Muerte de un quinqui

Título original: Muerte de un quinqui

Año: 1975 (España)

Director: León Klimovsky

Productor: Heinrich Starhemberg

Guionista: Jacinto Molina

Fotografía: Miguel Fernández Mila

Música: Phonorecord

Intérpretes: Carmen Sevilla (Marta), Paul Naschy [Jacinto Molina] (Marcos), Heinrich Starhemberg [acreditado como Henry Gregor] (Ricardo), Julia Saly ‘La Pocha’ (Elena), Pedro Mari Sánchez, Francisco Nieto, Fernando Hilbeck, Mabel Escaño, Eva León, Frank Braña (Martín), Lorenzo Robledo, Ángel Menéndez, Beni Deus, Javier de Rivera, María Vidal, Francisco Sanchís, José Luis Manrique, Mari Ángeles La Rode, Antonio Ramis…

Sinopsis: Marcos, un hombre obsesionado por el recuerdo de su madre asesinada por su padre, huye de una banda de terroristas, para la que él trabajaba. Casualmente consigue trabajo en una gran casa donde una mujer vive con su marido minusválido y la hija de ambos. Allí seducirá a madre e hija, ante la preocupada y celosa mirada del padre, que poco puede hacer para impedirlo.

Hay que reconocerle a Naschy la clarividencia para haberse adelantado dos años al fenómeno quinqui, aunque no fuera más que nominalmente, ya que esta película nada tiene que ver con la futuras hazañas del Torete a bordo de algún 1430 mangado y mucho menos con los frescos lumpen saturados de melodrama existencialista y tremendismo del malogrado Eloy de la Iglesia en los primeros 80. En cualquier caso, algo latía en el ambiente, alguna intuición tuvo el autor sobre la posibilidad de construir una exploitation vernácula, aunque la realidad del film sea finalmente otra mucho menos estimulante. Muerte de un quinqui tampoco refiere en ningún modo a la siempre postergada escuela catalana del cine negro(1) que se desarrolló entre los primeros 50 – Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950) o El cerco (Miguel Iglesias, 1955) por ejemplo- hasta mediados de los 60 –Los atracadores (Francisco Rovira-Veleta, 1961), todo un precedente del cine quinqui, por cierto, A tiro limpio (Francisco Pérez-Dolz, 1963) o El salario del crimen (Julio Bush, 1964)-, sino que se conforma con ser un thriller gangsteril tópico y ramplón en el que, tras convertir un atraco en masacre y dejar a su novia (la recurrente Eva León) para el arrastre en un ataque de furia posterior, el Cody Jarrett cheli, un auténtico psicópata edípico que se pone hecho un otentote cada vez que se le menta la madre, se refugiará como guardés en un caserón, poniendo patas arriba con su magnetismo sexual de pelo en pecho a los dueños de la finca, un invalido amargado e impotente y su esposa insatisfecha y frustrada.

Es decir, Naschy recicla el armazón argumental/dramático de su previa (y algo mejor) Los ojos azules de la muñeca rota, de igual modo que luego lo hará en la, esta si muy superior, El carnaval de las bestias ya en 1980. Según este molde, la narración experimenta siempre un requiebro tras el primer tercio que convierte la película en algo diferente de lo que prometía. Así, un protagonista criminal o de pasado criminal tendrá que, por una u otra razón, refugiarse en un caserón siempre apartado donde se dará lugar a un huis clos más cercano al horror psicológico en lo que constituye una especie de Teorema cañí a mayor gloria del personalismo del divo protagonista (guionista, argumentista y dialoguista, tal que así aparece acreditado), convertido en irresistible macho de bien lubricada potencia, en contraste con el “castrado” varón de la casa, en esta ocasión un Heinrich Starhemberg como antiguo tirador olímpico confinado en una silla de ruedas. Como en las otras ocasiones, la trama criminal se olvida sin más ni más e incluso el personaje central parece otro sin mayores justificaciones (y por cierto, ¿a cuento de qué el personaje es sordo y lleva un ostentoso audífono si luego no tendrá ninguna incidencia en la historia ni se hará uso dramático del mismo, aunque presente multitud de posibilidades, más allá de hablar de un pasado de malos tratos?, ¿tendrá que ver con que en 1973 Truffaut lo luciera en La noche americana) en beneficio del psicodrama sexual de salón con pretensiones de comentario social y todo, rodado y montado del modo más pedestre imaginable, nulo narrativamente y torpe a rabiar. Algo perfectamente previsible y comprensible) en vista de la nula implicación e interés de León Klimovsky con respecto al material que tiene entre manos.

Lo único salvable resulta ser la esforzadísima interpretación de una Carmen Sevilla recién salida del proceso de demolición que sobre su imagen seráfica emprendiera Eloy de la Iglesia (otra vez) en el estupendo díptico El techo de cristal (1971) y Nadie oyó gritar (1972), intentando dar algo de dignidad y desgarro a su papel de esposa erótica y vitalmente frustrada. La sima del ridículo corresponde, por el contrario, a la hija en edad de merecer encarnada por una Julia Saly (alias La Pocha en su faceta de bailarina flamenca y responsable de introducir profesionalmente a Naschy en Japón) más que talludita para tener un cuarto, que es una auténtico museo de los horrores de la adolescencia sementera, decorado a base de pósters de cantantes meloso de moda, amén de  contar con detalles de puesta en escena tan impagables como esa metáfora sobre la pérdida de la virginidad simbolizada en una muñeca rota.

En definitiva, un bodrio sin paliativos perpetrado mano a mano entre Paul Naschy fuera de su elemento natural y el estajanovista Klimovsky del que solo cabe saludar las apariciones de gente tan grata como un jovencito Pedro Mari Sánchez (inolvidable voz de Alex DeLarge en el magistral doblaje de La naranja mecánica que dirigió Jaime de Armiñán), el siempre desaprovechado Fernando Hilbeck o el asturiano Frank Braña, entrañable característico y duro de guardia en tropecientas películas, casi todas malas.

Adrián Sánchez

(1) Para más y mejor sobre el cine negro español resulta conveniente consultar el dossier que Dirigido por… publicó entre los números 399 y400 (Abril y Mayo del 2010) o las monografías sobre el tema de Francesc Sánchez Barba, Brumas del franquismo: El auge del cine negro español (1950-1965) de 2007 y publicado por la Universidad de Barcelona o de Elena Medina, Cine negro y policiaco español de los años cincuenta, del 2000 y publicado por Laertes.

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10 comentariosDeja un comentario

  1. […] 17 dic Me reengancho a la filas de La abadía de Berzano con otra contribución al monumental dossier en curso sobre la obra completa de Paul Naschy y lo hago ya en el año 1975 con una película que, sin exagerar, puede calificarse de infame: Muerte de un quinqui. […]

  2. Hombre, tanto como infame… no estoy muy deacuerdo con esta crítica, es cierto que no es su mejor película, pero para mi “infame” significa otra cosa. Creo que el Sr. Sánchez ha sido un poco duro… Pero no es más que una opinión, porque a mi si que me gustó.

  3. A mí el comienzo con el atraco y la hudia me gusta, pero luego la peli se diluye totalmente en cuanto llegan al eterno chalet de la sierra.

  4. […] la trama sin ninguna explicación. Según diversas fuentes, al mismo tiempo se encontraba rodando Muerte de un quinqui (1975) de León Klimovsky, lo cual impedía su presencia prolongada en Ambición […]

  5. Aqui una foto mejor

    • Mejor no, magnífica.Agradecido porque costó trabajo encontrar material gráfico para ilustrar el asunto.

      • Y tanto. Muchísimas gracias, “Pablo”.

  6. […] parece indicar que la pequeña intervención de Naschy en la película coincidió con el rodaje de Muerte de un quinqui de León Klimovsky. Publicado […]

  7. […] sucesión de reciclajes de la misma fórmula, que pondría en fila este El carnaval de las bestias, La muerte de un quinqui y Los ojos azules de la muñeca […]

  8. […] anterioridad se habían producido varios títulos lindantes con la temática, caso de la naschyana Muerte de un quinqui (1975), el estreno en las navidades de 1977 de Perros callejeros daría el pistoletazo de salida al […]


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