Querido profesor

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Título original: Pretty Maids All In a Row

Año: 1971 (Estados Unidos)

Director: Roger Vadim

Productores: Simone Clément, Jacques Juranvillee

Guionistas: Gene Roddenberry, a partir de la novela de Francis Pollini

Fotografía: Charles Rosher Jr.

Música: Lalo Schifrin

Intérpretes: Rock Hudson (Michael ‘Tigre’ McDrew), Angie Dickinson (Betty Smith), Telly Savalas (Capitán Sam Surcher), John David Carson (Ponce de Leon Harper), Roddy McDowall (Sr. Proffer), Keenan Wynn (Jefe John Poldaski), James Doohan (Follo)…

Sinopsis: En una escuela secundaria de California, Michael ‘Tigre’ McDrew, entrenador del equipo de fútbol, mantiene relaciones sexuales con sus alumnas aprovechando su condición de consejero estudiantil; asimismo, anima a su compañera, la señorita Smith, a confraternizar también con el alumnado con el propósito de resolver los problemas sexuales de un estudiante, Ponce de Leon Harper, al que el entrenador ha decidido tomar  bajo su tutela. Cuando algunas alumnas comiencen a ser asesinadas, ‘Tigre’ McDrew se convertirá en el principal sospechoso.

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Es obvio que el éxito de Easy Rider (En busca de mi destino) en 1969 tuvo una importancia capital en la génesis de lo que se dio a llamar unos años más tarde “el nuevo Hollywood: con la perspectiva que da el tiempo, la falta de renovación en los temas que dominó la segunda mitad de la década de los 60, causante de que el público acudiera cada vez menos a los cines,  puede achacarse sin duda a la manifiesta incapacidad de los grandes estudios a la hora de conectar con la sensibilidad y los gustos de la sociedad de su época; en los tiempos de Woodstock y el amor libre aún se seguían produciendo musicales tan aparatosos, además de alejados de la realidad de aquellos días, como La estrella (Star!, 1968) de Robert Wise, La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969)  de Joshua Logan o Hello, Dolly! (Hello, Dolly!, 1969) de Gene Kelly.

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Aún cuando se evidenciaba cada vez más que las viejas fórmulas de siempre empezaban a estar desgastadas, la industria del cine se revelaba completa y lastimosamente incapaz de acometer cualquier intento de regeneración: sin embargo, después del éxito (tanto crítico como comercial) del icónico film de Hopper, los estudios cayeron al fin en la cuenta de que aún cabía la posibilidad de seguir llenando las salas (sin arriesgar demasiado dinero, además), siempre y cuando se trataran los tres temas principales que hasta ese momento habían sido tabú dentro de los márgenes del cine más comercial: drogas, sexo y/o rock ‘n’ roll.

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Los comienzos de los 70, cuando ya parecía que había llegado la hora de dejar de lado las cortapisas éticas y morales que habían dominado el cine de Hollywood durante casi cuarenta años, propiciaron situaciones tan interesantes e inéditas hasta la fecha comoque un cineasta como Russ Meyer fuera fichado por la Fox para filmar Beyond the Valley of the Dolls (1970), o que la misma compañía diera luz verde a una idea tan bizarra como la adaptación de Myra Beckenridge, novela sobre cambio de sexo de Gore Vidal, en la que Raquel Welch encarnaría (nunca mejor dicho) a un travestí, siendo acompañada además por figuras del viejo Hollywood como Andy Devine, John Carradine, John Huston o Mae West (¡¡¿?!!).

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Como se puede apreciar por la paradójica naturaleza de estos proyectos, y a pesar de lo evidente de cierto aperturismo en las materias a tratar, el sistema aún seguía reacio a dar la alternativa a las nuevas generaciones de cineastas, y continuaba jugando sobre seguro recurriendo a su plantilla habitual de estrellas y actores secundarios: en el caso del film que  nos ocupa, esto resulta evidente sólo con echarle un vistazo tanto a su reparto como a su máximo responsable, el productor y guionista Gene Roddenberry (cincuentón por aquella época) que requirió de los servicios de Roger Vadim (cuya última película había sido Barbarella) para que se encargara de la dirección.

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La historia de la película, las andanzas paralelas del joven que busca vencer su timidez sexual con ayuda de una profesora, y la del entrenador que utiliza su estatus para “beneficiarse” a sus alumnas – a la vez que éstas van cayendo a manos de un “misterioso” asesino – muy bien podría interpretarse como una metáfora del abuso de poder que por aquellos años las instituciones ejercían, y habían ejercido, sobre la juventud americana. Por desgracia o por fortuna, y a pesar de lo escabroso de su tema, Querido profesor no es todo lo transgresora que cabría esperar y, en el fondo, sigue siendo un film de Hollywood: no difiere demasiado de la estructura del cine y la televisión que los USA nos ofrecían por aquellos años, siendo de este modo absolutamente fútil la búsqueda de rebuscadas interpretaciones o segundas lecturas más allá de lo que vemos en pantalla.

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En cuanto a su intento de mezcla genérica, la comedia derivada de los equívocos sexuales entre Ponce de Leon y la señorita Smith es tan ingenua, obvia y tontorrona que haría enrojecer de vergüenza hasta al mismísimo Mariano Ozores, no siendo demasiado superior en calidad e intenciones a las constantes de la comedia sexy all’italiana que se desarrollaría en el país trasalpino durante las dos siguientes décadas, resultando bastante más pueril en todo caso: aparte, y a pesar del alto grado de atractivo que tanto Hudson como Dickinson aún conservaban a principios de la década, sus respectivos escarceos con estos jovencitos, a los que como mínimo doblaban la edad, conllevan más connotaciones siniestras o perversas que excitantes o genuinamente eróticas.

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Por otro lado, la investigación policial comandada por el personaje de Telly Savalas (¿quizás un anticipo del Kojak televisivo?) resulta ridícula y totalmente inútil en el sentido de que en la trama jamás se establece ninguna clase de whodunit (entre otras cosas, por lo demasiado sencillo que resulta atisbar desde un primer momento quien es el verdadero responsable de los crímenes) revelándose así estas secuencias como de relleno, intercambiables entre sí y totalmente accesorias, ya que además en momento alguno hacen avanzar la trama. Aún teniendo en cuenta estas deficiencias al menos se puede alegar en defensa del film que éste raramente aburre – la profusión de personajes y alternancia de situaciones no da lugar a ello – y su estructura episódica, de reminiscencias casi televisivas (ahí se palpa la mano de Roddenberry en el guión), le otorgan cierto ritmo y ligereza que consigue que seamos más indulgentes con sus imperfecciones.

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En cuanto al reparto, y aunque no se puede calificar más que de espectacular y bastante sólido, es de justicia reconocer que tan sólo Rock Hudon se esfuerza en salirse del estereotipo en el que quedan estancados el resto de intérpretes de la cinta, pareciendo ser el único actor consciente de las intenciones del film en el que estaba trabajando: el protagonista de Obsesión nos ofrece aquí un convincente cambio de registro con respecto a lo que nos tenía acostumbrados hasta la fecha,  en la composición llena de matices de este entrenador mezcla de figura paterna, epítome de la masculinidad (no creo que sea achacable a la casualidad que su personaje se llame Tigre) y, finalmente, ávido depredador sexual de toda la inocencia que le rodea. Es una lástima que Hudsonno tuviera en los años venideros demasiadas oportunidades a la hora de demostrar su verdadera valía, teniéndose que refugiar como tantas estrellas en decadencia en el ámbito de la televisión, en el que cosechó grandes éxitos con la serie McMillan y esposa.

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En resumidas cuentas, en su desequilibrado e imperfecto empeño de combinar sátira sexual, comedia negra y thriller criminal, Querido profesor da continuamente la sensación de no tener realmente una meta fija sobre aquello que nos quiere contar y, lo que es peor, ni siquiera en cómo quiere contárnoslo: la dirección de Vadim se revela eficaz pero también alarmantemente falta de estilo, aunque al menos no peca en (casi) ningún momento de pretenciosidad. Sin embargo, por su condición única de rareza (inequívoco e irrepetible producto de una confusa era de transición), creo que puede resultar sumamente interesante para todo aquel espectador que anteponga la curiosidad cinéfila sobre otras exigencias.

José Manuel Romero Moreno

Ya disponible la cuarta entrega de “The Scare-ific… collection”

Hantik Films acaba de lanzar al mercado el cuarto volumen de su colección “The Scare-ific… collection”. Siguiendo la tónica de sus anteriores lanzamientos, esta nueva entrega  se inscribe en los terrenos de la mystery comedy. Pero no se trata de un ejemplar cualquiera. En esta ocasión el título escogido es, nada menos que, The Bat, primigenia y durante muchos años perdida adaptación silente de una coetánea pieza teatral que se erige en uno de las principales precursoras de tan recurrente subgénero. Dirigida por Roland West, responsable asimismo cuatro años después de la más famosa versión de la obra, The Bat Whispers [tv: El murciélago susurra, 1930], entre sus innegables atractivos se encuentra su diseño de producción, obra de William Cameron Menzies. Además, al igual que ocurriera en la anterior A las siete en punto (Tomorrow At Seven, 1933), The Bat cuenta con la particularidad de presentar ciertos elementos que luego formarían parte de la iconografía de Batman; más concretamente, la popular bat-señal formada por un foco de luz con la silueta de un murciélago.

Como viene siendo habitual en la colección, The Bat incorpora, aparte de los intertítulos originales en inglés, subtítulos en francés, alemán, italiano y castellano, libreto con textos exclusivos en idénticos idiomas y los capítulos siete y ocho del serial Undersea Kingdom. A la espera de su desembarco en tiendas físicas, aquellos interesados ya pueden hacerse con la presente edición a través de la web de Hantik Films en el siguiente enlace: http://www.hantikfilms.com/index.php?id_cat=1&lang=lang4&id=6

Pero The Bat no es la única novedad de Hantik Films para los próximos meses. En breves semanas está previsto que el sello francés anuncie la salida al mercado de una nueva línea editorial exclusiva para España en cuyo primer lanzamiento esta Abadía ha tenido mucho que ver. En su momento ya os informaremos cumplidamente de esta nueva colección que a buen seguro hará las delicias de los aficionados a los seriales cinematográficos.

Published in: on noviembre 14, 2012 at 7:10 am  Dejar un comentario  

Pánico en la ciudad

Título original: Peur sur la ville / Il poliziotto della brigata criminale

Año: 1975 (Francia, Italia)

Director: Henri Verneuil

Productores: Simone Clément, Jacques Juranvillee

Guionistas: Henri Verneuil, Francis Veber, Jean Laborde sobre una historia de Henri Verneuil

Fotografía: Jean Penzer

Música: Ennio Morricone

Intérpretes: Jean Paul Belmondo (Comisario Letellier), Charles Denner (Inspector Moissac), Adalberto Maria Merli (Pierre Valdeck/Minos), Lea Massari (Nora Elmer), Rosy Varte (Germaine Doizon), Jean Martin (Comisario Sabin), Roland Dubillard (psicólogo)…

Sinopsis: Un asesino en serie que se cree un enviado de Dios, y que se hace llamar Minos, está aterrorizando a la ciudad de París matando a las mujeres que él considera que llevan una vida pecaminosa y libertina; sólo el duro comisario Letellier, y a pesar de no estar demasiado interesado por el caso que le han asignado, parece el único capaz de poner fín a toda esta locura.

Pánico en la ciudad es un claro ejemplo de la transformación que sufrió el polar francés a raíz del éxito planetario, a principios de los 70, de películas fundacionales del género como French connection: contra el imperio de la droga (1971), Harry, el sucio (1971) o El justiciero de la ciudad (1974), cintas de acción de claro corte comercial en las que se tuvo la valentía de introducir elementos más complejos y oscuros que los vistos hasta la fecha, ya fueran protagonistas de moral poco clara, psicópatas homicidas o explícita violencia salpicando cada uno de sus fotogramas. A partir de esta revolución, los cineastas franceses (y buena parte de sus colegas del resto del mundo: no hay que olvidar a los italianos y su poliziotteschi) se dedicarían a contar las mismas historias de siempre pero bajo el prisma de esta nueva óptica más dura y despiadada.

Aunque acuse claramente estas influencias, Pánico en la ciudad juega por otra parte al despiste genérico desde el comienzo con el espectador: empieza como si se tratara de un film de Mario Bava o de un primerizo Argento (quizá la causa sea la participación italiana en la coproducción…) con la típica escena de la dama en camisón siendo acosada telefónicamente por el maníaco de turno.  La verdad es que no podría empezar de mejor manera, y es un verdadero presagio de lo que nos podremos encontrar más adelante: diversión pura y dura, sin consideraciones realistas de ninguna clase, e incluso con algunos apuntes entre surrealistas y ridículos, bastante interesantes. Sin ir más lejos, tiene bastante gracia que la que parece que va a ser al cien por cien la primera víctima de Minos (una guapísima Lea Massari) muera finalmente de una de las formas más inesperadas, absurdas y ridículas que se hayan visto en una pantalla de cine.

Como apuntábamos antes, a pesar de este principio casi de cine de terror italiano la película se encauza demasiado pronto hacia las constantes más trilladas propias del género policíaco… aunque tomando de tanto en tanto algunos interesantes e insólitos desvíos que le otorgan algo de originalidad y la hacen destacar sobre el resto de sus coetáneas. Tras esta escena introductoria se nos presentará a la pareja de policías formada por Belmondo y Denner en plena acción, y contemplando sus modos se nos hace casi imposible no pensar en el dúo Gene Hackman y Roy Scheider de French Connection: contra el imperio de la droga, parecido que se verá agravado aún más con una persecución en los andenes del metro muy similar a la del film de Friedkin. Además, y llámeseme loco si se quiere, pero viendo esta película queda bastante patente el parecido físico que comparten el protagonista de Tiburón y Belmondo.

En esta su primera escena (en la que interroga al dueño de un bar) el comisario Letellier se desvela como un muy digno discípulo de Harry el sucio, destilando además un impagable humor entre cínico y negro, típicamente francés, que va puntuando casi todas sus intervenciones a lo largo de la historia. A pesar de esta forma de actuar mucho más audaz y contemporánea, el personaje no se libra de cargar con los consabidos clichés del clásico detective sobre sus espaldas: el cigarrillo colgando continuamente de su labio inferior y la gabardina así lo atestiguan. En su loable propósito de no aburrir en ningún momento a la audiencia, los responsables del film nos obsequian con una escena trepidante tras otra durante la primera hora de metraje: por ejemplo, para explicar la actitud desencantada y atormentada del comisario interpretado por Belmondo (lo que otros directores quizá hubiesen resuelto empleando tan sólo un simple diálogo o una frase) asistimos a un absolutamente trepidante flashback repleto de persecuciones, tiros en la cabeza a maleantes y matanza de inocentes a mansalva.

Asistiendo a estos primeros compases uno no hace más que repetirse a sí mismo que, para ser francesa, esta película es increíblemente violenta y entretenida. Como inusual es también el comportamiento del agente de la ley que encarna Belmondo: si en las películas americanas estamos hartos de ver a policías que venderían a sus madres con tal de resolver el caso que les ha sido asignado, aquí Letellier actúa como si la misión que le ha tocado no fuera con él (y así lo repite continuamente desde el principio hasta el final) e incluso, y en un momento dado, el propio personaje parece olvidar que está en una película de asesinatos en serie y se dedica a perseguir a un delincuente de poca monta que se le había escapado en otra ocasión. Incluso, para incidir aún más en este desinterés del personaje, en un momento dado exige que le releven del caso, algo realmente insólito si lo comparamos con los comprometidos y férreos policias yankis. Por si la trama del psicópata asesino de mujeres no fuera suficiente se introduce además, de forma algo forzada, una subtrama más convencional que trata de la captura de este otro malhechor, alargando bastante el minutaje y no aportando realmente nada nuevo a la historia.

Aunque ya hemos señalado que la trama toma mayormente situaciones vistas una y mil veces, hay un par de elementos que la adelantan varias décadas en el tiempo por su innovación: el primero sería ese asesino sospechosamente parecido al de Se7en (Se7en, 1995) que no sólo se cree un enviado divino con la misión de limpiar la tierra de pecadores, si no que además lee La divina comedia de Dante y, por si esto fuera poco, los policías incluso estudian dicho libro en busca de alguna pista que les pueda ayudar a resolver el caso (¿!¡?). El otro factor realmente sorprendente es el tratamiento que se le da a las escenas de riesgo en las que se ve involucrado nuestro amigo Jean Paul: Belmondo no para de ejecutar cabriolas y cucamonas a través de cornisas, tejados y trenes como si fuera un Jackie Chan gabacho, sin que se note en momento alguno ningún tipo de inclusión de dobles, o decorados que delaten el truco y que resten méritos a la valentía de la estrella gala.

A pesar del buen tono de esta primera parte, en la segunda hora decae penosamente el ritmo, llegando incluso a rozar lo chabacano cuando Letellier tiene que vigilar a una de las mujeres acosadas telefónicamente por Minos: además, en este punto de la narración surge un apunte de lo que podría llegar a ser una subtrama amorosa que, afortunadamente, no llega a desarrollarse nunca. No me resisto a señalar lo paradójico que resulta el aspecto que le dan aquí al maníaco, con ese exagerado falso ojo de cristal plantado en medio de la cara: más que producir inquietud lo que no puedes evitar es esbozar una sonrisa cada vez que éste se despoja de sus gafas.

Ya alcanzando el final, y aunque se intenta crear un clímax apoteósico a base de la inclusión de secuestros, rascacielos y rescate en helicóptero, la fastidian de lleno metiendo con calzador a un psicólogo que se supone viene a explicarnos – como si fuera mínimamente importante – el posible origen de la perturbación mental del asesino… disertación totalmente innecesaria y anticlimática, por supuesto: si ya la explicación final de Psicósis en el año 60 resultaba demasiado obvia, no te quiero decir lo que parece esta nada menos que 15 años después. Y es que, aunque en el balance final Pánico en la ciudad  saca sobresaliente en lo que concierne a la acción y al tratamiento de los elementos criminales, falla estrepitosamente en cuanto hay que dotar de la más mínima profundidad a sus personajes: incluso en cualquier aventurilla policíaca de bolsilibro (con los que la historia de este film tiene más de un punto en común) se cuida más lo relativo al dibujo de la personalidad de los caractéres.

Por último, señalar como lo más destacado la estupenda secuencia en el almacén de maniquíes (que supone un momentáneo regreso a la estética exagerada del giallo) y, sobre todo, la estupenda banda sonora de ese titán llamado Ennio Morricone que, aunque sea bastante parecida a otras suyas (aquí resuenan ecos de Revolver o Cittá violenta), siempre es un auténtico placer reconocer su vigorosamente dramático estilo acompañando a las imágenes. Recapitulando, Pánico en la ciudad es un estupendo entretenimiento que acusa en demasía el lastre de querer llegar a ser más de lo que en realidad es, tomándose finalmente demasiado en serio a sí misma: con media hora menos estaríamos ante una auténtica joyita.

José Manuel Romero Moreno

Henry Vernuil conversando con Jean-Paul Belmondo durante el rodaje de "Pánico en la ciudad"

Henry Verneuil conversando con Jean-Paul Belmondo durante el rodaje de “Pánico en la ciudad”.

Los ojos de un extraño

Título original: Eyes of a Stranger

Año: 1981 (Estados Unidos)

Director: Ken Wiederhorn

Productor: Ronald Zerra

Guionistas: Eric L. Bloom, Ron Kurz

Fotografía: Mini Rojas

Música: Richard Einhorn, Ken Neinkirchen

Intérpretes: Lauren Tewes (Jane Harris), Jennifer Jason Leigh (Tracy Harris), John DiSanti (Stanley Herbert), Peter DuPre (David), Gwen Lewis (Debbie Ormsley), Kitty Lunn (Annette)…

Sinopsis: Una periodista está convencida de que su misterioso vecino, que vive en el edificio de enfrente al suyo, es en realidad el asesino en serie que en las últimas semanas está aterrorizando a la ciudad de Miami.

A veces resulta bastante curioso el hecho de repasar la filmografía de ciertos directores: si nos fijamos en el caso de Ken Wiederhorn, vemos que tiene en su haber dos de los más infames (y eso es decir mucho) films sobre adolescentes con las hormonas revueltas que surgieron tras el éxito de Desmadre a la americana (Animal House, 1978): son Desmadre en la universidad (King Frat, 1979), en la que su escena más memorable sería ese concurso de ventosidades donde pierde aquel que se defeque encima (¿¡!?) y Los albóndigas atacan de nuevo (Meatballs Part II, 1984), con la novedad en este tipo de películas de contar con la presencia de un alienígena judío (¿¿¡!??) y cuyo protagonista es nombrado durante todo el metraje con el cariñoso apelativo de pichacorta (¿¿¿¡!???). Como imaginaréis, comparada con estas dos joyitas, una película del estilo de Porky’s (Porky’s, 1981) parece que estuviera dirigida por Preston Sturges.

En cuanto a las incursiones en el terror de nuestro hombre, tenemos por una parte Ondas de choque (Shock Waves, 1977), editada en DVD por la compañía Blue Underground con el llamativo slogan de La mejor película de zombis nazis de la historia del cine, y también La divertida noche de los zombies, también conocida como El regreso de los muertos vivientes 2 (Return of the Living Dead Part II, 1988), divertidísima (valga la redundancia) continuación del clásico de Dan O’Bannon que, aunque parezca imposible, logra superar con creces la locura de su predecesora.

Si tenemos en cuenta los antecedentes de este director (poco más que un simple artesano que, manejando el material adecuado, es como mucho capaz de ofrecernos un film entretenidillo) no podemos dejar de asombrarnos al asistir a los primeros compases de Los ojos de un extraño (Eyes of a Stranger, 1981), película realizada por Wiederhorn a principios de los 80.

Por aquella época el género slasher parecía haberlo invadido todo, y no sólo en lo concerniente al cine de terror puro y duro: incluso autores como Brian De Palma no dudaban en incluir alguna que otra cuchillada en sus thrillers, influenciado sin duda más por sus homólogos italianos, como Argento o Bava, que por producciones taquilleras del momento como La noche de Halloween (Halloween, 1978) o Viernes 13 (Friday the 13th, 1980).

Precisamente, las claras referencias a Bava (y a films como Bahía de sangre o Seis mujeres para el asesino) se hacen notar casi desde el primer plano de Los ojos de un extraño, impresión que nos confirmará del todo la estupenda secuencia del primer asesinato: la iluminación oscura aunque colorista, el muy cuidado manejo de la cámara y la brutal irrupción de la violencia, nos traen a la memoria las maneras del mítico director italiano. Viendo esta escena es inevitable no pensar en Las tres caras del miedo (I tre volti della paura, 1963) y su primer segmento, El teléfono, precisamente el medio por el que se vale nuestro asesino para acosar a las víctimas antes de acabar con ellas. Además, es en este primer segmento donde el gran Tom Savini puede lucirse más en lo que respecta a sus imaginativamente sangrientos efectos, aunque desgraciadamente no se prodiguen tanto como sería de esperar en el resto de acciones homicidas, circunstancia ésta que señalaremos con detenimiento más adelante.

Mal que nos pese, en el resto del metraje se ve muy poco de las virtudes desarrolladas en estos tempranos compases, acercándose de ahora en adelante más a las maneras de un Hitchcock de baratillo: esto sucede especialmente en las distintas ocasiones en las que la periodista se cuela en la casa del homicida en busca de pruebas que lo incriminen, tal y como hacía Grace Kelly en La ventana indiscreta (Rear Window, 1954), con planos y hasta escenas enteras calcadas de ésta. Incluso, el aspecto de persona normal y corriente del asesino, no difiere demasiado del que tenía Raymond Burr en el film de Hitchcock.

Entrando ya de lleno en la historia, ésta trata de una presentadora de informativos (Lauren Tewes, conocida sobre todo por su personaje de Julie en la serie Vacaciones en el mar) que sospecha que su vecino es un peligroso homicida maníaco sexual, y cómo trata de convencer a su noviete abogado de que la razón está de su lado, y que no está en absoluto sugestionada por su trabajo como reportera. Además, tiene que cuidar de una hermana ciega, sorda y muda (una casi púber Jennifer Jason Leigh) de la que se nos irá contando, mediante flashbacks, cómo llegó a ese estado y por qué su hermana se siente culpable por ello. Es en el personaje y la interpretación de la protagonista de eXistenZ (eXistenZ, 1999) donde la película consigue su sello distintivo, y con la que podría haber destacado sólo con que se hubiera potenciado un poco más su presencia: lamentablemente, sólo es aprovechada de forma plena en el tramo final, malgastando así un valor seguro que podría haber llevado al film a unas cotas más elevadas de originalidad de las que en realidad posee.

La estructura de la película es tan sencilla que antes de la mitad de su metraje ya puedes adivinar sin dificultad lo que va a suceder en los minutos restantes: las investigaciones de la protagonista, y su convencimiento paulatino de que vive cerca de un criminal (un bastante alejado del típico psicópata John DeSanti) se van intercalando con las escenas de los distintos asesinatos que éste va llevando a cabo. Es, precisamente, en esa reiterativa sucesión de crímenes donde la tensión conseguida en los primeros minutos se va desvaneciendo: si el prólogo revelaba una estudiada puesta en escena, y un ánimo claro por sorprender al espectador, con cada nueva muerte que desfila ante nuestros ojos se va evidenciando una falta de imaginación y de recursos preocupante, llegando hasta el extremo de que, en los últimos homicidios, deciden resolver la papeleta por medio de inapropiadas elipsis. Yo me pregunto: ¿tiene algún sentido recurrir a estas supuestas sutilezas cuando, antes del primer cuarto de hora, le has cortado la cabeza de cuajo a un tipo y se la has metido en una pecera?; ¿falta de presupuesto, tal vez? es poco probable: pareciera más bien que a Savini, llegado determinado punto de la producción, no se le ocurrió ninguna otra idea de cómo matar (otra vez) a alguien de forma mínimamente original.

Puestos en el plan de buscarle defectos, podríamos achacarle las increíbles casualidades que llevan a que el asesino y nuestra heroína crucen finalmente sus destinos: pero este factor, lejos de restarle méritos, le da ese toque surreal y casi fantástico propio del giallo, convirtiendo así en algo más divertida la experiencia de su visionado.

En cuanto a su final, a pesar de ser más o menos esperado y previsible, te llega a perturbar seriamente por la crueldad con la que es tratado el personaje de la hermana ciega. Esta vez no hay violencia estilizada a lo Bava, o exagerada al estilo Viernes 13, como en el resto de la cinta: el modo de filmar el brutal ataque a esta delicada adolescente es lo más realista y seco posible, y además se ve exacerbado al ir dirigido sobre la figura más indefensa de toda la película.

En conclusión, una vez vista Los ojos de un extraño , resulta ser una peli bastante amena y entretenida, a pesar del pequeño inconveniente de estar tejida a base de manidos clichés, y de la circunstancia de que es demasiado fácil (y demasiado pronto) para el espectador prever por qué derroteros va a transcurrir su historia.

José Manuel Romero Moreno

Los “Inner Sanctum” de Lon Chaney Jr. por “L’Atelier 13 – Vintage”"

Creado por el productor Himan Brown, Inner Sanctum Mystery fue un programa radiofónico emitido en los Estados Unidos del 7 de enero de 1941 al 5 de octubre de 1952. Con un total de 526 episodios, fue una antología de radio-novelas de misterio, suspense y terror. Entre los capítulos más míticos estuvo una adaptación de El corazón delator de Poe, y tuvo intérpretes del nivel de Boris Karloff, Peter Lorre, Claude Rains, Orson Welles, Frank Sinatra, Mercedes McCambridge, Richard Widmark, Everett Sloane, Burgess Meredith o Agnes Moorehead.

Basándose en algunos de los episodios emitidos, la Universal produjo una serie formada por media docenas de títulos de bajo presupuesto, unidos por el protagonismo comúm de Lon Chaney Jr.. Sus títulos serían Calling Dr. Death (Doctor Muerte, 1943), Weird Woman (Amenaza incógnita, 1944) -basada esta en la estupenda novela Esposa hechicera (Conjure Wife, 1943) de Fritz Leiber-, Dead Man’s Eyes (Los ojos del muerto, 1944), The Frozen Ghost (El fantasma helado, 1945), Strange Confession (Extraña revelación, 1945) y Pillow of Death (La almohada de la muerte, 1945). Jamás vistas en España -salvo algún posible pase en festivales-, ahora Absolute Distribution lanza en Dvd las seis cintas en un pack publicado por L’Atelier 13 dentro de su serie Vintage, con las películas repartidas en dos discos DVD-9 a razón de tres películas cada uno, y editadas en su versión original con subtítulos en castellano.

Published in: on abril 24, 2012 at 6:44 am  Comentarios (1)  

De repente, la oscuridad

Título original: And Soon the Darkness

Año: 1970 (Gran Bretaña)

Director: Robert Fuest

Productores: Albert Fennell, Brian Clemens

Guionistas: Brian Clemens, Terry Nation

Fotografía: Ian Wilson

Música: Laurie Johnson

Intérpretes: Pamela Franklin (Jane), Michele Dotrice (Cathy), Sandor Eles (Paul), John Nettleton (gendarme), Claude Bertrand (Lassal), Hana Maria Pravda (Madame Lassal), Jean Carmet (Renier), John Franklyn (anciano), Clare Kelly (maestra)…

Sinopsis: Dos jóvenes enfermeras británicas, Jane y Cathy, pasan las vacaciones recorriendo Francia en bicicleta. Las muchachas discuten y Jane se marcha. Al volver, horas después, para buscar a Cathy, ésta ha desaparecido…

Robert Fuest (nacido en 1927) fue un realizador muy conocido por los aficionados gracias a las películas de culto El abominable doctor Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971) y su secuela El retorno del doctor Phibes (Dr. Phibes Rises Again, 1972); de igual modo, el film que nos ocupa es una pequeña y olvidada obra que debe ser reivindicada. De repente, la oscuridad es un thriller psicológico tan en boga en la década de los setenta, una obra artesanal, diríase típicamente británica, pero que se sustenta en un excelente guión y en una maravillosa actriz, Pamela Franklin, que lleva por completo el peso de la acción. La intérprete, que es recordada por su papel en la obra maestra ¡Suspense! (The Innocents, 1960) de Jack Clayton, consigue transmitir la sensación de indefensión y terror puro con una sola mirada. Su rostro, dulce e inocente, se va transformando a lo largo de la cinta en un rostro inquieto y temeroso, casi paranoico. Pamela Franklin logra sin esfuerzo que el espectador se crea al personaje y se aterrorice con ella.

El guión, tal vez con un punto de partida muy manido -el propio Brian Clemens usaría un similar tratamiento en la posterior e inferior Terror ciego (Blind Terror, 1971)-, va engarzando las escenas una tras otra sin prisa pero sin pausa. Desde el instante preciso, la escena de la desaparición, la angustia va acumulándose hasta que al final se produce un estallido de terror y, por qué no, de alivio. Mientras Jane va descubriendo las pistas, desconfiando de todo el mundo, se apodera de ella el pánico y la paranoia, arrastrando simultáneamente al espectador. La utilización de un escenario ubicado en otro país, en este caso Francia, acentúa más la indefensión de la chica al ser una extraña en un lugar desconocido, por lo menos para ella, y no tener ningún amigo en quien confiar.

El director, que anteriormente fue pintor y decorador, demuestra su capacidad para la composición e iluminación de las escenas, así el bosque está rodado con poca luz y los personajes son aplastados por éste, escenas estas que en muchos momentos llega a recordar a la magistral El cebo/Es geschach am hellichten Tag (1958) de Ladislao Vajda. Robert Fuest va dosificando la puesta en escena; por lo tanto, el comienzo del film se muestra rodado con planos largos, exhibiendo el paisaje tranquilo y bucólico para dotar al conjunto de una apariencia de inocente paseo en bicicleta. Cuando la chica ha desaparecido, las escenas se tornan cerradas y opresivas, se exponen momentos en que los personajes parecen atrapados en el encuadre, demostrando la opresión que sufre la muchacha. En los momentos finales el ritmo se acelera para mostrar cómo la tensión contenida se desborda y todo se precipita hasta su resolución. El realizador demuestra su habilidad en narrar historias y no aparece como un simple depositario de bonitas estampas, como a veces ha sido criticado: Fuest sabe lo que cuenta y cómo lo cuenta. A destacar el plano final, una vez desatado el clímax, con un elegante movimiento de grúa relacionando personajes y circunstancias en un solo plano, acabando en un encuadre de la caravana y, a través del ventanuco situado en el techo, se ve un cadáver; comienza a llover…

De repente, la oscuridad es un buen film, tal vez olvidado, pero que sabe llegar al espectador y consigue inquietarle, aunque sea durante unos escasos noventa y nueve minutos; pero hoy en día ese tiempo es mucho.

Luis Alboreca

Published in: on marzo 30, 2012 at 7:22 am  Comentarios (2)  
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Inferno [tv/dvd: Infierno]

Título original: Inferno

Año: 1953 (Estados Unidos)

Director: Roy [Ward] Barker

Productor: William Bloom

Guionista: Francis M. Cockrell

Fotografía: Lucien Ballard

Música: Paul Sawtell

Intérpretes: Robert Ryan (Donald Whitley Carson III), Rhonda Fleming (Geraldine Carson), William Lundigan (Joseph Duncan), Larry Keating (Dave Emory), Henry Hull (Sam Elby), Carl Betz (Teniente Mike Platt), Robert Burton (Sheriff), Robert Adler (Ken), Harry Carter (Adjunto Fred Parks), Charles J. Conrad, Everett Glass (Mason, mayordomo de Carson), Adrienne Marden (Secretaria de Emory), Barbara Pepper (Camarera), Charles Tannen (Locutor de radio de la policía), Dan White (Lee)…

Sinopsis: El déspota y alcohólico millonario Don Carson se rompe una pierna al caerse del caballo por un profundo cañón durante una excursión por un desierto del suroeste de Estados Unidos, cerca de la frontera mexicana. Su esposa Geraldine y el amante de ésta, Joseph Duncan, lo dejan allí abandonado para que muera de hambre y de sed. Pero Carson lucha por sobrevivir y, tras una semana de penurias, jura vengarse de quienes han pretendido acabar con su existencia.

En muchas ocasiones me he llegado a plantear la singularidad de la obra cinematográfica del británico Roy Ward Baker (1916), en la medida que a partir de Noche en el alma (Don’t Bother To Knock, 1952) este desarrolló una andadura en el seno del cine norteamericano –siempre al amparo de la 20th Century Fox-, que se prolongó durante varios años, retornando tras esta experiencia al contexto del cine británico, en donde pocos años después se incorporó a la nómina de la productora Hammer Films. En su seno filmó un número considerable de títulos, de los que quizá el más mitificado –y a mi juicio sobrevalorado- resulte El doctor Jeckyll y su hermana Hyde (Dr. Jeckyll & Sister Hyde, 1971), y personalmente considere con enorme distancia como el mejor título de su filmografía el extraordinario ¿Qué sucedió entonces? (Quatermass and the Pit, 1967) que siempre he considerado una de las obras cumbres del cine fantástico inglés.

De cualquier manera, en la medida del cómputo de su obra que he podido contemplar hasta la fecha, no me ha permitido más que ratificar la impresión de que en Ward Baker se encuentra un competente artesano, por lo general escorado en los terrenos de los sombrío e incluso de la sordidez en el comportamiento humano, pero que en pocas ocasiones su competencia profesional ha logrado traspasar la barrera de un resultado medio más o menos estimable –en otras, lógicamente, ni eso-. Es algo que se puede evidenciar en los títulos que se insertan en su obra norteamericana, por lo general integrados dentro del thriller o el cine de suspense, en los que se encuentra una clara intención a la hora de ofrecer productos sólidos –algo que se consigue-, pero al mismo tiempo se dejan entrever las limitaciones que el cineasta manifestaba, a la hora de lograr resultados superiores a los del solvente tratamiento cinematográfico de sus propuestas argumentales. En ese aspecto concreto, creo que Ward Baker no logró jamás –salvo en la ya citada tercera andadura cinematográfica del profesor Quatermass- proporcionar una dimensión especial a su cine, como si lo consiguiera Terence Fisher, o incluso de manera ocasional un John Gilling o Seth Holt –por no salirnos del ámbito de la célebre productora británica-.

Dentro de dichas coordenadas, el referente que nos proporciona Inferno [tv/dvd: Infierno, 1953] resulta sintomático y revelador de los cauces por los que se insertaba el cine de Ward Baker en su andadura norteamericana. Probablemente siguiendo el sendero de mezcla de géneros que con tanto éxito se implantó en la coetánea Niágara (Niagara, 1953) de Henry Hathaway, la película se estructura con los tintes de un extraño melodrama triangular, aunando en su desarrollo ecos de thriller y, de manera muy especial, escenarios cercanos al western, centrados en una historia de supervivencia que recoge no pocos elementos del cine de aventuras. Dentro de esta curiosa configuración se expone la dramática experiencia vivida por un poderoso millonario –Don Carson (Robert Ryan)-, que se ha roto una pierna en plena zona desértica del sur de Estados Unidos, casi en la frontera con México. Un accidente sufrido a caballo, en el que su esposa –Geraldine (Rhonda Fleming)- y el amante de esta y hombre de confianza de Carson –Joseph Duncan (William Lundigan)-, deciden de manera mancomunada dejarlo en el lugar del accidente para que no pueda sobrevivir de dicha situación. Será este el sucinto punto de partida sobre el que girará el desarrollo de un argumento en el que el desierto se erige de manera muy poderosa como el principal protagonista de la función. Ayudado por la magnífica prestación que ofrece el cromatismo saturado de la fotografía en color del gran Lucien Ballard, lo cierto es que el discurrir de Inferno adquiere una bifurcación bastante extraña, que marca el alcance de sus atractivos y limitaciones.

El espectador muy pronto se dará cuenta del escaso interés que mantienen las secuencias que cuentan las vacilaciones, incidencias e incluso el eco que la desaparición de Carson ofrece en su entorno de trabajo y relaciones habituales, unido a las argucias de la pareja de amantes que han favorecido la situación –encarnada por el insípido Lundigan y una desaprovechada Rhonda Fleming-. Serán secuencias rutinarias y desprovistas del más mínimo interés –aunque en ocasiones incorporadas con atractivos apuntes de montaje-, que parecen ser insertadas como “descansos” narrativos al discurrir paralelo de la búsqueda del accidentado de su propia supervivencia. No cabe duda que será ese, el aspecto que finalmente deviene como el mayor aliciente. Todos los escarceos del millonario accidentado, espléndidamente encarnado por Robert Ryan –atención a su expresión cuando logra extraer agua tras deducir que bajo la tierra pueda encontrar ese líquido que tanto desea-, y ayudado por una siempre oportuna voz en off, marcan un relato de supervivencia espléndidamente modulado, que poco a poco va adquiriendo un mayor peso específico en el relato, hasta erigirse como el eje motriz del mismo y marcar en el espectador una notable empatía con su artífice.

Inferno es un film que se encuentra dentro de esa extraña configuración de títulos de suspense o lejanamente noir rodados en color –ejemplos como Desert Fury (1947) de Lewis Allen, Ligeramente escarlata (Slightly Scarlett, 1956) de Allan Dwan-, pero al mismo tiempo es una película adscrita para su exhibición en tres dimensiones. En su demostración práctica en la película, preciso es reconocer que su presencia no resulta excesivamente molesta más que en la brutal pelea que, en los minutos finales, mantienen en su reencuentro, Carson y Duncan en una vieja cabaña ubicada en plena zona desértica. Unas secuencias que combinan dureza visual junto a un excesivo servilismo al formato para las que fueron realizadas, y que de alguna manera sirven como perfecto resumen de las posibilidades y defectos entroncados, casi a partes iguales, en este con todo estimable producto.

Juan Carlos Vizcaíno

 

* Texto aparecido originalmente en el blog Cinema de perra gorda y reproducido con el consentimiento de su autor.

Sherlock Holmes: Juego de sombras

Título original: Sherlock Holmes: A Game of Shadows

Año: 2011 (Estados Unidos)

Director: Guy Ritchie

Productores: Susan Downey, Dan Lin, Joel Silver, Lionel Wigram

Guionistas: Michele Mulroney, Kieran Mulroney, según los personajes creados por Arthur Conan Doyle

Fotografía: Philippe Rousselot

Música: Hans Zimmer

Intérpretes: Robert Downey Jr. (Sherlock Holmes), Jude Law (Dr. John Watson), Noomi Rapace (Madam Simza Heron), Rachel McAdams (Irene Adler), Jared Harris (profesor James Moriarty), Stephen Fry (Mycroft Holmes), Paul Anderson (coronel Sebastian Moran), Kelly Reilly (Mary Watson), Geraldine James (Mrs. Hudson), Eddie Marsan (inspector Lestrade), William Houston (alguacil Clark), Wolf Kahler (doctor Hoffmanstahl), Clive Russell (capitán Tanner), Iain Mitchell, Jack Laskey, Patricia Slater, Karima Adebibe, Richard Cunningham, Marcus Shakesheff, Mark Sheals, George Taylor, Michael Webber, Mike Grady, Alexandre Carril, Victor Carril, Thorston Manderlay, Affif Ben Badra, Daniel Naprous, Lancelot Weaver, Vladimir ‘Furdo’ Furdik…

Sinopsis: Europa empieza a sufrir una serie de atentados terroristas, y Holmes deduce la sombra de Moriarty detrás de todo. En efecto, el detective se reúne con el profesor, y este le informa de que Watson, pese a su matrimonio y consiguiente desaparición de escena, será su objetivo próximo, así como su esposa. Holmes intentará salvar a su amigo e impedir que la oleada terrorista prosiga.

El gran logro comercial (olvidemos piadosamente el artístico, por favor) del Sherlock Holmes dirigido por Guy Ritchie en 2009 obligaba, obvio es, a una pronta secuela que siguiera los mismos moldes estilísticos de su predecesora. Dicho y hecho, con una rapidez inusitada se perpetró esta continuación, que diríase prosigue al día siguiente de aquel con que finalizaba la previa, pues el año de acción sigue siendo el mismo, 1891.

En el camino, casi todo el staff de la ficha técnica permanece, siendo el cambio más ostentoso la sustitución de los guionistas originales -Michael Robert Johnson, Anthony Peckham y Simon Kinberg, según un argumento de Lionel Wigram y M. R. Johnson- por otros nuevos, en concreto los hermanos Michele y Kieran Mulroney (el actor Dermot Mulroney es también hermano de ambos). ¿Qué mérito tienen estos? Michele produjo, escribió y protagonizó Sunny & Share Love You (2007), una comedia dirigida por Matthew Buzzell que no tuvimos el honor de disfrutar en España. Después, entre ambos, se hicieron cargo del libreto de Paper Man (2009), que de igual modo dirigieron, y que posiblemente fuese el aval para hacerse cargo de la presente, pues se trataba de una aproximación irónica al mundo del superhéroe, protagonizada por Lisa Kudrow, Jeff Daniels y Ryan Reynolds.

Se dice que el guion de la presente película es una fusión de diversos textos originales de Sir Arthur Conan Doyle, pero creo que es demasiado exagerado afirmar algo así. Diríase que la trama principal, los planes de Moriarty para ser el instigador de lo que devendría en la Primera Guerra Mundial, procede de un sinfín de pastiches escritos a lo largo de muchos años por una gran variedad de autores sherlockianos. Dentro de eso, han integrado (o más bien el mítico asesor Leslie S. Klinger, especialista en el Canon) pequeños guiños procedentes de la obra del autor de La compañía blanca (The White Company, 1891), como pudieran ser rasgos de las novelas El signo de los cuatro y El valle del miedo, así como de los relatos “El intérprete griego”, “La banda de lunares”, “El detective moribundo”, “Los planos del Bruce Partington” y “La segunda mancha”. Eso sí, todo ello embrozado en una versión muy libre del cuento “El problema final”, amén de incorporar al personaje del coronel Sebastian Moran, pieza fundamental de “La casa vacía”, aventura inmediatamente posterior en el aspecto cronológico a “El problema final”.

Por lo demás, los ingredientes que conformaron la idiosincrasia del título previo prosiguen aquí, así el diseño de producción lujoso (que se amplía con la extensión a otras grandes ciudades europeas), la acción desenfrenada, el recurso de las “reflexiones” de Holmes previas a cualquier ataque defensivo, la relación amor-odio entre Holmes y Watson (algo que jamás existió en las historias originales) y, sobre todo, el humor infantil. Solo que en esta ocasión todo, desde el primero hasta el último plano, está magnificado ad nauseam.

Los rasgos más sobresalientes de esta producción, amén de lo referido, es, por un lado, la aparición, al fin, del profesor James Moriarty. Si en la anterior película los escasos momentos en que se percibía su presencia estaban rodados con el misterio como eje vertebrador, sin revelar su rostro y mostrándole (o no mostrándole) como una esencia maligna, casi sobrenatural, aquí, por el contrario, se trivializa su personalidad. Es un mero profesor universitario, con planes criminales, pero alguien carente de cualquier perfil amenazador en sus actos o su presencia. El primer enfrentamiento dialéctico entre este y Holmes se resuelve con una verborrea interminable carente por completo de tensión, y el rasgo que frivoliza al Napoleón del crimen se confirma en las escenas posteriores, en especial aquella en que se pone a canturrear La trucha.

Otra de las grandes apariciones, de cara a todo sherlockiano que se precie, es la del hermano más listo de Sherlock Holmes, Mycroft, interpretado además por el muy adecuado Stephen Fry, caracterizado, como era lógico esperar, con una apariencia que remite a Oscar Wilde. En efecto, el Mycroft de las historias de Conan Doyle (y de sus continuadores) muestra una inteligencia mucho más viva aún que la de su hermano. Sin embargo, aquí, en ese afán de minimizar todo de cara al espectador menos exigente, también se ha optado por conferirle perfiles paródicos, que llegan al súmmum cuando lo convierten en un mero nudista.

En esta ocasión, el cometido de Irene Adler es reducido en gran cantidad, así pues el “gran personaje femenino” del film es representado por Madam Simza Heron, una pitonisa cíngara con sorprendentes aptitudes para la lucha, y que es interpretada desastrosamente por la actriz Noomi Rapace, a tal punto que semeja una debutante sin experiencia alguna. A la escasa participación de Irene Adler se suma la del inspector Lestrade, por cierto, pese a que en los créditos figura inusitadamente alto con respecto a su presencia.

Guy Ritchie narra todo con el piloto automático puesto, fiel a la fórmula de que lo que aquí se presencie ha de ser igual a lo que se ofrecía en el film previo, pero centuplicado. Sin embargo, por encima de todo predomina el humor, que llega ya a un nivel que solo puede ser denominado como una apología al cretinismo. Sorprende cómo, de un film a otro, el director de Barridos por la marea (Swept Away, 2002) no ha aprendido la lección y sigue mostrando ese enorme desequilibrio tonal, donde a una escena que semeja procedente de una comedia de Jim Carrey prosigue otra de una inusitada pomposidad y aires de trascendencia, semejando todo una especie de montaña rusa donde las vagonetas sufrieran constantes tirones, sin avanzar de un modo fluido.

La desidia profesional se contamina a la pareja protagonista, Robert Downey Jr. y Jude Law. Si, dentro de los cánones simplistas de la primera película, ambos actores procuraban encarnar con cierta solvencia sus personajes, en especial Law (qué gran Watson hubiera surgido de ahí con unos postulados más formales), aquí ambos se comportan con total despreocupación por sus cometidos, adoptando una actitud chusca, como si en realidad no estuvieran trabajando sino meramente pasando el rato, llegando la actitud de desidia interpretativa de Downey Jr. al nivel de desvergüenza.

El despropósito de este engendro fílmico llega, finalmente, a tal nivel, que la muy insatisfactoria primera entrega, por comparación, semeja un producto medianamente apañado. Pero no nos engañemos: la prometida tercera entrega puede hacer entonces aparentar la presente como algo no del todo desdeñable. Avisados estamos.

Carlos Díaz Maroto

The Brute Man [dvd: The Brute Man]

Título original: The Brute Man

Año: 1946 (Estados Unidos)

Director: Jean Yarbrough

Productor: Ben Pivar

Guionistas: George Bricker, M. Coates Webster, según argumento de Dwight V. Babcock

Fotografía: Maury Gertsman

Música: Hans J. Salter, William Lava, Charles Previn, Paul Sawtell, Frank Skinner

Intérpretes: Tom Neal (Clifford Scott), Jan Wiley (Virginia Rogers Scott), Jane Adams (Helen Paige), Donald MacBride (capitán de la policía M. J. Donelly), Peter Whitney (teniente de la policía Gates), Fred Coby (joven Hal Moffet), Janelle Johnson Dolenz (Joan Bemis), Rondo Hatton (Hal Moffet, ‘The Creeper’), Mary Ann Bricker, Peggy Converse, James Nolan, Jack Parker, Oscar O’Shea, John Hamilton…

Sinopsis: La ciudad es asaltada por unos misteriosos crímenes. Todas las víctimas están vinculadas por conocer hace tiempo a un atleta universitario que por un accidente en que estuvieron implicadas aquéllas, quedó con el rostro deformado. Ahora ha vuelto y pretende vengarse por el mal que soporta.

Amén de los clásicos del terror de la Universal que hoy día se veneran en toda la bibliografía del género, la productora también efectuó pequeñas películas como la presente, de menores ambiciones artísticas, y que sólo buscaban cubrir un hueco en el comercio cinematográfico. Algunas de estas películas ofrecían en su reparto (nunca como protagonista, aunque era el mayor reclamo de las mismas) al actor Rondo Hatton, un hombre que, si bien atractivo en su juventud, con la edad comenzó a desarrollar una enfermedad denominada acromegalia, que deformaba sus facciones, y por lo cual hicieron uso de él como “monstruo” en los referidos filmes. Esta fue la última película en la que intervino, pues falleció poco antes del estreno de un ataque al corazón; tras su fallecimiento, la productora se quedó algo contrita por el provecho económico que había sacado a la enfermedad del actor, por lo que decidió vender los derechos del film a una productora de serie B, la Producers Releasing Corporation.

La presente película es, en realidad, una producción policíaca, con unos pocos elementos de terror, en especial durante su arranque, y el uso de la iluminación y el personaje de Hatton para conferir un toque siniestro al producto. El guión es bastante convencional y previsible, destacando en particular la facilidad con que se puede uno colar en las casas de la ciudad donde acontecen los sucesos, o que una ciega haga alarde de ir a encender la luz. Ya que mencionamos a la ciega, destaquemos ese recurso argumental, la amistad del hombre deforme y la muchacha invidente, que acaso pudiera ser un recurso arrebatado a una de las mejores escenas de la magistral La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), de James Whale, en concreto aquella en la cual el monstruo comparte cabaña con el violinista ciego (aquí, la muchacha toca el piano). En todo caso, pese a lo cursi que pudiera semejar este elemento, no es del todo desdeñable, dado la solidez y convicción de los intérpretes, incluso Rondo Hatton, que era algo más que una mera presencia física, y que otorga de empuje, fuerza e interés a muchos de los momentos del film (determinados elementos argumentales de la película, por cierto, coinciden con la biografía del actor).

Prosiguiendo con el guión, cabe destacar la escena final, en la cual los personajes, tanto la policía como la muchacha ciega, muestran escasos escrúpulos hacia Hal Moffet, el asesino, “al fin y al cabo era un enfermo”, dice el capitán (el excelente actor de comedia Donald MacBride, aquí un poco fuera de lugar), para dar con eso por zanjado cualquier recato que pudieran sentir ante el modo en que tratan al personaje.

La puesta en escena de Jean Yarbrough es rutinaria, destacando el uso que hace de una magnífica fotografía debida a Maury Gertsman, y el empleo de un excelente plano en picado en la escena en la cual Hatton asciende las escaleras la primera vez que se cuela en el apartamento de la muchacha ciega.

Una película sencilla y elemental, pero que resulta entretenida y se deja ver sin esfuerzo, clásico ejemplo del cine de complemento de la época.

Carlos Díaz Maroto

Published in: on enero 2, 2012 at 7:42 am  Dejar un comentario  
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Armas secretas

Título original: Highly Dangerous

Año: 1950 (Gran Bretaña)

Director: Roy [Ward] Baker

Productor: Antony Darnborough

Guionista: Eric Ambler

Fotografía: Reginald H. Wyer

Música: Richard Addinsell

Intérpretes: Margaret Lockwood (Frances Gray), Dane Clark (Bill Casey), Marius Goring (Comandante Anton Razinski), Naunton Wayne (Mr. Hedgerley), Wilfrid Hyde-White (Mr. Luke, cónsul británico), Eugene Deckers (Alf, el ‘contacto’), Olaf Pooley (Detective-Interrogador), Gladys Henson (Asistente), Paul Hardtmuth (Sacerdote), Michael Hordern (Director del Laboratorio Owens), George Benson (Cliente puesto de sándwiches), Eric Pohlmann (Joe, el camarero), John Horsley (Oficial de aduana), Patric Doonan (Aduanero), Joan Haythorne (Judy), Jill Balcon (Celadora), John Boxer  (Sargento de policía), Ernest Butcher (Tom, asistente de laboratorio), Robert Cawdron, Anton Diffring, Toni Frost, John Gabriel, Philo Hauser, John G. Heller, Noel Johnson, Richard Marner, Anthony Newley, Michael Rittermann, Lance Secretan, Ewen Solon…

Sinopsis: Frances es una reputada entomóloga que, debido a sus grandes conocimientos sobre virus y bacterias, es requerida por el servicio secreto británico para realizar una peligrosa misión.  Debe viajar a un país imaginario de los Balcanes e investigar un nuevo tipo de armas bacteriológicas que supuestamente está desarrollando el enemigo.

Pocas filmografías son más curiosas como las del británico Roy Ward Baker (1916 – 2010). Londinense de nacimiento y fallecimiento, desarrolló en Estados Unidos una nada desdeñable andadura, en donde demostró sus dotes como competente artesano, al tiempo que combinaba su obra con otros títulos firmados en su país natal, donde finalmente se estableció, integrándose de manera intensa en el ámbito televisivo. Pero sin duda su capítulo filmográfico más conocido sea la vinculación a Hammer Films, en donde firmó realmente de todo. Desde las más bien olvidables  Las cicatrices de Drácula (Scars of Dracula, 1970) o Kung-Fu contra los siete vampiros de oro (The Legend of the 7 golden vampires, 1974) –aunque se que tiene sus defensores-, hasta firmar –bajo mi punto de vista- una de las cimas del cine de horror de todos los tiempos con ¿Qué sucedió entonces? (Quatermass and the Pit, 1967), sin olvidar su poco estimulante paso por Amicus Films. En definitiva, su obra es tan desconcertante como plausible en sus mejores momentos más álgidos, siendo imposible detectar en ella rasgos de fuerte personalidad visual y temática, aunque ello no impida atisbar en líneas generales la competencia del buen artesano, que en ocasiones llega a convertirse en inspirado hombre de cine.

Dicho esto Armas secretas (Highly Dangerous, 1950) supone una muestra más de ese nivel medio, apreciable, en el que el entonces simplemente denominado Roy Baker, acometió esta simpática comedia de aventuras y suspense de clara resonancias hitchcockianas, y cuya esencia nos puede remitir a posteriores ejemplos canónicos, como Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) del propio Hitchcock, o la mismísima Charada (Charade, 1963) de Stanley Donen. Sin embargo, son mucho más modestas sus pretensiones –y resultados-, al tiempo que la propia presencia de Margaret Lookwood al frente del reparto, y la presencia de un fragmento desarrollado en ferrocarril, bien podría remitirnos a una de las mejores –y la última- película filmada por Hitchcock en Inglaterra en la década de los años treinta –me refiero a La dama del expreso (The Lady Vanishes, 1938)-, así como la de Eric Ambler como guionista, sin duda nos conduce a un terreno bastante familiar para todos aquellos que hayan leído sus novelas y –como es mi caso-, contemplado no pocas de sus adaptaciones para la pantalla. Es por ello que en sus mejores momentos, Armas secretas adquiera esa espesura dramática, centrada siempre en países fronterizos –en esta ocasión la acción se plantea en un hipotético país del ámbito comunista-, en donde los servicios secretos británicos se encuentran representados por Mr. Hedgerley (el siempre estupendo Naunton Wayne). Allí detectan que se están realizando unos cultivos con insectos con los que podrían crear una plaga de incalculables consecuencias. Debido a ello, intentará reclutar a Frances Gray (la Lookwood, conservando una clase y belleza sorprendente), una joven y prestigiosa entomóloga a la que convencerá contra todo pronóstico válido, enviándola a una misión que, como suele suceder en estos casos, no solo solventará con éxito, sino que servirá como catalizadora de su futuro vital.

En realidad, nadie puede pretender que con el film de Baker suponga más que una eficaz comedia que entremezcla la aventura y el suspense. Un  producto de consumo elaborado, eso sí, con materiales si no nobles, al menos revestidos de la suficiente solvencia profesional e, incluso en ocasiones, cierto grado de inspiración. Ese elemento de suspense tendrá lugar ya en las secuencias desarrolladas en el traslado en ferrocarril por parte de la protagonista, que tendrá como inesperado compañero de vagón a un extraño individuo, que pronto se revelará como el comandante Anton Razinski (estupendo Marius Goring con su siniestra caracterización). Este ya en el vagón observará un bolso oculto en el que detectará las armas –un microscopio-, descubriendo con sutileza el objetivo de Frances, que incluso ha modificado su nombre para introducirse en dicho país. La situación se irá convirtiendo cada vez más tensa, cuando el contacto con el que tenía que realizar la misión –recoger muestras de esos cultivos de insectos que se encuentran en una planta muy vigilada en un bosque-, es asesinado –en un momento magnífico, encuadrando los pies del criminal, que poco después descubriremos se trata de uno de los hombres de Razinski-. Advertida dicha ausencia, Frances se verá sola y perdida en medio de un contexto hostil –que sin ser especialmente realzado en dicho peligro, sí que mantiene ese cierto grado turbio consustancial a las producciones británicas de las mismas características, y también símiles al mundo propuesto en la pantalla por Ambler. Será el instante en el que la protagonista trabará contacto con un periodista norteamericano –Bill Casey (ese siempre eficaz actor que fue Dane Clark)-, quien se convertirá en su único asidero a la hora de poder alcanzar la misión encomendada. Establecido el encuentro de la inevitable pareja que se precie en todas las producciones de estas características, Armas secretas discurre con tanta ligereza como eficacia, con tanto previsibilidad como sentido del ritmo. Es más, a partir de dicho encuentro, la película se inclinará más por el sendero de la comedia de personajes, centrando su discurrir a través de las aventuras que vivirán Billy y la investigadora, hasta que cuando llegado el momento, esta apenas disponga de veinticuatro horas para salir del país y tenga que cumplir el objetivo de su misión. Será este un fragmento atractivo, quizá no demasiado definido en el grado de suspense, pero sí combinado en sus elementos de distanciación –ese incendio provocado por la protagonista para disuadir el atosigamiento de los vigilantes-, un tempo narrativo notable, y una utilización de los espacios interiores donde se ubican los insectos cultivados en una especie de naves.

Poco más ofrece esta muestra de cine de consumo urdido con mimbres revestidos de competencia, en el que no se ausentará el apunte irónico en los últimos minutos, cuando el cónsul británico (Wilfrid Hyde White), advierta que su súbdita ha logrado huir de las acechanzas de Razinski. Y es que, en última instancia, el mayor mérito de esta más que simpática producción, reside en el sorprendente papel activo que adquiere el personaje femenino protagonista de la función. Una faceta no demasiado habitual en el cine de la época, que además de brindar un magnífico rol a esta estupenda actriz, otorga personalidad propia a la propuesta firmada por Baker, que a continuación filmaría una curiosa propuesta lindante con el fantastique, protagonizada por Tyrone Power. Me refiero a The House in the Square (1951), también rodada en una Inglaterra de la que prácticamente ya jamás volvería a salir.

Juan Carlos Vizcaíno

* Texto aparecido originalmente en el blog Cinema de perra gorda y reproducido con el consentimiento del autor.

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