Los viajeros del atardecer

Título original: Los viajeros del atardecer / I viaggiatori della sera

Año: 1979 (Italia, España)

Director: Ugo Tognazzi

Productor: Franco Committeri

Guionistas: Ugo Tognazzi, Alessandro Parenzo, según la novela de Umberto Simonetta

Fotografía: Ennio Guarnieri

Música: Xavier Battles, Toti Soler

Intérpretes: Ugo Tognazzi (Orso Banti), Ornella Vanoni (Nicky), Roberta Paladini (Anna Maria Banti), Pietro Brambilla (Francesco Banti), José Luis López Vázquez (Simoncini), William Berger (Cocky Fontana), Manuel de Blas (Bertani), Deddi Savagnone (Mila Patrini), Leonardo Benvenuti (Sandro Zefferi), David Fernandez Alvaro (Anton Luca, el hijo de Anna Maria), Corinne Clery (Ortensia), Paolo Merosi (Doctor), Carmen Russo, Ricky Tognazzi…

Sinopsis: En un futuro cercano, los ciudadanos próximos a alcanzar los cincuenta años de edad son enviados a una especie de colonias vacacionales en las que deben permanecer confinados por el resto de sus días. En esta situación se encuentra Orso Banti, un famoso locutor radiofónico que es trasladado a uno de estos centros junto a su mujer Nicky.

Co-escrita, dirigida y protagonizada por Ugo Tognazzi, Los viajeros del atardecer / I viaggiatori della sera (1979) supuso la quinta y última película como realizador del célebre actor italiano. Basada en una novela de Umberto Simonetta publicada en 1976, su trama se sitúa en un futuro cercano en el que la violencia ha sido prohibida, la prostitución institucionalizada y la edad mínima para votar es de trece años. En este mundo, en apariencia perfecto, los ciudadanos próximos a alcanzar la cincuentena de edad son enviados de vacaciones forzosas a unos complejos residenciales en los que son confinados para el resto de sus días. Allí tiene lugar “El gran juego”, una especie de bingo en los que los afortunados ganadores son obsequiados con un billete para un crucero. Pero, en realidad, tal crucero no existe y “El gran juego” no es más que un método con el que eliminar de forma progresiva y silenciosa a este segmento de población inútil.

Sirviéndose de este argumento como base, Tognazzi efectúa una evidente parábola  sobre el modo en que la sociedad actual se comporta con sus mayores una vez han dejado de ser productivos, tratándoles como una carga molesta de la que hay que desembarazarse por todos los medios; ya sea enviándoles de viajes turísticos con el IMSERSO o abandonándoles en asilos a la espera de que les llegue la muerte, con el pretexto de estar mejorando su calidad de vida. Sin embargo, tan interesante planteamiento queda en buena parte deslucido por culpa de la forma en que es llevado a cabo.

Para empezar, la historia en que se apoya se antoja un mero compendio de lugares comunes de la ciencia ficción distópica, repitiendo con escasas variaciones el núcleo central de esta clase de relatos. Como de costumbre, un hecho determinado hará que su protagonista tome conciencia de la cara menos amable de la armoniosa sociedad en la que vive, rebelándose desde ese instante contra el sistema. En este contexto, resultan muy difíciles de ignorar las evidentes sincronías que su trama guarda con uno de los clásicos de este estilo, la novela de William F. Nolan y Geoge Clayton Johnson La fuga de Logan (Logan’s Run, 1967), la cual para aquel entonces había sido llevada tanto a la pequeña como a la gran pantalla. Y no solo porque el argumento de ambas gire en torno a la idea de una sociedad dominada por los jóvenes en la que sus ciudadanos son eliminados al llegar a una edad concreta, sino también por el desarrollo de sus respectivos clímax en un lugar que proyecta el recuerdo del viejo mundo agonizante, en este caso representado por un abandonado museo de historia natural repleto de animales disecados. No sólo eso; la trama también remite de forma inequívoca a otro clásico del género como es ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! (Make Room! Make Room!, 1966), de Harry Harrison, o más bien a su célebre y libérrima adaptación cinematográfica, Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) de Richard Fleischer.

Por otra parte, la narración de la película discurre bajo un molesto tono discursivo provocado por el continuo subrayado de lo que en teoría debería de ser su mensaje subyacente. En lugar de eso, a Tognazzi le importa más enfatizar la tesis expuesta que la correcta fluidez de la historia contada, de ahí la poca sutileza que en este aspecto presentan sus verborreicos diálogos. A todo ello unásele la falta de definición o exceso de pretensiones, que cualquiera sabe, que acusa su dirección. Así, la primera parte de la cinta, aquella correspondiente al viaje hasta el centro vacacional, se centra en el choque generacional surgido entre el personaje principal y su hijo debido a sus muy diferentes mentalidades; mientras que el rol interpretado por Tognazzi encarna los valores del mayo parisino, siendo un férreo defensor de la libertad del individuo, su vástago, por el contrario, es un fiel reflejo de la educación inculcada por el estado orwelliano en el que se ha criado. Para cuando su trama se ubique en el complejo residencial, dicho tratamiento será abandonado y olvidado en pos de la descripción de la melancólica crisis matrimonial sufrida por su pareja protagonista.

No mucho mejor parada con respecto a lo ya mencionado resulta su realización, rutinaria y falta de nervio, si bien en este punto haya que destacar el simbolismo que adquiere su puesta en escena en diversos parajes; por ejemplo, durante esos encuadres dominados por las flechas direccionales de la carretera que sirven como alegoría del camino impuesto a sus protagonistas en contra de su voluntad por el Estado. Unos instantes que, junto al buen rendimiento de su apartado actoral y su verosímil ambientación, se erigen en lo más rescatable de tan anodino film. Escaso botín en cualquier caso dado lo prometedor de su punto de partida pero, sobre todo, de las elevadas y no disimuladas ambiciones con las que fue ejecutado.

José Luis Salvador Estébenez

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