Marc Mato, agente S 077

Título original: Marc Mato, agente S 077 / S 077, spionaggio a Tangeri

Año: 1965 (España, Italia)

Director: Gregg C. Tallas

Productor ejecutivo: Arturo González

Guionistas: R. Belgrozo, Remigio Del Grosso, José Luis Jerez, Gregg C. Tallas, sobre una historia de Heriberto A. Curiel

Fotografía: Rafael Pacheco, Alvaro Mancori [no acreditado en la versión española]

Música: Benedetto Ghiglia

Intérpretes: Luis Dávila (Marc Mato), José Greci (Lea), Perla Cristal (Madeleine), Alberto Dalbés (Rigo Orel), Ana Castor (Madame Stanier), Tomás Blanco (Profesor Grave), Alfonso Rojas, Barta Barri (Chófer), Alberto Cevenini, Amparo Díaz, Juan Cafinos, Rafael Vaquero, Luis Barboo, José Truchado (Secuaces de Madeleine), Fernando Bilbao (Secuaz de Rigo Orel), Erika Blanc, Joe Kamel…

Sinopsis: Tras duras investigaciones, el profesor Grave ha conseguido inventar a petición del Consejo de Seguridad el arma definitiva con la que garantizar la paz en el planeta: un rayo desintegrador de la materia. Sin embargo, en el momento en el que el profesor se encuentra informando a sus superiores de sus logros, dos hombres asaltan su laboratorio y roban su invención. Con el fin de descubrir el paradero de tan peligrosa arma, el gobierno encarga el caso al agente secreto S 077 Marc Mato.

A fuerza de ser copiados de una fuente a otra sin preocuparse en contrastar su veracidad, ciertos datos cinematográficos han pasado a convertirse en poco menos que verdades incuestionables. Esto es lo que le ha ocurrido a Marc Mato, agente S 077, película de euroespías de la que rara vez se suele mencionar su título como no sea para comentar la supuesta primera aparición en el medio de George Lazenby cuatro años antes de que encarnara a James Bond en 007 al servicio secreto de su Majestad. Algo que, huelga decir, es absolutamente falso. Y no tanto porque el abajo firmante haya sido incapaz de descubrir la presencia del australiano a lo largo del metraje de la cinta, a pesar de la especial atención prestada, sino por una simple cuestión de sentido común. Y es que resulta muy difícil de justificar qué podría hacer el entonces modelo dentro de una coproducción hispano-italiana rodada mayoritariamente en suelo patrio y desempeñando, además, labores de mera figuración, tal y como desde estas fuentes mal informadas se han empeñado en señalar.

Puestos a buscarle atractivos pintorescos al producto, más lógico habría sido aludir a la exótica nacionalidad de algunos de sus principales responsables. En primer lugar por su director, Gregg C. Tallas – en realidad Grigorios Thalassinos -, cineasta trotamundos de origen griego cuyo considerado debut como realizador se produciría en la controvertida versión de La Atlántida de Pierre Benoit protagonizada por Maria Montez y su por entonces marido Jean-Pierre Aumont, y responsable en 1968 del único ejemplo de pseudobond heleno del que uno tiene noticia con Kataskopoi sto Saroniko. Y en segundo, por la singular circunstancia de que sus personajes principales corrieran por cuenta de tres actores argentinos residentes en España: Luis Dávila, Alberto Dalbés y Perla Cristal. Curiosamente, al año siguiente tanto Dávila como Dalbés volverían a coincidir repitiendo análogos roles en un film de similares características al presente, Ypotrón, situación que sería aprovechada por los distribuidores internacionales para lanzar la película en algunos países como si de una secuela del título que nos ocupa se tratara[1].

Pasando a comentar el contenido de la cinta, éste discurre sin demasiadas sorpresas por los cauces habituales de este tipo de productos. Tanto es así, que el número en clave de su agente secreto es el mismo empleado por otra media docena larga de clones mediterráneos de James Bond, entre los que destaca el Dick Mallory que interpretara Ken Clark en la trilogía conformada por La muerte espera en Atenas, París-Estambul, sin regreso y Operación Lady Chaplin. Por su parte, su esqueleto argumental sigue a pies juntillas el modelo de costumbre; de nuevo el robo de un revolucionario invento científico, en este caso una especie de microchip que acoplado a una pistola especial produce un letal rayo desintegrador, es el macguffin escogido para  desencadenar el grueso de la historia[2]. Sobre esta base, el film va conectando diferentes set pieces de acción con tal fluidez que consiguen hacer de su visionado un inocuo entretenimiento.

Dentro, pues, de lo rutinario del conjunto, quizás su aspecto más destacable radique en un tono narrativo que bascula entre la parodia y la desmitificación del género en el que se inscribe. Buena muestra de ello es el grado de delirio alcanzado durante su desenlace, que por motivos obvios no desvelaremos, o el tono desengañado con el que su villano titular, un antiguo agente doble retirado, se dirige al protagonista, cuestionándole las diferencias entre los dos grandes bloques en que se dividía el mundo o lo absurdo de su lealtad hacia un gobierno para el que no es más que una pieza fácilmente sustituible.

No obstante, si hay un elemento sobre el que dicha circunstancia se haga especialmente sensible, está en la configuración de su personaje principal, el tal Marc Mato. De este modo, bajo su aspecto de heroico defensor de la paz del mundo se esconde un espía amoral, sádico, y, visto desde una óptica actual, políticamente incorrecto, capaz tanto de sonreír tras haber asesinado a un enemigo como de abofetear a sus amantes para sonsacarles la información deseada. Fruto de tan singular personalidad es la acentuación de ciertas constantes del estilo –cf. el que todos y cada uno de sus confidentes acaben muriendo en sus brazos en el momento en que se disponen a hablar con él – y/o la reformulación de algunos de sus más asumidos lugares comunes –cf. en lugar de como era habitual, aquí es el protagonista el que tortura al villano -. Claro que, conociendo los aludidos parámetros imitativos por los que se solían mover esta serie de propuestas y a juzgar por la aparente seriedad con que la película parece tomarse así misma, no es del todo descartable que, en realidad, esta relectura no estuviera dispuesta por sus responsables y sea sólo un hallazgo involuntario, consecuencia de su torpeza a la hora de combinar los elementos más prototípicos de esta clase de films. ¿Qui lo sá?

José Luis Salvador Estébenez

[1] Una circunstancia no tan curiosa si tenemos en cuenta que en ambas películas parte de su producción corrió a cargo de idénticas firmas: la italiana Dorica Film y la española Atlántida Films de Luis Méndez y José Frade.

[2] Sirva como ejemplo del nivel de mimetismo alcanzado por este clase de películas el que una trama muy parecida fuera utilizada un par de años después en Nido de espías, con también un rayo desintegrador como principal excusa argumental.

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