Mandinga. Ultraje a una raza

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Título original: Mandinga

Año: 1976 (Italia)

Director: Mario Pinzauti

Guionista: Tecla Romanelli

Fotografía: Maurizio Centini

Música: Marcello Giombini

Intérpretes: Antonio Gismondo (Clarence Hunter), Serafino Profumo (Richard Hunter), Maria Rosaria Riuzzi (Mary Foster), Paola D’Egidio (Rhonda), Calogero Caruana (Spencer), Cesare Di Vito (Reverendo Foster), Jacqueline Luce, Monica Nickel [acreditada como Kristina Nichel] (Eliza Foster), Arnold Grostram…

Sinopsis: En Luisiana, en la era anterior a la Guerra Civil Estadounidense, el viudo Richard Hunter se entretiene vejando y violando a las esclavas que trabajan en su plantación de algodón. Con la visita de Rhonda,  sobrina de quien fuera esposa del terrateniente,  surge una atracción entre ambos, basada en lo similar de sus gustos sexuales, y los dos se convierten en amantes aunque él se niega a contraer matrimonio con la muchacha. Veinte años más tarde, Clarence Hunter, hijo de Richard, vuelve de Inglaterra, donde estaba cursando estudios. Cansada de su vida con Richard, la ambiciosa Rhonda desea ahora casarse con Clarence, pero éste muestra más interés por Mary Foster, hija de un reverendo.  Tanto el azar como la perfidia de Rhonda darán lugar a violentas consecuencias.

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A mediados de los años setenta, que es cuando se realizó este inefable Mandinga, el notorio mimetismo del cine italiano de géneros no había llegado a la extremidad de los títulos plagiados que tanto iban a prodigarse a lo largo de la siguiente década, justo antes de la cual, en 1979, se estrenaba el film de Lucio Fulci  Nueva York bajo el terror de los zombi, cuyo título original, Zombi 2, sugería engañosamente una continuidad con el Zombi de George A. Romero. De este ejemplo tomarían nota más tarde no pocos productores y distribuidores nacionales, como por ejemplo los responsables de aquel espurio Alien 2 de Ciro Ippolito, o de la larga serie de films con el título italiano de La casa, pues éste era el nombre con el que  Posesión infernal de Sam Raimi se estrenó en el país transalpino (1).

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Con anterioridad a ello podemos hallar algunos antecedentes, aunque esporádicos y menos osados, de esta política del descaro, como la serie de films sobre Emanuelle – escrita con una sola eme para esquivar posibles litigios – así como el film que nos ocupa ahora. Una vez más, basta tan sólo una levísima variante ortográfica para diferenciar mínimamente el producto propio del ajeno, en este caso, claro está, el Mandingo (1975) de Richard Fleischer, del que el film de Pinzauti remeda la premisa básica de combinar sexo, sadismo y desafuero dentro del marco que supone el sur de Estados Unidos antes de la Guerra de Secesión, con sus plantaciones y sus esclavos. También procedente del modelo fleischeriano es el recurso argumental de hacer que una mujer blanca alumbre a un niño negro, con las consecuencias que cabe suponer.

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En sus inicios, Mandinga iba a ser una coproducción entre la francesa Eurociné y la italiana SEFI Cinematografica, confiada nada menos que a  Jesús Franco y con un reparto encabezado por William Berger, Lina Romay, Ramón Ardid y Beni Cardoso (suponemos que ésta última en el papel que acabaría interpretando Paola D’Egidio). El rodaje se inició en Montpellier en noviembre de 1975 pero se vio interrumpido por unos avatares que no resultan claros. Parece ser que Franco, ya iniciado el rodaje, abandonó el mismo para obtener más dinero de los italianos, dejando atrás a los técnicos y actores en un hotel. Pasadas dos semanas, Franco no aparecía y la dirección del hotel llegó a llamar a la policía con la intención de presentar denuncia contra el cineasta. Todo se resolvió al final con la intervención de una persona ajena al proyecto, el productor suizo Erwin C. Dietrich, con el cual Franco estaba asociado por aquel entonces, y que zanjó el problema pagando la factura del hotel. Entre todo este ajetreo, el film quedó inconcluso.

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El año siguiente, la SEFI (Società Europea Films Internazionali) – que habría sido responsable de la debacle anterior – resucitó el proyecto empezando desde cero (o sea, sin emplear nada de lo rodado por Franco) y asumiendo por entero la producción. El segundo y definitivo Mandinga corrió a cargo del director Mario Pinzauti y se rodó consecutivamente con Emanuelle blanca y negra (2), compartiendo ambos films la misma temática y director, junto con varios miembros del equipo técnico y artístico. De los dos films, Emanuelle blanca y negra  muestra un nivel de producción comparativamente más alto y tiene en Malisa Longo a una actriz de cierta fama. Puesto que en estos dobles rodajes era común que una de las dos películas gozase de más fuste industrial, se tiene la impresión de que Mandinga quedó relegada a la condición de subproducto del otro film.

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De hecho, los partícipes de Mandinga (con la salvedad del compositor Mario Giombini y acaso el director de fotografía Maurizio Centini, habitual en la filmografía de Alberto Cavallone) no resultan muy conocidos incluso para los frecuentadores de la serie B italiana. Casi todos ellos tienen filmografías muy breves, amén de concentradas preferentemente en el tercio central de los años setenta, lo que representa precisamente el momento en el que el cine de géneros europeo iniciaba su declive. Por lo que respecta al director, el puñado escaso de films eróticos, policíacos o del oeste realizados por Mario Pinzauti, romano nacido en 1930, no constituye más que una etapa entre otras de la vida de este maestro de tiro y prolífico autor de bolsilibros, a quien aguardaba un futuro de perito balístico en los tribunales italianos. En cuanto a los actores (incluyendo a Serafino Profumo, el más convincente del reparto), varios de ellos circunscribieron su escasa labor cinematográfica a la producción erótica  de aquellos años, sobre todo la proveniente de la misma SEFI. También se puede hablar de Calogero Caruana (que incorpora al capataz de la plantación), cuya carrera se inició en el Spaghetti Western de las postrimerías del género, cuando éste (salvo en su vertiente cómica) se concretaba cada vez más en producciones muy modestas y de rodaje enteramente romano. Y finalmente, el que el papel clave del Reverendo Foster se confiara a un humildísimo “genérico” como Cesare Di Vito (generalmente visto en papeles breves, como el locutor del telediario en Apocalipsis caníbal de Bruno Mattei) no sólo arroja malos resultados sino que pone de relieve la modestia que caracteriza a toda la empresa.

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Respecto al guión firmado por Tecla Romanelli, su línea argumental coincide con lo poco que se sabe del relato que iba a filmar Franco. El asunto trata de dos generaciones de terratenientes y las muchas disputas amorosas y patrimoniales que surgen en un supuesto Profundo Sur “antebellum” donde abundan más las palmeras que los esclavos, mientras que éstos, a su vez, superan ampliamente en número a las personas libres, todo dentro de un espacio cinematográfico claramente poco poblado (no hay más que ver, por ejemplo, a la mísera feligresía que logra reunir el reverendo o el práctico confinamiento de la acción a la plantación de los Hunter, sin que parezca existir un municipio o unas autoridades). Y entre intrigas y discusiones, Pinzauti nos obsequia cada dos por tres con los obsesivos azotes que deben padecer unos esclavos de infinita resiliencia (“estos negros son resistentes” dice alguien), lo que, por acumulación, acaba por resultar más risible que otra cosa. A las flagelaciones se suman los juegos sexuales practicados por los amos y amas a expensas de su corpus de esclavos (Comentario de amo a esclava: “Tú has nacido para enderezar las cosas”). Para dar más variedad, a veces los encuentros sexuales y/o violentos se dan entre los mismos blancos, como cuando el personaje de Rhonda (interpretada con las dosis adecuadas de maldad y lascivia por Paola D’Egidio) se somete a una sesión de latigazos sado-maso en manos de Hunter padre.

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Aunque se ha llegado a decir que el film carece de argumento hasta sus últimos quince minutos, es más lícito hablar de carencia de ritmo en todo lo anterior a dichas escenas finales, ciertamente dotadas de más animación aunque resulte casi cómica su rápida sucesión de muertes, persecuciones e importantes revelaciones. Es más, pese a la fúnebre lentitud  con que se desarrolla la mayor parte del metraje, los giros y meandros argumentales de la historia habrían encontrado mejor acomodo y mayores respiraderos a lo largo de una temporada entera de algún serial televisivo, donde potencialmente habrían cobrado más sentido los caprichosos cambios de parecer e incluso de carácter moral en ciertos personajes.

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Igual de caprichosa y descuidada es la cronología de la acción, que abarcaría el período entre 1840 y 1860, por ser éste último el año que figura en algún material publicitario y por las ocasionales referencias a una posible e inminente guerra (pues el conflicto, efectivamente, comenzó en 1861). Lo que resulta llamativo es el súbito salto temporal de veinte años que tiene lugar tras el primer tercio del metraje, lo que podríamos llamar el primer acto. Resulta difícil apercibirse inmediatamente de dicho salto debido a la despreocupación con que es presentado, a resultas de un montaje inadecuado. No se emplea siquiera algo tan sencillo como el fundido en negro, y eso que se recurre al mismo en momentos donde está menos justificado. Por otra parte, aunque Serafino Profumo se quite el peluquín de sus escenas precedentes y acabe luciendo canas en el bigote y las sienes, no resulta del todo clara la edad que se supone que tienen los personajes en una u otra etapa del guión. Rhonda, presumiblemente, tendría al principio unos veinte años para luego envejecer hasta los cuarenta, mientras que Clarence, a juzgar por ciertos diálogos, sería de la misma edad o mayor, aunque esto no sea congruente con la apariencia del actor Antonio Gismondo. Incluso se cae en una aparente contradicción sobre el tema, ya que a comienzos de la historia, cuando una Rhonda ya adulta (“ya soy mayor de edad”) llega desde Inglaterra, la mujer comenta que  “Clarence está muy bien”, como si le hubiese visto recientemente; unos veinticinco minutos cinematográficos más tarde, Clarence y Rhonda se encuentran por primera vez en dos décadas, dando lugar a que él diga: “¿Cómo habría podido olvidar a mi prima, a mi única compañera de juegos? Claro que entonces eras una niña”.

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En todo caso, no podemos hablar de ausencia de argumento aunque sí de un argumento mal organizado, un tanto confuso y no siempre coherente. También parece que falten escenas, aunque cierto es que en alguna parte de este film de menos de noventa minutos había que meter las múltiples secuencias de sexo, violencia, depravación  y abuso de los derechos humanos. A fin de cuentas, era eso lo que realmente importaba.

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Y como justificación de tales excesos, no faltan en el guión las menesterosas homilías sobre lo feo que está eso de tener esclavos. Y es aquí donde cabe sacar a colación el Mandingo de Fleischer, cuyo posicionamiento antiesclavista, surgido del interior del discurso fílmico, habla por sí solo y sin recurso a las consabidas verbalizaciones.  En cambio, el Mandinga de Pinzauti, con todas sus arengas antiesclavistas, reduce a los pobres esclavos a meras figuras de fondo, prácticamente sin entidad y, en la mayoría de los casos, sin siquiera mucho dialogo. En este aspecto, Mandinga (Ultraje a una raza) no sólo es inferior al modelo fleischeriano sino incluso al film para el que sirvió de complemento durante el rodaje, Emanuelle blanca y negra, aún cuando ésta, visto como mero entretenimiento, resulta más tediosa.

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Puede que parte del problema residiera en los obstáculos que pudieran habido encontrar unos cineastas italianos a la hora de buscar actores e incluso figurantes adecuados para representar a los esclavos. Los intérpretes auténticamente negros que, en Emanuelle blanca y negra, incorporan papeles importantes no están presentes, por el motivo que sea, en Mandinga. Es por ello que Pinzauti debe conformarse con un grupo limitado de personas de genuino origen subsahariano a los que se suman, muy a la desesperada, unos extras de distinta procedencia (acaso magrebíes), cuyas cabezas aparecen grotescamente tocadas con descomunales pelucones afro, acaso procedentes de algún montaje romano del musical Hair.

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Mala película y ni siquiera especialmente amena, Mandinga resulta al menos levemente preferible a Emanuelle blanca y negra, entre otras cosas porque la música de Giombini (sobre todo el tema elegíaco que aparece por primera vez con la llegada de Clarence a Luisiana) es superior a la compuesta por Roberto Pregadio para la otra película, por mucho que ésta se hubiera planteado con más ambición.

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Por último, hay que comentar que la precedente reseña está basada en las versiones del film en español y en inglés. Desconozco la versión italiana, aunque cabe presumir que es excelente (a los italianos no les ganaba nadie en eso del doblaje) y que sus voces pertenecen a un reparto distinto del que vemos en pantalla. La versión en inglés fue realizada por Doppiaggio Internazionale (recordemos que los doblajes al inglés de muchos films italianos corrían habitualmente a cargo de actores anglófonos residentes en Roma) y es execrable, hasta el punto de ralentizar un film ya de por sí muy lento. El actor que dobla al personaje de Clarence (educado, no lo olvidemos, en Inglaterra) habla en un ridículo acento británico a lo Ian Carmichael, confiriéndole al personaje un aura de asexualidad que francamente niegan las imágenes. Como curiosidad, la traducción al inglés hace de Rhonda la prima, que no la sobrina, de la esposa difunta de Richard, y corrige las contradicciones ya señaladas sobre la edad de los personajes. Lo más probable es que la traducción española, como era costumbre, se hiciera a partir del texto italiano y que sea más fiel al original. En todo caso, el doblaje español, es harto preferible a la banda sonora en inglés y, a juzgar por la presencia vocal de Carlos Revilla, es obra de los estudios Tecnison de Madrid. Rhonda, por cierto, tiene la voz de la malograda María Massip, a quien los seguidores de la serie Historias para no dormir recordarán por su personaje en el relato La alarma.

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(1) Tres films italianos de la productora Filmirage de Joe D’Amato/Aristide Massaccesi, incluyendo Ghosthouse de Umberto Lenzi, se estrenaron en su país como supuestas secuelas de Posesión infernal. Las películas americanas House 2, aún más alucinante y House 3 fueron rebautizadas del mismo modo para su distribución italiana.

(2) Aunque varias fuentes y el poster español del film lo identifican como Emmanuelle blanca y negra (con el nombre escrito con dos emes, en consonancia con el original italiano), se ha optado aquí por reproducir la ortografía de la portada española.

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