La orgía de los muertos

Título original: La orgía de los muertos / L’orgia dei morti

Año: 1973 (España, Italia)

Director: José Luis Merino

Productores: Ramón Plana, Emanuela Sangiorgi

Guionistas: José Luis Merino según un argumento de Enrico Colombo

Fotografía: Modesto Rizzolo, Manuel Merino [sin acreditar]

Música: Francesco De Masi

Intérpretes: Stelvio Rosi [acreditado como Stan Cooper] (Serge Chekov), Maria Pia Conte (Nadia Mihaly), Dyanik Zurakowska (Doris Droila), Pasquale Basile (Detective), Gérard Tichy (Profesor Leon Droila), Paul Naschy [Jacinto Molina] (Igor), Aurora de Alba (Mary), Charles [Carlos] Quiney (Mayordomo), Isarco Ravaioli (Alcalde), José Cárdenas (Guardia), Eleonora Vargas, Giuliana Garavaglia [acreditada como Giusy Garr], Carla Mancini, Alessandro Perrilla, César de Barona, Javier de Rivera…

Sinopsis: A una pequeña localidad de Centroeuropa se dirige un hombre para asistir a la lectura del testamento de su finado tío. Nada más llegar al lugar, se encuentra con el cadáver ahorcado de una mujer que resulta ser su prima. Con su muerte, él se convierte en el heredero universal de la fortuna de su tío, por lo que pasa a ser el principal sospechoso del asesinato para la policía. Dichas sospechas parecerán irse confirmando a medida que se produzcan nuevos asesinatos en su entorno familiar…

Suele considerarse como directores artesanales a aquellos cineastas acostumbrados a poner su oficio al servicio de las más variadas propuestas dentro de los márgenes del cine de consumo; una denominación que le viene como anillo al dedo al madrileño José Luis Merino. No sólo porque su carrera transitara con total naturalidad durante sus años de esplendor por géneros tan variopintos como el bélico, el western, las aventuras o la comedia, abordando por el camino a personajes tan icónicos del cine y la literatura como El Zorro, Robin Hood o Tarzán de los monos. A esta ambivalencia en sus contenidos hay que añadirle un encomiable sentido industrial de su profesión que le llevó a adecuar y orientar sus proyectos, la mayoría de las veces rodados en régimen de coproducción, según los gustos y exigencias que el público demandara en cada instante.

Buena muestra del carácter que guió su trayectoria está en La orgía de los muertos / L’orgia dei morti (1973), segunda y última de las  incursiones de Merino dentro de los contornos del cine de terror[1]. Dados sus numerosos puntos en común, no sería descabellado el pensar en su existencia como una lógica consecuencia de los buenos resultados obtenidos por la anterior y también recomendable aportación al género del cineasta con Ivanna / Il castello dalle porte di fuoco (1970). Sin embargo, el origen de la cinta parece ser bien distinto, obedeciendo a una petición expresa por parte del productor italiano Enrico Colombo, quien deseaba hacer una película de terror con la que responder a la demanda existente en el mercado cinematográfico de este tipo de productos.

A la vista del espíritu comercial con el que fue concebida la película resultan hasta cierto punto sorprendentes sus anacrónicas influencias, más allá de la inclusión de unos zombis cuyo concurso a buen seguro no sería ajeno el éxito obtenido poco antes por La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968). Y es que en lugar de a la ópera prima de George Romero, La orgía de los muertos parece mirar más a modelos como The Plague of the Zombies [tv/vd/dvd: La plaga de los zombies, 1966] de John Gilling, dada su apuesta por un estilo de cine de terror en sintonía con los postulados de la Hammer o, en segunda instancia, con los de la escuela gótica italiana, en un tiempo en el que una y otra factoría se encontraban en franca decadencia, cuando no totalmente extintas. Así, no es difícil encontrar rasgos característicos de ambas corrientes a lo largo de su metraje, desde la ambientación histórica o el marco rural donde se desarrolla su trama hasta las inclinaciones sexuales de algunos de sus personajes. Unas referencias que, dicho sea de paso, son en cierta forma hermanadas a través de la reseñable banda sonora de ecos hammerianos de Francesco de Masi, en la que el músico italiano recupera algunos temas por él compuestos una década antes para el film de Riccardo Freda Lo spettro (1963).

Con tal intención en mente, el guión pergeñado por Merino es pródigo en algunos de los más asumidos clichés y lugares comunes del género gótico. Cementerios, subterráneos, pasajes secretos, anagramas o mayordomos misteriosos son sólo unos cuantos de los elementos que confluyen dentro de una intriga de corte detectivesco en la que destaca la forma en que son contrapuestas ciencia y superstición, hasta el punto de que la primera se aproveche para sus propósitos del negativo influjo cegador de la segunda. De este modo, todos los acontecimientos que en un principio parecen ser obra de la intromisión de un elemento sobrenatural en la historia son, sin embargo, producto de los experimentos del mad doctor de turno, en este caso representados por unos muertos vivientes cuya configuración también responden a esta idea; si bien revelan el modelo clásico del mito, es decir, como brazo ejecutor de los sangrientos encargos de su amo y señor, son manejados por éste mediante la implantación de una fantacientífica cápsula en su cerebro, culpable a su vez de su resurrección. En este sentido, tal vez la escena que mejor resuma y refleje dicho subtexto sea aquella de la sesión de espiritismo en la que uno de los personajes  principales es asesinado por lo que parece ser el invocado espíritu de su difunto marido pero que, en realidad, se trata del cadáver revivido de éste.

Pero si por algo destaca La orgía de los muertos es por la eficacia y, en algunos casos, brillantez con la que están resueltos sus diferentes apartados dentro de la modestia con la que está encarado el producto. A pesar de la sobreabundancia de tópicos y arquetipos, su trama logra ser atractiva por mor al desparpajo con el que son entremezclados sus eclécticos ingredientes. Lo mismo ocurre con la funcional realización de Merino, en la que el director español echa mano de registros más propios de otros géneros, como puede ser la pelea entre sus habituales Stan Cooper y Charles Quiney, cuya coreografía y puesta en escena remite de forma irremediable a los modos del western, balasera final incluida. No obstante, lo más sobresaliente del conjunto se encuentra en torno a su conseguida atmósfera, ya sea por los impresionantes maquillajes ideados por Julián Ruiz, la (en ocasiones) inspirada fotografía de Manuel Merino[2], o las excelentes localizaciones del Pirineo catalán utilizadas para ambientar la historia, con sus calles empedradas y sus edificios ruinosos.

En comparación, el aspecto más endeble de toda la cinta está en su, por lo demás, correcto plantel actoral, formado en su mayoría por habituales de la filmografía de Merino, de entre los cuales destaca, y de qué forma, un Paul Naschy en estado de excepción con un papel hecho a su medida. Una afirmación que, además de responder a la frase hecha debido a la precisión con la que este Igor se adecua a los tonos acostumbrados en los trabajos como actor del madrileño, en esta oportunidad cobra mayor sentido al estar realmente reescrito por el propio Naschy según su conveniencia[3]. No es pues extraño que dicho rol arroje tal cúmulo de semejanzas con el Gotho que protagonizara El jorobado de la morgue (1972); dos seres marginados de la sociedad por sus taras físicas y/o mentales y su siniestra profesión relacionada con la muerte – el uno empleado de una morgue, el otro un sepulturero -, que en su desesperada búsqueda de amor y, por ende, de sexo, acabarán involucrados en los desquiciados experimentos de científicos sin escrúpulos. Así las cosas, la principal diferenciación entre uno y otro está en que mientras Gotho accederá a tales prácticas con la promesa de la resurrección de su fallecida amante, Igor lo hará por miedo a que sean descubiertas sus relaciones necrófilas con los cadáveres que él mismo entierra. Un  sutil detalle que, en cualquiera de sus variantes, refleja muy a las claras el romanticismo decadente del que hizo gala el alter ego de Jacinto Molina a lo largo de su carrera.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Que no del fantástico, estilo éste donde se ubica la que, al parecer, es su obra predilecta: Las cinco advertencias de Satanás / Os cinco avisos de Satanas (1969), según la obra teatral de Jardiel Poncela.

[2] Aunque en los títulos genéricos dicha función recaiga en el italiano Modesto Rizzolo, y Manuel Merino aparezca como operador de la segunda unidad, tal circunstancia solo obedece a requisitos administrativos de cara a la coproducción, según el testimonio de José Luis Merino. Esta misma situación también se repetiría en el crédito de Blanca Verdirosi como maquilladora o la del propio Colombo como argumentista.

[3] Amén de ello, la caracterización física del personaje es idéntica al Alaric de Marnac de El espanto surge de la tumba (1972), con el fin de aprovechar determinado efecto especial fabricado para la película de Carlos Aured.

JOSÉ LUIS MERINO HABLANDO SOBRE DIVERSOS ASPECTOS DE LA PELÍCULA Y SU CARRERA:

PAUL NASCHY HABLANDO ACERCA DE SU PARTICIPACIÓN EN “LA ORGÍA DE LOS MUERTOS”:

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Compañerop, sinduda la mejor reseña que de este film he leído hasta ahora. Enhorabuena. Para mí el mejor film de zombies de la filmografía española (por encima incluso de “No profanar…”) precisamente por ese anacronismo queparece suponer para los parámetros del cine de género de la época.
    En cuanto a los videos, estupendos. Se ve que el Sr. Merino debe ser un tipo encantador. Desde luego la charla es de lo más entretenida.
    Naschy en su linea: Yo, yo, yo… y después yo.

  2. […] Además, con Marc había trabajado en el verano del 2009 en la confección de los extras del DVD de La orgía de los muertos (José Luis Merino, 1973) para su edición en EE.UU. A José, para ser exactos, le había hablado […]

  3. […] La escena es filmada con cámara voyeurística y guarda cierta similitud con otra de La orgía de los muertos (1972), en la cual es el personaje de Igor, interpretado por Paul Naschy, el que mira por la […]


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