La orgía nocturna de los vampiros

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Título original: La orgía nocturna de los vampiros

Año: 1973 (España)

Director: León Klimovsky

Productor: José Frade

Guionistas: Antonio Fos, Gabriel M. Burgos

Fotografía: Antonio López Ballesteros

Música: Ediciones Phonorecord

Intérpretes: Dyanik Zurakowska (Alma), Jack Taylor (Luis), Charo Soriano (Raquel), David Aller (César), Helga Liné (La Señora), Luis Ciges (Godo), Manuel de Blas (Marcos), José Guardiola (Mayor), Gaspar ‘Indio’ González (Ernesto), Sarita Gil (Violeta), Fernando E. Romero (Niño), Fernando Bilbao (Gigante del hacha), David Aller (César), Sandalio Hernández (Mesonero), Antonio Páramo (Oficial de policía), L. Villena (Conductor autobús), Alfonso de la Vega (Afilador), Rafael Albaicín (Herrero cojo), María Vidal…

Sinopsis: Un pequeño autocar, en el que viaja la nueva servidumbre contratada para un castillo, atraviesa un remoto lugar. En el viaje muere el conductor y el grupo, perdido en esa tierra extraña, va a parar a Tolnia, un misterioso pueblecito en el que no hay nadie a pesar de tener un mesón con fuego encendido, bebidas preparadas y camas listas para ocupar, por lo que el grupo decide pernoctar allí. Durante la noche, uno de ellos sale a pasear por el pueblo y es perseguido y rodeado por un grupo de personas que se arroja sobre él. Este solo será el primero de una serie de hechos extraños.

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“Era un tipo que sabía mucho de cine pero siempre iba con prisas. Corría demasiado”. Con estas palabras describía Jacinto Molina en una entrevista a León Klimovsky, director de origen ruso nacido en Argentina y emigrado a España a mediados de los cincuenta, que durante la fiebre de cine de género vivida en Europa allá por las décadas de los sesenta y setenta, y merced a un carácter stajanovista del que nunca renegó, llegando incluso a definirse a sí mismo como “un obrero del cine”, rodó en tan corto espacio de tiempo más de cuatro decenas de títulos encuadrados en estilos tan dispares como la comedia, el drama, el cine bélico, el spaghetti-western, el terror o la ciencia ficción, lo que por sí solo pone de relieve la versatilidad y polivalencia del director de La noche de Walpurgis.


Y lo cierto es que no le falta razón a la afirmación de Naschy, como bien se puede constatar en La orgía nocturna de los vampiros (1973), cuyos irregulares resultados se antojan fruto de una atropellada producción, y que junto a La saga de los Drácula (1972) y El extraño amor de los vampiros (1975) conforma lo que podríamos definir como la trilogía vampírica de Klimovsky – a pesar que en este caso dicha definición no se ajuste a los modos tradicionales de los vampiros, como veremos más adelante -, y uno de los escasos títulos que, dentro de los terrenos del fantástico, realizara el cineasta argentino sin la colaboración de alguno de sus dos actores fetiches en este campo, los españoles Narciso Ibáñez Menta y el ya referido Paul Naschy.

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Titulada originalmente como Los espectros de Tolnia, denominación que fue reemplazada finalmente para su estreno por el que hoy conocemos a instancias de su productor, el inefable José Frade, y protagonizada por un elenco actoral repleto de rostros habituales del género, tales como Jack Taylor, Dyanik Zurakowska, Helga Liné, Manuel de Blas, Luis Ciges, o el monstruo de Frankenstein por antonomasia del cine español, Fernando Bilbao, resulta de lo más paradójico que los principales logros y máculas de la película tengan por depositarios idénticos protagonistas: su guión y su dirección.

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De un lado se sitúa el libreto escrito por Gabriel Burgos y Antonio Fos, autor este último bastante frecuente dentro del fantastique hispano, como atestigua su participación en títulos como Una vela para el diablo (1970) de Eugenio Martín, o Terror en el tren de la medianoche (1980) de Manuel Iglesias, amén de colaborador habitual de Eloy de la Iglesia durante la primera época del controvertido cineasta, donde se dan cita un buen número de ideas con un tremendo potencial pero desarrolladas de forma bastante desafortunada, y cuyo punto de partida, a pesar de lo sobado, resulta de lo más sugestivo, con un grupo de viajeros perdidos llegando a un ignoto pueblo habitado por vampiros.

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Así, encontramos ideas tan interesantes como esa especie de sociedad feudal en la que viven los vampiros bajo el mandato de la que ellos llaman La Señora, la cual es la única de estos que se ajusta a los modos tradicionales del monstruo, ya que la actitud del resto de chupasangres que pueblan el metraje está más cercana a la de los zombis romerianos que a la de los vampiros al uso, sirviéndose de los viajeros como si de ganado se tratara, cebándoles para posteriormente ir alimentándose de ellos poco a poco en una relación endogámica. Del mismo modo, tenemos el concurso de un espectral muchacho que solo se deja ver por la niña forastera, y que, curiosamente, pese a que no quede explicada de forma meridiana cuál es su verdadera naturaleza, parece ser el único habitante mortal del lugar, condenado, como si de una maldición se tratara, a estar solo, ya que asfixiará por accidente a la chiquilla cuando trata de esconder a ambos de la cercanía de un grupo de vampiros.

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Sin embargo, frente a estos aciertos, se alzan otros detalles de una ingenuidad asombrosa, como que los vampiros dispongan de licores embotellados, dinero y especias, pero en cambio no sean capaces de conseguir carne animal para el consumo de “su rebaño de humanos”. O, siguiendo por la misma senda, esos gremios de profesionales que habitan en el pueblo, con el taller de herreros al frente, cuya presencia, una vez descartada por lo ya apuntado la existencia de caballerizas como de cualquier tipo de comercio, se hace del todo incongruente.

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En cuanto a la realización de Klimovsky, bascula entre lo divino y lo grotesco, con momentos tan potentes como el claustrofóbico ataque sufrido en el autobús por los personajes de Luis Ciges y Manuel de Blas, la extraña plasticidad que poseen las escenas desarrolladas en el cementerio, el sorpresivo ataque final de La Señora, o la forma en la que nos son mostrados las acometidas de los vampiros, a través de encuadres que deforman los rostros de estos, algo un tanto psicodélico pero que sin embargo responde a la admiración que el director argentino sentía por La bruja vampiro (Vampyr – Der Traum des Allan Grey, 1932) de Carl Theodor Dreyer, película de la que poseía el guión original de rodaje con fotos de cada escena, y de la que durante largo tiempo acarició la idea de rodar una nueva versión bajo libreto de Jacinto Molina. De cualquier modo, no es este el único guiño cinéfilo que se da cita en la película, caso de su prólogo, el cual remite a la hammeriana The Kiss of the Vampire [tv: El beso del vampiro, 1963] de Don Sharp, la idea de ese pueblo fantasma sacada de, entre otras, Brigadoon (Brigadoon, 1954) de Vincente Minnelli o Two Thousand Maniacs! [dvd: 2000 maniacos, 1964] de H. G. Lewis, u otros instantes que retrotraen a clásicos como La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead, 1968) de George Romero o el Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922) de F. W. Murnau.

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Pero, por desgracia, todos estos aciertos se ven empañados, amén de por el horrendo e inapropiado fondo musical de la cinta, defecto este por otra parte bastante habitual dentro del fantaterror, por otras situaciones menos inspiradas y cuya puesta en escena deparan secuencias de una jocosidad involuntaria. Entre ellas, podemos señalar aquella en la que el personaje de Jack Taylor ejerce de voyeur, espiando a través de un oportuno agujero en la pared la habitación en la que se aloja Dyanik Zurakowska. A todo ello cabe sumarle el flaco favor que hace la recurrente aparición de algunos de los tics habituales del realizador argentino, ya sea su planificación basada en el empleo indiscriminado del zoom, la antiestética aunque moderada aplicación de la moviola en el montaje en determinados planos, o el reiterado uso que hace de la noche americana para ambientar las escenas nocturnas, lo que no quita para que, en líneas generales, la labor del operador Antonio López Ballesteros sea de lo más afortunada, sacando un gran partido de los escenarios naturales donde se desarrolla la historia, otorgando al conjunto de una atmósfera fría y desoladora, y aprovechando con loables resultados el formato panorámico en que se rodó la película.

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Nos encontramos, en suma, ante una obra menor dentro del panorama del fantástico patrio, pero para nada desdeñable, si bien en su valoración final pese como una losa la enorme desigualdad entre el enorme potencial que sobre el papel poseía el proyecto y los resultados finales que ofrece el mismo. A buen seguro que una mayor implicación por parte de sus distintos responsables podría haber deparado un trabajo de mayor enjundia; elementos para ello había al menos de sobra.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on diciembre 19, 2008 at 12:27 pm  Comments (8)  

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8 comentariosDeja un comentario

  1. Si ayer rescatabamos una entrevista a León Klimovsky, hoy publicamos una reseña de una de sus más conocidas aportaciones al género fantástico, con la que damos por concluida nuestra programación especial primer aniversario. Esperamos que la hayáis disfrutado. 😉

  2. Mucha gente desprecia esta peli, pero yo la veo de las más interesantes del fanta-terror de la época. Tiene una fuerza atmosférica que pocas tenían…

    • A mi me parece de las mejores pelis de terror patrias. Me lo pase muy bien viendola. Tiene grandes aciertos dentro de sus defectos.

  3. en general , estoy bastante de acuerdo con la crítica de : la película tienen elementos interesantes ( muchos) y una atmosfera muy lograda, pero tiene una serie de fallos que hacen que no se consiga una obra magna

  4. Yo la tengo abandonada en la estanteria de mi DVDteca y siempre me digo: “haber si la veo”. En fin, después de vuestra reseña, tengo que hacer un pensamiento…

  5. Pues si la encuentras el hueco, comenta que te ha parecido, ¿eh? 😉

  6. Me parece que Jacinto Molina (q.e.p.d) tenía poco de qué quejarse de DON Leon Klimovsky, que salvó una y otra vez los proyectos que aquel iniciaba con inspiración y profesionalidad, y que era más director de cine que Jacinto hasta debajo de una cama.

    Con todo el respeto por su trabajo incansable, considero (como es público y notorio) que Molina-Naschy, padecía de un narcisismo patológico que le impedía valorar con justicia el trabajo tanto de sus colaboradores como de otros directores que tocaban el género.

  7. de acuerdo con lo que se dice por aqui en comentarios de que es una de las mejores del fanta terror patrio,para mi tbn lo es….lastima de esos cuatro /cinco errores que le quitan peso…pero es top 10 sin duda!


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