La tumba del pistolero

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Título original: La tumba del pistolero

Año: 1964 (España)

Director: Amando de Ossorio

Productor: Arturo Marcos

Guionista: Amando de Ossorio. Diálogos adicionales de H. S. Valdés

Fotografía: Miguel Fernández Mila

Música: Daniel J. White

Intérpretes: George Martin [Francisco Martínez Celeiro] (Tom Bogarde), Mercedes Alonso (Russ Brandon), Jack Taylor (Herbert Brandon), Silvia Solar (Taffy), Luis Induni (Sheriff), Todd Martens (Jack), Aldo Sambrell (Minero), Frank Braña (Jinete negro), José Canalejas (Hombre de Brandon), Luis Vilar, Alfonso de la Vega, Miguel Del Castillo, Tito García (Cochero de la diligencia), José Marco, Ángel Ortiz, Joaquín Pamplona, Lorenzo Robledo, José Villasante…

Sinopsis: Tom Bogarde, un hombre que estudia leyes en Boston, acude a Pearson City con el objeto de aclarar la muerte de su hermano Jack. De inmediato Bogarde advierte la hostilidad de todos los habitantes, pues consideran que Jack asesinó a la novia del banquero Brandon. La confusión de Bogarde se acentúa cuando descubre que el ataúd de Jack está vacío…

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En 1956 Amando de Ossorio firmaba la que era su ópera prima como realizador con La bandera negra, adaptación de una obra teatral del mismo nombre original de Horacio Ruiz de la Fuente. Sin embargo, el siempre ansiado debut de uno de los futuros puntales de la edad de oro del cine fantástico español pondría a este en una posición bastante difícil. La temática planteada por la cinta, nada menos que un alegato a la pena capital, provocó que la censura franquista tomara cartas en el asunto impidiendo a efectos prácticos que La bandera negra fuera estrenada en circuitos comerciales y condenando a su director a un largo periodo de ostracismo profesional. Tuvieron que pasar ocho años hasta que dispusiera de una nueva oportunidad para ponerse detrás de las cámaras y realizar así su segunda película como director.

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Dicha oportunidad le surgiría al presentar al productor francés Marius Lesoeur un proyecto de lo que años más tarde se convertiría en su primera incursión en los terrenos del fantástico, Malenka, la sobrina del vampiro / Malenka, la nipote del vampiro (1968). El mandamás de Eurociné recomendaría entonces al cineasta gallego ponerse en contacto con Eduardo Manzanos, uno de sus habituales socios españoles. Manzanos (1), que por aquellos años se había significado en la producción de westerns, en parte como medio de amortización del poblado vaquero que para el rodaje de esta clase de cintas había mandado construir en la madrileña localidad de Hoyo de Manzanares, se mostraría poco interesado por el proyecto mostrado. En su lugar, ofreció a Ossorio la posibilidad de realizar un guion que se amoldara a las características del tipo de cine que estaba promoviendo en esos momentos. Dicho y hecho. De la noche a la mañana, literalmente, Ossorio modificó un libreto previo que se desarrollaba en ambientes taurinos titulado As de espadas para convertirlo en lo que sería el guion de La tumba del pistolero, el cual es aceptado sin mayores contratiempos por Manzanos, programándose su rodaje para enero de 1964, aprovechando unos días en que los estudios de Hoyo de Manzanares se encontraban libres (2).

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Pese a su catalogación de western, y al igual que ocurriría en la mayoría de los títulos españoles encuadrados en idénticas coordenadas genéricas realizados en la era pre-Leone, el esqueleto argumental de La tumba del pistolero presenta un corte eminentemente policíaco. Como también sucedería en la segunda aportación de Ossorio al género con Rebeldes en Canadá / I tre del Colorado (1965), la estructura narrativa dispuesta remite, a grandes rasgos, al de un popular referente. En este caso se trata de uno de los mayores clásicos del séptimo arte, la magistral El tercer hombre (The Third Man, 1949). Así, si la película de Carol Reed seguía la llegada de un escritor de novelas baratas a una Viena destrozada tras la Segunda Guerra Mundial en busca de un amigo, para encontrarse con que este ha muerto y descubrir poco a poco que aquel no era el buen muchacho que él recordaba, en el film de Ossorio es un estudiante de leyes quien aterriza extrañado en una población del Oeste en busca de su hermano, al haber recibido una misiva de este conminándole a que no acudiera al lugar pasara lo que pasara. Una vez allí, conoce la noticia de que quien busca fue ajusticiado por el asesinato de una mujer. Pero algo no encaja, ya que la carta que el protagonista recibió está fechada dos días después de la muerte de su hermano, por lo que se decide a investigar lo sucedido.

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Pero además de calcar momentos presentes en la cinta de Reed, como aquel en el que, al desenterrar la tumba del personaje que se cree fallecido, se descubre que, en realidad, el ataúd se encuentra vacío, el guion no rehuye los lugares comunes con los que, por entonces, y casi por norma, debía de contar cualquier western rodado en España, a imagen y semejanza de sus modelos norteamericanos. Tal es el caso de la provocación y posterior pelea en el saloon entre el rol principal y una banda de pistoleros mal encarados, o la inevitable escena musical, ejecutada aquí con escasa gracia y aún menos convicción por la atractiva actriz de origen francés Silvia Solar.

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Por el contrario, debido a la falta de codificación de las reglas que pronto se convertirían en rasgos definitorios del western mediterráneo y, en parte, por la propia personalidad del realizador coruñés, destacan los grandes contrastes que se producen en la cinta. Y es que, si bien La tumba del pistolero puede presumir de ser uno de los westerns europeos en el que menos muertes se producen – tan solo una, en flashback, aunque repetida en dos ocasiones, una de ellas en off visual -, su índice de violencia resulta bastante elevado, en gran medida por culpa del irremediable enfrentamiento final entre dos de los protagonistas, en el que en lugar del típico duelo a pistola que mandan los cánones es sustituido por un combate cuerpo a cuerpo a base de golpes y latigazos, con un, hasta cierto punto, amplio despliegue de hemoglobina en su puesta en escena, por medio de las diferentes heridas sufridas por cada uno de los contrincantes.

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Otro punto digno de remarcar es la aparición de algunos detalles que años después serían impensables de encontrar en una cinta de estas características, ya fuera por el definitivo establecimiento de las reglas del subgénero – cif. el que por dos veces se afee la conducta de unos pistoleros que apuntan con su revólver a un hombre desarmado -, como por motivos de índole industrial. Al contrario de lo que se convertiría en costumbre en un futuro no muy lejano, los actores españoles no aparecen camuflados tras seudónimos anglosajones. En este sentido, quizás el ejemplo más llamativo se encuentre en su protagonista, Francisco Martínez Celeiro, quien alcanzaría cierta popularidad dentro del cinéma bis bajo su nombre artístico, George Martin, pero que en esta ocasión es acreditado con el más castizo de Jorge Martín.

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En lo que respecta a la realización de Ossorio, y más allá de la aparición de cierto plano que con el tiempo se convertiría en un recurso de lo más recurrente dentro de su obra, como es aquel en el que vemos caer unas gotas de sangre al suelo formando un charco, y que podemos localizar en, por ejemplo, las dos primeras entregas de su famosa saga Templaria (3), el aspecto más sobresaliente de la misma es el cuidado sentido estético del que hace gala, con una estudiada composición de planos que denota la formación pictórica del director de La noche de los brujos, y que es subrayada por la bella fotografía en blanco y negro y formato panorámico (4) de Miguel Fernández Milá. Fruto de ello son imágenes de una fuerza plástica tan irrefutable como aquella que sirve de paisaje a los títulos de crédito, con un bucólico paraje presidido por la presencia de una tumba adornada con un cinturón de pistolero, estampa que también sería utilizada para el cartel de la película.

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Y es que, sin llegar a tener los momentos de brillantez de sus aportaciones al género terrorífico, tal vez sea esta la película de Amando de Ossorio, con permiso de La bandera negra, que mejor factura técnica posee y más compensada se encuentra en cuanto a las habituales carencias del cine de este, ya sea su invisible dirección de actores o la, en ocasiones, falta de fluidez narrativa, constituyendo dentro de su simpleza y carencia de ambiciones un buen ejemplo de producto de consumo digno realizado con destreza y convicción, algo de lo que no pueden presumir la mayoría de westerns hispano-italianos realizados por idénticas fechas. No es pues extraño que, con toda lógica, La tumba del pistolero cosechara en su momento de estreno todo un pequeño éxito, refrendado por una audiencia superior a los ochocientos mil espectadores que con su asistencia posibilitaron al director gallego poder seguir desarrollando su carrera cinematográfica.

José Luis Salvador Estébenez

Jack Taylor conversando con Amando de Ossorio durante el rodaje de

Jack Taylor conversando con Amando de Ossorio durante el rodaje de “La tumba del pistolero”

(1)   Sin lugar a dudas, Eduardo Manzanos es uno de los más claros impulsores de la implantación en la industria cinematográfica española del western como género y, por ende, del nacimiento de lo que luego vendría a llamarse spaghetti-western. Productor de las seminales películas dentro del género del pionero Joaquín Luis Romero Marchent desde los tiempos del díptico sobre el popular personaje de José Mallorquí, El Coyote y La justicia del Coyote (1954) hasta El sabor de la venganza (1963), a él le debemos el descubrimiento y/o recuperación de talentos tan sobresalientes de nuestro cine como el citado Romero Marchent, José Luis Borau o el propio Amando de Ossorio.

(2)  O no tanto, ya que, al parecer, su rodaje coincidió con el de otra producción impulsada por Lesoeur de ambientes seudowesterns, El llanero (1963) de Jesús Franco, película con la que incluso compartiría la participación de alguno de sus actores, caso del norteamericano Todd Martens.

(3)  En la inicial, La noche del terror ciego / A noite do terror cego (1971), dicho plano aparece por partida doble: en la escena de la morgue, después de que el vampirizado personaje de Helen Harp acabe con la vida del siniestro celador interpretado por Simón Arriaga, y en el ataque de los Templarios al tren, cambiando el suelo por el rostro de una niña en brazos de su madre, quien ha sido degollada por los diabólicos monjes. Por su parte, en la primera secuela de la saga, El ataque de los muertos sin ojos (1973), este se encuentra después de que los caballeros momificados hayan dado buena cuenta del encargado del apeadero a quien da vida Francisco Sanz. Hay que destacar que en todos los casos referidos dicho plano es utilizado por Ossorio como medio para anunciar de forma indirecta la muerte de estos personajes, ocurrida fuera de plano.

(4)  Precisamente este formato cinematográfico fue utilizado por primera vez en España por el propio Ossorio en el documental Así es Madrid (1955), anuncio de la marca de gaseosas La Casera.

Published in: on enero 22, 2009 at 12:22 pm  Comments (6)  

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6 comentariosDeja un comentario

  1. Un spaghetti western protagonizado por George Martin, titulo altamente curioso, sin duda.
    Felicidades por la reseña.

  2. Vaya, muy interesante! Un spaghetti western con reminiscencias al Tercer hombre y dirigida por Ossorio!
    Felicidades

  3. muy buena reseña, me has dado ganas de verla, porque ésta y rebeldes de canada es de lo poco me queda de ver de ossorio ( evidentemente tampoco he visto La bandera negra, pero al menos los dos westerns estos los tengo)

  4. Ahora que lo dices, por si no se nota, escribí esta reseña antes de ver “La bandera negra”… 😛 😉

  5. esta muy bn esta pelicula espero mejorarlo un
    poco + pero = esta muy exelente ps

  6. […] Templarios de Amando de Ossorio, director con el cual ya trabajaría en un western temprano como es La tumba del pistolero (1964). El ataque de los muertos sin ojos es la secuela de La noche del terror ciego (1972), uno de […]


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