Título original: The Vampire Lovers
Año: 1970 (Gran Bretaña)
Director: Roy Ward Barker
Productores: Harry Fine, Michael Style
Guionista: Tudor Gates, a partir de una adaptación de Harry Fine, Tudor Gates y Michael Style del relato “Carmilla” de Sheridan Le Fanu
Fotografía: Moray Grant
Música: Harry Robertson
Intérpretes: Ingrid Pitt (Marcilla / Carmilla / Mircalla Karnstein), George Cole (Roger Morton), Kate O’Mara (Madame Perrodot, la gobernanta), Peter Cushing (General von Spielsdorf), Ferdy Mayne (Doctor), Douglas Wilmer (Barón Joachim von Hartog), Madeline Smith (Emma Morton), Dawn Addams (Condesa), Jon Finch (Carl Ebhardt), Pippa Steel (Laura), Kirsten Lindholm (Vampira), Janet Key (Gretchin), Harvey Hall (Renton), John Forbes-Robertson (Hombre de negro), Charles Farrell, Shelagh Wilcocks, Graham James, Tom Browne, Joanna Shelley, Olga James, Jill Easter, Lindsay Kemp, Sion Probert, Vicki Woolf…
Sinopsis: Mircalla, la última descendiente de los Karnstein, una familia de vampiros, reaparece y se hace pasar por la hija de una condesa. Mircalla se gana el afecto de la familia Morton, en especial de Laura, la hija del general. Laura muere víctima de la vampiresa, que desaparece. Bajo el nombre de Carmilla, llega a casa de Roger Morton, padre de Emma. Igual que la otra vez, se producirá una atracción entre las dos mujeres, y Emma se irá debilitando lentamente. El doctor descubrirá la causa de la extraña enfermedad de Emma, pero Carmilla le mata. Entonces, Roger Morton, el general, y el barón Hartog, que hace tiempo que persigue a la vampiresa para vengar la muerte de su hermana, se unen para combatir la maldición.
La serie de la Hammer dedicada a Drácula, que significaría un hito más que relevante en la historia del cine de terror, disfrutó de mucho más sentido de continuidad que la homóloga de la Universal. Además, eclipsó comercialmente otra serie de la productora británica centrada también en el universo del vampirismo. Un eclipse testimoniado por una distribución bastante más limitada fuera del mercado británico. Me refiero al ciclo de películas dedicado a la novela Carmilla, de Sheridan Le Fanu, y al homónimo personaje femenino protagonista de la misma, que daría pie a tres obras de interés y calidad variables: la seductora The Vampire Lovers [tv: Las amantes vampiras; dvd: Las amantes del vampiro, 1970], de Roy Ward Baker, la deficiente Lust for a Vampire [tv/vd: Lujuria por un vampiro, 1970], de Jimmy Sangster, y la fascinante Drácula y las mellizas (Twins of Evil, 1971), de John Hough.
The Vampire Lovers es la película que de manera más fidedigna adaptaría el universo particular del relato original, repleto de misterio sobrenatural, de magia y erotismo lésbico. Tuvo la fortuna de contar con la puesta en escena de un inspirado Roy Ward Baker —uno de los más poderosos puntales de la Hammer tras el genio de Terence Fisher—. Es menester significar que el personaje de Carmilla, por delante incluso de la histórica condesa Báthory, es el más emblemático y jerárquico dentro de los universos vampíricos. Representa el homólogo femenino al conde Drácula creado por Bram Stoker, que tanto éxito cosecharía tanto a nivel artístico como popular, adelantándose literariamente, al ser escrita la novela veinticinco años antes.
En el marco de los precedentes, es justo reconocer, ya que los créditos del filme así lo aseveran, que La bruja vampiro (Vampyr/L’étrange aventure de David Gray, 1932), de Carl Theodor Dreyer, se inspiró asimismo en Carmilla —editada en una antología de título In A Glass Darkly—. Lo cierto es que del texto del irlandés queda en este caso bien poco reflejado, a favor de una exposición fantasmagórica, surrealista, hacia una evocación a universos paralelos dominados por las pesadillas y el horror. La bruja decrépita que aparece en el filme de Dreyer, y las situaciones oníricas planteadas, tienen más de creación propia, influidas por el reciente movimiento expresionista, que de fiel adaptación.
Porque desde los inicios de cine de terror, el vampirismo masculino siempre resultó preponderante, con Drácula a la cabeza, dejando a las vampiras en un segundo plano. No obstante, como precedentes, ahí tenemos el reconocido protagonismo de actrices inolvidables que proporcionaron hechizo y fascinación al género. Señalaré a las tres más significativas de la etapa en blanco y negro: la hipnótica Carol Borland de La marca del vampiro (Mark of the Vampire, 1935), de Tod Browning, perfecta partenaire de Bela Lugosi en este maravilloso retablo gótico de la Metro que rivalizó con los mayores logros de la Universal; la aristocrática Gloria Holden de La hija de Drácula (Dracula’s Daughter, 1936), de Lambert Hillyer, perfecta heredera del estilo Lugosi, a pesar de rechazar y sufrir su sobrenatural y terrible estigma —hubo quien dijo en su tiempo que Holden bien podría haber sido hija del actor húngaro en la vida real—; y la metafísica Barbara Steele de La máscara del demonio (La maschera del demonio, 1960), de Mario Bava, ambigua bruja/súcubo envuelta en las brumas del blanco y negro neogótico italiano, que fue acogida como una de la cumbres interpretativas del género y un nuevo lucero para enriquecer el Olimpo de los clásicos, junto a Chaney, Lugosi, Karloff, Lee, Cushing o Price.
Cuando Baker realizó The Vampire Lovers, la Hammer ya había legado personajes femeninos motores del horror —antítesis de las sufridoras, de las reinas del grito—, pero como acompañantes del macho dominante. Ahí quedan los inolvidables protagonismos de Carol Marsh y Valerie Gaunt en Drácula (Dracula, 1958), la obra cumbre de Fisher y tal vez de todo el cine de terror en color. Aunque sería injusto si me olvidara de la singular y conversa Barbara Shelley de Drácula príncipe de las tinieblas (Dracula Prince of Darkness, 1965), del propio Fisher, que practicó la pirueta burlesca y siniestra de convertir a una puritana victoriana en una sedienta y lujuriosa bebedora de sangre humana.
En esta histórica aportación de Baker que ahora nos ocupa nos las vemos de entrada con la más afamada vampira del cine británico: la, sin embargo, polaca Ingrid Pitt. Provocativa y erotizante, de abultado busto y mirada altiva, resulta la más carnal y explícita hasta la fecha, a pesar de que los tiempos venideros la convirtieran en un molde incluso contenido. A pesar de los comentarios irónicos de la época de que sus escotes deslumbraban más que los propios colmillos, su sonrisa ambigua desconcierta, su control de la situación aturde. No obstante, es una criatura compleja que sufre y disfruta por igual de su anormal condición, atormentada además con la idea de la muerte y su fúnebre cortejo. La Hammer, en su etapa final, apostó por el poder de convocatoria del erotismo explícito como un acicate añadido con miras a las taquillas. Era aceptar el consejo de renovarse o morir, ante los nuevos tiempos y ante la obligada decadencia. La iconografía erótica de estas vampiras, naturales hoy día, levantó una polvareda de opiniones enfrentadas y tildaron a la productora de oportunista, comercial e, incluso, de desvergonzada.
Ingrid Pitt podría haberse convertido en nueva reina negra para la productora y para el género, pero su continuidad solo se vería reflejada en una adaptación no demasiado inspirada del personaje de la condesa Erzsébeth Báthory: Countess Dracula (1970) [tv/dvd: La condesa Drácula], rodada de inmediato y bajo la batuta de Peter Sasdy. Más interesante encuentro su aportación paródica en el sketche final de la producción Amicus La mansión de los crímenes (The House That Dripped blood, 1970), de Peter Duffell, donde incluso se enfundaba la clásica capa negra para volar hacia su sorprendida víctima: un astro del cine de horror admirado por el gremio de las tinieblas. Corto reinado el suyo debido a que la Hammer vivía sus últimos años. Pero retornemos con la película que ahora nos interesa.
El guión de Tudor Gates —interesante alternativa a los trabajos previos de Jimmy Sangster y John Elder— se inicia con el flashback de un barón que intenta destruir a la familia Karnstein en su propio cubil, su castillo familiar, pero un miembro de la familia se libra de su furor: Mircalla. Pasado el tiempo, una condesa pide asilo para su hija Marcilla al general Spielsdorf —Peter Cushing—. Su joven hija morirá debido a las mordeduras de su forzada invitada, que desaparece acto seguido. Se repetirá la treta reapareciendo en otro domicilio, donde seduce a otra joven y a su institutriz. El mayordomo avisa a un doctor que prevé una situación alarmante, pero ambos caerán en las garras de la mujer. En el desenlace, los parientes unirán sus fuerzas, adentrándose en predios de los Karnstein con la intención de acabar con el mal de forma radical. Gates, fiel en sus intenciones, recurre a los elementos dramáticos y numinosos de la novela de partida, pero a sabiendas del enriquecimiento que tuvo la mitología del vampiro tras el Drácula de Stoker y su potente influencia en el cine, no dudó en recurrir a la simbiosis de ambas obras para describir los caracteres básicos de sus protervos personajes.
Ingrid Pitt, que encarna al último bastión de la familia Karnstein — obsérvese el anagrama Marcilla-Carmilla-Mircalla—, es un ser abyecto pese a su atractivo físico; un ente sobrenatural que atenta contra la pureza e ingenuidad, corrompiendo a doncellas inocentes. Es una alimaña que se oculta entre las sombras de las alcobas, que igual muerde en los senos —subrayado erótico en los casos de mordeduras lésbicas— que en el cuello, para incrementar la legión de los no-muertos. Es también un ser escurridizo que no desprecia los poderes paranormales, como se demuestra en la secuencia en la que una daga no la atraviesa al desaparecer ante la mirada atónita del agresor. Una muestra de espiritualidad que contrasta con la sensualidad de las cálidas relaciones lésbicas. Será acosada por un grupo de expertos, entre los que destacan Ferdy Mayne —insuperable conde Von Krolock en El baile de los vampiros (The Fearless Vampire Killers, 1967), de Roman Polanski— y Peter Cushing, menos protagonista ahora que en partidas anteriores. La vampira morirá ajustándose a los más estrictos cánones: estaca clavada en el corazón y posterior decapitación. Eso sí, será el mismísimo Cushing quien gozaría de tal honor, para mayor potenciación de su eterno icono. Paralelamente a la destrucción de Mircalla, su pintura, exhibida en el salón de la fortaleza abandonada, se descompone para mostrar rasgos de muerte donde antes sólo había belleza y misterio. Un guiño final a El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, como colofón, con el lienzo maldito que refleja la eterna belleza de la modelo, pero que en su interior guarda el eco de una maldad latente, dispuesta a mostrar su verdadera faz a la postre, con el triunfo del bien.
The Vampire Lovers goza de una puesta en escena elegante, sin grandes alardes, pausada y con suaves movimientos de cámara. Cuenta asimismo con una eficaz dirección artística de Scott MacGregor y una ambientación algo encorsetada, centrada en pocos decorados, pero que sabe reflejar con éxito el ambiente gótico y tenebroso del relato original —característica básica de los filmes más inspirados de la Hammer—: impresionantes bosques, brumosos cementerios y castillo abandonado donde pululan a su antojo los vampiros amortajados. En una siniestra cripta será donde se inicie la historia en flashback, y también donde se le ponga fin. Por su parte, la fotografía de Moray Grant se esmera en pintar con sensibilidad los variables colores pastel del firmamento, que sirve así como paisaje de fondo del personaje principal, subrayando su metafísica. Como anécdota, John Forbes-Robertson, Drácula en la futura Kung-Fu contra los siete vampiros de oro (The Legend of the Seven Golden Vampires, 1974), se adelantaba aquí con un papel siniestro, como jinete que vigila desde las sombras que los designios de las tinieblas discurran de manera eficaz.
Roy Ward Baker, que nos deja ahora desconsolados con su muerte, se unía a Freddie Francis en el loable intento de demostrar que la Hammer no era sólo Fisher, con una filmografía más que interesante en la que destacan la más fiel adaptación de Carmilla y uno de los filmes más originales de los últimos años de la productora: El Dr. Jekyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll & Sister Hyde, 1971).
Ángel Gómez Rivero













Estupenda película…