
Título original: Juan de los Muertos
Año: 2011 (Cuba, España)
Director: Alejandro Brugués
Productores ejecutivo: Claudia Calviño, Inti Herrera, Gervasio Iglesias
Guionista: Alejandro Brugués
Fotografía: Carles Gusi
Música: Julio de la Rosa
Intérpretes: Alexis Díaz de Villegas (Juan), Andrea Duro (Camila), Jorge Molina (Lázaro), Andros Perugorría (Vladi California), Jazz Vilá (La China), Blanca Rosa Blanco (Sara), Elsa Camp (Yiya), Luis Alberto García (padre), Susana Pous (Lucía), Eliecer Ramírez (El Primo),……
Sinopsis: Cincuenta años después dela Revolución Cubana, otra nueva Revolución llega aLa Habana. Una misteriosa infección está convirtiendo a sus habitantes en muertos vivientes sedientos de carne humana. Juan, como buen cubano, decide montar un negocio para sacar partido de la situación: “Juan de los Muertos, matamos a sus seres queridos”. Eliminando a los infectados, Juan y sus amigos comienzan a hacer fortuna. Sin embargo la situación se complica cada vez más. Nadie sabe de dónde proviene la infección ni mucho menos cómo acabar con ella, mientras el gobierno cubano insiste en que son disidentes pagados por los Estados Unidos para acabar conla Revolución. Muy a su pesar, Juan se va a convertir en un nuevo héroe.
Desde que Danny Boyle resucitara el género zombi (o de “infectados” para los más puestos en el tema), con 28 días después (28 Days Later, 2002), se podría decir que los no muertos han invadido literalmente las salas de cine y, aún más si cabe, el formato doméstico. Este subgénero, al que diera carta de naturaleza de forma casi accidental George A. Romero con la seminal La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead, 1968), tiene en nuestros días un boom equiparable, o quizás aún mayor, al vivido a finales de los setenta y principios de los ochenta, gracias de nuevo a Romero y su Zombi (Dawn of the Dead, 1978). No es pues de extrañar que fuera el libre pero muy acertado remake que sobre ésta realizara Zack Snyder –Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 2004)-, el que volviera a poner de moda definitivamente a los muertos vivientes. Desde entonces hemos visto zombis de todas las formas y categorías posibles: los hay que hablan, que corren, e incluso los que han sido domesticados.
Sin embargo, el auge vivido por la temática en los primeros compases del nuevo milenio (el cual, además de al denominado séptimo arte, ha tendido también sus redes a otros campos adyacentes como la literatura, la televisión y los comics), no solo se ha limitado a las muy diferentes ópticas con las que han sido abordadas tan putrefactas criaturas. Otra muestra de tal circunstancia se encuentra en el surgimiento de un sinfín de ejemplares procedentes de cinematografías que, hasta el momento, contaban con poca o ninguna tradición dentro del ámbito fantástico. La noruega Zombis nazis (Død snø, 2009) de Tommy Wirkola, la pakistaní Zibahkhana (2007) de Omar Khan o la producción de mayoría Serbia Zone of the Dead (2009), dirigida por el tándem formado por Milan Konjevic y Milan Todorovic, son solo tres de los títulos que componen un listado al que ahora se une Juan de los Muertos (2011), segunda película del cubano Alejandro Brugués.
En este sentido, no deja de ser significativo el que el grueso de la, por otra parte, sorprendentemente masiva campaña publicitaria que ha precedido al desembarco en salas españolas de Juan de los Muertos haya incidido en su condición de “primera película cubana sobre zombis” de la historia. Máxime cuando, precisamente, es en dicha particularidad donde reside su mayor atractivo. No tanto por el exotismo que su procedencia pudiera ejercer a ojos del espectador medio, obviamente, sino por el modo en el que su nacionalidad se deja sentir en su metraje. Y es que, si algo hay de destacable dentro de esta irregular aunque estimable obra, es su alegórica representación de la situación social que se vive en la isla del Caribe.
Con una mirada irónica, pero también plena de ternura y nostalgia, la película retrata el desalentador panorama con el que millones de cubanos tienen que enfrentarse en su día a día para sobrevivir. Todos ellos, en mayor o menor medida, son representados por Juan, su protagonista, un pícaro de poca monta que al mando de un variopinto grupo de desharrapados como él, combatirá y sacará provecho de la extraña epidemia que azota las calles deLa Habana, provocando que los muertos vuelvan a la vida. Superviviente por necesidad y convicción, tal y como él mismo recordará en diversos momentos en los que alude a algunos de los periodos más delicados de la dictadura castrista, Juan verá en la invasión zombi una oportunidad para ganarse la vida, al igual que antes lo hacía timando a los turistas que se cruzaban en su camino. A través de sus peripecias son puestas de manifiesto distintas caras de la realidad cubana. Temas como la emigración en busca de horizontes mejores, la paranoia de la invasión imperialista, la utilización de Cuba como prostíbulo para occidentales (y, más concretamente, españoles), o los fuertes lazos de solidaridad existentes entre los habitantes de la isla, van desfilando a lo largo de una historia que, en última instancia, aboga por la necesidad de un cambio en la mentalidad inmovilista del cubano, como paso ineludible para que se produzca un vuelco en la cada vez más asfixiante situación en la que se encuentra sumido el país.
Pero si en este retrato costumbrista del pueblo cubano se encierra lo más interesante del conjunto, menos conseguida, en cambio, resulta su parte de comedia, en la que intenta equiparse sin conseguirlo a ciertos referentes anglosajones, con Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004) a la cabeza –no parece casualidad la parecida sonoridad que su título internacional, “Juan of the Dead”, guarda con el original del film de Edgar Wright, Shaun of the Dead-, haciendo gala de un humor zafio y facilón, que solo consigue descollar en muy contados momentos; véase a este respecto la (indecente) proposición que, a la luz de las estrellas, le hace Lázaro a su inseparable amigo Juan una vez sepa que va a transformarse en zombi. De este modo, lo que podría haber deparado un buen y contundente cortometraje, se agranda con un entramado central falto de ideas, formado por una continua sucesión de gags humorísticos que nada aportan al desarrollo de la historia. Lo mismo ocurre con la tortuosa relación mantenida entre Juan y su hija, emigrada años atrás junto a su madre a España, planteada en unos términos tan torpes y estereotipados que más parece propia de un culebrón latinoamericano o, sin ir más lejos, de Física o química, serie que sirviera de trampolín a la actriz española encargada de encarnar al personaje, Andrea Duro.
No obstante, por encima mismo de sus posibles virtudes y defectos, el auténtico valor que atesora Juan de los Muertos es el que su propia existencia venga a demostrar que algo, ni que sea mínimo, está cambiando en Cuba. Su estreno con total normalidad en aquellas tierras ya valdría para justificar por sí mismo esta sentencia, habida cuenta de las muchas puyas que de forma más o menos subrepticia son lanzadas hacia un régimen para el que cualquier conato de crítica es símbolo de disidencia. Pero quizás sea aún más importante por cuanto significa el que se trate de la primera producción independiente autorizada por el gobierno en más de medio siglo de dictadura. En efecto, da la sensación de que algo está cambiando en Cuba.
José Luis Salvador Estébenez & Juan Pedro Rodríguez Lazo





