Todos los gritos del silencio

Título original: Todos los gritos del silencio

Año: 1974(España)

Directores: Ramón Barco, Jacinto Molina [no acreditado]

Productor: César Gallego

Guionistas: Jacinto Molina [Paul Naschy], Juan José Porto, sobre una idea de Jacinto Molina [Paul Naschy], Juan José Porto, Juan José Daza, Ramón Barco

Fotografía: Emilio Foriscot

Música: Ángel Arteaga

Intérpretes: Paul Naschy (Gerard Roland), Máximo Valverde (Comisario Alain), Rene de Grié (Genevieve), Goyo Peralta (Nino “Martillo” Peralta), Blanca Estrada (Michelle), Mirta Miller (Esposa del comisario), José María Prada (Montan), María Mahor (Esposa de Montan), Paloma Cela (Simon), Rosa Valenty (Elvire), Ramón Centenero (Inspector Closseau), Mario Pardo (Daniel), Antonio Gomero (Maitre), Damián Rabal…

Sinopsis: Coincidiendo con la misteriosa desaparición de su amada, un periodista parisino decide investigar el asesinato de un compañero e íntimo amigo, fotógrafo de profesión. Tras las primeras indagaciones, todo parece indicar que ambos casos están relacionados entre sí por medio de la figura de un importante hombre de negocios. Según el periodista vaya avanzando en sus pesquisas, nuevos crímenes irán interponiéndose en su camino.

Uno de los títulos menos conocidos de cuantos componen la filmografía de Paul Naschy es Todos los gritos del silencio (1974). Algo no demasiado sorprendente dada su nula calidad cinematográfica, si no fuera por su especial relevancia y singularidad dentro de la carrera del polifacético cineasta madrileño. Dicha consideración responde al hecho de ser esta la película en la que Naschy daría sus primeros pasos en los terrenos de la dirección, iniciando así una evolución que pocos años más tarde le llevaría a poder encargarse de la realización de sus propios proyectos sin tener que delegar en terceros.

Al parecer, este debut estuvo motivado por la detención durante el rodaje del que era su director titular, Ramón Barco[1], entre rumores de corrupción de menores. Tras barajar varias posibilidades y tantear a diversos directores, su productor, César Gallego, decidió que fuera el propio Naschy quien asumiera la dirección durante el resto de jornadas que aún restaban para la conclusión del proyecto[2]. Así sucedería, si bien una vez terminada la filmación el madrileño rechazaría aparecer acreditado como tal en la película, quién sabe si debido a su falta de control sobre el producto resultante – una vez solventados sus problemas con la justicia, sería el propio Barco quien se encargaría de supervisar el montaje definitivo -, o tal vez consciente de la escasa entidad del mismo.

Teniendo en cuenta todos estos antecedentes, quien más quien menos podría deducir que la falta de calidad de la cinta estaría justificada por las especiales circunstancias en las que ésta fue llevada a cabo. Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que a lo largo de su metraje se dejan notar algunas consecuencias de tan conflictiva concepción, como la proliferación de escenas de relleno, algunas de las cuales llegan a evidenciar hasta qué punto tuvieron que ser sacrificados parte de sus planteamientos iniciales sobre la marcha – cf. las secuencias centradas en la vida doméstica del comisario, residuo más que evidente del mayor protagonismo que originalmente tenía este personaje -, no menos cierto es que éste no fue el único factor determinante a la hora de explicar los pobres resultados que presenta el film.

Para empezar, y dejando a un lado la puerilidad de su puesta en escena, la confección de su reparto arroja ciertos errores de casting de lo más notorios. De entre ellos, el más significativo está en la decisión de confiar el papel de comisario a alguien de la encasillada trayectoria y escasas aptitudes interpretativas de Máximo Valverde, lo que acaba por provocar que el personaje al que el andaluz da vida resulte bien poco creíble. A ello también contribuye la desafortunada construcción de sus diferentes personajes, cuyo mejor ejemplo está en su rol coprotagonista, una mujer que por lealtad a su mejor amiga esconde sus secretos al novio de ésta, pero que, por el contrario, no tiene el menor reparo en mantener relaciones sexuales con él.

Precisamente, es la contradictoria conducta de este mismo personaje la que deja entrever las deficiencias del guión escrito para la ocasión por Naschy a partir de un primer tratamiento de Juan José Porto, por entonces su gran valedor en los medios escritos. Y es que la resolución de la intriga de ecos giallescos[3] sobre la que se sustenta el interés de su trama se basa casi en exclusiva en las cíclicas revelaciones que a su capricho la joven va confesando al que se ha convertido en su amante, lo que hace que buena parte de las pesquisas en las que se centra su historia se antojen como poco menos que una tomadura de pelo que no conduce a ninguna parte. Esto, unido a detalles tan supuestamente ingeniosos como que uno de los policías franceses reciba el nombre de Closseau, dan buena cuenta de la medianía del texto pergeñado por Naschy.

Dentro de este contexto, tal vez la única idea rescatable de este libreto de diálogos pomposos y literarios y, por ende, de toda la película, sea la, en principio, total ausencia física del personaje que en mayor o menor medida sirve de motor narrativo, un poco a la manera de lo visto en films como El tercer hombre (The Third Man, 1949), salvando las distancias. Sin embargo, también esta idea es echada por tierra mediante la inclusión de varios flashbacks del protagonista que, en su mayoría, antes que enriquecer al relato que les da cobijo, solo tienen la función de aportar las inevitables y forzadas raciones de epidermis femenina tan habituales en este tipo de producciones.

José Luis Salvador Estébenez

[1] De origen cubano, Ramón Barco encarnó como pocos el significado de director maldito. No en vano, de las tres películas que rodó en nuestro país tan solo la presente llegaría a conocer distribución comercial. Por desgracia, el final de su vida estaría en sintonía con lo que había sido su trayectoria profesional. Según se recoge tanto en Memorias de un hombre lobo (Alberto Santos Editor, 1997), como en Paul Naschy. La máscara de Jacinto Molina (Scifiworld, 2009), su cuerpo sin vida aparecería en avanzado estado de descomposición en el metro de Nueva York, sin que nunca se llegaran a aclarar del todo cuales fueron las causas que rodearon su muerte.

[2] Haciendo un compendio de lo que sobre este particular comentan las obras ya referidas en el anterior pie de página, la labor como director de Naschy se desarrolló durante las cuatro semanas en las que el rodaje del film se trasladó a París, donde, en palabras del propio Paul, “debían tomarse los planos más importantes”. Aunque cabe la posibilidad de que todo este material pudiera acabar decorando el suelo de la sala de edición, lo único cierto es que las pocas imágenes de la capital francesa que aparecen a lo largo del metraje son planos de transición filmados con teleobjetivo desde cierta distancia en los que, dicho sea de paso, resulta misión imposible identificar qué actores (de haberlos) intervienen en la acción. Del mismo modo, Ángel Agudo indica en  Paul Naschy. La máscara de Jacinto Molina que la primera secuencia rodada por nuestro protagonista fue la de un desfile de modelos, sin que quien esto suscribe haya sido capaz de identificar dicha escena en la copia visionada.

[3] Además de la presencia de elementos de este estilo estéticos y argumentales, hay que destacar el parecido semántico e interpretativo que su título guarda con el de la magnífica Todos los colores de la oscuridad / Tutti i colore del buio (1972) de Sergio Martino.

2 comentarios en “Todos los gritos del silencio

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