Mordiendo la vida

Título original: Mordiendo la vida

Año: 1987 (España)

Director: Martín Garrido

Productor ejecutivo: Eusebio Vicente Casaseca

Guionista: Martín Garrido

Fotografía: Marc Mallol

Música: Amaro con la colaboración de Lorenzo Santamaría

Intérpretes: Martín Garrido (Ángel), Beatriz Barón (“La Rizos”), Eduardo Fajardo (Don Ricardo), Paul Naschy  [Jacinto Molina] (“El Murciano”), Ruperto Ares, Marta Flores (“La Trueno”), José Luis Ardura (Mario), José Luis de la Cruz, Luis Garrido, Serafín Guiscafre, Bernardo Estaras, Juan Vidal, Paula Pons, Antonio Durán, Manuel Peralta, Miguel Ángel Oliver, Marisa Castillo, Guillermo Bordoy, Víctor Mauro Paco Díaz…

Sinopsis: Tras su salida de la cárcel, Rodolfo, un delincuente de poca monta, es requerido por el jefe del lumpen local para que lleve a cabo un ajuste de cuentas en su nombre. Al mismo tiempo, la antigua protegida de Rodolfo recibe la visita de su progenitor, quien le confiesa haber asesinado a su madre al sorprenderla en la cama con un muchacho.

Una de las secuencias de Mordiendo la vida nos presenta a su pareja de policías protagonistas sentados a la mesa de un humilde bar del barrio chino mallorquín. El más mayor de ellos, Don Ricardo, es un veterano y corrupto inspector próximo a jubilarse, al que no le duelen prendas confesar que el único motivo que le llevó a ingresar en el cuerpo fue escapar del hambre en los años de la posguerra. Todo lo contrario que Ángel, su no tan joven acompañante, un honrado policía vocacional cuyo innato sentido de la justicia le ha acarreado la suspensión del servicio en varias ocasiones debido a sus expeditivos métodos. Pero a pesar de lo alejadas que pudieran parecer sus personalidades, los dos coinciden en una cosa: su carácter benefactor en pos de los más desprotegidos. Así se lo hace ver Don Ricardo a su compañero en la conversación que mantienen. “Aunque partamos de distintos puntos nos parecemos bastante (…) Nosotros amamos a esta gente: amamos al barrio chino.”

Que semejante parlamento se de en una película como Mordiendo la vida no deja de ser irónico. Y lo es porque, al igual que los personajes que en ella habitan, nació marcada bajo el signo de la marginación, si bien en su caso sea desde un punto de vista estrictamente cinematográfico. Una situación de exclusión que estaría en gran parte propiciada por la identidad de su máximo responsable, Martín Garrido, a la sazón director, actor principal y guionista de la cinta, entre muchas otras cosas. Originario del campo teatral, donde con solo dieciocho años ya había escrito y dirigido su primera obra, a comienzos de los ochenta Garrido emprendería con más ganas que medios una intermitente carrera como cineasta al tiempo que comparecía en calidad de actor a las órdenes de otros directores. Proyectado y realizado en su Mallorca natal casi al margen de la industria, su cine se caracterizaría por la escasez de recursos materiales y humanos con los que se llevaría a cabo así como por su casi inexistente distribución comercial. Sin ir más lejos, el fugaz estreno de Mordiendo la vida se produciría de forma tardía, después de haberse pateado sin demasiada fortuna un buen número de los festivales patrios que se organizaban por aquella época[1].

A todas estas dificultades habría también que añadirle la clara orientación genérica que guarda la cinta en un tiempo en el que este tipo de propuestas habían sido erradicadas de nuestro cine, lo cual queda subrayado por la presencia en su reparto de dos actores tan estrechamente ligados a este estilo como Eduardo Fajardo y Paul Naschy. Un Naschy que, si bien en sus Memorias de un hombre lobo le agradecía a la presente la oportunidad que le brindó para salir del bache personal y profesional en el que se encontraba sumido tras el sonoro batacazo con el que se había saldado Operación Mantis (El exterminio del macho), en el reciente Paul Naschy. La máscara de Jacinto Molina se mostraba mucho más crítico con ella, calificándola de “un desastre de película, de lo peor que he hecho”.  Una valoración que, como en tantas otras ocasiones, resulta igual de visceral que injusta e injustificada.

Cierto es que Mordiendo la vida dista mucho de ser lo que se considera un film redondo. Por el contrario, sus evidentes limitaciones presupuestarias se dejan notar en un acabado formal más propio de una producción amateur que de algo que se presupone rodado con un mínimo de rigor profesional, ya sea por la tosquedad técnica de su realización, o por el nivel interpretativo de un elenco integrado en su mayoría por familiares y amigos del propio Garrido pero, también, por auténticos rostros pertenecientes a los bajos fondos de la isla. Y en este punto es donde se encuentra lo interesante de la propuesta. Haciendo de su necesidad virtud, la cinta fusiona cierta rama del noir clásico bajo los postulados del neorrealismo italiano apostando por un realismo documentalista derivado de filmar en los mismos escenarios en los que se ambienta su historia y con las mismas gentes que en ella se retrata.


No obstante, tal y como anuncia el texto con que se abre la cinta, dentro de este fresco costumbrista prevalece sobre todo el interés por recalcar el drama personal del cosmos humano que anida en los bajos fondos, representado por los arquetípicos personajes a través de los que se interconectan las diferentes tramas en las que se bifurca el relato: “La Rizos”, una prostituta que oculta en la pensión en la que vive a su padre, buscado por la policía por el asesinato de su esposa; Rodolfo, antiguo chulo de “La Rizos”, delincuente de poca monta al que el jefe del lumpen local requerirá para ejecutar un ajuste de cuentas con la promesa de integrarlo en su organización; y “El Murciano”, hombre de confianza del mafioso y encargado por este de quitar de en medio a Rodolfo tan pronto como lleve a cabo su trabajo.

Lejos de posicionamientos críticos, pero sin tampoco ocultar su lado menos positivo, ellos y sus acciones son mostrados por Garrido como consecuencia de las duras circunstancias que han rodeado sus vidas y a las que, en cierto sentido, han estado predestinados desde un principio. Así, “La Rizos” es el producto de una familia disfuncional encabezada por una madre ninfómana de la que escapó junto a su hermano huyendo a la ciudad, no encontrando más camino que el de vender su cuerpo. Rodolfo, por su parte, se crió en las calles después de que su madre fuera desahuciada por el mismo prestamista al que ahora ha aceptado liquidar, en parte como venganza. Por último, el frío matón sin sentimientos interpretado por Naschy es, en realidad, un padre afligido por la pérdida de su hija, cuya tumba va a visitar a diario desde que la niña muriera hace nueve años. En contraposición, el único personaje perteneciente a este mundo y que no goza de justificación alguna a sus actos es Don Antonio, el capo mafioso que maneja entre las sombras la vida y la muerte en el barrio según convenga a sus intereses.

Este fatalismo existencialista con que son definidos los rasgos principales de sus roles protagonistas es secundado por el tono nihilista bajo el que se desarrolla la narración, patente, entre otros aspectos, en la resignación con la que estos afrontan su día a día. “Hemos nacido en la mierda y por mucho que nos esforcemos acabaremos en ella”, dice uno de ellos resumiendo el sentir de los personajes. Una manifestación que adquiere un doble sentido debido al  claustrofóbico acotamiento del espacio escénico que hace Garrido al presentar al barrio chino como un emplazamiento cerrado en un sentido social, moral y físico. De todas las escenas que conforma su metraje, tan solo una discurre lejos de sus límites y lo hace, precisamente, para reafirmar esta idea. Se trata de aquella en la que “La Rizos” camina por el paseo marítimo bajo la atenta mirada de Ángel, quien en su interior se encuentra perdidamente enamorado de ella. Llegada a cierto punto, la mujer se detiene dirigiendo su vista al horizonte, instante en el que un leve movimiento de cámara nos muestra lo que sus ojos contemplan: el puerto deportivo de Mallorca, símbolo a un tiempo de una vida de lujos que le resulta inalcanzable y de una libertad que le es imposible. Sin lugar a dudas, uno de los momentos más potentes de todo el conjunto, junto aquel otro de no menor contenido alegórico en el que “La Rizos” saca a airear los trapos sucios de su familia en el tendedero de ropa que se sitúa en la azotea de su edificio.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Otro dato que corrobora la pésima distribución con la que contó el film se encuentra en el artículo aparecido el 11 de agosto de 1991 en la edición nacional de ABC. En él se informaba del inminente rodaje de una serie televisiva que, bajo el título de Mordiendo la vida, iba a ser dirigida por Martín Garrido y protagonizada por Miki y Paula Molina, Eduardo Fajardo y Conrado San Martín. En la noticia también se aludía a la existencia de un primer capítulo rodado un par de años antes en lo que se antoja un claro y evidente reaprovechamiento de la cinta que nos ocupa.

Tema principal de la banda sonora de la película:

Published in: on mayo 27, 2011 at 5:53 am  Comments (1)  
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  1. Esta película ganó el premio a la mejor película en Reus Cinema International, año 1989, un festival que tuvo una sola edición porque el concejal de cultura del Ayuntamiento de Reus, Ernest Benach (futuro presidente del Parlamento de la Generalitat) recortó la subvención una vez concluido el certamen dejando a la organización endeudada.
    Se trataba de una Mostra dedicada a promover el rodaje de películas en territorios de habla catalana como las Baleares, Valencia y Cataluña.


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