La noche del cazador

La Noche Del Cazador

Título original: The Night of the Hunter

Año: 1955 (Estados Unidos)

Director: Charles Laughton

Productor
: Paul Gregory

Guionista: James Agee sobre la novela de Davis Grubb

Fotografía: Stanley Cortez

Música: Walter Schumann

Intérpretes: Robert Mitchum (Harry Powell), Shelley Winters (Willa Harper), Lillian Gish (Rachel Cooper), James Gleason (tío Birdie), Evelyn Varden (Icey Spoon), Don Beddoe (Walt Spoon), Peter Graves (Ben Harper), Billy Chapin (John Harper), Sally Jane Bruce (Pearl Harper), Gloria Castillo (Ruby), Mary Ellen Clemons (Clary), Cheryl Callaway (Mary)…

Sinopsis: Tras cometer un atraco, un padre confía el botín a sus dos hijos pequeños antes de ser detenido. Esperando su ejecución, comparte celda con un siniestro predicador, que oye en sueños la historia del dinero. Comienza así una fascinante y terrorífica persecución. 

La única película firmada por el rollizo actor inglés Charles Laughton – si bien parece que también dirigió de forma no acreditada El hombre de la torre Eiffel (The Man on the Eiffel Tower, 1950) de Burgess Meredith -, y, sin duda, una de las mejores de la historia del cine, es esta inclasificable historia, adaptación de la novela homónima de Davis Grubb, que ya desde el prólogo se nos presenta como un cuento de hadas, cuyo ogro será el personaje del reverendo Powell, psicópata misógino con claros indicios de esquizofrenia – magníficamente retratada tanto en esa dualidad presente en las palabras “amor” (love) y “odio” (hate) que lleva tatuadas en los nudillos de las manos, como en los alaridos que confiere en diversas partes del film, como si de un lobo se tratara, lo que también entroncaría con el referido esquema argumental de cuento infantil -, que, a la vez, sirve como trasunto del mal absoluto, papel que es interpretado por un soberbio Robert Mitchum, en la quizás más inolvidable de sus actuaciones, quien persigue a una pareja de tiernos infantes con el objetivo de hacerse con el botín que robara el padre de estos tiempo atrás.  

A pesar de las diversas interpretaciones que se pueden dar a la cinta, rica en matices como pocas, destaca por encima de todas una crítica muy acentuada a cierta moral puritana de la época, aún hoy en día no muy difícil de localizar en algunos extractos de la sociedad, y junto a, y pese a que pueda parecer todo lo contrario en algunos momentos, un discurso pro-feminista, o más bien anti-machista, bastante adelantado para la época, el cual nos es presentado a través de diversos prototipos de mujeres. La primera es Willa Harper, encarnada por Shelley Winters, quien asumirá fácilmente el rol de abnegada esposa y madre de familia, no teniendo muchos problemas en autoinculparse de ser la detonante de los delitos de su primer esposo, y que incluso ni siquiera tratará de forcejear para defenderse en el momento que Powell decida acabar con su vida, como si nada pudiera hacer para luchar contra su destino. También tenemos a la señora Spoon, la cual sería la personificación de los valores de la anteriormente referida moral puritana. Casada con un hombre de poco carácter y regente de una cafetería, parece más preocupada por la fachada de las personas que en pararse a pensar en lo que se esconde detrás de esta – uno de los muchos discursos que se articulan a lo largo del film sería el conocido refrán “el hábito no hace al monje”, y nunca mejor dicho -, por lo que hará de celestina entre la señora Harper y el reverendo, para que, una vez descubierto el triste destino de la madre de los niños, iniciar un intento de  linchamiento contra aquél. Luego está la señora Cooper, la anciana que se dedica a cuidar niños, mujer fuerte y de marcado carácter, pero a la vez dulce y melancólica. Ella será la única que no se dejará engañar por las palabras del reverendo Powell y que verá desde un primer momento la maldad que éste encarna, quizás, aunque en ningún momento se diga de forma explícita, porque se trata de su propio hijo, como queda sugerido a través de varios pasajes, caso del primer encuentro entre los dos personajes, en el que da la impresión de que ambos ya se conocían, o el hecho de que tanto Powell como la señora Cooper canten la misma canción infantil. Y finalmente, y aunque a primera vista no parezca tener mayor relevancia, nos encontramos con Ruby, adolescente enamoradiza de la cual se sirven los muchachos, y con la que Laughton nos muestra que los supuestos pecados que le son achacados a las mujeres por la bien pensante moral cristiana vienen dados por mediación de las actuaciones de los hombres. 

Respecto a la precisa dirección de Laughton, ofrece una soberbia planificación y puesta en escena que remite directamente al expresionismo alemán, impregnando a toda la película de una atmósfera onírica, fantástica, y en cierta manera lúgubre, pese a las muchas secuencias que se producen a la luz del día, donde destaca la belleza plástica de algunos de sus planos, el trabajo con los actores, siendo especialmente memorable los resultados obtenidos con el muchacho protagonista – si bien no son pocos los rumores que apuntan a que las escenas con niños fueron realmente dirigidas por Mitchum – y, sobre todo, por hacer uso de una bella simbología, la cual se hace patente en diversos momentos entre los que destaca aquella secuencia del regalo de navidad que el chico hace a la señora Cooper, una manzana, que enlaza directamente con las primeras palabras de la narración, en las que se hace referencia al árbol y los frutos.

Por otro lado, resulta admirable la síntesis narrativa de la que hace gala Laughton, quien, en los primeros diez minutos de la cinta, es capaz de presentar en toda su profundidad al personaje protagonista, y asentar la trama sobre la cual va a pivotar toda la película, no sin cierta ironía, ya que no hay que olvidar, que, según sus propias palabras, el padre de los muchachos roba el dinero para que sus hijos no tengan que mendigar (la acción es trasladada, históricamente hablando, a los años de la gran depresión norteamericana), y precisamente, las consecuencias que tendrán estos actos, empujarán a sus hijos a tener que deambular por los caminos en busca de comida durante su huida. 

Como queda claro, y ya ha quedado dicho con anterioridad, nos encontramos ante una obra de innumerables lecturas y de una profundidad que llega a producir vértigo; un canto a la inocencia de la infancia frente al despiadado mundo adulto, con unos mensajes que, cincuenta años después, permanecen igual de frescos que el día de su estreno. En definitiva, una indiscutible obra maestra del cine.

José Luis Salvador Estébenez 

Published in: on febrero 13, 2008 at 12:13 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Genial, brutal. Con momentos oníricos. Visualmente magnífica. Aunque lo que más me gusta de este cuento de hadas macabro es el momento en el que Lilian Gish se recosta en la mecedora…

    Un saludo.

  2. Una de las mejores películas de toda la historia. Hermosa, terrible, dulce, oscura, emocionante, mágica, brillante… Lilian Gish, adorable aún con sus puntos oscuros; Robert Mitchum, espeluznante, aún con sus puntos atractivos; los niños, deliciosos mas no empalagosos.

    Poesía pura.


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