King Kong (1976)

Título original: King Kong

Año: 1976 (Estados Unidos)

Director: John Guillermin

Productor: Dino De Laurentiis

Guionista: Lorenzo Semple Jr., según el guión de James Creelman y Ruth Ros

Fotografía: Richard H. Kline

Música: John Barry

Intérpretes: Jeff Bridges (Jack Prescott), Jessica Lange (Dwan), Charles Grodin (Fred Wilson), René Auberjonois (Roy Bagley), John Randolph (capitán Ross), Julius Harris (Boan), Jack O’Halloran (Joe PeR.K.O.), Dennis Fimple (Sunfish), Ed Lauter (Carnahan), Mario Gallo (Timmons), John Lone (cocinero chino), John Agar (oficial), Rick Baker (King Kong), Gary Walberg, Keny Long, Sid Conrad, George Whiteman, Wayne Hefley, Corbin Bernsen, Joe Piscopo…

Sinopsis: Un equipo de prospección petrolífera se dirige a una isla para su explotación, y en el viaje el barco recoge una náufraga. Una vez en la isla, descubrirán que ésta se halla habitada por un gorila gigante, Kong.

Con la moda del cine catastrófico de la época, una nueva versión del clásico de Schoedsack y Cooper no debió parecer descabellada. De hecho, por aquel entonces hubo dos proyectos simultáneos: el de Laurentiis, que acabó haciéndose, y otro por parte de la Universal titulado The Legend of King Kong, dirigido por Joseph Sargent, cuya protagonista femenina había de ser… Barbra Streisand, y los efectos especiales, todos por medio de stop-motion, los realizaría el gran Jim Danforth, a partir de un guión de Bo Goldman (Alguien voló sobre el nido del cuco, ¿Conoces a Joe Black?) que se centraba en la época del film original. Ese proyecto también estuvo previsto que fuese interpretado por la televisiva Susan Blakely y Peter Falk (Colombo). Se desató una batalla legal, y por último los derechos devinieron a Laurentiis. Eran los años de Poseidones y Colosos, y también de Tiburones y otras criaturas del reino animal de proporciones vastas. Aunadas ambas situaciones, tenemos a King Kong, y Laurentiis decidió crear su nueva versión del mito.

Carlo Rambaldi fue contratado para diseñar un modelo mecánico a tamaño natural del simio, un modelo que costó la escalofriante cantidad de 1,7 millones de dólares, para ser usado sólo en una escena, con pésimos resultados además, pues lo artrítico de los movimientos del mono mecánico era obvio. Con todo, la publicidad insistió que el muñeco se usó en todo el metraje, cuando en realidad se trataba del especialista en estas lides Rick Baker, caracterizado entre maquetas, a lo Godzilla, como queda obvio para cualquier espectador avezado.

La película de Schoedsack y Cooper recurría a una partitura de Max Steiner para conferir atmósfera al film. Se trataba de una composición primitiva, que evocaba ecos salvajes, que brindaba un tono de aventura oscura, numinosa, a los resultados. Por su parte, la creación de John Barry otorga visos más luminosos –salvo temas más acordes con otro tono- y dejaba traslucir sin lugar a dudas que se trataba de una historia de amor, romántica, imposible, un amour fou en definitiva. Otro cambio, igual de ostentoso, tenía lugar en esta ocasión: los cineastas eran reemplazados por prospectores petrolíferos. Es decir, los creadores de la fábrica de sueños cedían lugar a personas que pisaban el suelo y lo taladraban para crear una industria próspera. Había desaparecido el sueño y esta era la realidad; lo onírico había dado lugar a lo prosaico. Empero, no todo resulta negativo en esta cinta. El guión de Lorenzo Semple Jr. ofrece puntos de interés y, una vez asumido el cambio de rumbo, de orientación, que presenta esta cinta, todo ello está resuelto con convicción.

La acción arranca en Surabaya, Indonesia, donde un buque petrolero de la compañía Petrox parte rumbo a una isla no cartografiada en los mapas, y donde esperan hallar petróleo en abundancia. El científico de la compañía, encarnado por René Auberjonois, refiere que la isla se halla rodeada por emanaciones gaseosas con un fuerte componente de CO2, lo cual hace pensar en el oro negro, pero Jack Prescott (trasunto del Jack Driscoll de la clásica, encarnado por Jeff Bridges), un paleontólogo de Princeton que se ha colado a bordo, refiere que el CO2 muy bien podría provenir de la respiración de animales, es decir, del propio Kong. De hecho, la película ofrece ciertos vaticinios de lo que nos vamos a encontrar: la secuencia pre-créditos finaliza con un brindis “por el más grande”, y más adelante Dwan (Jessica Lange) refiere que le echaron el horóscopo en Hong Kong donde le presagiaron que atravesaría una gran masa de agua y conocería a “la mayor persona de su vida”. Otros detalles de interés aparecen al inicio, cuando se muestra una fotografía con infrarrojos de la isla, que presenta la apariencia exacta de un cráneo de mono. Prescott, por lo demás, referirá que en 1605, un viajero portugués, Fernando de Queres, fue desviado hacia la isla, envuelta sempiternamente en una niebla sobrenatural, por el viento de Tenotang, y una vez arribado en la playa del Cráneo oyó el bramido de una bestia gigantesca. ¿Es Kong centenario, o sólo el último de su especie, habiendo muerto, quizás poco antes, sus ascendientes?

Prescott supondrá el punto de inflexión crítica que impone la película, con sus postulados ecologistas, mientras que Dwan, lógico es, constituye la parte emocional, afectiva. Ésta arribará al barco proveniente de un naufragio, con lo cual se introducirá el elemento femenino de una forma, se pensaba en aquel entonces, más lógica. Como se habrá podido ver por los comentarios precedentes, los nombres de los personajes han sido cambiados por completo. Sin embargo, los elementos clave que existían en el King Kong originario son respetados aquí: la escena del tronco, Kong desnudando a la chica, los fotógrafos que lo enfurecerán y provocarán su huida, el ataque al tren elevado… Respecto a lo que decíamos al inicio de este comentario, al menos sí respetarán que Dwan sea, al igual que Ann Darrow, una aspirante a actriz.

No obstante, otros elementos son eliminados de la película. Para el amante de las monster movies, el más obvio supone la supresión de los dinosaurios. Acaso una muestra de racaneo por parte de De Laurentiis, para ahorrar en efectos especiales, o quizás un intento de otorgar mayor realismo al film… un film, recordemos, de fantasía. Sólo se respetará la aparición de la serpiente gigante, también presente en la cinta clásica. Elemento, por lo demás, sumamente interesante. Le precede la escena en la cual Kong acaricia con su enorme dedo a Dwan, le arranca abalorios y los tirantes del vestido, mientras ella gime… No cabe duda sobre el integrante sexual del momento. Y una vez excitado Kong, surge la serpiente gigante. ¿Metáfora en exceso burda?

Por lo demás, el guión de Lorenzo Semple está salpicado de forma intermitente por diálogos pueriles con otros más elaborados. En el primero de los casos, destaquemos un vergonzante “Maldito mono chauvinista” que le suelta Dwan a Kong; en el sentido contrario, lo sugestivo del comentario de Prescott sobre haber sustraído a los isleños el gorila: “Cuando cogimos a Kong, raptamos a su Dios”. Otros elementos del guión son dignos de resaltar, como, al inicio en el barco, el radar que muestra el perfil de la isla, y que detecta el inmenso volumen de Kong –en ese instante, la hermosa música de Barry sufre un quiebro inquietante-. O la magnífica escena en la cual Prescott y Dwan se besan y el pañuelo de ella es arrastrado por el viento hasta el mismísimo Kong, quien reconoce el aroma de su amada –al final, buscando a la mujer por Nueva York, se regirá por el olfato-. Enfurecido, ella habrá de calmarlo; resulta escalofriante percibir cómo Kong, de pronto, es consciente de todo, de la imposibilidad de su amor, y suelta a Dwan, dejándola partir, y quedando él solo en la bodega.

En cierto sentido, la película es una continua alternancia de momentos logrados con otros no tanto. La excelente fotografía, la bella música y el sólido plantel interpretativo se ven acompañados de una roma puesta en escena que es incapaz de sacar provecho a los elementos. Con todo, a veces Guillermin plantea resoluciones visuales dignas de interés, como cuando Dwan está atada al poste y untravelling de aproximación constituye un plano subjetivo de Kong; o, en el clímax final, el plano detalle de las ametralladoras de los helicópteros, recalibrándose y situándose, presagiando su amenaza y peligro. O el momento final, con Kong aún agonizante, y los fotógrafos posándose sobre su tórax para tomarle fotos, como buitres carroñeros. O la belleza mágica, quizá involuntaria, de los planos nocturnos en la isla rodados en estudio.

En definitiva, esta película está a años luz del portento de su originaria, pero ni mucho menos es el bodrio execrable que por lo general se le atribuye. Eso quedará para la secuela.

Carlos Díaz Maroto

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