La dinastía Drácula

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Título original: La dinastía Drácula

Año: 1980 (México)

Director: Alfredo B. Crevenna

Producción: Conacite Dos

Guionista: Jorge Patiño

Fotografía: Javier Cruz

Música: Rogelio Zúñiga

Intérpretes: Fabián Aranza (doctor Ramiro Fuentes), Silvia Manríquez (Beatriz Solórzano), Magda Guzmán (doña Remedios), Rubén Rojo (don Carlos), Roberto Nelson (Barón Drácula), Erika Carlsson (Madame Kostov), José Nájera (padre Juan), Víctor Alcocer (licenciado), Roberto Espriu (Andrés, inquisidor), Kleomenes Stamatiades, Arturo Fernández, Roy De La Serna, Álvaro Tarcisio, Martha de Castro, Armando Madrigal, José Manuel Moreno, Baltazar Ramos

Sinopsis: En el siglo XVI, la Inquisición condena a muerte a un hombre, clavándole una estaca en el corazón, por lo que su amada, servidora de Lucifer, lanza una maldición jurando que trescientos años después ambos regresarán para vengarse. Transcurrido ese tiempo, ella retorna a aquel lugar, a modo de extranjera, para establecerse y resucitar a su amante, portando un arcón donde reposa un vampiro.

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1980 era ya un año lejano al esplendor del cine mexicano de horror. Alfredo B. Crevenna, activo realizador de la temática, aborda aquí el mito del vampiro por medio de esta cinta cuya estructura es bastante similar a la del clásico El vampiro (El vampiro, 1958), de Fernando Méndez, con la llegada del no muerto a la hacienda familiar y su intención de instaurar un reinado de poder en los alrededores. En todo caso, en muchos aspectos, estilísticos y de tono, La dinastía Drácula recuerda bastante al fantaterror español de unos ocho años atrás, amén de determinados detalles también tomados del cine de la Hammer.

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En todo caso, hay que adelantar que la película es sencilla y llanamente una chapuza, la clásica muestra de subproducto comercial realizado sin el menor interés, no ya de realizar algo mínimamente artístico, sino ni siquiera con el más escaso talante de profesionalidad que merece (debe) exhibir cualquier producto cinematográfico. Podría decirse que lo peor de la cinta son sus actores, que llegan a un nivel paupérrimo pocas veces visto, aunque en este sentido se logra aportar al espectador no pocas carcajadas, involuntarias, desde luego. Como protagonista tenemos a Fabián, que así se denomina en los créditos, quien debutara tiempo atrás con la prestigiosa Mecánica nacional (Mecánica nacional, 1972), de Luis Alcoriza, y que físicamente recuerda enormemente a nuestro cantante Francisco. Éste encarna a un médico que cree en lo sobrenatural, y que durante unos instantes se aliará con un sacerdote escéptico. Lástima, porque en un producto más sólido hubieran deparado una pareja de lo más peculiar como detectives de lo outré, donde el médico, que representa la postura racional, cree en lo sobrenatural, mientras que el eclesiástico, hombre de fe por antonomasia, sin embargo, no cree en ello.

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El guion, por su parte, tampoco resulta muy sólido. Los ataques del vampiro provocan la muerte, sin más, de determinados personajes (todos ellos secundarios), mientras que cuando ataca a una integrante del cast principal, esta deviene en mujer vampiro (con los colmillos más ridículos que el espectador haya podido encontrarse). El vampiro es denominado en la película por dos veces Barón Van Helsing, aunque en las fichas técnicas figura como Barón Drácula. Incluso en un momento determinado, el doctor Fuentes le llamará Duque Antonio de Orlaz, que es el nombre del hechicero muerto al que han ido a resucitar él y la bruja durante la noche de Walpurgis (1). El cacao argumental llega a su clímax precisamente en éste, cuando el desastroso montaje no permite saber si todo está aconteciendo de forma simultánea, o han pasado varios días…

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Aquí, tanto vampiro como bruja tienen el poder de aparecer y desaparecer a voluntad (siempre con el concurso de una llamarada de espectáculo circense) o transformarse en perro; el no muerto, además, ofrece la socorrida facultad de convertirse en murciélago y, se dice, también en lobo o humo. El actor que encarna al vampiro, Roberto Nelson (de escasa carrera fílmica) parece más bien un cantante de moda que un ente sobrenatural. Viste con la capa tradicional, aunque en el clímax final se atreve a exhibir pechamen para enfrentarse al cura.

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Pocos elementos de interés sustentan La dinastía Drácula, acaso ese tono autóctono que exhibe el producto, y que lo hace, siquiera de un modo pudibundo, más convincente, con esa constante referencia del cine mexicano a la religión, y cierto sabor, aunque chapucero, del gótico tradicional. El título, por cierto, se refiere a que el vampiro con el que contamos se define como descendiente del mismísimo Drácula.

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Poco, en todo caso, para esta aburrida mediocridad, reservada solo a los completistas más esforzados del género.

Carlos Díaz Maroto

(1) En algunas fuentes incluso figura como conde Orloff, sin duda debido a algún doblaje.

Published in: on octubre 14, 2014 at 5:34 am  Comments (1)  
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One CommentDeja un comentario

  1. El propio aspecto del vampiro, y el detalle de que enseñe pechamen, parecen también indicar (a mí, al menos), que los artífices del engendro tenían un ojo puesto en la por entonces reciente versión Langella.


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