Torrepartida

Título original: Torrepartida

Año: 1956 (España)

Director: Pedro Lazaga

Productor: Santos Alcocer

Guionistas: José María Benlloch y Alberto F. Galar

Fotografía: Salvador Torres Garriga

Música: Antón García Abril

Intérpretes: Germán Cobos (Manuel), Enrique Diosdado (Antonio, Capitán de la Guardia Civil), Javier Armet (Ramón), Arturo Belzunce, Nicole Gamma (María), Adolfo Marsillach (Rafael), Fernando Sancho (Tomás “El Alicantino”), Luis Induni (Celestino), Matías Molina, Maite Pardo (Manuela), Antonio Puga, Emilio Sancho, Mahnahén Velasco, Rosita Yarza (Mercedes)…

Sinopsis: En los macizos montañosos, en los confines de las provincias de Teruel y Cuenca, un grupo de bandidos recorre esos lugares abruptos matando y desvalijando a todos los que se encuentran a su paso. Por miedo a ser arrestado, uno de los cómplices, Manuel, hermano del alcalde de Torrepartida, al que odia porque los dos aman a la misma mujer, huye del pueblo y se junta con una de las bandas criminales.

  

A pesar de que su nombre se encuentre íntimamente ligado en el inconsciente colectivo a la comedia, género en donde realizó alguno de los más logrados títulos de nuestro cine, como Los tramposos (1959), Pedro Lazaga, tercer director español más prolífico de la historia, tan solo por detrás de Jesús Franco y Mariano Ozores, frecuentó en los primeros años de su carrera el cine de acción y aventuras, como atestigua su trabajo en cintas como El frente infinito (1959), La fiel infantería (1960) o el peplum Los siete espartanos / I sette gladiatori (1962).

De todas sus aportaciones en este terreno, sin duda una de las más singulares es Torrepartida, tanto por tratar un tema de rabiosa actualidad en la fecha de su producción, el de la guerrilla antifascista llamada “el maquis” – aunque un oportuno letrero al comienzo de la proyección se refiera a estos hechos como algo ya superado, eso no sucedería hasta mediados de los 60, casi diez años después -, como porque tras este argumento, y más teniendo en cuenta los antecedentes políticos tanto del propio Lazaga, que al igual que uno de nuestros más reconocidos cineastas, Luis García Berlanga, fue voluntario en la División Azul, como de su productor, el también realizador Santos Alcocer, falangista que durante la Guerra Civil estuvo prisionero en la zona republicana, llegando incluso a ser condenado a muerte, episodio este que plasmaría años después en el libro Fusilado en las tapias del cementerio, lo más lógico sería pensar que nos encontramos ante una cinta de propaganda franquista, corriente esta que, aunque por aquella época no se encontraba tan activa como en los primeros años de la posguerra, aún permanecía latente.

Si bien es cierto que la película guarda ciertos rasgos inherentes a este tipo de cine, como puede ser la inclusión del típico conflicto entre hermanos enrolados cada uno en uno de los bandos enfrentados, presente ya en la cinta angular de esta clase de films, Raza (1941) de José Luis Sáenz de Heredia (con guión del propio Franco), como en los maniqueos personajes que pueblan el metraje, este se aparta lo suficiente del habitual tono discursivo y adoctrinante propio de estas cintas o, al menos, lo suficiente como para que esta pueda ser vista sin que nos asalte cierto sentimiento de vergüenza ajena, resultando irónicamente significativo que la decisión de simplificar a los guerrilleros, llevada a cabo en pos de deslegitimar la lucha de estos, presentándonoslos como vulgares bandidos dedicados al pillaje, resulte tan determinante para la calificación genérica de la cinta, ya que acaban por acercarla temáticamente al cine de bandoleros, seudo género típico y netamente español que, pese a lo relativamente poco que ha sido transitado, arroja obras de la valía de Amanecer en Puerta Oscura (1957) de José María Forqué o, sobre todo, la magnífica Llanto por un bandido (1964) de Carlos Saura.

Este último punto es refrendado por la realización de Lazaga, la cual se mueve dentro de los esquemas y mecanismos narrativos del cine de aventuras, estando por momentos incluso más cercanos a los del western, género este al que no es muy difícil extrapolar el argumento de la película, en especial el de su inspirado primer tercio, sin duda lo mejor del conjunto, y en el que asistimos al asalto, por parte de la banda de “malhechores”, de un tren que contiene las nóminas de los trabajadores de una estación de ferrocarril.

Con todo, la cinta acaba resintiéndose, sobre todo, por culpa de su inconexo y ramplón libreto – paradójicamente galardonado con el Primer Premio Nacional de 1955, el cual conllevaba que el citado guión se llevara a la pantalla, y que posiblemente fuera otorgado en este caso, a la vista de la mediocridad del texto, a causa de la orientación política del mismo -, lo que acaba por dar una cinta demasiado deslavazada, pero no por ello del todo desdeñable, donde destaca su espléndida fotografía, sirviendo también para constatar la falta de pericia que nuestros actores tenían por aquellos años en las escenas en las que necesitaban de su interactuación con armas de fuego, lo que resta realismo a varios de los planos de acción, así como la curiosidad de ver a Adolfo Marsillach, reconocido hombre de izquierdas, ridiculizar sus propias ideas dando vida al abyecto jefe de la partida maquis o, en un caso radicalmente opuesto, al entrañable Fernando Sancho, como uno de los miembros de esta, personaje este tan alejado del ideario político de tan recordado actor.

 

José Luis Salvador Estébenez

 

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