Más allá del terror

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Título original: Más allá del terror

Año: 1980 (España)

Director: Tomás Aznar

Productor ejecutivo: Juan Piquer Simón

Guionistas: Tomás Aznar, Miguel Lizondo, Alfredo Casado [Juan Piquer Simón]

Fotografía: Julio Bragado

Música: CAM España

Intérpretes: Francisco Sánchez Grajera (Chema), Raquel Ramírez (Lola), Emilio Siegrist (Nico), Antonio Jabalera (Jorge), Alexia Loreto (Linda), David Forrest (Andrés), Andree Van De Woestyne, Martín Kordas

Sinopsis: Un cuarteto de violentos motociclistas asalta una cafetería, dándose a la fuga con dos rehenes. Poco después ingresan por la fuerza en un chalet, matando a una anciana, quien expele antes de morir una terrible maldición. Más tarde, los jóvenes llegan a una iglesia abandonada donde se ven enfrentados a una serie de acontecimientos atroces.

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Aunque ya con anterioridad se habían producido varios títulos lindantes con la temática, caso de la naschyana Muerte de un quinqui (1975), el estreno en las navidades de 1977 de Perros callejeros daba el pistoletazo de salida oficial al denominado cine quinqui. El buen recibimiento comercial con el que fue recibido el film dirigido por José Antonio de la Loma, congregando a un total de 1.813.752 espectadores que dejaron en taquilla más de ciento setenta millones de pesetas de la época[1], propiciaría la aparición en los años siguientes de una auténtica oleada de películas de similares características. Por regla general, las historias de este tipo de cintas giraban en torno a jóvenes delincuentes procedentes de barrios marginales de las grandes urbes y las actividades delictivas que llevaban a cabo, ofreciendo un fresco de la cambiante sociedad española de finales de los setenta, donde uno de los temas más recurrentes era el impacto de la droga en la juventud. Para protagonizarlas, se recurrió de forma habitual a auténticos delincuentes reales que en muchos de los casos interpretaban su propia historia en la pantalla, lo que a la larga derivaría en la creación de una suerte de star-system propio que tendría en José Luis Manzano, José Luis Fernandez “Pirri” o Ángel Fernández Franco “El Torete” algunos de sus nombres más representativos.

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En vista de la popularidad de la que gozaba el subgénero, y repitiendo una jugada similar a la efectuada en pleno auge del cine “S” con Escalofrío (1978), Juan Piquer Simón pergeñaría una modesta producción con la que sacar tajada de la moda del momento fusionándola con el cine de terror, en un momento en el que la producción de este tipo de películas se encontraba en franca decadencia en nuestro país[2]. Nacía así Más allá del terror (1980), cinta en la que el valenciano, bajo su habitual seudónimo de Alfredo Casado, asumiría las labores de coguionista y productor ejecutivo, recayendo la realización en manos de su paisano Tomás Aznar, viejo conocido de Piquer en cuyo currículo figuraba uno de los primeros éxitos del cine de destape, El libro de buen amor (1975), según el original literario del Arcipreste de Hita, reputada fuente que permitió a la película burlar la férrea censura de la época.

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Dividida en dos mitades que a su vez remiten a cada uno de los géneros en los que se inscribe, el argumento de Más allá del terror nos sitúa tras los delictivos pasos de una pandilla formada por cuatro jóvenes drogadictos, tres chicos y una chica, sin ningún tipo de reparos ni respeto por la vida ajena, dentro de un retrato que tanto por su violento modus operandi como por las levemente apuntadas inquietudes filosóficas de algún integrante del grupo, se muestra más cercano al espíritu de Alex y sus drugos de la magistral La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1972) de Stanley Kubrick, que a los típicos chorizos barriobajeros que poblaban el cine quinqui. Es en este primer bloque en el que se agrupan los peores momentos de la cinta, y por los que guarda tan mala fama entre los aficionados al género, con unos diálogos francamente bochornosos, y una colección de situaciones a cada cual más disparatada. Sirva de ejemplo uno de los hechos que a la postre tendrá una importancia crucial en el devenir de la historia, el del asesinato de la anciana satanista y su nieto a manos del grupo de delincuentes, tras prender fuego a su residencia después de haberla asaltado como medida preventiva para “borrar pistas” de sus fechorías.

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Sin embargo, y si uno tiene la suficiente paciencia como para no levantarse del sillón y dejar la película a medias, algo que se hace francamente cuesta arriba ante tanta estupidez acumulada, una vez da inicio la segunda mitad del metraje coincidiendo con la aparición del elemento fantástico en su trama, ésta no deja de ofrecer ideas y momentos a cada cual más atractivos, a pesar de que en muchos de ellos no logre desquitarse de la mayoría de vergonzantes tics acuñados en su primera parte, fruto de una nada disimulada intención de llamar la atención por medio del escándalo. Así tenemos esa iglesia abandona en mitad de ninguna parte a la que va a parar la banda de malhechores en su huida, una especie de antesala al infierno situada en otra dimensión de la que por mucho que lo intenten no podrán escapar; ese lienzo en el que los rostros de sus personajes van mutando en calavera a medida que los miembros del grupo van siendo eliminados; o esos monjes espectrales que custodian un tesoro visigodo formado por unas coronas de oro[3], que tanto en su concepción como en su presencia no son sino una variante de los inmortales Templarios creados por Amando de Ossorio.

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Y es que, siendo objetivos, la película es de una mediocridad que asusta. Tanto es así que no es exagerado el afirmar que ninguno de sus apartados técnicos ni artísticos, es decir, ni guion, ni realización, ni banda sonora, ni mucho menos las interpretaciones de un elenco actoral formado en su práctica totalidad por actores de escaso bagaje, cumplen con lo que sería mínimamente exigible en una producción seria. Pero el caso es que, siendo sinceros, la cinta destila cierto encanto inexplicable que hace que, debido a algunas de las (escasas) virtudes que entre tanto despropósito afloran de vez en cuando, su visionado llegue a convertirse en uno de esos placeres culpables a los que tan dados somos los cinéfagos desprejuiciados. 

José Luis Salvador Estébenez

[1] Información extraída de la Web oficial del Ministerio de Cultura.

[2] Sirva como dato que en el año de producción de la película, 1980, tan solo se estrenaron ocho films de género fantástico nacionales, lo que contrasta con las más de dos decenas de siete años antes.

[3] A modo de curiosidad, es de destacar que otra película fantástica de aquellos años coproducida por España, si bien más esquinada hacia el cine de aventuras, El tesoro de las cuatro coronas / Il tesoro delle 4 corone / Treasure of the Four Crowns (1983) de Ferdinando Baldi, guardaba cierto paralelismo argumental con este detalle.

Published in: on septiembre 6, 2013 at 6:39 am  Dejar un comentario  

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