King Kong (1933)

Título original: King Kong

Año: 1933 (Estados Unidos)

Directores: Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack

Productores: David O. Selznick, Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack

Guionistas: James Ashmore Creelman y Ruth Rose sobre un argumento de Edgar Wallace y Merian C. Cooper

Fotografía: Edwar Linden, J. O. Taylor y Vernon L. Walker

Música: Max Steiner

Intérpretes: Fay Wray (Ann Darrow), Robert Armstrong (Carl Denham), Bruce Cabot (John “Jack” Driscoll), Frank Reicher (capitán Englehorn), Sam Hardy (Charles Weston), Noble Johnson (jefe de la tribu), Steve Clemento (brujo), Victor Wong (Charlie, el cocinero)…

Sinopsis: Un expedición formada por un reducido equipo cinematográfico zarpa a alta mar rumbo a un destino desconocido, excepto para el director, Carl Denham. El lugar en cuestión es una isla que no aparece en los mapas y en la que habita una tribu que rinde culto a un extraño ser. Una vez allí, Ann, la protagonista femenina de la película, es raptada por los nativos para entregarla en sacrificio a un gigantesco gorila.

Sin ningún lugar a dudas, King Kong es una de las películas más famosas e influyentes de todos los tiempos; imitada y homenajeada por innumerables títulos, hizo de su protagonista y de su escena final dos iconos del séptimo arte. Tanto es así que huelga decir que, sin su existencia, posiblemente jamás hubiera existido el subgénero de monstruos gigantes y, sin él, Godzilla y demás moles enormes que han pululado por la pantalla, aterrorizando a varias generaciones de espectadores. Partiendo de un guión un tanto irregular, donde se aprecia, y en general, en la propia concepción del proyecto, la alargada sombra de El mundo perdido (The Lost World, 1925) de Harry O. Hoyt -llegando hasta el punto de que si aquella adaptaba una novela del padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, en esta se contrató para dar forma a su historia a otro famoso literato experto en el género criminal, Edgar Wallace, el cual moriría durante la elaboración del libreto-, es tal la riqueza de la historia narrada que no es muy difícil encontrar múltiples lecturas de la misma, pese a la cierta ingenuidad de alguno de sus pasajes, subrayada por la puesta en escena.

En primer lugar se encuentra la evidente (y a mi gusto demasiado remarcada por el personaje de Denham) relectura del mito de la bella y la bestia, pero en cuya formulación ni la bella tomará en cuenta a la bestia, ni, por lo tanto, habrá un final feliz. Por otro lado se sitúa la crítica social, gobernada a su vez en dos direcciones distintas. Ambientada en las mismas fechas que su producción, los efectos del reciente crack de la bolsa del 29 y su posterior crisis quedan patentes en las enormes desigualdades retratadas a lo largo del film, empezando por su propio personaje protagonista, la inolvidable Ann Darrow a la que presta su físico Fay Wray, la cual es presentada cuando intenta robar una manzana para poder comer, y que acabará embarcándose en una arriesgada aventura de la que poco sabe, tan sólo por ser la única oportunidad que se le ofrece para mejorar su situación. A este mismo respecto resulta bien significativa la contraposición que se hace de dos momentos de la película. Mientras que en los primeros compases es mostrado cómo la gente humilde hace cola en una casa de beneficencia en busca de un plato que llevarse a la boca, hacia el clímax de la cinta serán los integrantes de las clases sociales más acomodadas los que aguardan en fila para entrar a un espectáculo del que ignoran su contenido, más allá de la promesa de contemplar a la octava maravilla del mundo, pagando para ello una entrada de diez dólares, toda una fortuna para la época teniendo en cuenta que la entrada de cine para ver King Kong venía a costar quince centavos.

El otro foco en el que se posa la atención de su crítica, si bien enunciada más de soslayo, o al menos, no de un modo tan claro, es en su cruda reprobación hacia la denominada sociedad civilizada, y tal vez, por qué no, al colonialismo imperante en el mundo occidental por aquellos años, efectuado a través del personaje de Denham, el cual, curiosamente, funciona como una especie de alter ego de los verdaderos directores del film, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, con los que comparte no pocas similitudes biográficas. Así, Denham, pese a lo dicho en el plano final de la película, será el responsable intelectual de la muerte de Kong, puesto que será él y no otro quien le desprenda de su hábitat y su libertad con el fin de mostrarlo como monito de feria (y perdón por el chiste fácil) para sus acaudalados paisanos, sin tener en cuenta las consecuencias que tal maniobra podría acarrear en su desmedido afán de lucro. De la misma manera, al llevarse a Kong de la isla de la Calavera, se llevará también parte de la identidad de los habitantes del lugar, quienes veneran a Kong como si un dios se tratara. Por si fuera poco, a los indígenas también les tocará sufrir los efectos colaterales de la captura del gran simio, con la destrucción de su poblado.

Pero si hay algo por lo que la cinta ha perdurado hasta nuestros días en la memoria colectiva es por los aún hoy asombrosos y sorprendentes efectos especiales pergeñados por Willis H. O’Brien y su equipo, mejorando lo que el maestro de Ray Harryhausen ya hubiera hecho para la anteriormente referida El mundo perdido, dentro de un trabajo en el que destaca la increíble expresividad y verismo otorgado a los movimientos de Kong en particular, y al del resto de criaturas prehistóricas o directamente fantásticas que pueblan el metraje, dotándole de esta forma de una magia especial que, a buen seguro, los modernos y perfectos efectos por ordenador nunca conseguirán. Y es la lograda conjunción y equilibrio entre estas dos dualidades, una historia aparentemente sencilla pero que encierra no pocas relecturas, y el uso de los efectos especiales para conferir al conjunto de un envoltorio de gran espectáculo, lo que hacen de King Kong un título mítico de la historia del cine. Entre sus otros aciertos cabe mencionar su lograda fotografía, más propia del cine de serie B, que además de suplir ciertas carencias presupuestarias -como queda patente en la nebulosa escena de la llegada del Venture a las inmediaciones de la isla donde habita Kong, o en el uso de material de archivo en la parte final de la película-, da a las escenas requeridas una atmósfera fantástica y singular, así como la magnífica partitura compuesta para la ocasión por Max Steiner, en la que brilla con luz propia su capacidad para otorgar la melodía necesaria a cada momento, ya sea este una escena de amor, de aventuras o de puro terror.

En lo que respecta a la dirección de Cooper y Schoedsack, se desenvuelve con buen pulso, aún con la arriesgada apuesta de no mostrar a su protagonista y principal reclamo publicitario hasta no mediada la cinta, aquejando hasta ese momento su desarrollo de cierto exceso de verborrea en sus diálogos y una puesta en escena un tanto estática, para cuando, en el momento en que Kong haga acto de presencia, la realización se torne dinámica, engarzando, una detrás de otra y de forma trepidante, las escenas de acción, con diálogos mínimos, lo que da como fruto una segunda parte más cercana al cine mudo, estilo del cual aún se detectan ciertos residuos, tanto en la dirección como en el trabajo de los actores, especialmente en el del personaje de Fay Wray. Además de todas las escenas conocidas y memorizadas por todos gracias a su fama, uno de los momentos más inspirados de la película que, aparte de su innegable fuerza y belleza, denota los inicios en el cine documental de sus dos realizadores, se localiza en la secuencia de la llegada a la isla de la expedición de Denham y su encuentro con los nativos y los ritos que estos llevan a cabo, de enorme riqueza y con un manejo del suspense envidiable, bien secundado por la partitura de Steiner.

Para terminar, también merece llamar la atención sobre las altas dosis de violencia y erotismo que se dan cita en muchos de sus fotogramas, bastante adelantadas para su tiempo, circunstancia que acabó propiciando que años después, y con un mayor endurecimiento del Código Hays, la película fuera perdiendo metraje en sus sucesivas reposiciones, hasta que en los años 70 fuera por fin reestrenada tal y como sus artífices la concibieron originalmente. Aunque el daño ya estaba hecho, y la cinta perdería en este recorrido, y hasta el momento, una de las escenas más terroríficas de la película, aquella que transcurría en un barranco con unas arañas gigantes como protagonistas y que sería objeto de réplica por parte del reciente remake de Peter Jackson, si bien dicha secuencia solo sería incluída en su montaje extendido, editado directamente en formato doméstico.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on septiembre 3, 2012 at 6:47 am  Comments (6)  
Tags:

The URI to TrackBack this entry is: https://cerebrin.wordpress.com/2012/09/03/king-kong-1933/trackback/

RSS feed for comments on this post.

6 comentariosDeja un comentario

  1. Qué interesante análisis de esta maravillosa película, que tuve oportunidad de ver de nuevo -la primera vez fue siendo niño, por la tele- en la Filmoteca hace unas semanas.

    Cómo me gustó Fay Wray.. y tantas otras cosas, es un título mítico.

    Enhorabuena, un saludo cordial

  2. Muchas gracias por tus palabras, y disculpa la tardanza en responderte. Y si, Fay Wray está fantástica, a pesar de la teatralidad de sus registros en los momentos en que tiene que interactuar con tan adorable monito.

  3. Un clásico del cine…

  4. […] Harryhausen nació en Los Ángeles en 1920, y a los doce años, viendo esa obra maestra que es King Kong, se enamoró de los dinosaurios y del stop-motion. Comenzó a leer revistas que informaban de la […]

  5. […] fotograma a fotograma, la vocación profesional de Perez surgiría cuando de niño visionara el King Kong de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, según indica en la entrevista publicada en el blog […]

  6. […] las películas más emblemáticas de la andadura profesional de O`Brien: la justamente mitificada King Kong (King Kong, 1933), y su seudo-remake El gran gorila (Mighty Joe Young, 1949), por la que lograría […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: