Maciste alla corte dello Zar

Título original: Maciste alla corte dello Zar

Año: 1964(Italia)

Director: Amerigo Anton [Tanio Boccia]

Productor: Luigi Rovere

Guionistas: Amerigo Anton [Tanio Boccia], Alberto De Rossi, Mario Moroni según un argumento del último

Fotografía: Aldo Giordani

Música: Carlo Rustichelli

Intérpretes: Kirk Morris [Adriano Bellini] (Maciste), Massimo Serato (Zar  Nicolai Nicolaievic), Ombretta Colli (Sonia), Gloria Milland [Mara Fié] (Nadia), Tom Felleghi (Hakim), Giulio Donnini (Igor), Dada Gallotti (Katia), Ugo Sasso (Petrovic), Arnaldo Arnaldi (Alessandro), Howard Ross [Renato Rossini] (Jefe de los arqueólogos), Attilio Dottesio (Jefe rebelde), Luigi Scavran (Boris), Consalvo Dell’Arti (Ivanovich), Spartaco Battisti, Giovanni Sabbatini, Franco Pechini, Marco Pasquín, Giorgio Bixio (Fjodor), Nello Pazzafini (Gigante de la caverna)…

Sinopsis: Rusia, en una época indeterminada entre los siglos XVI y XVII. El despótico zar Nikolai Nikolaievich organiza una expedición a los confines de sus dominios cuyo objetivo es encontrar el legendario tesoro de una extinguida civilización oriental. Tras las primeras excavaciones, los arqueólogos descubren en una gruta un sarcófago en el que descansa un musculoso hombre en estado de hibernación. Dicho forzudo resulta ser Maciste, quien tras ser reanimado es conducido a la corte, donde el zar tratará de utilizar su sobrenatural fuerza para sus tiránicos propósitos.

Junto con Guido Malatesta, Tanio Boccia, también conocido por el seudónimo con el que solía firmar todas sus realizaciones, Amerigo Anton, es el mayor responsable de la corriente de crossovers genéricos que asolaran al péplum durante su etapa de decadencia, en lo que supuso un intento por alargar la vida comercial de tan moribundo y explotado estilo. Sin embargo, en la mayoría de los casos todo intento de innovación de este tipo de productos no pasaba del traslado de ambientación del mundo antiguo a otras épocas futuras o pasadas, reproduciendo por lo demás con extrema fidelidad el tradicional esquema narrativo utilizado por las epopeyas de forzudos, lo que hacía que la única baza que jugaran estos títulos fuera la del anacronismo histórico.

Buen ejemplo de ello lo tenemos en esta Maciste alla corte dello Zar, film dirigido por Boccia en 1964[1] y que, como su propio nombre indica, se desarrolla en una fantasiosa Rusia sometida bajo el yugo de un desconocido (e inexistente) zar llamado Nikolai Nikolaievich. Más allá de dicho contexto, la película circula sin demasiadas sorpresas por los lugares comunes del género por medio de una trama habitada por personajes planos y estereotipados, y centrada, una vez más, en las manidas intrigas palaciegas de costumbre. No faltan pues en la propuesta ingredientes tan típicos del género como los monarcas usurpadores, el grupo de rebeldes opositores al régimen, las escenas de tortura, los espectáculos a base de danzas exóticas y las inevitables demostraciones atléticas a cargo de su musculoso protagonista, bien sea doblando objetos o bien enfrentando su fuerza a la de las más variadas bestias. Tal es el “seguidismo” del que hace gala la cinta que, incluso, ciertas situaciones planteadas por su libreto, caso de los flitreos amorosos entre la amante del zar y Maciste, más parecen responder a la intención de sus guionistas por respetar el esquema imitado que a las propias necesidades de la historia, dado su escaso desarrollo e importancia dentro de la misma.

No obstante, dentro de su rutinaria envoltura, Maciste alla corte dello Zar acaba por ofrecer elementos de cierto interés que vienen a ensombrecer un tanto la imagen de hombre llano y de escasa cultura que se ha venido a dar de Boccia[2], algo así como la némesis de Vittorio Cottafavi. Para empezar, lejos de una mera cuestión arbitraria y/o estética, la ambientación de la película en la Rusia zarista acaba por obedecer a ciertas intenciones por parte de sus responsables. Así, además de por sus acciones, el despotismo ejercido por el zar es plasmado por el clima de opresión y necesidad de cambio que se deriva de las manifestaciones de sus súbditos, como ejemplifica aquel plano con el que se abre la cinta en el que, tras ser dispersados por los soldados mientras se encuentran mirando la llegada a palacio de los invitados a un fiesta, un trío de ciudadanos exclamará: “Maldito tirano. Malditos cortesanos. Malditos todos; cuando se trata de divertirse se comportan como uno”.

Del mismo modo, no es difícil de identificar a lo largo de su metraje diversos momentos que remiten a hechos reales acaecidos durante la Revolución comunista de 1917, como el asalto final de los sublevados al palacio real, o la entrega del zar a éstos por parte de Maciste para que responda ante el pueblo de sus actos. Si a todo esto le añadimos las raíces proletarias de su personaje protagonista[3], quien juega su acostumbrado papel de libertador del pueblo, no hay ningún género de dudas con respecto al (ingenuo) tono izquierdista bajo el que transita la película. Y es que, tras su fachada de cine intrascendental realizado para el consumo de masas, el cine de género italiano solía esconder una subyacente carga ideológica que años más tarde sería evidenciada por corrientes tan politizadas como el spaghetti-western o, sobre todo, el poliziesco.

En cuanto al resto de aspectos destacables de la cinta, éstos tienen que ver con la configuración que en ella se hace de Maciste, el cual es tratado en todo momento como un ser fantástico y excepcional o, lo que es lo mismo, como un superhombre, desde la misma forma en que es presentado. Mientras que en títulos como Maciste all inferno [tv: Maciste en el infierno,  1964] de Riccardo Freda, se eludía cualquier intención de justificar lo injustificable, esto es, la presencia del personaje en una época diferente a la suya, aquí se procede a ofrecer una explicación de tal circunstancia por medio de la utilización de una argucia argumental propia de la ciencia ficción que ya había sido patentada dos décadas antes por la Universal en sus cócteles de monstruos: la hibernación del personaje en una gruta protegida por el hielo.

Siguiendo esta tónica, la película racionaliza o sublima, según el caso, otros rasgos distintivos del forzudo. Así, una vez éste sea reanimado dirá no recordar dato alguno sobre su procedencia y su pasado, revelando asimismo una sorprendente habilidad políglota que argumentaría en parte su facilidad para moverse sin relativos problemas por diferentes épocas y países. Lo mismo ocurre con su cuasi monacal entrega a la defensa de los débiles y los oprimidos, situación subrayada en el desenlace de la cinta cuando, pese a los ofrecimientos en el sentido contrario de los recién liberados ciudadanos, éste marche hacia otras tierras donde necesiten de su ayuda, final este por otra parte bastante recurrente a lo largo de la saga. En este aludido contexto realista, detalles en principio absurdos y surrealistas como el escueto atuendo que luce Maciste en comparación con el de los abrigados rusos que le rodean, o la intervención de éste en medio de una refriega lanzando gigantescas rocas a diestro y siniestro, adquieren una pátina de verisimilitud que en otras circunstancias sería difícilmente asumible.

Todos estos ingredientes, en combinación con su competente acabado formal, dentro de sus limitaciones, y las simpáticas reminiscencias pulp que arroja su primera mitad, la cual diríase extraída de un serial cinematográfico de los años treinta, dan como resultado una obra que, si no reivindicable, sí al menos consigue escapar de la mediocridad de otros títulos de similares características. Mucho más, en definitiva, de lo que se podría esperar de ella a simple vista.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Precisamente, aquel mismo año Boccia dirigiría I predoni della steppa (1964), película que guarda diversos puntos en común con el film que nos ocupa. También su acción se ubica en Rusia y está protagonizada por Kirk Morris, compartiendo con ésta varios de sus decorados, como el del palacio real. Es por ello que no es para nada descartable la suposición de que ambas fueran rodadas de forma correlativa o, incluso, conjunta.

[2] Como muestra vayan los testimonios de dos miembros del equipo-técnico artístico de Maciste alla corte dello Zar recogidos en el fenomenal libro de Michele Giordano Giganti buoni. Da Ercole a Piedone (e oltre), il mito dell’uomo forte nel cinema italiano (Gremese Edtore, Roma, 1998). Mientras que el escenógrafo Amedeo Mellone le define como “un buen artesano pero no un hombre de cultura” (pág. 130), la actriz Ombreta Colli resume su carácter de hombre sencillo y algo provinciano a través de la singular forma en que daba instrucciones a Kirk Morris (nombre artístico del veneciano Adriano Bellini) durante cierto momento del rodaje: “Ínflate Adrià, que te hago un primer plano del músculo” (pág. 105).

[3] El nacimiento como personaje de Maciste se produciría bajo la forma de esclavo de un noble romano en la superproducción silente Cabiria [dvd: Cabiria, 1914] de Giovanni Pastrone. Y es que al contrario de los otros forzudos típicos de lo que los norteamericanos han venido a llamar como muscle epics, cuyos orígenes se remontan a fuentes literarias y/o mitológicas, Maciste es un producto cien por cien cinematográfico.

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Interesante crítica… Bien Cerebrín..

  2. Muy buena crítica de Maciste alla corte dello Zar. también sería interesante hacer la relación ´necesaria que existe entre este tipo de peplum y otros no tan extravagantes aunque igual de ingenuos(?).
    Por otra parte, algo que me desconcierta de la producción de este tipo de peliculas es la ubicuidad histórica de la producción. Es comprensible o al menos fácilmente relacionable las primeras, como Cabiria en un ambiente en el que Italia asomaba sus pretenciones imperiales y que vería su culminación con Aníbal y éstas posteriores a los 50, en plena posguerra.


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