Carne para Frankenstein

Título original: Flesh for Frankenstein /Il mostro è in tavola, barone… Frankenstein / De la chair pour Frankenstein

Año: 1973 (Italia, Estados Unidos, Francia)

Directores: Paul Morrisey, Antonio Margheriti

Productores: Carlo Ponti, Andrew Braunsberg, Andy Warhol, Louis Peraino, Jean Yanne

Guionistas: Tonino Guerra, Paul Morrisey, Pat Hackett [no acreditado] según los personajes creados por Mary Shelley

Fotografía: Luigi Kuveiller

Música: Claudio Gizzi

Intérpretes: Udo Kier (Barón Frankenstein), Monique van Vooren (Baronesa Katrin Frankenstein), Joe Dallesandro (Nicholas), Arno Juerging (Otto), Dalila Di Lazzaro (Monstruo hembra), Srdjan Zelenovic (Sacha), Nicoletta Elmi (Monica), Marco Liofredi (Erik), Liu Bosisio (Olga, la doncella), Fiorella Masselli (Prostituta gorda), Cristina Gajoni (Amiga de Nicholas), Rosita Torosh (Sonia, prostituta), Carla Mancini (Granjera), Imelde Marani (Prostituta rubia), Miomir Aleksic (Otra criatura)…

Sinopsis: El Barón Frankenstein, un loco científico casado con su hermana, está empeñado en crear una pareja de seres a partir de trozos de cuerpos previamente raptados, mutilados y cosidos, que representen la pureza racial serbia.

Una vez concluida su trilogía para la Factory de Andy Warhol formada por Flesh – Carne (Flesh, 1968), Trash – Basura / Basura – Mierda (Trash, 1970) y Caliente – Heat (Heat, 1971), Paul Morrisey afrontó la realización en Italia de dos películas para el productor local Carlo Ponti. Rodadas de forma correlativa durante siete semanas por idéntico equipo técnico-artístico, el fruto de este trabajo sería el díptico Carne para Frankenstein (Flesh for Frankenstein /Il mostro è in tavola, barone… Frankenstein / De la chair pour Frankenstein, 1973) y Sangre para Drácula (Dracula cerca sangue di vergine… e morì di sete! / Du sang pour Dracula, 1974), en el que el cabeza visible del cine vanguardista norteamericano de la época revisitaba a los dos mayores mitos del género terrorífico de todos los tiempos: el Barón Frankenstein creado por Mary Shelley y el Conde Drácula de Bram Stoker. Al menos, eso es lo que ha venido defendiendo la versión oficial, ya que durante años la paternidad de estas dos películas ha estado rodeada de un halo de oscurantismo.

Esta confusión existente sobre su verdadera autoría se remonta hasta su época de estreno, cuando ambos films fueron publicitados acompañados del prefijo “Andy Warhol” como si de obras del artista neoyorkino se trataran a pesar de que, en realidad, su participación en las dos películas no había pasado de su acreditación como productor ejecutivo, no estando tampoco claro si siquiera llegó a ejercer dichas funciones. Por otra parte, en las copias italianas su dirección se atribuiría a Antonio Margheriti, encargado inicialmente de la segunda unidad en las dos pelícuas. En principio, esta situación bien podría haberse debido a cuestiones legales en su país productor si no fuera por la insistencia con la que varias fuentes han venido señalando que tal circunstancia respondía a la auténtica realidad, hipótesis corroborada por testimonios como el de la actriz Nicoletta Elmi, una de las hijas del Barón en Carne para Frankenstein, quien dice recordar a Antonio dirigiendo las escenas en que ella intervenía.

Por su parte, Paul Morrisey ha negado siempre de forma tajante tal posibilidad, diciéndose único responsable de los dos films y limitando la contribución de Margheriti en el caso concreto de Carne para Frankenstein a la secuencia que sirve de fondo a los títulos de crédito y a aquélla otra en la que irrumpen en escena unos murciélagos. En semejantes términos se ha manifestado el protagonista de las dos cintas, el alemán Udo Kier, quien mantiene no haber recibido indicación alguna durante el rodaje por parte del director italiano. Para complicar aún más las cosas, al parecer el montaje de Carne para Frankenstein estrenado en Italia, es decir, el firmado por Margheriti, difiere sustancialmente del internacional: si este último potencia los aspectos gore de su puesta en escena, el italiano posee una mayor carga cómica (el italiano, por cierto, fue el que en su día se estrenó en España, si bien el editado en Dvd en nuestro país corresponde al internacional).

Paul Morrisey dando instrucciones a Arno Juerging  y Dalila Di Lazzaro durante el rodaje.
Paul Morrisey dando instrucciones a Arno Juerging y Dalila Di Lazzaro durante el rodaje.

Ante tal cúmulo de contradicciones, quizás la versión que más se ajuste a la realidad de tan espinoso asunto sea la que Edoardo Margheriti recoge en la web www.antoniomargheriti.com. Según Edoardo, la participación de su padre fue la de una especie de supervisor por petición expresa de un Carlo Ponti alertado por la escasa pericia técnica del director original y la falta de un guión real con el que planificar el rodaje – al parecer, Morrisey fue improvisando los diálogos según iba avanzando la filmación -. Así, Margheriti se habría encargado en el caso que nos ocupa de aquellos planos en relieve en los que era utilizada la tecnología 3D – Space Vision, así como de algunas escenas rodadas a posteriori con los hijos de los Barones y utilizadas para darle una mayor unidad al conjunto en la sala de montaje. De ser cierta, dicha teoría vendría a invalidar las reflexiones de ciertos estudiosos que han querido ver en esta Carne para Frankenstein una especie de oda al vouyerismo por parte de Morrisey debido, precisamente, a las numerosas ocasiones en las que los niños aparecen en pantalla observando a escondidas las conductas de sus padres.

Sea cual sea la verdad sobre la autoría de la cinta, lo único cierto es que sus resultados globales se ven aquejados de una esquizofrenia entre forma y contenido que bien pudiera estar provocado por la comentada posible bicefalia en su dirección. Mientras que aspectos como la fotografía, ambientación, diseño de producción o banda sonora están en sintonía con el goticismo que Margheriti había recreado en títulos como I lunghi capelli della morte, Danza macabra o el remake de éste, La horrible noche del baile de los muertos, su transgresora propuesta a caballo entre el grand guignol y la sátira se acerca más a la sensibilidad de Morrisey; un Morrisey al que también es achacable la inexistente dirección de actores, encabezados por un divertido  Kier pasado de vueltas y un, como siempre, inexpresivo Joe Dallesandro, que de esta forma volvía a retomar el papel de hombre-objeto que ya desarrollara para el cineasta norteamericano en la referida trilogía de la Factory de Warhol.

Pero tras esta falta de definición, Carne para Frankenstein ofrece ciertos elementos que elevan el interés de su propuesta por encima de lo que sus resultados pudieran sugerir a primera vista. En primer lugar por su tratamiento del sexo, posiblemente el único punto en común entre dos formas tan antitéticas de entender el cine como la de Margheriti y Morrisey. Y es que, no en vano, el film puede interpretarse como una reflexión acerca de la sexualidad y sus perversiones, representadas tanto por las disfunciones que gozan/padecen sus personajes principales (el Barón es necrófilo, la Baronesa ninfómana, el criado una infatigable máquina sexual…), como por las pintorescas prácticas de éstos, ejemplarizadas en la escena culmen de la película, en la que tras excitarse palpando los órganos internos de su criatura femenina, el Barón mantiene un coito con su vesícula biliar. De este modo, el acto sexual es presentado como un acto de posesión del cuerpo deseado en el más estricto sentido de la palabra, lejos por tanto de cualquier tipo de sentimentalismo o deseo amoroso que no sea la propia búsqueda del placer personal.

En este mismo sentido puede también interpretarse su mordaz ataque contra la aristocracia, posteriormente repetido de forma aún más clara en Sangre para Drácula. En este caso, tal intención es articulada por medio de la acentuación hasta el ridículo de ciertas características inherentes a esta clase social. Por ejemplo, su endogamia es llevada hasta el extremo de convertir a los reprimidos barones en hermanos y esposos, una tradición familiar que se sugiere pueda ser continuada por sus dos hijos, niño y niña. Por otra parte, su clasismo es reflejado, entre otros aspectos, por los experimentos de ecos hitlerianos llevados a cabo por Frankenstein para crear una raza serbia pura y perfecta que le venere y obedezca como si de un dios viviente se tratara. Una crítica hacia el elitismo que, bien mirada, también podría estar dirigida por Morrisey contra la actitud del movimiento underground norteamericano del que procedía y que le criticaba por considerarle demasiado comercial, a pesar de que sus películas fueran tan pocos comerciales como el título que nos ocupa.

José Luis Salvador Estébenez

3 comentarios en “Carne para Frankenstein

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