The Scare-ific… Collection: “The Death Kiss” y “Black Dragons”

Con un pequeño retraso sobre la fecha anunciada en un principio, a mediados del pasado mes de enero aterrizaba en España “The scare-ific… collection” del sello francés Hantik Films. Lo hacía con la salida en nuestro mercado de sus dos primeros lanzamientos, The Death Kiss (1932) y Black Dragons [dvd: Dragones Negros, 1942], películas ambas hermanadas por la participación de Bela Lugosi. Toda una declaración de principios por parte de esta colección consagrada a difundir en el territorio europeo algunos de los títulos más olvidados del cine clásico de serie B.

LAS PELÍCULAS

Un año después del legendario Drácula (Dracula, 1931) de Tod Browning, un pequeño film llamado The Death Kiss y producido por la modesta K.B.S. Productions volvía a reunir a tres de sus principales protagonistas: Bela Lugosi, Edward Van Sloan y David Manners o, lo que es lo mismo, el Drácula, el Van Helsing y el Jonathan Harker de la primigenia adaptación que del clásico de Bram Stoker realizara la Universal. Pero a pesar de lo que en un principio pudiera sugerir la confección de este reparto y de las claras connotaciones necrófilas que guarda su título – en castellano El beso de la muerte-, The Death Kiss no sería la película de terror que cabría esperar. Por el contrario, su propuesta se encuadra dentro de los cauces del cine de misterio y, más concretamente, en su variante conocida como whodunit; es decir, aquellos films en los que uno de sus principales reclamos está en adivinar cuál es la identidad del asesino.

Tanto es así que The Death Kiss se erige en un prototípico ejemplo de este estilo acuñado y popularizado por autores literarios del prestigio de Agatha Christie. Como era habitual en esta clase de relatos, todo su entramado narrativo es desarrollado siguiendo las evoluciones de la investigación llevada a cabo por el protagonista de turno para desenmascarar al responsable de un asesinato ocurrido en su entorno. Hasta que esto ocurre, su argumento, basado en una novela homónima de Madelon St. Dennis, va desgranando uno por uno todos los clichés habidos y por haber dentro del subgénero. A saber: indicios falsos, baile de sospechosos, un inocente al que todas las evidencias parecen inculparle y un final pretendidamente sorprendente en el que será desvelada la auténtica personalidad de un asesino que, como mandan los cánones, será quien menos se espere. Y es que, por no faltar, ni siquiera falta un rasgo tan característico de este tipo de historias como que todos los personajes hayan tenido sus propios motivos para querer liquidar a la víctima del crimen.

Igual de convencional en comparación a lo ya expuesto se antojan las coordenadas bajo las que, en líneas generales, se desenvuelve el tratamiento que de este material efectúa su debutante director, Edwin L. Marin, estajanovista artesano que durante los veinte años siguientes amasaría una filmografía cercana a los sesenta títulos de entre los que destacan su serie de colaboraciones al servicio de Randolph Scott. Ello es debido a su total adscripción a ciertos formulismos muy del cine de la época, cuyo mejor ejemplo está en la configuración que hace de su pareja de investigadores, basada en el contraste existente entre el atractivo e inteligentísimo protagonista y su más bien torpe y estrafalario acompañante, personaje este último encargado de aportar el innecesario, aunque en este caso no demasiado molesto, contrapunto humorístico. Del mismo modo, su puesta en escena discurre bajo la única máxima de la funcionalidad, no escapando de recursos tan estereotipados como aquel plano en el que es reunido el elenco principal de sospechosos al tiempo que la cámara va escrutando los torvos rostros de éstos. En este contexto, tan solo un instante consigue romper con la monótona falta de personalidad que acusa la labor de Marin, si bien sea a través de una idea ya presente en el guión: la reinterpretación a la que es sometida la inevitable reconstrucción de la escena del crimen, aprovechando para ello el que su punto de partida argumental sea el asesinato de un actor mientras rueda la muerte de su personaje en una película[1]. De esta forma, en lugar de echar mano del socorrido flashback, tal circunstancia es empleada para justificar la repetición de dicha secuencia mediante su proyección a la policía en la sala de visionado del estudio de cine en el que se ubica su trama.

Precisamente es en relación con esta referida ambientación cinematográfica donde el título que nos ocupa presenta sus mayores atractivos. En primer lugar, por todo lo que de ilustración tiene de la industria cinematográfica de los años treinta. Y no solo por su representación de cómo era el funcionamiento de un estudio cinematográfico durante aquellos años, sino también por el irónico punto de vista con que es retratado un mundo en el que, tal y como es descrito, lo único importante era la película. Buena muestra de ello son las singulares reacciones que la muerte de su principal protagonista provocará en las distintas sensibilidades de los responsables de la producción. Así, el presidente de la compañía no tendrá reparos en declarar su preocupación por las repercusiones que este suceso pudieran tener sobre el coste de la producción, en tanto que el gerente del estudio tratará por todos los medios de evitar que la noticia trascienda a los chicos de la prensa y, con ello, un escándalo que afectaría a la carrera comercial del film. Mención aparte merece la contradictoria e hipócrita actitud adoptada por su director, quien en un primer momento reclamará mayor realismo al difunto actor en la escenificación de su propia muerte para, poco después, manifestar sus reticencias a repetir dicha escena cuando se le ofrezca la posibilidad de hacerlo con un doble aludiendo al perjuicio que podría suponer para su reputación como cineasta.

Consecuencia también de esta misma naturaleza de “cine dentro de cine” es la carga de metaficción que adquieren ciertos elementos del conjunto. En este sentido, resultan bien evidentes detalles tales como que The Death Kiss tome su nombre del film que se rueda en su relato, el hecho de que el personaje que asuma el papel de investigador sea, en realidad, el guionista, o el paradójico juego de espejos derivado de que el actor que deba morir en la ficción que se nos presenta lo haga también en la realidad de la película, la cual no deja de ser asimismo otra ficción igual a la recreada en la pantalla. Pero quizás la idea más sugestiva a este respecto esté en la forma con que la cinta juega con la idea preconcebida que en los espectadores pudiera causar la presencia de Lugosi, Van Sloan y Manners con respecto a los roles que habían desempeñado en la reciente Drácula. Valga una pequeña pista: por una vez el asesino no será Bela Lugosi.

En donde Lugosi sí desempeña tal función, como no se nos esconde en ningún momento, es en Black Dragons, producción de la Monogram dirigida por el prolífico William Nigh. Protagonizada por el actor húngaro durante su etapa de decadencia, Black Dragons también se inscribe dentro de los márgenes del cine de suspense, si bien cuente con el concurso de ciertos elementos lindantes con la ciencia ficción. En este caso, su intriga es construida alrededor de las razones que impulsan a matar al personaje de Lugosi a un grupo de importantes hombres de negocio; en realidad, un grupo de espías japoneses que, gracias a la cirugía plástica, han suplantado la identidad de industriales norteamericanos con el fin de sabotear la maquinaria militar estadounidense desde dentro.

Teniendo en cuenta tal argumento y su fecha de producción, no resulta difícil de adivinar la auténtica naturaleza de lo que se esconde tras el film en cuestión. Y es que, sobre todo y ante todo, Black Dragons es fruto de la coyuntura política y social que se respiraba en los Estados Unidos tras el suceso de Pearl Harbor. No en vano, su rodaje se iniciaría el 22 de enero de 1942, esto es, cuando apenas había transcurrido un mes desde el ataque nipón, siendo estrenada en marzo de aquel mismo año. Por si quedara alguna duda, su título hace referencia a una auténtica organización japonesa de carácter ultranacionalista que gozaba de enorme influencia en la política exterior de su país.

Nos encontramos pues ante una de las más tempranas muestras de cine propagandístico que pusiera en marcha la poderosa industria hollywoodiense durante la Segunda Guerra Mundial una vez iniciada la contienda. No obstante, no deja de ser sorprendente la diferente óptica con la que son retratados los que por entonces eran los dos principales enemigos del Tío Sam. Y es que, mientras que los japoneses son mostrados como una panda de fanáticos cobardes, despiadados y traidores, los nazis, representados por el personaje de Lugosi, son tratados de forma más tibia y menos maniquea, llegando a justificar en cierto modo los crímenes que éste comete al estar motivados por fines vengativos, los mismos que meses atrás habían originado la entrada de los Estados Unidos en la gran contienda. Así las cosas, llama la atención la escasa importancia de la que gozan las fuerzas de seguridad norteamericanas en el desarrollo de la historia. Durante gran parte de la trama su papel es meramente figurativo, limitándose a ser poco menos que espectadores pasivos de los distintos asesinatos, para que, cuando una vez descubran a su autor, sea gracias a la espontánea y voluntaria confesión de un quintacolumnista japonés.

Claro que tampoco debemos de dar mayor importancia a esta serie de detalles a la vista de lo endeble de un guión que, tal vez por la celeridad con que fue llevado a cabo con el fin de aprovechar el marco histórico, se antoja más preocupado por articular su proclama política que de dotar de cierta coherencia a la historia en la que se apoya. Uno de los escasos atractivos que este presenta, acaso el único, es el aire entre fatalista y desencantado que desprende su personaje protagonista en todas sus intervenciones. Algo a lo que también contribuye la inspirada interpretación de Lugosi en la que, una vez más, vuelve a basarse en los tics que le hicieran famoso como Drácula, hasta el punto de que algunas fuentes señalen que los primeros planos de su mirada que aparecen desperdigados a lo largo del metraje están sacados del clásico de Browning.

Junto con la veterana estrella, completan el reparto en sus papeles principales dos viejos conocidos de Lugosi como Joan Barclay, con quien había trabajado en el serial Sombras del Barrio Chino (Shadow of the Chinatown, 1936), y Robert Frazer, el otro villano de la magistral La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932). A estos nombres hay que añadirles el de un jovencísimo Clayton Moore, actor que tiempo después se convertiría en una pequeña celebridad gracias a sus interpretaciones de El Llanero Solitario en cine, radio y televisión.

LAS EDICIONES

Tanto The Death Kiss como Black Dragons son presentadas en fullscreen respetando el a.r. original de 1.37:1 con el que fueron rodadas. En los dos casos la calidad de imagen resulta bastante aceptable, sobre todo teniendo en cuenta la antigüedad de las películas y el hecho de que ambas se encuentren en dominio público. Por ejemplo, el máster de Black Dragons no difiere en demasía al utilizado por Tribanda hace escasos meses dentro de su colección “Matinee”, mientras que la copia de The Death Kiss conserva los planos que coloreara el artista Gustav Brock con motivo de su estreno.

Al tratarse de ediciones pensadas para distribuirse en gran parte del mercado europeo los films son ofrecidos en su versión original en inglés con subtítulos en castellano, italiano, francés y alemán. No obstante, es de resaltar el que la traducción hecha al castellano deje mucho que desear debido a la constante aparición de errores gramaticales del tipo “Me da un pepino lo que diga” en lugar del más apropiado “Me importa un pepino lo que diga”. Una circunstancia que, si bien no dificulta el correcto seguimiento de las películas, sí que incomoda su visionado. Es de esperar que los responsables de la colección tomen buena nota de esta situación y la corrijan de cara a próximos lanzamientos.

Como extras audiovisuales las dos ediciones incluyen dos capítulos de Undersea Kingdom (1936), mítico serial de la Republic Pictures que cuenta con la participación en un rol menor de Lon Channey Jr. Teniendo en cuenta que Black Dragons es acompañado por los episodios uno y dos y que The Death Kiss, por su parte, hace lo propio con el tres y el cuatro, es de suponer que los futuros lanzamientos de “The scare-ific… collection” irán siendo acompañados por los restantes capítulos del serial hasta alcanzar los doce en los que se divide. En el caso de Black Dragons también se añade, además, el tráiler original del film.

Junto con ello, ambas ediciones son acompañadas con un pequeño libreto acerca de las películas en castellano, inglés, francés, alemán e italiano. Al igual que el francés y el inglés, el texto en castellano corre por cuenta de Jean-Pierre Putters, en el que bajo un tono claramente humorístico el editor de la especializada revista en cine fantástico Mad-Movies acomete un breve y conciso comentario acerca del film en cuestión y sus aspectos más destacables.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Curiosamente, la forma en que se produce esta muerte es idéntica a la que tendría Brandon Lee en la vida real mientras rodaba El Cuervo (The Crow, 1994) de Alex Proyas, cuanto entre las balas de fogueo que le eran disparadas durante la filmación de una escena se colara una bala real.

FICHAS TÉCNICAS

The Death Kiss

Título original: The Death Kiss

Año: 1932 (Estados Unidos)

Director: Edwin L. Marin

Productor: E.W. Hammons

Guionistas: Gordon Kahn, Barry Barringer, Joe Traub, según una novela corta de Madelon St. Dennis

Fotografía: Norbert Brodine

Música: Arthur Lange

Intérpretes: David Manners (Franklyn Drew), Adrienne Ames (Marcia Lane), Bela Lugosi (Joseph Steiner), John Wray (Teniente Sheehan), Vince Barnett (Gulliver), Alexander Carr (Leon A. Grossmith), Edward Van Sloan (Tom Avery), Harold Minjir (Howell), Barbara Bedford (Script), Al Hill (George, el ayudante de dirección), Harold Waldridge (Charlie), Wade Boteler (Sargento Owen Hilliker), Lee Moran (Todd), King Baggot, Wilson Benge, Eddie Boland, Edmund Burns, Jack Byron, Eddy Chandler, James Donlan, Charles Dorety, Lester Dorr, Neely Edwards, Grace Hayle,Ralph Lewis, Mona Maris,Clarence Muse, Frank O’Connor, Spec O’Donnell, George O’Hanlon, Steve Pendleton, Paul Porcasi, Alan Roscoe (Chalmers), Matty Roubert, Harry Strang, Forrest Taylor, Monte Vandergrift, Kathrin Clare Ward,Stanhope Wheatcroft, Maston Williams, Jack Wise…

Sinopsis: Myles Brent, el intérprete principal de “The Death Kiss”, es asesinado durante el rodaje de la escena final de la película. En un principio, las principales sospechosas recaen sobre su exmujer y coprotagonista del film, Marcia Lane, quien con la muerte de Brent se embolsaría una jugosa cantidad correspondiente al seguro de vida. Con el objetivo de limpiar el buen nombre de su amada, el guionista Franklyn Drew decide emprender su propia investigación sobre los hechos.

Black Dragons [dvd: Dragones Negros, 1942]

Título original: Black Dragons

Año: 1942 (Estados Unidos)

Director: William Nigh

Productores: Jack Dietz, Sam Katzman

Guionista: Harvey Gates según una historia de Robert Kehoe

Fotografía: Arthur Reed

Música: Johnny Lange, Lew Porter

Intérpretes: Bela Lugosi (Dr. Melcher / Colomb), Joan Barclay (Alice Saunders), George Pembroke (Dr. Bill Saunders), Clayton Moore (Agente Richard ‘Dick’ Martin), Robert Frazer (Amos Hanlin), Edward Peil Sr. (Philip Wallace), Robert Fiske (Ryder), Irving Mitchell (John Van Dyke), Kenneth Harlan (Colton), Max Hoffman Jr. (Kearney), Frank Melton (Agente del FBI), Joseph Eggenton (Stevens, el mayordomo), I. Stanford Jolley, Jack Cheatham, Bernard Gorcey, Jack Holmes…

Sinopsis: La Segunda Guerra Mundial está en su máximo apogeo. Mientras tanto, en los Estados Unidos, uno tras otro son asesinados un grupo de industriales por el extraño señor Colomb. Solo la intervención del detective Dick Martin revelará las identidades y motivaciones de cada uno.

* Todas las imágenes de la película que acompañan al artículo corresponden a capturas de las ediciones reseñadas.

Published in: on febrero 28, 2011 at 6:23 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Gracias por estos comentarios globalmente muy positivos. Aprovechamos la ocasión para confirmar que ya hemos hecho lo necesario para que los problemas gramaticales queden resueltos a partir de la salida de los títulos siguientes.

  2. Por cierto, no lo he visto en los grandes centros comerciales (como FNAC, por ejemplo). ¿Aún no se han distribuido?

    • La distribución sólo acaba de empezar. Black Dragons y The Death Kiss deberían ser disponibles en El Corte Inglés, la FNAC, Media Markt, DVDGO y los sitios especializados dentro de algunos días o semanas.”


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