Crónica del 45 Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya-Sitges

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Renovación. Desde el mismo momento en que fue desvelada la programación oficial de la cuadragésimo quinta edición del Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya-Sitges, parecía evidente que la apuesta del prestigioso certamen catalán para este año pasaba por la nueva hornada de realizadores emergentes. Si bien entre el elenco reunido no faltaba la presencia de nombres ya consagrados, como puede ser el caso de Dario Argento, Kim Ki-Duk o Alain Resnais, por poner solo tres ejemplos de cineastas de un perfil bien distinto, lo cierto es que un buen número de los títulos que mayor interés congregaban de entre la amplia selección efectuada por el equipo dirigido por Ángel Sala correspondían a nuevos valores que, en no pocos de los casos, afrontaban su reválida tras lo ofrecido por sus trabajos previos. Finalmente, este relevo generacional terminaría por plasmarse de forma muy gráfica en el cuadro final de ganadores. No en vano, dos de los films más premiados serían, significativamente, las películas presentadas por Jennifer Lynch y Brandon Cronenberg, o lo que es lo mismo, los respectivos hijos de David Lynch y David Cronenberg, este último también presente con su más reciente propuesta, Cosmópolis, verborreica y un tanto plomiza adaptación de una novela homónima de Don DeLillo.

Jennifer Lynch presentando "Chained" en el Auditori.

Jennifer Lynch presentando “Chained” en el Auditori.

Tras llevarse el máximo galardón del Festival hace ahora cuatro años con la muy discutida Surveillance, el nuevo trabajo de Jennifer Lynch, Chained, se alzaría con el premio especial del jurado así como el destinado a la mejor interpretación masculina, por la labor de Vincent D’Onofrio en su encarnación del traumatizado psycho-killer titular de esta historia de encierro y oscuros secretos familiares largamente escondidos, con la que la cineasta de Filadelfia vuelve a hacer gala de su querencia por los efectismos narrativos en forma de giros de guion de última hora poco o nada justificados, aunque, al menos, sin llegar a los niveles de tomadura de pelo en los que caía su anterior propuesta. Por su parte, Antiviral, el impersonal sucedáneo del cine de su reputado padre que ha supuesto el debut como realizador de Brandon Cronenberg, acaparía los premios del jurado Carne Jove, además del “Citizen Kane” al mejor director novel; unos reconocimientos que, a buen seguro, no habría disfrutado de ser otro el apellido de su responsable.

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Al mismo nivel de los comentados films se situaría Sightseers, hilarante comedia en formato de road movie con la que el inglés Ben Wheatley regresa a la senda del humor negro en el que se inscribiera su ópera prima, Down Terrace, también recuperada dentro de la sección “Seven Chances”. Construida sobre el absurdo de las situaciones planteadas durante las vacaciones de una pareja de novios formada por un par de treintañeros disfuncionales que acabarán encontrando en el asesinato el modo de llenar el vacío de sus vidas, y apoyada en la indudable química existente entre su dúo protagonista, la película del director de Kill List sería premiada con el galardón a la mejor interpretación femenina en la persona de Alice Lowe, ganadora también del mejor guion, en compañía de Amy Jump y Steve Oram. Con todo, la gran  triunfadora de este año vendría de la mano de un viejo rockero con Holly Motors, la surrealista reentré del francés Leos Carax después de algo más de una década alejado del formato largo, en la que destaca tanto su estilizada puesta en escena como el tour de force interpretativo realizado por su camaleónico protagonista, Denis Lavant. Acreedora de hasta cuatro galardones distintos, suyos serían los destinados a la mejor película fantástica a competición, a la mejor dirección, el “José Luis Guarner” de la crítica y el Méliès d’Argent.

Al margen de estos títulos, el resto de palmarés de esta cuadragésimo quinta edición estuvo muy repartido. En los apartados técnicos, la cinta asiática de acción The Viral Factor fue la ganadora del premio a los mejores efectos especiales, mientras que el operador tailandés Chankit Chamnivikaipong era recompensado por la fotografía de Headshot. El gran premio del público, otorgado por los votos de los espectadores, coronó como mejor película a Robot & Frank de Jake Schreir, una comedia de ciencia ficción que tiene una de sus mayores bazas en el protagonismo de un inmenso Frank Langella. Por su parte, el onirismo giallesco le valdría a la cinta británica dirigida por  Peter Strickland Berberian Sound Studio una mención especial por parte del jurado de la crítica. Otro jurado, en este caso el de la sección “Noves Visions”, compuesto por Julian Richards, Jaume Ripoll y Carlos Vermut, repartiría sus dos máximas distinciones destinadas al formato largo a Rebelle de Kim Nguyen, y, dentro del apartado “No-Ficción”, a Me @ the Zoo de Chris Mourkabel y Valerie Vetch, documental que aquellos que lo vieron alabaron por su capacidad de reflexión sobre el fenómeno viral de Internet, partiendo de una premisa un tanto bizarra: efectuar una biografía de un fan de Britney Spears que tuvo su minuto de gloria tras colgar en la red un video en defensa de su cantante preferida.

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El ganador de Casa Asia, la sección consagrada al cine oriental, consideró el más destacado de sus participantes a Chan Dragon (Wu Xia) de Peter Ho-sun, recayendo el premio a la mejor película de animación a la nipona Okami kodomo no ame tu yunki (Wolf Children), enternecedora fábula acerca de las relaciones paterno-filiales con un acabado formal envidiable, en la que el gran Mamoru Hosoda retoma algunos de los aspectos que ya empleara en su justamente celebrada Summer Wars. Por último, dos producciones procedentes de las Islas Británicas coparían los últimos galardones en liza. La efectiva cinta inglesa Tower Block y su parábola acerca del terrorismo actual se llevó el Méliès d’Argent perteneciente a la Sección Oficial Fantàstic Panorama a Competición, yendo a parar el de la mejor película vista en la sección Midnight X-Treme a Stitches, comedia de terror sobre un payaso revivido realizada por Conor McMahon, director al que algunos recordarán por su anterior Dead Meat [dvd: Carne muerta], film de zombis irlandeses visto en este mismo marco hace ya algunos años.

Los homenajeados

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Como viene siendo costumbre, aparte de los diferentes galardones destinados a los films en competición, el Festival entregó una serie de premios honoríficos a distintas personalidades del ámbito cinematográfico relacionadas en mayor o menor medida con el género fantástico, como reconocimiento a su carrera. Así, el Gran Premio del 2012 ha servido para rendir tributo a Neil Jordan, responsable de ejemplares tan emblemáticos del fantástico de finales del siglo pasado como En compañía de lobos y Entrevista con el vampiro, films con los que el irlandés reformularía de un modo decisivo la imagen clásica que hasta ese momento el cine había venido dando de la licantropía y el vampirismo, respectivamente.

Enrique Cerezo y Dee Wallace serían los agasajados con las Marías honoríficas de esta edición. El primero la recibiría de manos de Dario Argento durante la presentación de su proyecto común Drácula 3D, desangelada versión de la novela de Bram Stoker de la que además de productor el presidente del Atlético de Madrid ha sido también guionista (o al menos así aparece acreditado). La concesión de la estatuilla a la actriz norteamericana también se produciría aprovechando su estancia en la localidad catalana para presentar un nuevo trabajo, The Lords of Salem, del que ya hablaremos detenidamente más adelante. No obstante, el acto de entrega se produciría con motivo de la sesión “Phenomena” de este año, protagonizada por la proyección de la versión restaurada del montaje original de E.T. el extraterrestre, clásico en el que se inserta el que quizás sea el papel más recordado de Wallace: el de la madre de Elliot.

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Al igual que viene sucediendo desde que fuera instaurado hace tres años, el premio Nosferatu que entrega la sección alternativa de Sitges, Brigadoon, fue para una vieja gloria del cine fantástico más militante. Además de para reivindicar la labor de la personalidad escogida –cabe recordar que los homenajeados precedentes habían sido Jack Taylor y Luigi Cozzi, es decir, dos auténticos “currantes” de la industria-, en esta ocasión su entrega serviría para saldar la enorme cuenta pendiente que la historia del cine fantástico patrio mantenía con quien fuera una de sus intérpretes más recurrentes, Teresa Gimpera, protagonista de ejemplos tan dispares de nuestro fantaterror como Fata Morgana, La casa de las muertas vivientes, La tumba de la isla maldita o Último deseo, algunos de los cuales pudieron verse dentro de las proyecciones destinadas a rememorar la trayectoria de la catalana.

Siguiendo con la tónica, Brigadoon también se ocuparía de homenajear con sendos ciclos a otros dos nombres propios del cine fantástico español recientemente fallecidos. Sería el caso de Miguel Iglesias Bonns, cineasta más conocido por su faceta dentro del cine policiaco barcelonés y que, entre los márgenes del fantástico, legaría el único film de la saga Waldemar Daninsky con final feliz, del que pudo verse su insólito díptico parapsicológico compuesto por Presagio y la singular Desnuda inquietud, película tan desconocida e irregular como estimable en su conjunto, que guarda la particularidad de ser la despedida del género de la mítica Profilmes. Las otras proyecciones retrospectivas fueron en recuerdo del asturiano Frank Braña, eterno secundario de la época dorada de las coproducciones, en cuyo honor se pasaron Santo contra el doctor Muerte y El secreto de la momia egipcia, esta última también con la presencia de la Gimpera en su reparto.

Don Coscarelli durante la introducción al pase matutino de "Phantasma".

Don Coscarelli durante la introducción al pase matutino de “Phantasma”.

Sin embargo, Teresa Gimpera no fue la única dama del fantástico que fue objeto de homenaje durante esta edición del Festival de Sitges. La británica Barbara Steele, auténtico icono del cine gótico italiano merced a su participación en films tan imperecederos como La máscara del demonio, El horrible secreto del doctor Hichcock o Danza macabra, fue agasajada con la “màquina del temps”, premio que también le sería entregado a otras dos leyendas del género, aunque en este caso del cine de terror ochentero de bajo presupuesto. Por un lado, Don Coscarelli, creador de la saga Phantasma, quien presentó su último trabajo tras algo más de una década en el dique seco, John Dies at the End, bizarra, lisérgica y, en última instancia, personalísima comedia de ciencia ficción metagenérica que, a pesar de acabar desinflándose durante su  desarrollo, se ganó el favor de buena parte del respetable. El otro sería William Lustig, jurado de la sección oficial y productor ejecutivo de uno de los mejores films que pudieron verse este año: Maniac, sobresaliente remake del clásico homónimo de 1980, singularizado por la elección formal de estar narrado bajo el subjetivo punto de vista de su maníaco asesino, pero cuyo verdadero hallazgo se encuentra en la potenciación de las implicaciones psicológicas de los actos de su protagonista que lleva a cabo el concienzudo guion co-escrito por Alexandre Aja. Precisamente, el encargado de dar vida al desquiciado matarife, un brillante Elijah Wood en la nada fácil tarea de llevar todo el peso dramático de la película apoyándose, básicamente, en su voz, también disfrutaría de su propia  “màquina del temps”.

Las películas

Efectuado ya el pertinente repaso a la lista de premiados, toca hacer lo propio con algunos de los más destacados ejemplares de entre los doscientos títulos largos que pudieron verse en los once días de proyecciones que compusieron este Festival de Sitges 2012. Y qué mejor que hacerlo con nuestro incombustible Jesús Franco, presente en la programación por partida triple. De este modo, la sección “Brigadoon” proyectó la nueva versión remontada y resonorizada de la hasta ahora conocida como La cripta de las mujeres malditas, película que en su formato original solo pudo ser vista dentro de la retrospectiva que la Cinematheque francesa dedicó al realizador madrileño. Dividido en dos partes bajo el título global de La cripta de las condenadas, se trata de un producto solo apto para los incondicionales de la filmografía del enfant terrible de nuestro cine, consistente en una sucesión de escenas de carácter lésbico unidas por un mínimo hilazón argumental. Aún más anárquica narrativamente hablando es su última obra hasta la fecha, Al Pereira vs. the Alligator Ladies, suerte de reconstrucción metaficcional en la que el madrileño vuelve a dar rienda suelta a sus tradicionales obsesiones. Comparado por la crítica especializada como un cruce de caminos entre El fantasma de la libertad de Luis Buñuel y Mullhond Drive de David Lynch, el título en cuestión ha supuesto el reencuentro de Jesús con dos viejos conocidos de su cine: el investigador privado Al Pereira, y el que durante años fuera su intérprete fetiche, el valenciano Antonio Mayans.

Hablando de encuentros, Nameless Gangster reunió al protagonista de The Yellow Sea, Hi Jung-Woo, con el genial Choi-Min Sik. En ella, el actor de títulos tan celebrados en anteriores ediciones como Oldboy, Simpathy for Lady Vengeance o I Saw the Devil, vuelve a hacer gala de sus dotes interpretativas con el papel de un corrupto funcionario de aduanas que, gracias a su labia, acabará convirtiéndose en uno de los capos mafiosos más importantes del país, dentro de un recorrido vital que tiene como telón de fondo la lucha contra el crimen organizado que llevó a cabo el gobierno de Corea del Sur los meses previos a la celebración de los Juegos Olímpicos de Seúl. También ambientada en el mundo de la mafia y procedente del continente asiático se pasó Outrage Beyond, la nueva película de Takeshi Kitano, en  la que el director de Dolls retoma la historia iniciada en su anterior Outrage, ofreciendo evidentes  síntomas de agotamiento, al limitarse a repetir la misma fórmula empleada en su predecesora.

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El que también puso en evidencia sus muchas debilidades fue Rob Zombie con la ya referida The Lords of Salem, recibida en medio de una gran expectación tras los sucesivos batacazos cosechados por sus dos reformulaciones de la franquicia Halloween, y saludada como su más personal propuesta por parte de sus incondicionales. No será por la originalidad que desprende su argumento, una suerte de remedo bastante evidente de La semilla del diablo que desaprovecha sus pocas ideas interesantes –la canción que despierta a los “quintacolumnistas” dormidos-, a favor de la aparición de personajes y situaciones totalmente prescindibles, acompañadas de las ya características citas cinéfilas. Vista en su conjunto, da la sensación de que toda la película está concebida, única y exclusivamente, en función de un anticlimático desenlace en el que Zombie de rienda suelta a su particular sentido visual, lo que unido a la utilización del tema de la Velvet Underground “All Tomorrow’s Parties”, hace que el último tramo acabe por asemejarse peligrosamente a un viejo videoclip de su grupo musical, quizás por aquello de que el título del film esté tomado de una de sus canciones. Con todo, The Lords of Salem no tardaría en convertirse en uno de los hechos más comentados de la presente edición, dividiendo a los espectadores entre aquellos que la ensalzaban, aún a costa de sus muchas y evidentes carencias, o los que la defenestraban sin mayores contemplaciones.

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Mucho más desapercibida pasó en cambio The Tall Man, la nueva película de Pascal Laugier cuatro años después de sorprender a propios y extraños con la polémica Martyrs. Quizás sus formas de producción hollywoodiense despistaron a más de uno, que no supo ver en ella la lógica continuación que supone con respecto a lo expuesto en su anterior trabajo por su director. A grandes rasgos, The Tall Man repite el esquema argumental de su predecesora, giros de guion incluidos, formulando un discurso en unos términos muy similares, donde la ambigüedad moral vestida de demagogia vuelve a ser la gran protagonista, obligando a los espectadores a reaccionar y tomar partido en el debate suscitado. La diferencia estriba en que, paradójicamente, su envoltorio de producto mainstream, al que a buen seguro habrá contribuido la activa participación de la actriz Jessica Biel, a la sazón productora y protagonista, contribuyen a que su contenido despierte mayor incomodidad, a pesar de carecer de la truculencia de Martyrs.

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Otro que presentó su reválida tras el rotundo éxito cosechado por su ópera prima fue José Antonio Bayona con Lo imposible, proyectada dentro de una de las sesiones programadas fuera de concurso que, entre otras cosas, permitió visionar Frankenweenie, la nueva incursión en el cine de animación de un cada vez más desorientado y auto-caricaturizado Tim Burton. Y lo cierto es que con su segunda película Bayona no hace sino reafirmar su capacidad para conectar con los gustos del gran público; un innato sentido de la comercialidad –en el buen sentido del término-, que en esta ocasión se traduce en unos resultados netamente superiores a los de su sobredimensionado debut, El orfanato. Tomando como base un guion más propio de un telefilm, inspirado en hechos reales, el barcelonés construye una obra emotiva y emocionante. Mucho se ha hablado de la espectacularidad en la que se visualiza cómo el tsunami va destruyendo todo lo que se encuentra a su paso, del deslumbrante aspecto visual que luce el conjunto, o de las actuaciones de su reparto, en especial del joven y desconocido Tom Holland, quien a pesar de su inexperiencia logra salir airoso de la difícil tarea de asumir en solitario gran parte del peso dramático de la película. Sin embargo, el gran valor que atesora Lo imposible reside en el modo en que su director consigue apelar a los sentimientos del espectados, valiéndose de elementos sobadísimos y giros de guion de lo más predecibles. Pese a ello, es tal la contundencia con la que están ejecutados que se hace imposible hasta para el espectador más experimentado escapar de su impacto.

Nicolás López y Eli Roth durante la presentación de "Aftershock" en el Cine Prado.

Nicolás López y Eli Roth durante la presentación de “Aftershock” en el Cine Prado.

Al mismo tiempo que el Auditori acogía el pase nocturno de Lo imposible, el Cine Prado hacía lo propio con Aftershock, definida durante la presentación previa por su director, el chileno Nicolás López, como la hermana pobre del film de Bayona. Y no le faltaba razón. Mientras que aquella toma como telón de fondo el tsunami que azotara las costas del Índico en las navidades del 2004, Aftershock se desarrolla durante el terremoto que sacudiera buena parte del país sudamericano el pasado 2010, girando el argumento de ambas cintas en torno a las peripecias sufridas por su grupo protagonista para escapar de los devastadores efectos de la catástrofe. Empero, aquí empiezan y acaban las similitudes entre una y otra, ya que si Lo imposible centra su discurso en mostrar el modo en el que la humanidad aflora en esta serie de situaciones extremas, el film que nos ocupa se dedica a reflejar todo lo contrario. Coescrita, producida y protagonizada por Eli Roth, la cinta repite el esquema de la saga Hostel, de la que toma tanto su ascendencia gore como su planteamiento de base: los peligros sufridos por un turista yanqui de vacaciones en tierra extraña. Semejante premisa es utilizada por López para denunciar las enormes desigualdades de su patria, al hacer que los dos compañeros de correrías de Gringo, el personaje de Roth, sean dos niños de papá chilenos. Una intención que tiene su mejor reflejo en la secuencia en la que, una vez ocurrida la tragedia, los protagonistas se dirijan a un teleférico con el objeto de evacuar a uno de sus integrantes heridos, encontrándose con la negativa del responsable a su pretensión de acceder a la cabina sin esperar su turno. Ni la fuerte cantidad de dinero prometida hará cambiar en primera instancia de opinión al hombre, que se vengará así de las humillaciones recibidas por los mismos jóvenes que le habían ocasionado pocas horas antes, cuando acudieran a las mismas instalaciones a divertirse alardeando de su alto nivel social.

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También de Latinoamérica llegó Juego de niños, el remake mexicano de ¿Quién puede matar a un niño? A pesar de que en sus genéricos no se haga mención alguna a la fuente original adaptada, y de que en estos mismos su director, el misterioso Makinov, tenga la desfachatez de colocar su nombre junto al título, como si de una creación propia se tratara, lo cierto es que esta nueva versión resultó ser un calco, punto por punto, de la magistral película de Chicho Ibáñez Serrador. Tal es la extrema fidelidad con la que es reproducida que, además de planos y movimientos de cámara concretos, sus protagonistas visten de un modo similar a como lo hacían en aquella e, incluso, los actores escogidos para darles vida, entre los que se encuentra la norteamericana Vinessa Shaw, protagonista de la excepcional Las colinas tienen ojos versión Aja, guardan cierto parecido físico con sus émulos. En este contexto, la principal novedad la aporta el mayor nivel de truculencia exhibida y un cambio de ambientación acorde a la nacionalidad de la cinta. Unos cambios que, por sí solos, hablan bien a las claras de la inutilidad del invento.

Pese a todo, la revisión de este clásico de nuestro cine fantástico nos da pie para repasar lo que dio de sí la participación española en esta edición, dentro de su vertiente más mediática. Un año más, y ya van tres, una representante patria fue la encargada de abrir el festival. Si en años anteriores tal labor recayó en Los ojos de Julia de Guillem Morales y Eva de Kike Maillo, esta vez le tocó el turno a la ópera prima del coguionista de la primera, Oriol Paulo, que con El cuerpo firma un thriller psicológico que va perdiendo toda su verosimilitud a medida que su metraje avanza, sus giros de guion se acumulan y sus trampas argumentales se hacen más evidentes. En realidad, el título en cuestión puede resumirse como un nuevo intento encaminado a preservar la prefabricada imagen de reina del género en España de Belén Rueda, dentro de un reparto que también contempla la presencia del televisivo Hugo Silva y que es encabezado por un José Coronado interpretando el papel de un policía en el que se deja sentir, a diferentes niveles, la influencia del Santos Trinidad que diera vida en No habrá paz para los malvados.

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Casualidad o no, las dos participantes españolas en la Sección Oficial a Competición compartirían una serie de puntos en común. Insensibles, obra del debutante Juan Carlos Medina, propuso una mezcla de melodrama y memoria histórica desarrollada en dos épocas temporales, a la que le resta un guion coescrito junto al prolífico Luiso Berdejo, plagado de situaciones forzadas y detalles un tanto ridículos, en especial durante su desenlace. A su favor cuenta con una factura formal envidiable, así como la icónica presencia de Berkano, personaje que funciona como metafísica metáfora de las heridas aún abiertas en el último siglo de la historia de España. Uno de estos episodios y su actor protagonista, Alex Brendemühl, repetirían en El bosc, película también hermanada por su utilización del catalán como lengua predominante en su versión original. Pero no son estas las únicas conexiones existentes entre ambas, ya que, como ocurre en la ópera prima de Medina, el film de Óscar Aibar utiliza el componente fantástico para realizar una parábola sobre el contexto en el que se ambienta su historia, en su caso la Guerra Civil. Entre sus aciertos cabe resaltar el modo en que evita caer en el maniqueísmo con el que tradicionalmente se ha reflejado el conflicto en la gran pantalla, si bien este elemento por sí solo no sirve para elevar el nivel de un trabajo que no llega a colmar las expectativas, a causa de un rutinario desarrollo de tono costumbrista que nada aporta a la nutrida filmografía sobre el tema. De este modo, su mayor aliciente se encuentra en ser, paradójicamente, el debut oficial de su director en un género, el fantástico, con el que había venido coqueteando a lo largo de toda su carrera.

Sitges también brindó la oportunidad de poder ver, al fin, O apóstolo, la que ha supuesto la primera producción de animación stop-motion estereoscópica realizada en Europa. Técnicamente apabullante, sus mayores defectos se encuentran en un argumento demasiado simplista, a pesar de que los ingredientes que maneja guarden un indudable atractivo individualmente, lo que indica que había mimbres para haber construido una trama mucho más consistente. Los resultados de O apóstolo quedan así un poco en tierra de nadie, debido a su nada velado intento por abarcar el mayor espectro de espectadores posibles, pretensión que tiene su mejor reflejo en la canción a lo Pesadilla antes de Navidad empleada para explicar el origen de la maldición que asola al pueblo en el que se localiza la historia. Con todo, hay que aplaudir el arrojo mostrado por sus responsables, tanto por su valentía para plantear semejante proyecto dentro de nuestra raquítica industria cinematográfica, como por su determinación y empeño para llevarlo a buen puerto, superando las muchas e importantes dificultades que les han ido surgiendo a lo largo del camino, y que han retrasado la producción varios años con respecto a su fecha de estreno prevista. Solamente este esfuerzo la hace digna de consideración, si no fuera porque, además, y aún con los inconvenientes señalados, diste mucho de ser una mala película. Más al contrario.

Dario Argento con Ángel Sala a su derecha impartiendo su "Master Class".

Dario Argento con Ángel Sala a su derecha impartiendo su “Master Class”.

Si bien de mayoría italiana, este apartado se completa con Drácula 3D, cinta ya comentada de pasada a propósito del premio entregado a Enrique Cerezo. Respetuosa en líneas generales con el canon cinematográfico, la versión de Dario Argento del clásico de Bram Stoker se caracteriza por su atropellada narración y estética televisiva, rasgo en verdad sorprendente cuando se supone una producción de cierta envergadura, en tanto que su principal reclamo publicitario, su utilización del formato tridimensional, se muestra totalmente inoperante debido al hoy por hoy inexistente poderío visual que antaño fuera una de las cualidades más apreciadas de su director. Aunque, por fortuna, no llega alcanzar los niveles de ridiculez involuntarias de sus trabajos previos –a punto está, no obstante, en varios instantes; recuérdese al respecto la aparición de esa mantis religiosa gigante que parece sacada de un film norteamericano de ciencia ficción de los años cincuenta-, las deserciones masivas de público durante sus proyecciones serían constantes, lo que contrastaría con la expectación suscitada por la “Master Class” impartida por el italiano ante una abarrotada Sala Tramuontana, en la que, significativamente, se dedicaría a hablar de sus primeros títulos. Un ejemplo muy elocuente de cómo el esplendor artístico del cineasta parece ser ya cosa del pasado.

César del Álamo, director de "Buenas noches, dijo la señorita pajaro".

César del Álamo, director de “Buenas noches, dijo la señorita pajaro”.

Curiosamente, la presencia del que fuera el mayor exponente del giallo a nivel popular se produciría en una edición en la que terminaría por constatarse la influencia que este estilo viene ejerciendo de un tiempo a esta parte en las nuevas generaciones de realizadores. El influjo del thriller all’italiana comprendería así desde ejemplos más puros y evidentes hasta otros que, si bien alejados en un principio de sus convenciones argumentales, se embeben abiertamente de sus particularidades estéticas. En el primer apartado se inscribirían títulos como Tulpa, voluntarioso regreso al giallo más clásico a partir de una historia de Dardano Sacchetti aquejado, no obstante, de cierto esquematismo narrativo, o la que se erigió en la aportación española al fenómeno, Buenas noches, dijo la señorita pájaro, un homenaje en todo regla al subgénero que logra superar las limitaciones propias de una producción amateur gracias al cariño que se percibe en todos y cada uno de sus fotogramas.

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En el lado contrario se situaría la premiada Berberian Sound Studio, cuya acción se desarrolla en un estudio cinematográfico italiano de los años setenta al que acude un técnico de sonido inglés requerido para sonorizar una película de terror local con ciertas similitudes a Suspiria. Argumentalmente, el film se centra en el choque de culturas que se produce entre el técnico extranjero y los profesionales italianos, formulado en unos términos demasiado tópicos y arquetípicos. Sin embargo, es en su faceta artística donde se concentran las virtudes de la película. Toby Jones está soberbio en el papel de ese ingeniero de sonido sensible y con poco carácter que acabará superado por el ambiente hostil en el que debe de desarrollar su trabajo, mientras que su acabado formal solo puede ser catalogado como magnífico, comenzando por su interesante empleo de la pista de sonido, y siguiendo por la forma en la que evoca la atmósfera y sentido estético característicos del giallo.

Este ejemplo de metacine de aires autorales encabezaría la que se revelaría a lo largo del festival como la cinematografía más en forma del momento, la británica, que prorrogaría de este modo el éxito cosechado por una de las grandes revelaciones de la pasada edición, Attack the Block. Precisamente, dentro de los ejemplares procedentes de aquellas latitudes fueron mayoría las que de forma consciente o inconsciente remitirían a la ópera prima de Joe Cornish. De todos ellos, quizás el más evidente fue Storage 24, típica producción de serie B en la que un reducido grupo de personas encerradas en un edificio de trasteros tienen que combatir la presencia de una monstruosa criatura que pretende aniquilarlos. La situación de enclaustramiento se repetiría en la galardonada Tower Block, efectivo ejercicio de estilo que sigue el catálogo de lugares comunes acuñados por este tipo de relatos, pero que falla a la hora de plasmar su pretendido discurso acerca de la especulación inmobiliaria, un tema que también sería abordado por Cockney Vs. Zombies, enésimo título surgido a la estela de la inigualable Zombies Party.

Idénticas inquietudes sociales mostraría Citadel, angustiosa producción que pone sobre la mesa el tema de la inseguridad ciudadana por medio de la odisea vivida por un agorafóbico padre viudo, excelentemente interpretado por el joven Aneurin Barnard, para recuperar a su hija de meses de un metafórico bloque de apartamentos abandonado en el que moran los niños delincuentes de la ciudad. Otra cinta de mayoría irlandesa, la simpática Grabbers, retoma por su parte el esquema de la comunidad frente a una invasión extraterrestre para realizar un paródico fresco costumbrista de la sociedad de aquel país, al tiempo que reivindica con orgullo algunas de las señas de identidad más características de su pueblo. Sirva como dato que la única forma que los lugareños tengan de repeler la amenaza alienígena que se cierne sobre la remota isla en la que transcurre la historia (en efecto, de nuevo el encierro físico) sea bebiendo tanto alcohol como les sea posible.

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Una de las escasas propuestas llegadas de “la pérfida Albión” que escaparía a los parámetros ya aludidos sería la hilarante comedia negra A Fantastic Fear of Everything, vehículo al servicio de Simon Pegg en el que destaca una interesante inventiva visual a medio camino entre la imaginería de Tim Burton y de nuestro Javier Fesser, donde el cómico inglés interpreta a un paranoico guionista en plena crisis creativa.

Los problemas de escritores para llevar a cabo su trabajo sería la base de otras dos propuestas de procedencia norteamericana, aunque de muy diferentes características. Por un lado Seven Psychopaths, desenfadado thriller coral protagonizado por un atractivo elenco en el que sobresalen los nombres de Collin Farrell, Sam Rockwell, Christopher Walken o Woody Harrelson, deudor del estilo del Guy Ritchie de Snatch, cerdos y diamantes. Y por otro, Sinister, el nuevo film de Scott Derrickson tras la apreciable El exorcismo de Emily Rose y su infravalorado remake de Ultimátum a la Tierra, saldado con unos resultados contradictorios. Entre sus aciertos se encuentran hallazgos visuales tan potentes como el perturbador plano fijo con el que se abre la cinta, la articulación de un interesante discurso en torno al poder de la imagen filmada, representada por esas bobinas de Super 8 que visiona su protagonista y que, literalmente, llegan a poseer a determinados personajes, o la creación de un nuevo icono para el género, el siniestro Mister Boogie, el cual, a poco que la taquilla acompañe, reúne todos los ingredientes para convertirse en el pilar de una nueva serie-franquicia. Sin embargo, todos estos apuntes no acaban de tener su reflejo en la auténtica valía de una cinta que solo logra el aprobado raspado en su primigenia faceta de artefacto terrorífico.

Rodrigo Gudiño, director de "The Last Will and Testament of Rosalind Leigh".

Rodrigo Gudiño, director de “The Last Will and Testament of Rosalind Leigh”.

Encuadrada de forma tangencial en la temática, Sinister sería uno de los exponentes del predominio del subgénero de fantasmas y casas encantadas dentro de la última cosecha de cine fantástico a escala mundial. Una situación que se encargarían de refrendar títulos como The Last Will and Testament of Rosalind Leigh o When the Lights When Out. Dirigido por el debutante Rodrigo Gudiño, el primero supone un ejercicio de estilo con apenas un personaje, tras el que se esconde un poco disimulado panfleto religioso. When the Lights When Out, por su parte, se basa en unos supuestos hechos reales acaecidos en su Inglaterra natal a mediados de los setenta para componer una rutinaria historia más atenta a la progresiva desestructuración de la familia protagonista y a la nostálgica recreación de la época temporal en la que se ambienta su historia que al hecho sobrenatural propiamente dicho.

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El auge de la corriente sobre fenómenos paranormales contrastaría con la escasa relevancia de los ejemplares pertenecientes al denominado cine post-apocalíptico. La que durante los últimos años se revelara como una de las vertientes más activas dentro del género, apenas dejó en esta ocasión un título para el recuerdo, The Day, coprotagonizada por Ashley Bell, actriz que vuelve a demostrar que su escalofriante interpretación en El último exorcismo no fue flor de un día, dentro de una propuesta que bebe de algunos de las más recientes e interesantes exponentes del subgénero, caso de The Road o Stake Land, de la que también comparte sus reminiscencias western. Mucho peor le fue, pese a todo, al cine zombi, que siguió con la tendencia a la baja propiciada por la sobreexplotación a la que ha sido sometido desde que se iniciara el nuevo milenio. Exceptuando a The Cabin in the Woods, cuya pertenencia es muy secundaria, ni uno solo de sus representantes logró escapar de la mediocridad reinante dentro de una temática que parece haber tocado fondo hace mucho tiempo a nivel cualitativo, ya que cuantitativamente sigue gozando de un excelente estado de salud, tal y como demostró la celebración de los ya tradicionales maratones consagrados al estilo.

Otra corriente que siguió la línea apuntada de un tiempo a esta parte fue el de las parodias genéricas, aunque en un sentido diametralmente opuesto con respecto a lo referido a propósito de la temática zombi. Tras el constante goteo en las últimas ediciones de productos de esta índole que, en no poco de los casos, contaron con el beneplácito del respetable, este año asistimos a la definitiva consolidación del estilo con The Cabin in the Woods. Coescrita por Joss Whedon junto al guionista de Monstruoso, Drew Goddard, quien asimismo se ha encargado también de dirigirla, la película en cuestión no se diferencia sobre el papel del modelo acostumbrado en esta clase de films. En esencia, su esquema pasa por la apropiación de los arquetipos de un subgénero determinado, en su caso el bodycount, para sobre ellos realizar una sátira a costa de sus más reconocidos clichés. Hasta aquí nada de especial, más allá de la comicidad que puedan desprender las situaciones descritas, si no fuera porque partiendo de tan  rutinario planteamiento sus dos ideólogos proponen una interesante deconstrucción metagenérica sobre la evidente saturación y agotamiento de los mecanismos de cierto tipo de cine de terror a causa de su sobreexplotación, que han terminado por conducir al género hacía los cauces de la previsibilidad más absoluta. Un ejemplo muy ilustrativo a este respecto se encuentra en la figura de ese par de funcionarios que, además de erigirse en uno de los principales puntales dentro de la vertiente cómica, funcionan como una especie de directores/demiurgos con la potestad de controlar los acontecimientos que se producen en la cabaña del título –lo que en realidad no deja de ser una ficción recreada dentro de otra ficción-, con el fin de que todo se desarrolle según los cauces previstos. No es pues de extrañar que, acorde a este discurso, la cinta propugne la rebelión contra el orden establecido por medio de la destrucción de las estructuras en que se apoya durante un tramo final en el que hacen acto de presencia una descontrolada legión de criaturas típicas del bestiario del género, sosias de personajes emblemáticos incluidos, en una alegórica referencia a esa imperiosa necesidad de que las nuevas propuestas terroríficas vuelen libres, ajenas a encorsetados formulismos. A fin de cuentas, ¿qué es lo peor que podría pasar? Ni que se fuera a acabar el mundo, ¿o tal vez sí?

Pero además de las derivas temáticas dominantes dentro de la producción genérica más reciente, Sitges 2012 puso de relieve otras muchas cuestiones como, por ejemplo, los formatos en auge dentro del fantástico. Superada la fiebre por la tridimensionalidad que asoló la edición del pasado año, y que doce meses más tarde parece haberse reconducido a su razón de ser original, es decir, el de servir de reclamo publicitario para grandes producciones u otras más pequeñas que carecen de mayores atractivos, su relevo fue tomado por los films que recurrieron a la mucha más económica narración en primera persona. Buena muestra de su preponderancia fue la celebración de maratones consagrados en exclusiva al denomino found footage. Y de la cantidad nacería la calidad, ya que, al contrario de lo sucedido con la temática zombi, el bombardeo de cintas de este tipo traería consigo algunos de los títulos más estimables de esta cuadragésimo quinta edición.

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Fue el caso de The Bay, incursión en el estilo de la mano de los productores de Paranormal Activity del prestigioso cineasta Barry Levinson, ganador de un Oscar por su trabajo en Rainman. Encuadrada dentro de los terrenos del terror ecológico, la cinta desgrana bajo las formas de un falso documental las diferentes etapas de la propagación de un virus en una pequeña población norteamericana, dentro de un esquema que arroja numerosos puntos en común con la magistral Tiburón de Spielberg, director con el que, no en vano, Levinson había trabajado en la década de los ochenta en la mítica El secreto de la pirámide. La amenaza de origen acuático, la pacífica y pequeña localidad inmersa en sus festejos durante los que se desatará la tragedia, o la dejadez de unos estamentos oficiales más preocupados por los intereses económicos que por el bienestar de sus ciudadanos, son algunos de los elementos vistos en la obra maestra del Rey Midas de Hollywood sobre las que su antiguo compañero compone una ácida crítica contra la política ambiental y censura informativa practicada por el gobierno de su país, y que a nivel formal destaca por su logrado realismo, gracias a la utilización de diferentes fuentes, consiguiendo alcanzar el objetivo de toda propuesta de este tipo: el hacer que lo narrado resulte a ojos del espectador totalmente verídico.

Dentro del mismo apartado se inscribiría la que resultó una de las grandes sorpresas del certamen, la española La cueva. Poco se esperaba de esta modesta producción encuadrada da dentro de la sección “Panorama” y que, contra todo pronóstico, despertó el entusiasmo de los asistentes que acudieron a la única sesión programada, gracias a su capacidad para poner a los espectadores en el lugar de los personajes. Su propuesta es bien sencilla. Simulando tratarse unas grabaciones encontradas, la segunda película de Alfredo Montero nos sumerge en las vacaciones de un grupo de amigos, cuya curiosidad les hará internarse en una apartada cueva. Lo que en un principio no es más que una pequeña aventura, poco a poco acabará por tornarse una situación limite cuando los jóvenes sean incapaces de encontrar el camino de salida y comiencen a escasear los víveres y materiales. Partiendo de esta base, Montero muestra la descomposición de la comunidad, no tanto a través del previsible choque de caracteres entre los distintos personajes como desde un punto de vista ético, lo que da pie a su director para establecer un jugoso debate: ¿es preferible sobrevivir aún a costa de ceder a nuestros instintos más primarios, o perecer si ello conlleva perder a aquellos rasgos que nos hacen humanos? Tan interesante planteamiento es secundado por un encomiable sentido de la progresión dramática, creando instantes de auténtico desasosiego en los que la película transforma sus limitaciones en virtud. Véase al respecto la angustiosa persecución a oscuras que ocupa buena parte del último acto.

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La madurez alcanzada a estas alturas por la narración en vista subjetiva quedaría demostrada por su uso como campo de experimentación en propuestas como V/H/S, film de sketches realizado por un plantel de jóvenes promesas del fantástico norteamericano independiente, caracterizado por su juego con formatos y texturas en contraste con el clasicismo de sus argumentos. Estimable aunque irregular en su conjunto, como por otra parte suele ocurrir en esta clase de productos, cabe destacar el segmento dirigido por David Bruckner, el cual se beneficia de la enigmática presencia de Hannah Fierman, actriz cuyos enormes ojos y rasgos felinos la asemejan a una especie de sosías de la homenajeada Barbara Steele. Varios de los participantes en V/H/S, caso de Ti West, Adam Wingard o el guionista Simon Barret también repetirían en The ABC’s of Death, otra de las cintas colectivas programadas por el festival. Por encima mismo de su posible entidad como obra cinematográfica, limitada en cualquiera de los casos, el que este particular alfabeto compuesto por veintiséis piezas cortas de representaciones mortuorias agrupara a jóvenes directores provenientes de prácticamente todos los rincones del mundo –entre los que se encontraba Srdjan Spasojevic, responsable de la polémica A Serbian Film-, permitió comprobar la tendencia hacia la sanguinolencia y la escatología de las nuevas generaciones de cineastas afincados entre los márgenes del género, mientras que, a un nivel más particular, demostró cómo la bizarría y el delirio han terminado por imponerse en el fantástico nipón, tras la oleada de pálidos fantasmas que trajera consigo el impacto cosechado por The Ring, franquicia de la que se pudo ver su última entrega, Sadako 3D, cuya única novedad, visto lo visto, es su anunciada utilización del sistema en relieve, nada mala por cierto.

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Tal y como viene sucediendo en las ultimas ediciones, Sitges 2012 prosiguió con la apuesta del certamen catalán por el formato documental, ofreciendo propuestas tan insólitas como la de Room 237, trabajo consagrado a desentrañar los posibles significados ocultos tras el metraje de El resplandor versión Kubrick, por medio de las más delirantes teorías. Al igual que ocurriera en el terreno de la ficción, este ámbito volvería a dar buena cuenta del proceso de revaloración en el que parece encontrarse sumido el cine de género italiano. Lo haría con dos trabajos muy diferentes entre sí en cuanto a estilos y contenidos. Haciendo honor a su título, Eurocrime! The Italian Cop and Gangsters Film That Ruled the 70’s efectúa un exhaustivo repaso a la corriente de cine policiaco realizado en el país con forma de bota desde finales de los setenta hasta comienzos de los ochenta. Puede decirse que ninguna faceta del estilo es olvidada a lo largo de más de dos horas de metraje en las que se rastrean orígenes, influencias y vertientes, al tiempo que se analizan las circunstancias sociopolíticas e industriales que alumbraron su surgimiento. Todo ello es salpimentado con los comentarios en primera persona de varios de sus protagonistas, caso de los actores John Saxon, Henry Silva, Franco Nero o Antonio Sabato, el director Mario Caiano, o el guionista Claudio Fragasso. El resultado es un documento imprescindible para la comprensión y estudio de un género que, a pesar de no disfrutar del mismo reconocimiento que otros estilos netamente trasalpinos como el giallo o el eurowestern, cuenta cada día con más adeptos en todo el mundo.

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Frente a la ortodoxia formal de Eurocrime! …, DJ XL5’s Italian Zappin’ Party propuso una experiencia interactiva de la mano del canadiense Marc Lamothe. Articulado por una selección de trailers divididos a su vez en cinco bloques temáticos, el director del Festival Internacional Films Fantasia ejerció in situ de guía por este subjetivo recorrido por la historia del cine de género italiano, a través de sus más frecuentados estilos. Definida por su propio responsable como una carta de amor a este tipo de cine, la amenidad, pasión y complicidad que desplegaría en todas y cada una de sus intervenciones harían de la sesión de DJ XL5’s Italian Zappin’ Party uno de los momentos mágicos legados por la edición de este año.

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Tampoco el cine español sería ajeno a una análoga reivindicación de su filmografía realizada durante la edad dorada de las coproducciones, si bien en su caso centrada en la figura de los característicos con Contra el tiempo, ópera prima tras las cámaras del escritor y ensayista José Manuel Serrano Cueto. Lone Fleming, Ricardo Palacios, Antonio Mayans, Charly Bravo, Mabel Escaño y Fernando García Rimada, más el fallecido Aldo Sambrell, son los veteranos actores entrevistados por el joven intérprete Antonio Mora en su búsqueda de la voz de la experiencia. Sentido homenaje hacia la figura de los eternos secundarios que poblaron nuestra producción genérica, sus vivencias, inquietudes, sueños y frustraciones en la profesión ilustran un trabajo en el que su director, acorde a su bagaje previo, se muestra más atento al lado humano de sus protagonistas que a su faceta profesional, lo que puede que defraude a aquellos aficionados que busquen los apuntes cinéfilos, pero que no resta ni un solo ápice a los muchos logros de la cinta.

Llegados aquí, toca poner el punto y final a nuestra crónica de la cuadragésimo quinta edición del Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya-Sitges. Una edición con un nivel medio más que correcto y que sirvió, un año más y como hemos visto, para tomar el pulso al cine fantástico actual, además de hacer memoria del previo. Y que dure.

José Luis Salvador Estébenez

* Fotografías de Juan Mari Ripalda.

Published in: on diciembre 28, 2012 at 2:17 pm  Dejar un comentario  
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