Killer Barbys

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Título original: Killer Barbys

Año: 1996 (España)

Director: Jess Franco

Productores: Jacinto Santos, Piluca Baquero, Manuel Camacho, Emilio Mencheta

Guionistas: Jess Franco [acreditado como David Khunne II], Patxi Irigoyen

Fotografía: Javier Pérez Zofio

Música: Jess Franco, Daniel J. White

Intérpretes: Silvia Superstar (Flavia), Mariangela Giordano (Condesa), Aldo Sanbrell (Arkan), Santiago Segura (Baltasar), Billy King (Billy), Carlos Subterfuge (Rafa), Charlie S. Chaplin (Mario), Angie Barea (Sharon), Pepa López (Pipa), Alberto Martínez (Pipo), Enrique López Lavigne, Javier Bonilla…

Sinopsis: Tras una actuación, la banda Killer Barbys sale con su camioneta hacia el destino del próximo concierto. Pero son atraídos hacia un viejo caserón en el que habita la condesa Von Fledemaus, también conocida como la cupletista de principios del siglo XX Olga Luján, cuyo objetivo es bañarse con sangre de gente joven para recuperar su mejor aspecto.

A mediados de la década de los 90, Jess Franco era la pura imagen de la contradicción. Venía de montar su versión del Don Quijote de Orson Welles que, como es sabido, no fue acogida con entusiasmo ni por los críticos (aún recuerdo los textos furibundos de Juan Cobos, antiguo colaborador de Jess y coguionista La mano de un hombre muerto o Rififí en la ciudad, nada menos) ni por el público de la EXPO de Sevilla. Paralelamente, ya había sido publicado el mítico DeZine en el que los textos de Carlos Aguilar o Freixas & Bassa acercaban al aficionado autóctono la figura de un director sobre quien no existía prácticamente nada que leer en nuestro idioma, y también había tenido lugar la retrospectiva que le dedicó la Filmoteca de Madrid. Por otra parte, una nueva generación parecía encontrar en el personaje de Jess Franco (más que en sus películas, pero eso ya es otra historia) una especie de modelo a reivindicar. Su independencia, su proclamado espíritu libre, su apego al do it yourself tan en boga en la época, sus batallitas con la censura, sus gritos de ánimo a los jóvenes y, en gran parte, su legado de imágenes a caballo entre lo kitsch y lo moden-no, que confluyó en una época en que lo retro entraba por la vista y se reivindicaba la psicodelia tardosesentera tras el caos estético de los años 80, le habían labrado nuevos fans, al menos de boquilla (otra cosa es ver las películas). En suma, el nombre del director empezaba a popularizarse en pequeña medida, pero paradójicamente, jamás en su carrera había estado cuatro años parado entre proyectos. Y es lo que sucedió entre 1992 (La punta de las víboras y Don Quijote de Orson Welles) y 1996 (Killer Barbys).

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Este largo (lo siento) preámbulo viene a decir, al fin y al cabo, que Killer Barbys origina, por primera y única vez en la carrera del director, un modesto fenómeno mediático. Es la primera vez que vemos a Franco de programa en programa explicando que está filmando una película. Buena parte de la culpa la tuvieron dos empresas de muy diferente tamaño: Canal +, que entró en la película y que contaba con un puñado de jóvenes cinéfagos en su equipo que, bien desde la rama de producción o desde la de programación, contribuirían a modernizar en buena parte la concepción del cine por televisión; y el sello Subterfuge, que aparte de involucrarse en la producción aportará parte de sus bandas a la BSO. Pero Killer Barbys no nace exactamente como un vehículo para la banda gallega de punk-rock. A Franco le habían propuesto realizar una película que costase cuatro chavos (cómo no) y que pudiese llegar a las nuevas generaciones. Se escribe una historia que, en principio, iba a protagonizar una de las hijas de Antonio Mayans, Flavia Hervás, quien ya había aparecido de pequeña en un buen puñado de títulos de Franco (tal vez el más destacado fue En busca del dragón dorado). De hecho, el personaje interpretado a la postre por Silvia Superstar se llama Flavia. Pero no nos desviemos ahora, ya que el propio Antonio Mayans nos ayudará a profundizar en la génesis de Killer Barbys en una entrevista de próxima aparición en la Abadía.

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Dentro de la filmografía de Franco, esta película supone un caso estilísticamente peculiar. Ya en Tenemos 18 años (1959), su primera película, los protagonistas eran tardoadolescentes, pero todo es diferente aquí. Parece que Franco se desdoblase para filmar la formulaica historia de grupo de jóvenes atrapados con su furgoneta en un paraje aislado y huyendo de otro grupo de gente rara. Cualquier joven director estadounidense hablaría de una familia de caníbales, pero Franco es un nostálgico, y sitúa como antagonistas a una Condesa centenaria, ¡y a la vez cupletista! (Mariangela Giordano), heredera conceptual de la Bathory, y a su séquito de primarios freaks, encabezados por el criado Arkan (Aldo Sanbrell) y el bufón Baltasar (Santiago Segura, ya popular por sus cortos y por El día de la bestia), un oligofrénico asesino que se pasa el día jugando (sexo incluido) con una pareja de enanos. Como en un intento de certificar la unión entre lo viejo y lo nuevo, Jess afronta las secuencias protagonizadas por los jóvenes con su habitual desenfado (los diálogos de la banda nos recuerdan al par de ceporras con el que arrancaba La tumba de los muertos vivientes en 1982) y con cierta apatía técnica, no sin guiños a la nueva manera de entender el gore por parte del público joven. Por ese lado, Franco parecía querer parir su particular película de Richard Lester con los Beatles, pero que no dejase de parecer una de las aventuras misteriosas con furgoneta y castillo encantado que nos traían los dibujos de Hanna-Barbera en los años 60. Intenta plasmar referencias “captables” por los fans del slasher y del terror al uso e intenta que su discurso sea más accesible que el habitual batiburrillo de referencias cinematográficas y chistes privados que lo han hecho un director irrepetible. Pero por otra parte, en todas las secuencias protagonizadas por la Condesa y sitas en el caserón, Franco se desquita y crea uno de sus habituales ambientes herméticos y sólo aptos para franquianos convencidos, con sus zooms sobre incontables cabezas disecadas de animales, sus planos de carillones y calaveras, sus encuadres de escuela gótica, sus filtros y flous y las peculiares noches americanas del director, sin olvidarnos de los extensos pasajes sin diálogos, sólo centrados en los efectos de sonido siniestros y en la creación del peculiar ambiente onírico que impregna gran parte de su producción, sobre todo en la etapa francesa de principios de los años 70. En la mesa de montaje, Franco y Lina Romay contraponen constantemente secuencias que parecen dirigidas unas por Jekyll y otras por Hyde, lo que al final no puede liberar a la película de su carácter de enésimo experimento dentro de la filmografía franquiana. ¿Y qué esperaban, pues?

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La reacción del público de a pie no fue buena, ya que Killer Barbys es demasiado rara para colar como una película de terror al uso, y la de los seguidores del director fue, por lo general, escéptica, ya que los problemas de ritmo hacían innegable que Jess ha dirigido muchas obras superiores a ésta. Pero Killer Barbys tiene sobrados elementos de interés por sí misma, además de una gran importancia cronológica para su autor, ya que éste venía de realizar tres películas (La bahía esmeralda, 1989; Una canción por Berlín, 1989; y La punta de las víboras, de 1991 pero estrenada más tarde) cuyo mayor pecado era querer llegar a un público más amplio, al consumidor de novedades videocluberas, y en ese terreno Franco se siente mucho menos cómodo. Estamos así ante el punto de arranque de lo que viene siendo su filmografía tardía, con películas pensadas para un tipo de aficionado más joven y más especializado que el de antaño, y que a partir de su siguiente film, Carne fresca (Tender Flesh, 1997) se movería por terrenos habitualmente vilipendiados por cualquiera que no sea un fanático del director, con presupuestos mucho más bajos de lo imaginable y una libertad creativa elevada exponencialmente, y que para quien firma esto contienen momentos antológicos de cine (o de vídeo, qué se yo) en títulos como Los blues del vampiro (Vampire Blues, 1999), El infierno virtual del Dr. Wong (Dr. Wong’s Virtual Hell, 1999) o la muy superior secuela del film que nos ocupa, Killer Barbys contra Drácula (2002). A su manera, fan films diferentes de los que hemos podido ver reseñados en la Abadía, aunque también son financiados por fans e, innegablemente, realizados para ellos. En próximas entregas os soltaré algún que otro rollete sobre películas de esta segunda (o enésima) juventud del tío Jess. Mientras tanto, desde la Abadía le deseamos feliz cumpleaños.

Manuel Campeche

6 comentarios en “Killer Barbys

  1. Hoy 12 de mayo es el cumpleaños de nuestro más prolífico director, Jesús Franco. Para celebrar esta fecha, nuestro especialista en la materia, Manuel Campeche, ha escrito una reseña sobre “Killer Barbys” de lo que promete ser el principio de un repaso sobre la última etapa del realizador madrileño… aunque con Campeche nunca se sabe. 😛

  2. Una pelìcula de la que me esperaba mucho mas, y me dejo algo desilusionado.. Tirando al underground pero sin fuerza.. No se, gran decepciòn..ademàs casi su continuaciòn la supera..

    Saludos¡¡

  3. Esta fue la primera (y única) película que he visto de Jess. Me pareció horriblemente lenta, algo imperdonable para una historia así. ?Las demás son así de farragosas?

  4. Excelente reseña para un día tan especial… Muy buena, ¡¡y esa entrevista a Mayans la espero con gran interés!!
    A mi me gusta mucho Jesús Franco, pero esta mezcla de musical, gore y Scooby Doo me dejó un poco cabiz bajo. La encontré muy oscura, irregular y bajo mi punto de vista, le faltaba mucho erotismo (hubiera dado un riñon por ver a Silvia Superstar en pelotas, joder). Pero gracias a Dios no hay que olvidar que ha realizado grandes films como Miss Muerte, Rififi en la ciudad y Venus in furs…
    No sé, pero desde que vi Killer Barbys no me he atrevido a ver ninguna película moderna de Franco. Veo las caratulas de Mari Cookie y Carne Fresca y tengo miedo… Aunque creo que tendré que armarme de valor y hacer un esfuerzo.
    Por cierto, nunca hubiera pensado que la segunda parte de Killer Barbyes sería mejor que la primera… Me han entrado ganas de verla y todo. Jajaja!

  5. No, si al final será a mi al que más le gustó la peli, hay que joderse. Cierto es que tiene cosas de vergüenza ajena como todo lo relativo al personaje de Santiago Segura, que por mi parte se lo habían ahorrado, y que como hacia mitad de película aquello se desinfla cosa mala. Pero eso no es óbice para que la película tenga ciertos valores, como cierta mano para la creación de atmósferas inquietantes (pese a la utilización de los clichés franquianos señalados por Campeche en su reseña), o planos de una belleza “decadente”, como el de la captura de Silvia Superstar en la habitación ajedrezada.

    Tal vez, lo más interesante de la película sea cierta relectura que podemos hacer con la perspectiva que nos da el tiempo y que Campeche ya ha señalado entrelíneas. El que como la película que podría haberle abierto a Franco las puertas a un público mayoritario a poco que la hubiera encauzado de un modo más comercial(recuerdo que en la época en los programas musicales del Plus no hacían otra cosa que emitir documentales con imágenes de rodaje y entrevistas), fuera precisamente la que marcaría el punto de inflexión de su cinematografía hacia caminos más personales.

    Por cierto, Juan, que sepas que no eres el único que no tiene cojones a verse “Maricokie” y compañia. De las películas posteriores de Franco solo he visto “Snakewoman” y… Mejor me callo que luego Campeche se me cabrea.

    John Silence (Bienvenido 😉 ), la mayoría de películas de Franco suelen ser así de caóticas narrativamente. Pese a ello, si aún tienes ganas de indagar en la filmografía de éste, te recomendaría que dieras una oportunidad a sus primeros títulos, que digamos son los más asequibles desde un punto de vista más mayoritario. “99 mujeres”, “La noche de los asesinos”, “Gritos en la noche” (pese a que en mi opinión esté tremendamente supravalorada), “Miss Muerte”, “El caso de las dos bellezas”…

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