Los crímenes de Petiot

Título original: Los crímenes de Petiot

Año: 1973 (España)

Director: José Luis Madrid

Productor: José Luis Madrid

Guionistas: José Luis Madrid, Jacinto Molina

Fotografía: Félix Mirón

Música: Ángel Arteaga

Intérpretes: Paul Naschy [Jacinto Molina] (Boris Villowa / Padre de Marcel), Patricia Loran (Vera), Fernando Marín (Heinrich Weiss), Anastasio Campoy (Comisario Wilhelm Rotwang), Lucía Prado (Madeleine), Ramón Lillo (Konrad Freund), Vicente Haro (Inspector Muller), María Pinar, Hugo Astar, Enrique San Francisco (Policía), Monika Rey, Maite Crespo, Víctor Iregua, Jesús Nieto (Marcel con 9 años)…

Sinopsis: Las acciones realizadas por un nazi en la Segunda Guerra Mundial conducen a más asesinatos en el presente. ¿Son por venganza o por otro motivo? Tanto los ciudadanos de a pie como la policía intentan resolver el misterio…

Los crímenes de Petiot muestra la praxis garbancera y el recurso más burdamente pirata al exploit sin gracia ni talento, que es la herida de muerte de gran parte del fantaterror español, igual de bien que otros cuantos engendros coetáneos. Cintas chapuceras, facturadas al borde del amateurismo, sin cuidado alguno y viendo el talento de lejos. Apoyados (es un decir) en presupuestos menos que magros y realizados según una lógica trapisondista basada en la huida hacia delante y el exprimir el éxito ajeno como modo de supervivencia económica básica.

Rodado, o así, por el temible José Luis Madrid en su segunda colaboración con Paul Naschy tras la similar en intenciones y referentes Jack, el destripador de Londres en 1971 y escrita entre el director y el divo -aunque solo Madrid aparece acreditado es evidente la mano de Naschy en el recurso erudito/superficial al infame Petiot del título, psicópata que operó en el Paris ocupado de la 2ª GM, o a la parafernalia nazi tan querida por el guionista-licántropo como modo directo de aportar una turbiedad fascinante a cualquier ficción barata- acogiéndose más al tradicionalismo sobrio del krimi alemán que al furor decadentista del giallo italiano.

Este acercamiento a la escuela germana del thriller, viene dado no ya por una molicie narrativa que tiene más que ver con la incapacidad total de Madrid que con cualquier voluntad de estilo, sino por detalles como una trama libre de truculencias o por la presencia (involuntariamente cómica con su método de contarse las cosas el uno al otro cinco veces repitiéndolo todo con cara de mucho interés) de unos policías que parecen el remedo duplicado del entrañable Joachim Fuchsberger e incluso por un rodaje, no menos que trapacero, en un Berlín retratado a golpe de teleobjetivo. Pero existe todavía una mejor explicación de este curioso tono germánico en la intriga, sorprendente en tanto en cuanto las adaptaciones de las novelas de Edgard Wallace que nutriero el subgénero ya estaba más que caducadas desde su esplendor industrial a principios de los 60. La conexión hay que buscarla en la figura de Artur Brauner, productor y guionista de muchos de aquellos filmes (y de tantos otros en la era de las coproducciones), que había tenido a sueldo a Madrid en el eurowestern de 1966, La balada de Johnny Ringo y que, según afirma el propio director y así lo consignan Esteve Riambau y Mirito Torreiro en Productores en el cine español. Estado, dependencias y mercado (Ediciones Cátedra y Filmoteca Española, 2008), este realizó sin acreditar no menos de una veintena de krimis.

En cualquier caso su interpretación del asunto no pasa de lo apelmazado y el contraste grosero entre los reconocibles interiores de la finca del propio Naschy en la sierra madrileña con su muy española decoración y el Berlín con tomavistas de los burdos exteriores filmados en plan guerrilla produce un efecto lamentablemente chapucero y directamente bochornoso que, por otra parte, sirve para darse cuenta del nivel de incompetencia profesional en el que se movía el grueso del cine español de género y contra el que, en muchos casos, tuvo que resignarse Paul Naschy, entregando buenas ideas a proyectos calamitosos y directores “ambizurdos”. También hay que decir que este no es el caso, la película es mala de solemnidad (y de somnolencia) de cabo a rabo. Nula en cuanto a puesta en escena y planificación (ni hablar de cualquier noción plástico-dramática alrededor de la fotografía, la música o el montaje), huérfana de tensión, carente de la menor pulsión malsana, formularia y ni siquiera. Salvable, con voluntad, el sugerente prólogo con la primera acción de ese psicópata embozado de look clavadito al villano de la obra maestra de Bava, Seis mujeres para el asesino (1964) o la idea del fusilamiento ritual frente a una enorme foto de época o la sordidez de algunas localizaciones, tramposa hasta la tomadura de pelo se permite incluso desaprovechar la mejor idea de guión: un sistema de túneles que comunica parte de Berlín y que el asesino utiliza para actuar.

Naschy (en un papel doble ya que también interpreta a su propio padre durante un flashback vergonzante en el que se explica el consuetudinario trauma del protagonista) se encuentra evidentemente incómodo durante todo el metraje, en el que se limita a poner cara de nada hasta poder desplegar un mínimo de malignidad en el clímax final (nueva curiosidad: su personaje es, aparentemente, húngaro como su propio alias artístico y al igual que él oculta una doble personalidad/nacionalidad), mientras deja pasar los minutos entre paseos cosmopolitas y discursos aleccionadores a su mujercita, una supuesta periodista intrépida retratada como una auténtica lela, sumisa al viril paternalismo del serio Boris Villowa que, en el fondo, es un misógino de cuidado.

Lo más interesante (lo único) que puede ofrecer semejante subproducto excedentario es ver, en conjunto, como Paul Naschy trasteaba en esos momentos con la posibilidad de la creación de un pseudogialli (o pseudokrimi o pseudothriller) español a través de una serie de trabajos concentrados entre el 1971 y 1974 en los que participó en mayor o menor medida: desde la ya citada Jack, el destripador de Londres (José Luis Madrid, 1973), hasta la grosera Una libélula para cada muerto (León Klimovsky, 1974), batiburrillo de burda ideología que también contemplaba las influencias que en la época se recibían desde la órbita del polizottescho y que al igual que este Petiot, recurría sin mayor sentido a la imaginería estética del Tercer Reich. Una corriente prefigurada por sus apariciones en la ya comentada aquí, Agonizando en el crimen (Enrique López Eguiluz, 1968) y prorrogado en la ignota (y según todas las fuentes indiscutiblemente birriosa) Todos los gritos del silencio (Ramón Barce, 1975). Y entre ellos paradas intermedias en filmes como, El asesino está entre los trece (Javier Aguirre, 1973) donde el divo limita su influencia a un rol de colaboración, la parcialmente rescatable Los ojos azules de la muñeca rota (Carlos Aured, 1973) y Disco rojo (Rafael Romero Marchent, 1973). Todo ello acredita la nada despreciable participación del autor en este movimiento espurio que tan bien cartografió Antonio José Navarro en su segmento Giallo a la española: entre lo goyesco y lo grotesco para el volumen colectivo El giallo italiano. La oscuridad y la sangre (Nuer, 2001) y del que Naschy si logró sacar algo verdaderamente genuino, vernáculo y negramente español en la tardía El huerto del francés (1977), seguramente su mejor película y junto a las propuestas de Eloy de la Iglesia, la magistral Una vela para el diablo (1973) de Eugenio Martín o la serie televisiva La huella del crimen, ejemplos únicos y despiadados a través de los que vehicular la posibilidad de un cine criminal puramente español.

Adrián Sánchez

Published in: on septiembre 24, 2010 at 5:07 am  Comments (4)  
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4 comentariosDeja un comentario

  1. […] Dossier Paul Naschy: Los crímenes de Petiot (1973) 24/09/10 […]

  2. Coincido con lo dicho: un señor bodrio en el más amplio sentido de la palabra. No es ya que esté rodada de la forma más chapucera posible o que su sentido del ritmo brille por su ausencia; es que incluso carece del más mínimo desarrollo de personajes que se le pueda pedir a un producto de estas características. Puestos a buscarle valores, quizá la única idea rescatable de tan lamentable conjunto sea el uso que para sus actividades hace el asesino de la tecnología, grabando sus crímenes en super8 y comunicándose mediante un magnetofón con sus víctimas y con la policía.

    En cuanto a la paternidad de Naschy sobre el guión, me gustaría hacer una pequeña puntualización. Aunque bien es cierto que en los créditos iniciales de la película se dice como “escrita y dirigida por José Luis Madrid”, en los finales se aclara que el guión es de Naschy junto al citado Madrid. En fin, uno más de los muchos contrasentidos que se dan cita en el film en cuestión.

    Por último, un pequeño comentario a modo de curiosidad. Parte de la inapropiada banda sonora de Ángel Arteaga reaprovecha material proveniente de la seminal “La marca del hombre lobo”. Más concretamente, durante el flashback ambientado en la Segunda Guerra Mundial en el que se relata el orígen del trauma del psicópata de turno.

  3. […] Yard (1972), basada en las andanzas del más famoso y misterioso asesino en serie de la historia, o Los crímenes de Petiot (1973), en la que tomaba como coartada los crímenes perpetrados por este doctor en la Francia […]

  4. […] en películas de terror como El vampiro de la autopista, Jack, el destripador de Londres y Los crímenes de Petiot, dirigidas por José Luis Madrid de la Viña con el que estuvo unida sentimentalmente durante […]


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