira y su rostro es solo una calavera. En fin, absolutamente genial, pero tristemente malogrado, porque ese componente fantastique apenas había sido lejanamente insinuado en un instante.
Y ahora Paul Naschy, que es de lo que en el fondo se trata. Sobre su participación aquí y sobre lo que hizo o no hizo existe cierta confusión. Lo demostrable es que aparece durante unos cuantos minutos en esa escena del saloon. Caracterizado con un bigotazo que unido a sus lustrosos bíceps y a un chaleco de piel le dan un aire de forzudo circense de lo más logrado, echando (y perdiendo) un pulso sobre una mesa de clavos contra el carismático secundario Luciano Catenacci. Lo intangible ya es más pantanoso y conecta, entre otras cosas, con el fantasmagórico final.
En la reciente hagiografía que le han dedicado unos entusiastas Ángel Agudo y Ángel Gómez Rivero (Paul Naschy: la máscara de Jacinto Molina, Editorial Scifiworld, 2009), el divo, con su habitual humildad y entre anécdotas a cual más chusca, se arroga el mérito de la idea, diciendo que él se lo sugirió a Puccini del que también afirma haber sido ayudante de dirección. Esto último no es cierto, ya que esa labor la desempeñó el luego espléndido cineasta Gianni Amelio(3); Naschy hasta el momento no había sido más que un meritorio. Poco después de este film, también en 1967, si ejercerá de ayudante de producción para Mariano Ozores en Crónica de nueve meses, repitiendo idéntica función en Aventura en el palacio viejo de Manuel Torres.
Y en cuanto a la paternidad de ese final, debería hablarse más bien, quizás de maternidad, ya que la guionista de La furia de Johnny Kidd, en otro rasgo curioso, es María del Carmen Martínez Román (o Karina Monti), una escritora catalana habitual de las producciones de Hispamer (co-propiedad de otra mujer, la ex-actriz Silvia Morgan) que muy poco después de este film estaría también involucrada en otro eurowestern de raíz tenebrosa, el extraordinario Oro maldito (Se sei vivo spara, 1967) de Giuliano Questi (donde Amelio fue de nuevo ayudante de dirección, por cierto). En virtud de esto y de esas miguitas que el guión va dejando en su versión italiana puede fácilmente percibirse que el final no fue algo improvisado y desde luego resulta difícil creer que un extra, por muy amigo del director que se hubiera hecho (sic.), impusiera sus ideas sobre esta o cualquier otra producción.
Adrián Sánchez
(1) En 1968 Enzo G. Castellari realizaría una operación similar con Johnny Hamlet (Quella sporca storia nel west).
(2) La pareja, que se enamoraría durante el rodaje de este film y que pronto se casaría, tendría un final igualmente trágico en la vida real, ya que en 1974, y cuando contaba con solo 29 años de edad, Peter Lee Lawrence moría a causa de un tumor cerebral.
(3) Para más información sobre la labor de Gianni Amelio: http://www.cineboom.it/speciali.php?ID=70&c=5
Final distinto al del montaje español:










Con esta reseña de “La furia de Johnny Kidd” escrita por Adrián del recomendable blog “Esbilla cinematográfica popular” (http://esbilla.wordpress.com/) damos comienzo a nuestro anunciado dossier sobre Paul Naschy que nos acompañará durante los próximos viernes.
Dados muy interesantes…
La peli esa es aburrida!
¡A ver si gusta, Cerebrín!
Efectivamente Pedro, es sopirífera, el úniointrés reside en la curiosa intrahistoria que tiene.
“el único interés”, quiero decir.
No se puede hacer cuatro cosas a la vez.
[...] Visto así bien poco interés tiene, cierto. Pero tras esta nadería hay un par de pequeñas historias: la primera la insistencia de Paul Naschy en proclamarse ayudante de dirección de este film y la segunda con la naturaleza fantasmagórica de sus doble final. Mientras en la copia italiana (e internacional) La Muerte en persona hacía una tétrica aparición como pistolero enmascarado con una calavera proyectando una luz de interés sobre el film en la española este remate desaparecía. Un final extraño y sugestivo que, en un nuevo rasgo de egocentrismo galopante, Naschy se arrogaba para si mismo. Dentro de mis posibilidades trato de aclarar este misterio y repartir labores a quien en realidad le corresponden, lo que no es fácil dentro del abigarrado panorama del trapacero cine de la época. Para leer el informe solo tendréis que ir aquí: La furia de Johnny Kidd. [...]
Gran articulo, felicidades.
Lo mejor de la película, como bien se indica, el secundario manco que hace de maestro del prota y la balada que canta la corista en la posada, y sobre todo, el final que nos escamotearon en la versión española.
Estoy totalmente conforme con todo lo expuesto, gran reseña y buen comienzo para este dossier dedicado a San Naschy.
Malograda película que como todos habéis dicho sólo llega a brillar (un poco) por la interpretación de Andrés Mejuto y por ciertas ideas de lo más interesantes.
Resulta curioso como todos hacemos incapíe en lo de la historia de las balas que se chocan. (http://lazoworks.blogspot.com/2008/01/romeo-y-julieta-en-el-oeste.html) A mi me pareció brillante, la verdad… Lastima que acabé todo tan mal… “No sé podía encontrar otra manera”… Ay, que pena…
Saludines!!
Hay quorum. A mí también me parece una película soberanamente aburrida y plagada de momentos de lo más forzados. A los que ya habéis dicho añadiría también esa idea tan estúpida de la batalla campal entre clanes rivales arbitrada por un juez o el que éste cambie su declaración para que no se descubra su gran secreto… que los indios le cortaron el pelo de la espalda. En fin…
Así las cosas, lo único que reviste algo de interés de la película, dejando a un lado el tema de los dos finales, es la idea de Puccini de otorgar protagonismo en sus encuadres a las armas de fuego como reflejo del ambiente de violencia en el que se inserta la historia, y, como muy bien indica Adrián en su excelente reseña, la relación de tintes homosexuales entre los personajes de Martell y Lulli. Incluso, la película llega a jugar con tal lectura en el momento en el que el cura le pregunta a Martell que quién se va a casar y, tras varios equivocos, acaba diciéndole que él con el sheriff. Y si os fijáis, la venganza de este último más parece la de un amante deseperado por haber perdido a aquello que daba sentido a su vida que el de un rufián al que le han matado a su compañero de fechorías.
Pistoletazo de salida de este dossier y no podía comenzar mejor que con una reseña del dueño y señor de “Esbilla cinematográfica…”
El film en cuestión no lo he visto y poco puedo opinar. La crítica de lo más jugosa, y del amigo Naschy ¿qué añadir de su humildad que no haya dicho ya Adrián?
Un saludo y esperando la siguiente.
Pasaré por alto ese comentario sobre la gran Cristina Galbó y Peter Lee Lawrence…
Muy agradecido a todos, incluso a sucettepuke. Eso si a mi Cristina Galbó también me parece dulcísima y guapísima, pero sosa como ella sola. No me lo tengas en cuenta…
Ahora en serio, el mérito es de Cerebrín que para eso dirige la orquesta. Y ciertamente el film es un plomo aunque su particular intrahistoria le da cierta dimensión. En cualquier caso la elaboración del artículo resultó muchísimo más entretenida que la peli en si.
Venga, no te tendré en cuenta lo de la Galbó, que a mi me parece que está fantástica en la Residencia y en No profanar. Por cierto, esta se rodó el mismo año que los chicos del preu.
Me quedo con la morbosa Mary Maude.
Hombre, sucette, si te tengo que ser sincero, en estas peli tanto Cristina como Peter están sosísimos. Hay algunas escenas entre los dos que en vez de enamorados lo que parece es que están aburridos. Y si los comparas a cuando salen Mejuto, Lulli o Martell ya ni hablamos.
Y ojo, que a mí ya sabes que no me parecen tan malos actores como a esbilla, sobre todo en el caso de la Galbó. Peter era otra historia, aunque dentro de sus limitaciones creo que el personaje de tipo torturado que busca venganza que solía hacer tan a menudo lo defendía con cierta solvencia. Ahí están “Garringo” o “Manos torpes” para demostrarlo…
La película es horrible, y lo que de Naschy fue más que un extra sólo pueden creérselo sus fans, nadie con cabeza. Pero a la Galbó que no me la toque nadie, a mí me encanta.
Eso, eso Lulis! Y eso que no nos conocemos de nada!
Al margen de la iniciativa y del artículo que me parece de gran interés, debo disentir porque yo he visto, hace años, el guión original de La furia de Johnny Kid con las últimas secuencias reescritas por el de su puño y letra y además es un tema recurrente en sus películas, le gustaba siempre que la muerte estuviera presente de alguna manera (ej Los cántabros). Un abrazo