Howaito rabu

Título original: Howaito rabu

Año: 1979 (Japón)

Director: Tsugunobu Kotani

Productores: Takeo Hori, Hideo Sasai

Guionistas: Toshiya Fujita, Tatsuo Kobayashi

Fotografía: Kenji Hagiwara

Música: Kenjiro Hirose

Intérpretes: Momoe Yamaguchi (Shinobu Uemura), Tomokazu Miura (Ken Yamanobe), Keiju Kobayashi (Keisuke Uemura), Kazuo Kitamura (Yoichiro Yamashita), Miyoko Akaza (Kakinuma), Bunjaku Han (Taeko Nogawa), Yutaka Hayashi (Nobuo Takeuchi), Kôichi Iwaki (Mickie Yasuda), Kaneko Iwasaki (Ritsuko Uemura), Shin Kishida, Julia Saly “La Pocha”, Erina Miyai, Eiko Nagashima (Noriko Takeuchi), Masaya Takahashi, Kunie Tanaka (Kajiyama)…

Sinopsis: Kobasashi está aprendiendo español para ir a España a buscar a su padre, dado por muerto años atrás. En la academia de idiomas, Kobasashi conoce a Ken, de quien pronto se enamora. Ya en Madrid, Kobasashi no sólo encuentra a su padre, sino que también localiza a la ex novia de Ken, Taeko. Cuando Ken llega a Madrid, le pide a Kobasashi que le ayude a buscar a Taeko, sin darse cuenta de los sentimientos que la muchacha profesa hacia él.

De todos los trabajos que componen la trayectoria cinematográfica de Jacinto Molina, la producción japonesa Howaito rabu es, sin lugar a dudas, uno de los menos conocidos. Tanto es así, que rara vez suele ser listado por las distintas filmografías existentes en torno a la carrera del astro madrileño. Las razones para justificar semejante olvido hay que buscarlas en la confluencia de un par de particularidades. Por un lado, el que su distribución comercial estuviera prácticamente restringida al mercado nipón, algo un tanto sorprendente habida cuenta de que la mayoría de las fuentes consultadas se refieren a él por el que parece ser su título internacional, White Love[1]. Pero, sobre todo, por tratarse de la única película en la que, una vez convertido en Paul Naschy, la labor de Molina se limitó exclusivamente a cometidos técnicos, sin que mediara mayor implicación personal por su parte que el simple y natural ejercicio de su oficio de hombre de cine.

Así lo reconocía él mismo en sus Memorias de un hombre lobo, en las que recordaba como tan singular participación respondió a una petición expresa de la Hori-Kikaku-Seisaku para que se hiciera cargo “de llevar la realización (…) que querían rodar en España con motivo de su vigésimo quinto aniversario”[2]. En su puesto de jefe de producción, Naschy tendría la oportunidad de compartir créditos con dos glorias del cine fantástico nipón a muy distintos niveles: la legendaria Toho, entre otras muchas cosas, creadora de Godzilla y principal adalid de las kaiju-eiga, y Tsugunobo “Tom” Kotani, televisivo realizador en cuyo haber se encuentra la hoy devenida en cinta de culto Los abismos de las Bermudas y con el que Paul tendría sus más y sus menos debido al carácter pejiguero del japonés. Pero a pesar de lo que se pudiera deducir en un primer momento de la unión de estos tres nombres, Howaito rabu no se trata de un film de temática fantástica, sino que es un melodrama romántico de tono folletinesco diseñado a mayor gloria de su popular dúo protagonista, la también pareja en la vida real formada por Tomokazu Miura y la cantante Momoe Yamaguchi, todo un mito del país del sol naciente debido a su prematura retirada profesional tras contraer matrimonio con Miura.

Vista la película, poco parece haber de casual en la coincidencia de que la Hori-Kikaku-Seisaku fuera, precisamente, la misma productora de los coetáneos documentales de Naschy[3]. Y es que si en aquellos el alter ego de Waldemar Daninsky se había encargado de acercar al público japonés diversos aspectos de la historia y el arte de España, en esta ocasión su labor estaría encaminada en facilitar que Howaito rabu utilizara su filmación (parcial) en suelo patrio para ofrecer en su metraje un tour turístico por la Piel de Toro, echando mano de nuestros tópicos culturales más asumidos. Se puede decir que no falta ninguno. Desde planos ambientados en monumentos arquitectónicos tan emblemáticos como el Acueducto de Segovia o la Plaza Mayor de Madrid, hasta diversos ejemplos del folclore autóctono, entre los que se cuentan la inevitable escena del tablao flamenco, donde puede reconocerse a la que por entonces era la inseparable compañera de correrías de Naschy, Julia Saly “La Pocha”[4], dando buena muestra de sus dotes de bailaora, o unos encierros de San Fermín que, en realidad, fueron recreados en Torrelaguna por sugerencia directa del aquí jefe de producción. Tal decisión daría pie a una anécdota de lo más curiosa, ya que, según recoge Óscar Jiménez Bajo en el libro coral Torrelaguna, plató de cine, el rodaje sería utilizado por la localidad de la sierra madrileña para financiar sus fiestas patronales de aquel año.

Este rancio tipismo con el que es retratado nuestro país en la pantalla, casi siempre lindante con lo ridículo – véase al efecto la psicotrónica escena del entierro flamenco -, contrasta en cambio con el cariz negativo que España y lo español tienen en su trama. Si bien es cierto que el estudio de la lengua castellana es el vínculo que une el destino de los dos protagonistas, no menos cierto es que los motivos que empujan a ambos a su conocimiento están estrechamente ligados con sus más profundos secretos. De este modo, ella lo aprende con la intención de ir a buscar a su desaparecido padre, dado por muerto años atrás, pero del que ha descubierto que, en realidad, vive en un pueblo situado en las afueras de Madrid. En cuanto a su futuro amado, se gana la vida dando clases de castellano tras haber permanecido una larga temporada en el país dedicado a la trata de blancas (o, mejor dicho, amarillas en su caso), donde perdería la pista de la que por entonces era su pareja sentimental, embarazada de pocos meses. Sobre España recae pues el doble papel de morada y punto de encuentro de los dos personajes con los fantasmas que habitan en lo más íntimo de su ser.

Ni qué decir tiene que, pese a los obstáculos que se cruzarán en su camino, una vez se produzca el inevitable reencuentro del par de tórtolos con su pasado, este se resolverá de modo favorable para sus intereses. La muchacha localizará a su moribundo padre para que le explique el porqué de su abandono del hogar familiar, en tanto que él hará lo propio con su antigua pareja, comprobando que ejerce la prostitución y que el hijo que tiene, en contra de sus sospechas iniciales, resulta ser de otro. Para darle mayor dramatismo al asunto, en el momento en que se encuentre en la encrucijada de elegir entre su nuevo y antiguo amor, el azar le facilitará las cosas en forma de accidente fortuito, cuando la prostituta se precipite por el balcón hacia la calle al paso de un encierro, falleciendo en el acto. Una resolución tan exagerada y artificiosa en su planteamiento como en la práctica resultan los parlamentos en castellano destinados a refrendar el dominio del idioma de su galán, pero que, a la hora de la verdad, lo único que consiguen es evidenciar hasta qué punto el tal Miura se dedica a repetir como un loro un texto aprendido de antemano, sin que parezca comprender muy bien el significado de lo que está hablando.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Sin ir más lejos, el propio Naschy en sus memorias lo hace empleando su traducción literal al castellano; esto es, Amor blanco, denominación que a más de uno puede llevarle a pensar en un supuesto estreno en nuestras salas, en realidad inexistente.

[2] Memorias de un hombre lobo (Alberto Santos Editor, 1997), página 137. A modo de curiosidad, en su citado testimonio Naschy alude a la naturaleza televisiva de la propuesta. Quizás esa fuera la intención con  la que fue rodada, pero lo cierto es que, a decir de los datos recabados, la película sería estrenada en salas comerciales con todos los honores.

[3] Dicha productora también sería la partícipe por parte asiática en El carnaval de las bestias, primera entente oficial hispano-japonesa de la historia, cinematográficamente hablando. Curiosamente, su mayor aportación a la película a nivel artístico residiría en la presencia de la actriz Eiko Nagashima, presente en el reparto de la presente en un pequeño papel.

[4] Aparte de en la citada escena, Julia Saly aparece en, al menos, otras dos más, todas ellas relacionadas con el personaje de la antigua novia del protagonista. Dada la atención que la puesta en escena presta a su presencia, no hay que descartar que inicialmente su rol en la película disfrutara de una mayor relevancia de la que finalmente tiene, aunque también pudiera verse como una consecuencia de la fama de la que, al parecer, la artista gozaba entre el público nipón.

3 comentarios en “Howaito rabu

  1. Vayan desde aquí mi agradecimiento público a Nico Giraldi. Él ha sido el máximo artífice de que esta reseña pudiera ser una realidad al facilitarme de forma desinteresada una copia de la peli.

  2. Una gran reseña, cerebrin. Un estupendo trabajo!
    Me alegro de volver a leer otra reseña del dossier de Naschy, esta vez de una película desconocidisma, incluso para sus mas fieles seguidores.

    1. Yo también me alegro, no creas, que últimamente me está costando sangre, sudor y lágrimas el encontrar tiempo para escribir. Lo malo que del dossier de Naschy ya solo resta de publicar la reseña doble de “Empusa”. A no ser que haya otro Nico por ahí que nos consiga copia de algunas de las que nos faltan, claro. 😉

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