Comando Txikia. Muerte de un presidente

Título original: Comando Txikia. Muerte de un presidente

Año: 1977 (España)

Director: José Luis Madrid

Productor: José Luis Madrid

Guionistas: José Luis Madrid, Rogelio Baón basándose en supuestos hechos reales

Fotografía: Enrique Salete

Música: CAM España

Intérpretes: Juan Luis Galiardo (Julen), Paul Naschy [Jacinto Molina] (Pocholo), Tony Isbert (Axter), José Antonio Ceínos (Jon), Julia Sally, Andrés Isbert, Darío Escribá, Ana Molina, Alfonso Castizo, Manuel Ayuso, Juan Marín (Carrero Blanco)…

Sinopsis: Recreación de la planificación y ejecución del atentado que ocasionó la muerte del almirante Luis Carrero Blanco a manos del Comando Txikia de ETA.

Uno de los episodios más trascendentales de los últimos cincuenta años de la historia de España es el atentado terrorista que el 20 de diciembre de 1973 acabara con la vida del almirante Luis Carrero Blanco, por entonces presidente del gobierno y hombre llamado a perpetuar el legado político del Régimen tras la muerte de Franco. Este hecho, considerado por la práctica totalidad de los especialistas como determinante para el posterior cambio político que experimentaría el país, sería dos veces adaptado al celuloide durante los años siguientes. La más conocida de estas versiones es la que en 1979 realizara el italiano Gillo Pontecorvo con Operación Ogro, film que a la postre pondría el punto y final a la filmografía del responsable de títulos de la importancia de La batalla de Argel (La battaglia di Algeri, 1966). No obstante, la pionera en llevar este suceso a la gran pantalla sería Comando Txikia. Muerte de un presidente, película dirigida por José Luis Madrid que, asimismo, está considerada como la primera en plantear la temática de ETA dentro del séptimo arte.

El que tan espinoso asunto fuera abordado por un cineasta de los denominados artesanales como Madrid, consumado especialista de lo que se vino a llamar la política de géneros, pudiera parecer algo cuanto menos sorprendente. Pero no lo es tanto si caemos en la cuenta que ya con anterioridad el director madrileño había mostrado cierta predilección por utilizar hechos reales y, más concretamente, aquellos procedentes de la crónica negra, como base sobre la que edificar sus propuestas argumentales[1]. Quizás el ejemplo más significativo a este respecto se encuentre en El vampiro de la autopista, cinta para cuya trama se inspiró en una serie de asesinatos ocurridos en la España de la época y para la que no dudó en contratar para su rol protagonista al principal sospechoso que la policía barajó en un primer momento como responsable de los crímenes, Valdemar Wohlfahrt, en arte Wal Davis, un turista alemán que a partir de este proyecto desarrollaría una pequeña y poco memorable carrera dentro del medio.

Este mismo espíritu sensacionalista y oportunista es el que, en primera instancia, alienta la existencia de Comando Txikia. Muerte de un presidente. Rodada en 1977, es decir, a solo cuatro años vista del brutal magnicidio, la película aprovecha en su beneficio la cada vez mayor permisividad censora para tratar un tema aún candente en la opinión pública que tan solo pocos meses antes hubiera sido imposible siquiera de plantearlo. Con tal objeto, su argumento relata la preparación y ejecución del atentado por parte del comando de ETA que le da título, siguiendo la versión recogida en las investigaciones llevadas a cabo por la policía, tal y como un oportuno cartel se encarga de informar. Dicha reconstrucción es afrontada por Madrid con un claro ánimo documentalista, no tanto por el zarrapastroso estilo de puesta en escena marca de la casa como por otros detalles tan significativos como su empeño por reproducir los ambientes en los que sucedieron los hechos o, sobre todo, su utilización de un narrador en off externo como figura encargada de vertebrar el relato.

Dicho tratamiento acaba por provocar que el producto resultante discurra bajo un tono narrativo más cercano en sus formas al de un docudrama al uso que al que se debería de presuponer a una obra cinematográfica. Gran parte de tal circunstancia se encuentra ya perfilada en el sesgo del guión pergeñado por el propio Madrid en colaboración con el futuro diputado del Partido Popular Rogelio Baón, dando la sensación de que la única máxima seguida en su confección fue la de aplicar al más mínimo detalle la literalidad en la reproducción de los sucesos descritos. Consecuencia de esta práctica es el que los roles principales de la historia – esto es, los cuatro integrantes del comando etarra – carezcan del menor atisbo de personalidad y/o espesor dramático, siendo las principales características de los mismos una tosca transposición de los más asumidos estereotipos del cine policíaco en su versión de bandas criminales – el jefe del grupo, el joven inteligente, el rebelde conflictivo y el fortachón -. Tanto es así que el único de ellos que llega a gozar de cierto desarrollo es aquel al que da vida Paul Naschy, si bien sea a base de adoptar varios rasgos tan ligados al cine de éste como que el tal Pocholo sea un levantador de piedras aficionado al culturismo o el breve romance que mantendrá con el papel que interpreta su por entonces inseparable Julia Saly. Lo más curioso del caso es que este intento de configuración no evita que el citado personaje, por llamarlo de algún modo, se antoje como el más anodino de todo el grupo.

En contraste con la referida asepsia con la que son expuestos los distintos acontecimientos que conforman su trama, la película posee por el contrario una evidente carga política. En un tiempo en el que lo más habitual dentro de este tipo de propuestas era el que se posicionaran a favor o en contra de una determinada tendencia política, Comando Txikia. Muerte de un presidente hace gala de una falta de definición que, bien mirada, puede interpretarse parte de las evidentes aspiraciones comerciales con las que fue concebida la cinta, como así parece indicar su positivista mensaje de “borrón y cuenta nueva”. De este modo, la cinta procura mostrar desde una óptica idealizada y acrítica a los diferentes elementos implicados en su historia. Antes que como inhumanos asesinos, los etarras son representados como personas normales y corrientes que tratan a toda costa de evitar el empleo de la violencia en sus acciones. Incluso, una vez tomen la decisión de perpetrar el asesinato del presidente del gobierno, alguno de ellos fantaseará con la posibilidad de emplear otras alternativas de lucha que no conlleven el derramamiento de sangre. Mucho más exagerado resulta, aún si cabe, el retrato que se hace de Carrero Blanco; en especial por la inclusión de un prólogo postizo destinado a mitificar su figura en el que, sin que medie ironía alguna, se le postula como uno de los principales responsable de la situación política del momento, en una clara referencia al proceso de democratización en el que se encontraba sumido el país por aquellas fechas.

Sin embargo, pese a su intento de contentar a todos y, por tanto, de no herir susceptibilidades, o tal vez debido a ello, Comando Txikia. Muerte de un presidente no se salvaría de ser objeto de varias polémicas y altercados que, a su manera, reflejarían el clima de tensión política que se vivía en la sociedad española de la época. El primero de ellos llegaría cuando el periodista Fernando Gracio visitara de incógnito el rodaje, el cual se estaba desarrollando en el más absoluto de los secretos, y aireara a los cuatro vientos que se estaba realizando un film sobre el asesinato de Carrero, originando así un auténtico escándalo. Pero este incidente solo sería el preludio de lo que estaba por llegar una vez estrenada la cinta. A pesar de que su libreto fue supervisado por el entorno de la izquierda abertzale, o al menos así quería recordarlo Paul Naschy en sus memorias, la película traería serios problemas a José Luis Madrid con el entorno de ETA. Unos problemas que alcanzarían su punto álgido cuando un grupúsculo de extrema derecha autodenominado “Triple A” (Alianza Apostólica Antocomunista) amenazara con poner una bomba en el cine Waldorf de la Ciudad Condal si no retiraba de cartel Comando Txikia. Muerte de un presidente en el plazo de quince días, deseo al que finalmente los dueños del Waldorf accederían ante las movilizaciones y protestas de los vecinos de la zona.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Esta tendencia de Madrid ya se dejaría notar en el que sería el primer trabajo relevante de su carrera, su intervención en el guión de Gayarre (1959) de Domingo Viladomat, biopic sobre el famoso tenor navarro. Jack el destripador de Londres / Sette cadaveri per Scotland Yard (1972), basada en las andanzas del más famoso y misterioso asesino en serie de la historia, o Los crímenes de Petiot (1973), en la que tomaba como coartada los crímenes perpetrados por este doctor en la Francia ocupada, serían otros títulos en los que emplearía similar modus operandi. Consecuentemente, su despedida se produciría con una obra de semejantes características; Memorias del general Escobar (1984), adaptación al medio de los pasajes más relevantes de la existencia de tan controvertido militar con la que, posiblemente, firmaba su película más reivindicable.

Published in: on febrero 18, 2011 at 6:31 am  Comments (3)  
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3 comentariosDeja un comentario

  1. Es una película que no sabes por donde cogerla. Momentos wtf: el Naschy en el gimnasio y, sobre todo, la conversación de los dos etarras en el coche. Ahora, las maquetas y la explosión están bastante currados.

  2. R.I.P. Andrés Resino

  3. Interesante reseña. Acabo de ver la película, me gustó, debería ser mejor conocida entre los seguidores del cine de espionaje y terrorismo.


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