Mi nombre es Shangai Joe

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Título original: Il mio nome è Shangai Joe

Año: 1973 (Italia)

Director: Mario Caiano

Productores: Renato Angiolini, Roberto Bessi

Guionistas: Carlo Alberto Alfieri, Mario Caiano, Fabrizio Trifone Trecca

Fotografía: Guglielmo Mancori

Música: Bruno Nicolai

Intérpretes: Chen Lee (Shangai Joe/Chin Hao), Klaus Kinski (Jack, el cazador de cabelleras), Gordon Mitchell (Sam, el enterrador), Robert Hundar [Claudio Undari] (Pedro, el caníbal), Carla Mancini (Conchita), Giacomo Rossi-Stuart (Tricky, el jugador), Piero Lulli (Stanley Spencer), Katsutoshi Mikuriya (Mikuja), Carla Romanelli (Cristina), George Wang (Yang), Federico Boido (Slim), Andrea Aureli (Sheriff), Giorgio Bixio, Lars Bloch, Aldo Cecconi (Racistas), Dante Cleri (Manuel, Barman), Umberto D’Orsi (Jugador de póker), Alfonso de la Vega (Craig), Roberto Dell’Acqua (Smitty), Raniero Dorascenzi, Lorenzo Fineschi (Cowboys), Tito García (Jesús), Veriano Ginesi (Blacksmith), Luigi Antonio Guerra, Enrico Marciani (Amigos de Spencer), Dante Maggio (Doctor), Osiride Pevarello, Claudio Ruffini, Giovanni Sabbatini (Anciano), Francisco Sanz (Padre de Cristina), Angelo Susani (Conductor de la diligencia), Sergio Testori, Pietro Torrisi, Franco Ukmar…

Sinopsis: Chin Hao, un ingenuo inmigrante chino recientemente llegado a América con la intención de convertirse en cowboy, se encuentra sin proponérselo luchando por la liberación de unos peones mexicanos de manos de su brutal amo; éste, harto de que Shangai Joe (como ya se le conoce a lo largo de la frontera) se entrometa en sus turbios negocios, decide ponerle precio a su cabeza.

#13

Señal inequívoca de la inevitable decadencia que a mediados de los 70 acusaban dos de las corrientes más exitosas de entender el cine popular de la década anterior, el terror y el fantástico de la Hammer y el spaghetti western, fue su momentánea y oportunista propensión hacia la confección de cócteles genéricos que incluyeran – de uno u otro modo – las artes marciales tan en boga por aquella época en los cines de barrio de todo occidente, coyuntura ésta a la que tampoco debió de ser ajena la desmedida popularidad alcanzada entonces por la producción televisiva Kung fu (1972-1975)pionera en eso de mezclar filosofía oriental, cabriolas tai-chi y aventuras en el oeste americano.

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De esta manera, y en un breve período de tiempo de apenas dos años (curiosamente coincidentes con las temporadas en las que la serie protagonizada por David Carradine estuvo en antena), podemos encontrarnos con algunos no demasiado distinguidos ejemplos de esta tendencia. Así, y del mismo año de Shangai Joe, son las poco recordadas hoy en día La ley del kárate en el oeste (Storia de karatè, pugni e fagioli) y Kung fu nel pazzo west, ambas enfocando la inclusión del elemento oriental desde un plano secundario y de manera abiertamente caricaturesca.

#12

Al año siguiente se rodaba, inclinando también la balanza hacia la astracanada, la simpática producción hispano-italo-hongkonesa El kárate, el colt y el impostor, protagonizada por Lee Van Cleef y la estrella de la Shaw Brothers Lo Lieh. Precisamente, y sólo en 1974,  la británica Hammer también coprodujo con la mítica compañía hongkonesa Kung fú y los siete vampiros de oro (Seven Golden Vampires) y el thriller Acorralado en Hong Kong (Shatter), contando en ambos títulos con Peter Cushing; incluso la blaxploitation se vio alcanzada en esa mismas fechas por la mixtura de géneros con el estreno de Cinturón negro (Black Belt Jones, 1974) dirigida por Robert Clouse y estelarizada por Jim Kelly, respectivamente director y co-protagonista de Operación dragón (Enter the dragon, 1973). Mención aparte (por lo desafortunado de la parodia y el desperdicio de talento de los implicados) merece el film de Sergio Corbucci El blanco, el amarillo y el negro (Il bianco, il giallo, il nero, 1975), en el que el cubano Tomas Milian interpreta a un samurai japonés con una caracterización (in)digna del más cutre disfraz del peor carnaval de barrio.

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A pesar de contar habitualmente con personal oriental tanto delante como detrás de las cámaras, la mayoría de estas producciones solían abordar tanto la filosofía de las artes marciales como la ejecución de las mismas de un modo superficial, demasiado estereotipado y casi siempre filtrado según la óptica y los gustos occidentales. Por eso sorprende divisar en esta Shangai Joe (producción cien por cien italiana, no lo olvidemos) no sólo un mínimo entendimiento de la técnica, forma y estilo del cine de acción que nos llegaba por entonces de la antigua colonia británica, si no también bastante ingenio a la hora de manufacturar una amalgama coherente entre éste y las constantes del western mediterráneo, demostrando de paso que ambos géneros están mucho más cerca, tanto ética como estéticamente, de lo que a primera vista pudiera parecer.

#9

Y si bien lo más lógico, aparte de menos arriesgado económicamente, hubiera sido buscar un acercamiento paródico tanto en la narración como en la manera de enfocar las coreografías (justamente en sus primeros compases ésa parece ser la senda que va a tomar el film), sumando a la moda oriental el relativamente reciente éxito de las películas de Trinidad (con lo que supusieron de momentánea revitalización del subgénero), el film que nos ocupa abraza finalmente un tono y temas más serios como el racismo, el conflicto en la frontera mexicana y la impune explotación de los más oprimidos (con caza al peón mexicano incluida, igualito que en el Django de Corbucci) con una consiguiente aproximación a la violencia – tan espectacular y sangrienta como imaginativa – que por su brutalidad la alejan ya de forma definitiva de cualquier tentativa de desviar el film hacia caminos más cómicos y/o ligeros, por mucho que a veces bordee los límites de lo extravagante – o, directamente, bizarro – como sucede en la escena del enfrentamiento con el toro, recreado años después en ese clásico de la psicotronía, y paradigma de la bruceexploitation, que es Duelo del dragón y el tigre (Challenge of the tiger, 1980).

#3

En cuanto a su construcción narrativa, y a partir del mismo instante en que el chino ve como se le pone precio a su cabeza, se cambia a una ágil estructura episódica marcada por los variados y pintorescos cazarrecompensas (un caníbal, un enterrador, un jugador de cartas, un coleccionista de cabelleras…) con los que Chin Hao tendrá que verse las caras, prácticamente en una transposición a la inversa del argumento principal de Kill Bill, de Quentin Tarantino: y si ya el director americano declaró haberse inspirado en Django para la infame escena de la oreja de Reservoir dogs, aquí no es difícil imaginarse al realizador de Pulp fiction tomando buena nota de cierto momento (cuyo colofón es una salvaje extracción ocular en vivo) para resolver el enfrentamiento en la segunda entrega de su celebrado y hemoglobínico díptico entre La novia (Uma Thurman) y Elle Driver (Daryl Hannah).

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Tampoco estaría de más hacer notar el elemento común de la recuperación (ya sea mediante entrenamiento, curación o ambas) del protagonista cuando en un momento dado se le ha dado prácticamente por muerto, una figura muy querida ésta (la del héroe que renace de sus propias cenizas) tanto en el western clásico (p.e. El rostro impenetrable), el spaghetti (Por un puñado de dólares… y la Trilogía del Dólar en general), como en el soja-western, tan vinculado desde siempre a espadachines y luchadores mancos, así como a todo tipo de guerreros discapacitados. Lamentablemente el film tiene la insalvable rémora de contar con el ignoto Chen Lee como protagonista, intérprete absolutamente falto de carisma e irritantemente inexpresivo, cuya evidente falta de talento se vio “recompensada” con una minúscula carrera posterior en el cine en la que apenas podemos rastrear un papelito en Questa volta te faccio ricco!, cinta de acción del 74 responsabilidad del director de Sabata, Gianfranco Parolini.

#4

Por fortuna, entre sus adversarios nos podemos encontrar con una variopinta y numerosa galería de intérpretes, que se convierte casi en un ¿Quién es quién? del cine de género europeo de los 60 y 70. Junto al ubicuo Kinski es de justicia nombrar a Piero Lulli, Giacomo Rossi-Stuart (ambos presentes en la Operazione Paura de Mario Bava), el intérprete fetiche de Joaquín Romero Marchent Robert Hundar, además de Gordon Mitchell, actor que tras comenzar trabajando de extra en films tan importantes como Río Bravo o Los diez mandamientos fue importado desde los USA a principios de los sesenta para participar en los entonces populares péplum, convirtiéndose posteriormente en una de las pocas figuras que, gracias a su peculiar fisonomía, consiguió hacerse también un hueco en, entre otros géneros genuinamente europeos, el spaghetti western.

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Culminada por un alucinante duelo en el que se dan la mano el gore y los saltos más imposibles y típicos (con cable, por supuesto) del cine de acción de Hong Kong, finalmente acaba prevaleciendo la sensación de estar ante un título inexplicablemente minusvalorado (cuando no directamente despreciado) por los más puristas y críticos especialistas del western mediterráneo, seguramente a causa de su confusa fachada de oportunista, injustificado y bastardo híbrido genérico. Es obvio que Mi nombre es Shangai Joe sólo pudo existir, ser concebida y realizada en pleno ocaso del género al que por derecho propio pertenece, pero eso no debe impedirnos ser conscientes del hecho de que es un producto lo suficientemente original, bien realizado, divertido y, de alguna manera, precursor de un tipo de cine que gozaría de mayor fortuna en décadas posteriores, como para que merezca tener mejor consideración de la que actualmente posee.

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A pesar de su ninguneo actual, la película cosechó el suficiente éxito en su día como para que se rodara una secuela dos años después, Che botte ragazzi!/Il retorno di Shangai Joe, en la cual se sustituía al desconocido y falto de carisma Chen Lee por el aún más anodino Cheen Lie (¿¡!?). Esta vez Klaus Kinski pasaba a erigirse en el megavillano absoluto de la función, y ya claramente se apuesta por la comedia potenciando los elementos picarescos de la trama, dándole una pátina más de slapstick a las peleas y adjudicándole además al personaje de Shangai Joe un entrado en carnes y barbudo compañero, en un poco disimulado intento de emular la dinámica (y por ende, el éxito) de los films de la pareja Bud Spencer-Terence Hill.

José Manuel Romero Moreno

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