La noche de las gaviotas

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Título original: La noche de las gaviotas

Año: 1975 (España)

Director: Amando de Ossorio

Productores: José Antonio Pérez Giner, Modesto Pérez Redondo

Guionista: Amando de Ossorio

Fotografía: Francisco Sánchez

Música: Antón García Abril

Intérpretes: Víctor Petit (Dr. Henry Stein), María Kosti (Joan Stein), Sandra Mozarowsky (Lucy), José Antonio Calvo (Teddy), Julia Saly (Tilda Flanagan), Javier de Rivera (Doctor), Pilar Vela, Fernando Villena (Flanagan), María Vidal (Esposa de Flanagan), Oscar Phens, Susana Estrada…

Sinopsis: El doctor Henry Stein, acompañado por su esposa Joan, llega a un pequeño y aislado pueblo costero para incorporarse a su nuevo lugar de trabajo en la consulta médica de la población. Incomprensiblemente, los aldeanos se muestran huraños y huidizos, y por las noches realizan extrañas procesiones por la playa. El matrimonio recién llegado pronto descubrirá el terrible secreto que ocultan los habitantes del lugar, misterio que está relacionado con un castillo cercano que otrora perteneció a los caballeros templarios…

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La noche de las gaviotas de Amando de Osorio, un poema de lo macabro y lo siniestro

El buque maldito (1974), la tercera entrega de la serie de los Templarios creada por Amando de Ossorio en 1972, supuso un fracaso estético principalmente por partir de un guión que requería un presupuesto mucho más elevado del que finalmente pudo disfrutar. Parece que Ossorio aprendió la lección y en La noche de las gaviotas (1975), la cuarta y última entrega de la saga, no sólo partió de un libreto que planteaba ideas, situaciones y localizaciones mucho más asumibles y en correspondencia con el presupuesto minúsculo que se le concedió, sino que el director además intentó recuperar algunos de los elementos que funcionaron con éxito en la primera parte, La noche del terror ciego (1972). Así, se vuelve a añadir “la noche” al título, se inicia el film con un prólogo medieval a modo de justificación de los hechos que luego veremos, y se vuelve a incidir en el hecho de que los templarios, al ser ciegos, se guían por su oído, algo que en la anterior secuela parecía que había sido olvidado.

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Sin embargo, uno de los elementos innovadores y más atrayentes de La noche de las gaviotas es que, aun regresando a las raíces de la serie, se deja ahora de lado la violencia y los efectismos de los anteriores films y, sorprendentemente, se opta por un tono poético, evocador y sugerente. Excepto en el prólogo, el resto del film parece evitar la violencia excesiva. Así, cuando los templarios asedian la casa, y el doctor golpea la mano huesuda de uno de los atacantes, la cámara no nos lo muestra directamente; como tampoco nos muestra directamente la violencia que provoca la muerte de Teddy y Lucy a manos de los caballeros.

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Ossorio, por tanto, a causa de los pocos medios de los que dispone, opta por la creación de atmósfera. Esto lo consigue a base de sonidos inquietantes como el graznido de las gaviotas, los cánticos que provienen de la playa, las diversas aves nocturnas que llenan de ecos el prólogo medieval, o el tañido siniestro de una campana (este último recurso ya había sido usado con éxito en La noche del terror ciego, antes de la muerte del personaje de Pedro) que anuncia que los caballeros están a punto de abandonar sus tumbas; y también con el juego de los colores y volúmenes de los diferentes elementos naturales como el blanco de la niebla al inicio, el azul del mar o el brillo radiante de la luz sobre el agua, y con el contraste entre el negro de las mujeres del pueblo y el blanco de la doncella del sacrificio.

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Siguiendo esta línea de análisis, diríase que Ossorio, en La noche de las gaviotas, está más cerca de los terrores poéticos de Val Lewton que de la violencia y del gore más explícito de, por ceñirnos al terror hispano, por ejemplo, El proceso de las brujas (1969) o La venganza de la momia (1973). Ossorio, en este film, se aleja, por tanto, de la truculencia general que parece permear todo el cine de terror español y que, según Carlos Aguilar, sería su seña primordial de identidad: “Ciertamente, puede reconocerse un denominador común en la entraña de todo el cine fantástico español. (…) Este denominador común del que hablamos estriba en la crudeza”, la cual “dentro del Horror español, se manifiesta mediante la prioridad de lo pútrido, lo enfermizo, lo deforme, lo sórdido, lo inmundo, lo obsceno… en resumidas cuentas, lo pecaminoso” (1). Al abandonar la truculencia, Ossorio nos regala algunos momentos mágicos, inquietantes y cargados de poesía: el primero lo encontramos en la procesión de las viejas y adustas comadres del pueblo llevando a una de sus propias hijas al sacrificio ritual en la playa mientras los caballeros cabalgan por la orilla a su encuentro. Del mismo modo, en la primera aparición del retardado e ingenuo Teddy, enmarcado por la ventana, su cabeza herida parece flotar fantasmagóricamente en el aire de la noche, como una aparición del más allá (2). Pero quizá el momento más mágico y líricamente macabro de La noche de las gaviotas sea la escena final. Después de la destrucción del ídolo submarino, la playa aparece sembrada de los restos de los caballos y los templarios mientras una luz cegadora se refleja sobre las aguas tranquilas y suena la estupenda música compuesta por Antón García Abril.

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Cuando se habla de La noche de las gaviotas se suele mencionar como precedente a La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968), pero en esta entrega, así como en la segunda, un referente más probable lo constituye Los pájaros (The Birds, 1963), no sólo por el sonido amenazador de las gaviotas que se oye constantemente, sino también por el asedio a la casa del doctor. Como en el film de Hitchcock, los personajes aseguran con maderos la casa; y cuando llega el temido ataque, las espadas de los macilentos templarios golpean y astillan puertas y ventanas como si fueran picos de pájaros, haciendo así la semejanza entre ambos films más evidente.

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Otro aspecto que contribuye a otorgar a La noche de las gaviotas su tono de extraña alucinación, es la influencia de Lovecraft, y, más concretamente, de La sombra sobre Innsmouth (The Shadow over Innsmouth, 1936). Ossorio no realiza una adaptación literal, sino que usa algunos elementos de la novela del escritor de Providence a modo de sugerentes y amenazadoras pinceladas (el ídolo acuático, la población antigua y atrasada viviendo al lado del mar, los sacrificios humanos) para, precisamente, crear una atmósfera inquietante. Parece ser que la intención de Ossorio era seguir profundizando en diferentes elementos lovecraftianos, puesto que su siguiente proyecto, desafortunadamente nunca llevado a cabo, y que hubiera constituido otra entrega más en la serie de los caballeros momificados, iba a titularse El Necronomicon de los Templarios, film que hubiera supuesto un estimulante y singular cocktail de monstruos al enfrentar a Waldemar Daninsky con los caballeros templarios. Por otro lado, la influencia y relevancia de Lovecraft en el cine de terror hispano no se limita al film de Ossorio, sino que la encontramos en títulos tales como Necronomicon (1967), El jorobado de la morgue (1972) o La mansión de Cthulhu (1991).

Sandra Mozarowski recibiendo instrucciones de Amando de Ossorio durante el rodaje de “La noche de las gaviotas”.

Sandra Mozarowski recibiendo instrucciones de Amando de Ossorio durante el rodaje de “La noche de las gaviotas”.

A un nivel técnico, el poder evocador del film se consigue con el uso del soft focus (prácticamente constante en todo el metraje) y del ralentí, los cuales otorgan al film un aire de irrealidad y de pesadilla.

La atmósfera tan trabajada de este film y su tono pesadillesco nos hacen quizá intuir hacían donde se habría dirigido la serie de los templarios si Ossorio hubiese tenido la oportunidad de rodar una quinta parte. Con todo, estos elementos hacen probablemente de este film uno de los mejores, quizá el mejor, de la tetralogía de los caballeros.

Marc Luna

(1). Aguilar, Carlos (ed.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983, Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, San Sebastián, 1999, p. 15-16.

(2) La escena es filmada con cámara voyeurística y guarda cierta similitud con otra de La orgía de los muertos (1972), en la cual es el personaje de Igor, interpretado por Paul Naschy, el que mira por la ventana. Ambas escenas subrayan el impulso voyeurístico del horror ibérico y probablemente remiten al clásico de la Universal de R. V. Lee: “El nombre de Igor, por cierto, está inspirado en el del personaje de Bela Lugosi del delicioso clásico La sombra de Frankenstein (Son of Frankenstein, 1939), y es curioso constatar cómo también aquí el maltrecho sepulturero aparece espiando por una ventana, como hiciera su homólogo del filme de la Universal.” Agudo, Ángel y Gómez, Ángel, Paul Naschy. La máscara de Jacinto Molina, Scifiworld, Pontevedra, 2009, p. 356.

Published in: on octubre 3, 2014 at 5:56 am  Comments (1)  
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  1. Coincidiendo con el merecido homenaje que esta edición del Festival de Sitges que arranco hoy tributa a María Kosty con la entrega del Premio Nosferatu como reconocimiento a toda su carrera, publicamos una reseña de una de sus incursiones más recordadas dentro del fantaterror patrio de la que fuera una de sus más populares interpretes: “La noche de las gaviotas”, que supone además el debut de Marc Luna, un nuevo colaborador que esperamos lo siga siendo por mucho tiempo.

    Por lo demás, en líneas generales coincido con su estupendo análisis de la película, no así con su valoración dentro de la Tetralogía Templaria. Como ya he comentado en alguna ocasión, personalmente considero que la mejor entrega de la saga es “El ataque de los muertos sin ojos”. 😉


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