Cartas de amor de una monja

Título original: Cartas de amor de una monja

Año: 1978 (España)

Director: Jorge Grau

Producción: José Frade

Guionistas: Gemma Arquer, Jorge Grau

Fotografía: Fernando Arribes

Música: Antonio Pérez Olea

Intérpretes: Analía Gadé (Madre Mariana de la Cruz ), Alfredo Alcón (Don Agustín Rojas), Teresa Gimpera (Isabel), Fernando Sánchez Polack (Jerónimo), Lina Romay (María), Carmen Fortuny (Madre Margarita), Virginia Mataix (Natalia), Nelida Quiroga (Madre de don Agustín), Carmen Pastor, Ana Galván (Criadas), Coral Pellice , José María Labernier (Inquisidor), José Ramón Larraz, Antonio Orengo (Capellán), Roberto Cruz (Mendigo), Pedro Lavilla (Alguacil), Ana Milena, Carmen L. Blanco, María Alvarez, Mercedes Ariza, Esther Farré, Tamara, Juana Jiménez, Mary Salinier, Concepción Zofio, María Luisa González (Monjas), Quetxé Parra, Marineu Grau, Mercedes Cinos, Carmen González, Cristina Puig, Virginia Ruiz, María Luisa Serrano (Novicias), Ana Ruiz, Carlota Castellan, María José Peral (Legas)…

Sinopsis: Estamos en 1640, en una España donde la Inquisición imponía, casi a la fuerza, la ley de Dios. A raíz de una serie de sucesos, Mariana de la Cruz, Madre Superiora de un convento de carmelitas, comienza a preguntarse si el sexo es pecado cuando va ligado al amor.

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Cartas de amor de una monja fue realizada por Jordi Grau en 1978, tres años después del boom social que supuso su filme La trastienda, marcando un punto de inflexión en su carrera que continuaría cuatro años después con la cinta seudohistórica La leyenda del tambor, a la que seguirían otras como Coto de caza (1984) o Muñecas de trapo (1987).

Centrándonos en la presente, Grau continúa manufacturando cine erótico, algo casi inevitable en la época de la Transición, aunque el realizador catalán se atreve a llevarlo a un convento de carmelitas del siglo XVII, entrando de lleno en el género llamado nunexploitation que había sido llevado a cabo en cintas como Historia de una monja de clausura (Storia di una monaca di clausura, 1973) de Domenico Paolellao o sus coetáneas Interior de un convento (Interno di un convento, 1978) y Cartas de amor a una monja portuguesa portuguesa (Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne, 1977), estrenada anteriormente a ésta aunque, como ha declarado el propio Grau (1), parece ser que fue Jesús Franco el que aprovechó la idea para hacer su propia versión de la historia.

La historia a la que nos referimos no es otra que la famosa obra de Mariana Alcoforado Cartas de amor de una monja portuguesa, cinco escritos supuestamente auténticos que fueron recogidos en un volumen considerado como una obra maestra del género erótico, en el que la religiosa enamorada escribe sus pensamientos a su objeto de deseo, el apuesto Marqués de Chamilly, aunque a día de hoy aún no haya quedado esclarecida la autenticidad de dichas cartas.

El filme de Grau además se apoya en hechos históricos de los siglos XVI y XVII, en textos de Santa Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Diderot y en la mencionada obra de Alcoforado, aunque la principal diferencia entre esta última, reside en que el amor de la monja no sea hacia un Marqués sino hacia otro religioso, el capellán del convento, incrementando así el interés de la trama.

Todo comienza en el lecho de muerte de un hombre, cuya esposa desconsolada besa su miembro viril – en un primerísimo primer plano que para haber sido realizado en el año 78 no es moco de pavo- en un gesto de desesperanza. Aquí es cuando la religiosa y hermana de la viuda despierta de su letargo y comienza a llegar a plantearse si el sexo les debería estar prohibido, ya que éste va ligado al amor, “lo más bello del mundo”. Mariana redacta todo ello en una carta al reverendo padre, que no hará otra cosa que quitarle esos pensamientos de la cabeza, aunque posteriormente entre confesión y confesión se despertará una atracción mutua que acabará finalmente consumándose.

Otro episodio que llevará a la religiosa a plantearse la importancia del sexo y el deseo será el lamentable estado en que se encuentra una de las novicias del convento – interpretada por una Lina Romay recomendada para el papel por el propio Jesús Franco y que ciertamente le va como anillo al dedo-; ésta acudirá a la propia Mariana en busca de un deseo no correspondido, y debido a su desesperación y enloquecedor comportamiento llegará a ser acusado por la Santa Inquisición de posesión demoníaca.

La monja irá aclarando sus planteamientos sexuales con ayuda de su confesor, pero lo que en un principio era una duda dará lugar al deseo, dejando ambos atrás su castidad, ya que ello sería “pecar contra el amor, lo más grande que nos ha dado Dios”, para terminar dando rienda suelta a sus descontrolados instintos en un encuentro que les hará ver la vida desde una óptica diferente.

Grau ofrece esta versión de las cartas de Alcoforado a través de una impecable factura, envuelta en una fotografía acartonada, asfixiante y casi sobrenatural, una música barroca y una óptima ambientación – a destacar esa pared llena de calaveras que cubre la celda de la monja o la reja llena de pinchos a través de la cual hablan los enamorados-, factores estos que ofrecen en conjunto una estética muy cercana a la posterior Extramuros (1985) de Miguel Picazo.

Además de todo ello, también destaca un trabajado guión, compuesto por inteligentes y existenciales líneas de diálogo que son trasladadas a la pantalla de forma impecable por la totalidad de su reparto, sobre todo por parte de una Analía Gadé que, además de aportar credibilidad a su personaje (2), tarea harto difícil, y soportar el peso de la obra, se atreve con escenas tan arriesgadas como el de un afeitado púbico, aunque según declaró en años después, pediría a una doble para realizar las escenas más comprometedoras si bien “al final acabé haciéndolo yo casi todo por prurito de actriz”(3). La obra posee poderosos y arrebatadores momentos propios del género al que pertenece, totalmente blasfemos, como el personaje de Lina Romay acercando un crucifijo a sus sexo, el beso que le da Mariana al Cristo en la Cruz al que reza cada día, o el propio encuentro entre los religiosos, rodado con enorme sutilidad a través de una sobrenatural fotografía de colores azulados.

Por otro lado, aunque el filme es impecable en su planteamiento y nudo, el desenlace resulta tal vez demasiado estirado, volviendo a retomar el pulso en su tramo final, trágico como una obra clásica, cortante como el filo de una navaja, cerrando así la obra a través de un epílogo con grandes dosis de ironía por parte del autor en lo que termina resultando un oscuro retrato de la sociedad clerical del siglo XVII.

Jesús Palop

(1) https://cerebrin.wordpress.com/2009/09/25/entrevista-a-jorge-grau-“me-gustaria-hacer-un-retrato-de-edgar-allan-poe”/
(2) Que incluía al argentino Alfredo Alcón, que cobró unos doce mil dólares de la época.
(3) Declaraciones realizadas al diario ABC en 1987 tras el pase televisivo del filme.

Published in: on diciembre 10, 2009 at 2:11 pm  Dejar un comentario  
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