Una luz en la ventana

Título original: Una luz en la ventana

Año: 1942 (Argentina)

Director: Manuel Romero

Productor: César José Guerrico

Guionista: Manuel Romero

Fotografía: Alfredo Traverso

Música: George Andreani

Intérpretes: Narciso Ibáñez Menta (Dr. Herman), Juan Carlos Thorry (Mario Frías), Irma Córdoba (Angélica), Severo Fernández (Juan, el chofer), Maria Esther Buschiazzo (Madre del Dr. Herman), Nicolás Fregues (Dr. Roberts), Aníbal Segovia (El Mudo), Gerardo Rodríguez (Oficial de policía), Fernando Campos (Sargento de policía), Pedro Pompillo (Sereno)…

Sinopsis: Una enfermera llega a una remota localidad donde debe cuidar a una anciana paralítica, que habita con un doctor en el chalet «Las Tunas». Sin embargo no todo es lo que parece ser, y el hijo de la anciana resulta estar afectado de acromegalia y entre sus intenciones está la de un siniestro transplante de la glándula pituitaria.


Señalada por muchas fuentes como la primera película argentina de terror, entre ellas Pete Tombs en su indispensable Mondo Macabro, Una luz en la ventana supuso el debut en el medio de un actor que con el tiempo estaba predesignado a convertirse en un mito del género, el español Narciso Ibáñez Menta.

Para esta obra fundacional del terror argentino, su director y guionista, Manuel Romero, pergeñó una sencilla historia de corte gótico en la que no faltan casi ninguno de los ingredientes habituales de este tipo de películas, como el caserón misterioso en medio de ninguna parte sobre el que corren oscuros rumores, accidentes automovilísticos en mitad de la noche, climatología inclemente, criados siniestros, mad doctors, laboratorios accesibles mediante entradas secretas o el intrépido y valeroso héroe que no dudará en poner en peligro su vida con tal de salvar a la bella damisela en apuros, mientras que estilísticamente, tanto desde el punto de vista ambiental como argumental, mira hacia las horror comedies realizadas en Estados Unidos unos años antes, en gran parte por los interludios humorísticos a cargo del personaje interpretado por Severo Fernández, que en vez de perjudicar al conjunto, como suele ocurrir en muchos casos similares, confieren a la narración un ritmo más ligero, dando incluso algunos momentos harto ingeniosos, como en aquellas alusiones en las que se ironiza sobre el propio género – “(…) esas películas de Boris Karloff  están haciendo mucho mal a la gente”, dirá en un momento dado un policía ante la incredulidad de lo que escucha -.

De este modo, tanto el desarrollo de la cinta sigue por los cauces habituales de este tipo de historias – muchacha llega a lugar remoto para trabajar en una aislada mansión que esconde terribles secretos tras sus muros -, como los personajes que la pueblan no pasan del mero cliché, con la excepción hecha del que da vida el referido Narciso Ibáñez Menta, un brillante y atormentado médico enfermo de acromegalia – la misma dolencia que sufría el mítico actor Rondo Hatton -, que se debate entre la posibilidad de lograr una cura para un mal del que no tiene ninguna culpa y del que responsabiliza a sus progenitores, y la idea de tener que sacrificar para curarse de su dolencia la vida de un inocente a través de un bizarro transplante, para que finalmente descubramos que no es más que un pobre desgraciado en busca de algo de compasión.

Es sobre este rol en el que se sustentan las mayores virtudes de la película, tanto por la brillante interpretación que de él hace el recordado Ibáñez Menta, totalmente irreconocible tras el maquillaje confeccionado por el mismo para mostrar visualmente la enfermedad que sufre el personaje, basándose su actuación prácticamente en la modulación de su voz – por cierto, con un marcado acento argentino -, como por la estudiada puesta en escena del personaje, apareciendo siempre a contraluz para que los contados planos que muestran claramente el rostro de este causen el mayor efecto posible sobre la susceptible audiencia debido a su monstruosa apariencia, y que sesenta años después de la producción de la película se antojan la mar de eficientes.

Sin llegar al nivel de la posterior y maravillosa Obras maestras del terror (1960) de Enrique Carreras, auténtica master piece del fantástico argentino protagonizada igualmente por el fallecido Ibáñez Menta, Una luz en la ventana es una simpática y atmosférica cinta, que, siempre que sepamos verla con la suficiente perspectiva temporal, arroja los suficientes valores como para que su visionado sea lo suficientemente atractivo por sí solo, más allá de su eminente valor histórico.

José Luis Salvador Estébenez

3 comentarios en “Una luz en la ventana

  1. Bueno, pues iniciamos el nuevo dossier anunciado, cuyo protagonista no es otro que el fallecido Narciso Ibáñez Menta, y en el que haremos un repaso de alguno de sus trabajos realizados en Argentina.

    Esperamos que sea de vuestro agrado.

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