Título original: Pretty Maids All In a Row
Año: 1971 (Estados Unidos)
Director: Roger Vadim
Productores: Simone Clément, Jacques Juranvillee
Guionistas: Gene Roddenberry, a partir de la novela de Francis Pollini
Fotografía: Charles Rosher Jr.
Música: Lalo Schifrin
Intérpretes: Rock Hudson (Michael ‘Tigre’ McDrew), Angie Dickinson (Betty Smith), Telly Savalas (Capitán Sam Surcher), John David Carson (Ponce de Leon Harper), Roddy McDowall (Sr. Proffer), Keenan Wynn (Jefe John Poldaski), James Doohan (Follo)…
Sinopsis: En una escuela secundaria de California, Michael ‘Tigre’ McDrew, entrenador del equipo de fútbol, mantiene relaciones sexuales con sus alumnas aprovechando su condición de consejero estudiantil; asimismo, anima a su compañera, la señorita Smith, a confraternizar también con el alumnado con el propósito de resolver los problemas sexuales de un estudiante, Ponce de Leon Harper, al que el entrenador ha decidido tomar bajo su tutela. Cuando algunas alumnas comiencen a ser asesinadas, ‘Tigre’ McDrew se convertirá en el principal sospechoso.
Es obvio que el éxito de Easy Rider (En busca de mi destino) en 1969 tuvo una importancia capital en la génesis de lo que se dio a llamar unos años más tarde “el nuevo Hollywood”: con la perspectiva que da el tiempo, la falta de renovación en los temas que dominó la segunda mitad de la década de los 60, causante de que el público acudiera cada vez menos a los cines, puede achacarse sin duda a la manifiesta incapacidad de los grandes estudios a la hora de conectar con la sensibilidad y los gustos de la sociedad de su época; en los tiempos de Woodstock y el amor libre aún se seguían produciendo musicales tan aparatosos, además de alejados de la realidad de aquellos días, como La estrella (Star!, 1968) de Robert Wise, La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969) de Joshua Logan o Hello, Dolly! (Hello, Dolly!, 1969) de Gene Kelly.
Aún cuando se evidenciaba cada vez más que las viejas fórmulas de siempre empezaban a estar desgastadas, la industria del cine se revelaba completa y lastimosamente incapaz de acometer cualquier intento de regeneración: sin embargo, después del éxito (tanto crítico como comercial) del icónico film de Hopper, los estudios cayeron al fin en la cuenta de que aún cabía la posibilidad de seguir llenando las salas (sin arriesgar demasiado dinero, además), siempre y cuando se trataran los tres temas principales que hasta ese momento habían sido tabú dentro de los márgenes del cine más comercial: drogas, sexo y/o rock ‘n’ roll.
Los comienzos de los 70, cuando ya parecía que había llegado la hora de dejar de lado las cortapisas éticas y morales que habían dominado el cine de Hollywood durante casi cuarenta años, propiciaron situaciones tan interesantes e inéditas hasta la fecha comoque un cineasta como Russ Meyer fuera fichado por la Fox para filmar Beyond the Valley of the Dolls (1970), o que la misma compañía diera luz verde a una idea tan bizarra como la adaptación de Myra Beckenridge, novela sobre cambio de sexo de Gore Vidal, en la que Raquel Welch encarnaría (nunca mejor dicho) a un travestí, siendo acompañada además por figuras del viejo Hollywood como Andy Devine, John Carradine, John Huston o Mae West (¡¡¿?!!).
Como se puede apreciar por la paradójica naturaleza de estos proyectos, y a pesar de lo evidente de cierto aperturismo en las materias a tratar, el sistema aún seguía reacio a dar la alternativa a las nuevas generaciones de cineastas, y continuaba jugando sobre seguro recurriendo a su plantilla habitual de estrellas y actores secundarios: en el caso del film que nos ocupa, esto resulta evidente sólo con echarle un vistazo tanto a su reparto como a su máximo responsable, el productor y guionista Gene Roddenberry (cincuentón por aquella época) que requirió de los servicios de Roger Vadim (cuya última película había sido Barbarella) para que se encargara de la dirección.
La historia de la película, las andanzas paralelas del joven que busca vencer su timidez sexual con ayuda de una profesora, y la del entrenador que utiliza su estatus para “beneficiarse” a sus alumnas – a la vez que éstas van cayendo a manos de un “misterioso” asesino – muy bien podría interpretarse como una metáfora del abuso de poder que por aquellos años las instituciones ejercían, y habían ejercido, sobre la juventud americana. Por desgracia o por fortuna, y a pesar de lo escabroso de su tema, Querido profesor no es todo lo transgresora que cabría esperar y, en el fondo, sigue siendo un film de Hollywood: no difiere demasiado de la estructura del cine y la televisión que los USA nos ofrecían por aquellos años, siendo de este modo absolutamente fútil la búsqueda de rebuscadas interpretaciones o segundas lecturas más allá de lo que vemos en pantalla.
En cuanto a su intento de mezcla genérica, la comedia derivada de los equívocos sexuales entre Ponce de Leon y la señorita Smith es tan ingenua, obvia y tontorrona que haría enrojecer de vergüenza hasta al mismísimo Mariano Ozores, no siendo demasiado superior en calidad e intenciones a las constantes de la comedia sexy all’italiana que se desarrollaría en el país trasalpino durante las dos siguientes décadas, resultando bastante más pueril en todo caso: aparte, y a pesar del alto grado de atractivo que tanto Hudson como Dickinson aún conservaban a principios de la década, sus respectivos escarceos con estos jovencitos, a los que como mínimo doblaban la edad, conllevan más connotaciones siniestras o perversas que excitantes o genuinamente eróticas.
Por otro lado, la investigación policial comandada por el personaje de Telly Savalas (¿quizás un anticipo del Kojak televisivo?) resulta ridícula y totalmente inútil en el sentido de que en la trama jamás se establece ninguna clase de whodunit (entre otras cosas, por lo demasiado sencillo que resulta atisbar desde un primer momento quien es el verdadero responsable de los crímenes) revelándose así estas secuencias como de relleno, intercambiables entre sí y totalmente accesorias, ya que además en momento alguno hacen avanzar la trama. Aún teniendo en cuenta estas deficiencias al menos se puede alegar en defensa del film que éste raramente aburre – la profusión de personajes y alternancia de situaciones no da lugar a ello – y su estructura episódica, de reminiscencias casi televisivas (ahí se palpa la mano de Roddenberry en el guión), le otorgan cierto ritmo y ligereza que consigue que seamos más indulgentes con sus imperfecciones.
En cuanto al reparto, y aunque no se puede calificar más que de espectacular y bastante sólido, es de justicia reconocer que tan sólo Rock Hudon se esfuerza en salirse del estereotipo en el que quedan estancados el resto de intérpretes de la cinta, pareciendo ser el único actor consciente de las intenciones del film en el que estaba trabajando: el protagonista de Obsesión nos ofrece aquí un convincente cambio de registro con respecto a lo que nos tenía acostumbrados hasta la fecha, en la composición llena de matices de este entrenador mezcla de figura paterna, epítome de la masculinidad (no creo que sea achacable a la casualidad que su personaje se llame Tigre) y, finalmente, ávido depredador sexual de toda la inocencia que le rodea. Es una lástima que Hudsonno tuviera en los años venideros demasiadas oportunidades a la hora de demostrar su verdadera valía, teniéndose que refugiar como tantas estrellas en decadencia en el ámbito de la televisión, en el que cosechó grandes éxitos con la serie McMillan y esposa.
En resumidas cuentas, en su desequilibrado e imperfecto empeño de combinar sátira sexual, comedia negra y thriller criminal, Querido profesor da continuamente la sensación de no tener realmente una meta fija sobre aquello que nos quiere contar y, lo que es peor, ni siquiera en cómo quiere contárnoslo: la dirección de Vadim se revela eficaz pero también alarmantemente falta de estilo, aunque al menos no peca en (casi) ningún momento de pretenciosidad. Sin embargo, por su condición única de rareza (inequívoco e irrepetible producto de una confusa era de transición), creo que puede resultar sumamente interesante para todo aquel espectador que anteponga la curiosidad cinéfila sobre otras exigencias.
José Manuel Romero Moreno



































































