El proyecto de la bruja de Blair

Título original: The Blair Witch Project

Año: 1999 (Estados Unidos)

Directores: Daniel Myrick, Eduardo Sánchez

Productores: Robin Cowie, Gregg Hale

Guionistas: Daniel Myrick, Eduardo Sánchez

Fotografía: Neal Fredericks

Música: Dan Barrio, Tony Cora

Intérpretes: Heather Donahue (Heather Donahue), Joshua Leonard (Joshua “Josh” Leonard), Michael C. Williams (Michael “Mike” Williams), Bob Griffith, Jim King, Sandra Sánchez, Ed Swanson, Patricia DeCou, Mark Mason, Jackie Hallex…

Sinopsis: En octubre de 1994 tres estudiantes de cine desaparecieron sin dejar rastro en un bosque cerca de Burkittsville, Maryland, mientras filmaban un documental sobre una leyenda urbana local. Un año después, en esos mismos bosques, es encontrada una bolsa llena de cintas de video.

Hace ya más de una década que esta película irrumpió en el panorama cinematográfico mundial no sólo siendo el más claro ejemplo a seguir (o copiar) para aquellos que abordaran el género del terror en el nuevo siglo que se nos echaba encima, sino también como la prueba palpable de que pueden ser totalmente viables formas mucho más baratas y simples de realizar, publicitar y distribuir una película. A partir de este inesperado éxito parecía un hecho más que posible que cualquier puñado de amiguetes que rodara su pequeña película con cuatro duros y algo de ingenio, ayudados además por la expectación que puede generar una promoción bien llevada a través de Internet, podían encaramarse sin problemas hasta lo más alto del top ten de las más vistas de la semana, y conseguir así el negocio de sus vidas: lamentablemente, y visto en perspectiva, está claro que no salimos nunca del monopolio de los cuatro grandes estudios de siempre pero, a pesar de todo, el espejismo fue bonito mientras duró.

Pero está claro que todo este derroche de ímpetu juvenil no bastaba por sí sólo: si El proyecto de la bruja de Blair funcionó tanto y tan bien fue a causa de su rompedora originalidad. Lo peor del asunto es que los espectadores parecieron cansarse muy pronto del truco, porque son contadas las películas que han seguido ese mismo patrón -introducir la ficción dentro de un envoltorio de realidad- con cierto éxito. Films tan populares como [REC], Monstruoso o Distrito 9 transitan, en mayor o menor medida, por la senda abierta por Myrick y Sánchez con su primera cinta (incluso alguien tan poco dado a seguir modas como George A. Romero sucumbiría a probar esta manera de filmar con su El diario de los muertos), pero no hay que olvidar que el film del que hablamos no es tan pionero como pueda parecer, ya que cuenta con un glorioso/infame (según gustos) precedente en esa italianada antropófaga de 1980 que lleva por título Holocausto caníbal(1).

Aunque son bastante dispares tanto en tono como en resultados finales, ambas comparten idéntica premisa: en la cinta dirigida por Ruggero Deodato es un grupo de documentalistas el que se interna en la selva amazónica para realizar un reportaje sobre las tribus caníbales que allí habitan, y acaban también desapareciendo. Un grupo de rescate encontrará igualmente el material filmado para averiguar qué es lo que les ocurrió realmente. A pesar de ser también un film que impacta igualmente a toda clase de públicos (aunque por motivos bien distintos), entre Holocausto caníbal y El proyecto de la bruja de Blair hay una diferencia capital que hace que esta última resulte mucho más terrorífica: mientras que en la cinta transalpina no sentimos absolutamente ninguna empatía por los personajes (si la habéis visto sabréis el motivo), y contemplamos los terribles sucesos que acontecen con gran distanciamiento debido a la frialdad con la que nos son mostrados, en la americana vemos la película desde el comienzo a través del punto de vista de estos pobres estudiantes, lo que provoca que irremediablemente acabemos simpatizando con ellos por muy egoístas, ambiciosos e insoportables que se vayan revelando a lo largo del metraje (también hay que comprenderlo: un estudiante de cine no puede actuar de otra forma).

Se podría decir que El proyecto de la bruja de Blair intenta meternos el miedo en el cuerpo a través de tres frentes bien diferenciados:

1.- El mito. Al asistir al nacimiento de toda una nueva mitología, los espectadores (al mismo tiempo que los protagonistas) se enfrentan a algo que desconocen por completo, y que pocas veces (si no nunca) han podido ver antes en el cine, por lo que hasta el más curtido de los aficionados puede tener su momento de duda de por dónde pueden ir los tiros. El terror, al igual que la comedia, resulta más efectivo cuanto más consigue sorprendernos, por lo que enfrentarnos a un concepto totalmente desconocido hace que la experiencia de verla se revele todavía más eficaz a la hora de provocar miedo: dicho de otro modo, si la película hubiera incluido como némesis a vampiros o zombis (entidades a las que ya estamos más que habituados), seguramente no habría obtenido los mismos resultados entre la platea.

2.- Voces de muerte. Todo el desasosiego que se nos pueda provocar vendrá dado principalmente por lo que iremos oyendo: por lo que van relatando los lugareños en las entrevistas, las conversaciones paulatinamente más crispadas de los tres protagonistas y, sobre todo, por una sutil y muy cuidada utilización del sonido y de los efectos sonoros, casi siempre situados fuera de campo. La forma de ir inoculándonos lentamente el temor se podría definir como novelesca: tenemos total libertad de formarnos nuestra propia idea de lo que está sucediendo en el film, exactamente igual que podemos recrear ciertas situaciones en nuestra mente a la hora de imaginarnos los pasajes de un libro.

3.- No me chilles que no te veo. ¿Es posible hacer una película de terror mínimamente eficiente, exclusivamente por medio de planos desenfocados, mal iluminados, rodados en diferentes formatos y que, en ocasiones, incluso están por completo a oscuras? La respuesta es, obviamente, afirmativa: como espectadores asumimos sin mayor problema esta forma de presentarnos la historia, al ser conscientes de inmediato de que estamos viendo un mockumentary (o falso documental); además, estos errores se perdonan si vienen acompañados, como es el caso, de un montaje tan tremendamente ágil como sencillo de las heterogéneas imágenes que lo conforman.

Algo que también diferencia esta experiencia fílmica del resto de sus compañeras de género es la casi total y absoluta ausencia de sangre de la que hace gala: parece que la pareja de directores, obviamente también espoleados por la falta de liquidez, decidieron seguir las enseñanzas del mítico Jacques Tourneur (siempre a su modesta manera, eso sí) de mostrar lo menos posible para conseguir la máxima de las impresiones en la concurrencia. Esta carencia de cualquier clase de efecto especial, unida al aspecto prácticamente amateur de su realización, propicia que la sensación de realidad no disminuya un ápice cuando los elementos fantástico-terroríficos hacen, en un momento dado, acto de aparición.

En cuanto a los personajes, no pueden otra cosa que incitarnos compasión por su tremendamente sutil y progresiva caída en la más absoluta desesperación: pero aún más lastimoso y patético resulta el que, en el preciso momento en que ya está más que claro que tienen todo perdido, todavía conserven un rescoldo de esperanza sin sentido y se animen mutuamente; esta sensación de piedad no hará sino agudizarse cuantas más revisiones hagamos de la película. Y todo esto sin hablar de su final, uno de los más sobrios y chocantes de la historia del cine de horror: ese final, de tan sólo unos pocos segundos, es tan bueno que ya es suficiente justificación por sí solo como para que llegara a realizarse esta película.

En el aspecto sociológico, El proyecto de la bruja de Blair tuvo la gran intuición de adelantarse varios años a los millones de videos de aficionados que en la actualidad inundan canales como YouTube, y es una clara causa y consecuencia de estos tiempos (que ya duran demasiado) en los que cada vez que enciendes la tele es raro que no te topes con un reality show, o un reportaje de actualidad tipo Callejeros: irónicamente, esta obra de ficción nos da, aún a día de hoy, un millón de veces más noción de verdad que toda la bazofia supuestamente real que los programadores de televisión pretenden hacernos tragar.

Con cada visionado que le dedico –y a pesar de que cada vez que la veo me gusta más–, me termina asaltando siempre la misma duda: ¿es El proyecto de la bruja de Blair totalmente merecedora de ser llamada “película”? Es decir, ¿se le puede adjudicar tranquilamente la etiqueta del concepto tradicional como tal de película que todos tenemos en mente? ¿O hubiera hecho falta crear una nueva calificación para definirla aún más correctamente? Lo que está claro es que, a fin de cuentas, resulta ser una gran experiencia audiovisual que merece la pena ser vista, vivida… y sufrida.

José Manuel Romero Moreno

(1) También podríamos citar otros precedentes en esta modalidad, entre los cuales se pueden contar, sin ánimo de exhaustividad, los telefilmes La historia oculta del cine (Forgotten Silver, 1995), de Peter Jackson y Costa Botes, o Alternativa 3 (Alternative 3 / Science Report: Alternative 3, 1977), de Christopher Miles.

Published in: on agosto 31, 2012 at 6:54 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. […] al estilo found footage, Atrocious aspira a convertirse en una versión española de El proyecto de la bruja de Blair. No es una comparación gratuita. Además de compartir con ella su apariencia formal, su esquema […]

  2. […] la revolución que supuso en el cine de género el estreno en 1999 del ya clásico El proyecto de la bruja de Blair, poco se ha sabido de los dos directores que llevaron a cabo tal proyecto: Daniel Myrick y Eduardo […]

  3. Buena crítica.
    Coincido con el autor en la valoracion de la peli.


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