Il grande silenzio / Le grand silence [dvd: El gran silencio]

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Título original: Il grande silenzio/ Le grand silence

Año: 1968 (Italia, Francia)

Director: Sergio Corbucci

Productor: Alberto Marras

Guionistas: Mario Armendola, Bruno Corbucci, Sergio Corbucci, Vittoriano Petrilli

Fotografía: Silvano Ippoliti

Música: Ennio Morricone

Intérpretes: Jean-Louis Trintignant (Silencio), Klaus Kinski (Tigrero/Loco), Frank Wolff (Sheriff Burnett), Luigi Pistilli (Pollicut), Vonetta McGee (Pauline), Mario Brega (Martin), Carlo D’Angelo (Gobernador)…

Sinopsis: Una mujer cuyo marido ha sido asesinado por un despiadado cazador de recompensas busca venganza contratando a un pistolero mudo, llamado Silencio.

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Sin ánimo de entrar en el espinoso terreno de las siempre absurdas comparaciones, o de realizar clasificaciones que – si bien pudieran resultar curiosas – no acaban llevando a ninguna parte, cabría preguntarse sin embargo si una figura de tanto peso dentro del eurowestern como Sergio Corbucci no está a día de hoy injustamente minusvalorada, o al menos algo ensombrecida, a causa de Sergio Leone y la imbatible difusión de su magnífico y deslumbrante corpus cinematográfico.

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Y es que aunque no cabe duda de que el director de Por un puñado de dólares dio el pistoletazo de salida en lo que se refiere a la popularización del género a nivel global, con la consiguiente explotación de las reconocibles características que diferenciaron y proporcionaron colosal éxito al título protagonizado por Clint Eastwood, también se olvida demasiado fácilmente que Corbucci empezó cultivando el western ya antes de este citado boom (quedando de esta manera en un terreno intermedio entre los pioneros continentales, como Joaquín L. Romero Marchent en España o Harald Reinl en Alemania, y la pléyade de directores italianos que se apuntaron al carro más tarde), y que además su inclinación, referencias y conocimientos del salvaje Oeste, tal y como era representado en el Hollywood clásico, parecen poseer más fundamento y ser más de primera mano que los del propio Leone.

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Y es que si bien éste último halló su particular estilo gracias a la transposición del tempo y rituales del cine oriental a las constantes, temáticas y personajes del western – mezclado todo ello con cierto sentido de la picaresca mediterránea –, el director de Salario para matar por su parte bebe directamente de estas fuentes tradicionales anteriormente citadas siempre con ánimo actualizador (sobre todo en lo referente al uso de la violencia y a un estilo más enérgico a la hora de rodar las secuencias de acción que sus predecesores), pero jamás con intenciones posmodernas, revisionistas y/o paródicas… al menos no en esta su primera etapa.

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Sin ir más lejos, en Minnesota Clay (rodada el mismo año que Por un puñado de dólares) Corbucci demuestra estar más cerca tanto dramática, narrativa y formalmente de realizadores americanos que desarrollaron el grueso de su filmografía a lo largo de la década anterior, como pudieran ser los casos de Budd Boetticher, Anthony Mann o Delmer Daves, que de lo que filmaban sus compatriotas por aquellas mismas fechas; y si bien apenas un par de años más tarde se vio obligado a “claudicar” y seguir la senda iniciada por Leone con la realización de su ya mítica Django (revisitación en clave casi gótica de Por un puñado de dólares), no sólo consiguió a continuación redefinir y revitalizar el marco del género, tanto o más que el otro Sergio en su momento, si no que paradójicamente su éxito no tuvo como consecuencia directa que sus siguientes aproximaciones al universo del Oeste – las soberbias Navajo Joe (1966) y Los despiadados (1967)- perdieran un ápice de este inconfundible aliento clásico.

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Cineasta como vemos capacitado tanto para la briosa reformulación de los códigos del clasicismo como para estimular el desarrollo de esa estética impuesta por sus compañeros de generación, su profundo entendimiento de las reglas del género daría como fruto seguidamente la que es su obra más personal, El gran silencio: corrosivo resumen de todo lo que había dado de sí el subgénero hasta el momento a la vez que meláncolica desmitificación y renovación de unos contenidos que, a tan sólo 4 años del boom, resultaban ya excesivamente trillados.

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Por un lado, Corbucci se sirve de una serie de elementos inconfundibles y cosustanciales al spaghetti (la música de Morricone, la subtrama vengativa, el humor negro, los flashbacks, así como el empleo de intérpretes característicos como Kinski, Wolff, Pistilli o Brega) con la clara intención de asentar un territorio firme y reconocible sobre el que después poder experimentar libremente. Por otro lado, y con el firme propósito de salirse de toda norma, se introducen el suficiente número de elementos discordantes como para, a partir  de su mismo comienzo, percatarnos de la férrea voluntad del director romano de ofrecernos un producto diferente y original.

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Desde la extrañeza de encontrarnos de entrada con unos paisajes cubiertos de nieve (elección de la que el film se beneficia tanto estética como argumentalmente, al ser este fenómeno meteorológico de vital importancia dentro de la trama), no se tienen reparos en ir sembrando el metraje de detalles que desafían, cuando no directamente atacan, los tópicos con los que se habían ido manejando “esa panda de hijos de puta”, como tan tajantemente calificó Leone a aquellos que se habían aprovechado del éxito de su primer western.

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Ya desde la elección tipológica del protagonista, un pistolero al que le han cortado las cuerdas vocales (a su vez cazador de cazadores de recompensas, para mayor retorcimiento del arquetipo) y que es incapaz por lo tanto de articular palabra, rasgo distintivo que aunque se le atribuye a Jean-Louis Trintignant (corre el rumor de que impuso esta característica a su personaje para ahorrarse la tarea de tener que aprender diálogo alguno), tiene más lógica que simplemente respondiera a una pulla de su director y guionista hacia el antihéroe lacónico inmortalizado por Eastwood & cía., llevando su parquedad de palabra hasta el extremo puramente físico; lo que no por casualidad, por cierto, entronca este film con el Cameron Mitchell de Minnesota Clay: pistolero también incapacitado, esta vez con graves problemas de visión.

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En lo que respecta a Silencio, y aunque la interpretación del siempre impecable Trintignant es más que correcta, si acaso se le pueda achacar algo de desgana o desinterés en la manera en como afronta su personaje y, desde esta perspectiva, no es de extrañar que ésta fuera la única intervención del intérprete francés dentro del género, forzada quizás más por la participación de Francia en la producción (como ocurriría al año siguiente con el caso de Johnny Hallyday y El especialista), que por un interés real de Corbucci por contar con el astro galo en su film. De todas maneras, y teniendo en cuenta el handicap que supone encarnar a un mudo, el personaje del vengador silente funciona estupendamente – eso sí – más como perfecto catalizador del resto de (mejor desarrollados y más humanos) caracteres que como una entidad con personalidad propia en sí misma.

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En cuanto al apunte racial representado por el principal personaje femenino, Corbucci ya había dado anteriormente muestras de querer desmarcarse del resto en este sentido, otorgando el absoluto protagonismo a un personaje indio en Navajo Joe, lamentablemente interpretado por un bastante primerizo e inexperto Burt Reynolds: quizás por la poca posibilidad de poder disponer de actores o extras de color en Italia y España se optó desde el principio, y salvo excepciones, por ofrecer a la audiencia una visión del oeste fronteriza y mexicanizada, dada la mayor facilidad a la hora de poder hallar entre nuestro paisanaje a personalidades que se ajustaran a los rasgos chicanos; sin ir más lejos Fernando Sancho, el intérprete por excelencia al que más tocó cargar con el rol de charro en estas producciones, era originario de Zaragoza; por otra parte, y cuando Woody Strode se mudó a Europa a finales de los sesenta, los italianos no dudaron ni un momento en introducir personajes negros en sus films para aprovechar tal coyuntura.

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En El gran silencio, a la cuestión racial se le suma la importancia que se le otorga en esta ocasión a la mujer, algo inusitado en el spaghetti donde esta figura ha sido ignorada, cuando no directamente maltratada, casi por costumbre. El interés amoroso del protagonista es la bella Vonetta McGee, actriz de color que, a pesar de contar con una escueta filmografía, llegó a convertirse en uno de los iconos más importantes de la blaxploitation durante la siguiente década. Relación ésta que no carece de ambigüedad desde el preciso momento en que no queda demasiado claro si el cariño que le dispensa a Silencio está movido en un principio por la soledad, el miedo y/o la búsqueda de protección a la que le han conducido la viudez, o existen razones más oscuras y/o retorcidas como pudiera ser el pago (en especie, por supuesto) de los servicios por los que el hábil pistolero ha sido contratado.

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Centrándonos en el resto de personajes, cabría destacar también el tratamiento que se le da a la figura del sheriff, interpretado aquí por un magnífico Frank Wolff: personalidad esta, la del representante de la ley, habitualmente relegada dentro del western mediterráneo a apariciones esporádicas o meramente circunstanciales (después de una pelea en el saloon o un tiroteo, éstos aparecen tan pronto como desaparecen), en el oeste gélidamente crepúscular de El gran silencio, donde los cazarrecompensas cada vez están peor vistos y los “civiles” sólo pueden utilizar el revolver en defensa propia, se hace necesaria la figura del defensor de la ley que, aunque cómico en la forma y torpe en sus acciones tal y como lo encarna Wolff, acaba resultando un personaje fundamental, positivo e incluso observado con cierto cariño.

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En cuanto al soberbio Kinski, villano absoluto de la función en su encarnación del frío y profesional cazador de recompensas Trigero, seguramente nos brinde aquí su actuación más brillante y moderada dentro de sus incontables y variadas intervenciones en el spaghetti, precisamente por el inesperado uso de la contención que hace de sus acostumbrados aspavientos, con el fin de llevar al mejor puerto posible la misión de hacernos creíble este personaje ya de por sí exagerado, demasiado bigger than life para interpretarlo de otra forma: alguien tan terroríficamente racional que es capaz de ir sembrando los caminos de cadáveres para más tarde ir recolectándolos tranquilamente en diligencia (“no hay problema”, dice en un momento dado, “la nieve los mantiene frescos”) o de no enfrentarse con Silencio en primera instancia, a pesar de que es consciente de que su vida corre un alto riesgo, si con su muerte no va a obtener beneficio económico alguno.

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En una película tan única como la presente, incluso la banda sonora de Morricone se antoja radicalmente distinta de lo que normalmente estamos habituados a oír en sus legendarios trabajos para el western. La música del maestro se aparta en esta ocasión del dinamismo, vigor y exhuberancia de sus composiciones más célebres para brindarnos una banda sonora especialmente singular que marca el acento en las notas más nostálgicas, sombrías, sobrias e incluso románticas de su repertorio, transitando en perfecta consonancia con la languidez de las imágenes a las que acompaña.

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A pesar de tan notables resultados, ir a contracorriente de manera tan deliberada acabó pasando factura (aunque ésta fuera mínima) a Corbucci, viéndose forzado por el productor a rodar otro final que diera algo de cuartelillo al espectador: final alternativo este que, aunque bien rodado y congruente en lo argumental con todo lo anteriormente expuesto, quizás peque de demasiado convencional y de, lo que es peor, de excesivamente frío en lo emocional. La brutal e implacable conclusión original concebida en un principio por el director, y que afortunadamente es la que ha sobrevivido hasta nuestros días (la otra sólo pudo verse en cines de Asia y el norte de África, así como en la edición italiana en DVD), es más acorde con el tono general de la película: final demoledor, desolador y anticlimático como pocos, con más de una similitud con el de Django (ambos protagonistas acaban con ciertas partes de su anatomía destrozadas), aunque en esta ocasión el director se asegure de que quede meridianamente claro que el sacrificio, ya sea éste personal o colectivo, no sirve para nada más que para crear mártires.

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Colofón pues totalmente coherente, inmejorable y memorable a un film en el que la sombra de la fatalidad campa a sus anchas en todo momento por sus fotogramas; obra maestra pudorosa y poética en la que la mayor diferencia con respecto a sus congéneres es que la violencia y la muerte, aunque representadas en toda su crudeza, rara vez son mostradas para hacer espectáculo de ellas… más bien al contrario.

                                                                                  José Manuel Romero Moreno

 

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