John muere al final

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Título original: John Dies At the End

Año: 2012 (Estados unidos)

Director: Don Coscarelli

Productores: Don Coscarelli, Andy Meyers, Roman Perez, Paul Giamatti

Guionista: Don Coscarelli a partir de la novela de David Wong

Fotografía: Michael Gioulakis

Música: Brian Tyler

Intérpretes: Chase Williamson (Dave), Rob Mayes (John), Paul Giamatti (Arnie Blondestone), Clancy Brown (Dr. Albert Marconi), Glynn Turman (Detective), Doug Jones (Roger North), Daniel Roebuck (Largeman)…

Sinopsis: En la calle lo llaman “salsa de soja” y transporta a los que la toman a través del tiempo. Sin embargo, cuando algunos regresan ya no son seres humanos. Así es como se produce una invasión silenciosa de la Tierra que hace que la humanidad necesite urgentemente un héroe. Aquí aparecen John y David, un par de desertores de la universidad que apenas son capaces de mantener un trabajo. ¿Podrán estos dos seres aterrados salvar a la humanidad? No. No pueden.

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Resulta un hecho innegable que el estreno hace ya más de una década de Bubba Ho-tep [dvd: Bubba Ho-tep, 2002] supuso un significativo punto de inflexión en la, por otra parte, algo rutinaria trayectoria fílmica de Coscarelli; no solamente logró liberarse de la saga del “hombre alto”, tras más de trece años sin dirigir una película no relacionada con Phantasma, si no que además consiguió revitalizar su maltrecho prestigio entre la crítica a través del circuito de festivales especializados, amén de demostrar un propósito de renovación que le conllevó triunfar allá donde la mayoría de los “maestros del horror” (los Hooper, Romero, Carpenter, Landis, Dante… hoy en día casi todos defenestrados por la industria) en un momento u otro habían fracasado estrepitosamente: renovarse a sí mismos, a la vez que renovar el interés por su cine entre una nueva generación de espectadores interesados por el género.
 
Film convertido instantáneamente (aunque quizás de forma un tanto desmesurada) en clásico de culto, tampoco cabe duda de que a pesar de su ánimo rupturista con todo lo hecho anteriormente, la película protagonizada por Bruce Campbell y Ossie Davis (en la piel de dos seniles inquilinos de un asilo que se creen, respectivamente, Elvis Presley y John F. Kennedy) aún seguía conservando bastantes de las señas de identidad que convirtieron en inconfundible el estilo de su director: improbables héroes defendiendo (casi siempre a su pesar) a la humanidad de desconocidas fuerzas malignas y/o sobrenaturales, personajes excéntricos, percepciones alternativas de la realidad y un sentido del humor que bascula entre lo bizarro y lo directamente desconcertante, aunque en esta ocasión (y teniendo en cuenta tanto la premisa de la película como sus extravagantes protagonistas) no se acentúe tanto el elemento paródico como sería de esperar, tomando finalmente unos derroteros crepusculares/meláncolicos que (aunque totalmente inesperados) por su atrevimiento y originalidad, son sin embargo dignos de aplauso.

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Desgraciadamente, y aunque Coscarelli confirmara tajantemente con este trabajo que aún era capaz de trazar nuevos rumbos por los que encaminar su filmografía, el éxito entre el fandom de Bubba Ho-tep no implicó necesariamente mayores facilidades de financiación a la hora de levantar nuevos proyectos. Tras fracasar el plan de una precuela titulada Bubba Nosferatu – The Curse of the She-Vampires en la que Elvis tendría que enfrentarse esta vez a una horda de chupasangres durante el rodaje de una de sus insulsas pelis, el director al menos obtuvo de esta abortada producción el nacimiento de una estrecha relación de amistad con Paul Giamatti – previsto en un principio como protagonista de la referida precuela -, fan absoluto de la obra de Coscarelli en general y de Bubba Ho-tep en particular. Poseedor de un envidiable estatus en el Hollywood actual, el talentoso y versátil Giamatti es capaz de dejar ver su peculiar físico tanto en el mayor de los blockbusters (The Amazing Spiderman 2, Resacón en Las Vegas 2), como en prestigiosos films oscarizables u oscarizados (12 años de esclavitud o Cinderella Man, por la que obtuvo su única nominación a la dorada estatuilla), así como en propuestas más interesantes y arriesgadas (no olvidemos que el actor comenzó su exitosa carrera en el seno del cine independiente) de la mano de iconoclastas creadores como Todd Solondz (Storytelling), Rob Zombie (The Haunted World of el Superbeasto) o incluso David Cronenberg (Cosmópolis). 

Paul Giamatti recibiendo instrucciones de Don Coscarelli durante el rodaje de la película.

Paul Giamatti recibiendo instrucciones de Don Coscarelli durante el rodaje de la película.

Comprometido a ejercer de productor ejecutivo en el siguiente film del creador de Phantasma – además de encargarse de uno de los personajes principales , el apoyo e implicación en el proyecto del protagonista de Entre Copas fue vital para que este John muere al final (John Dies At the End, 2012) se convirtiera finalmente en una realidad. Nacido a partir de un original literario, el film adapta apenas un tercio de la novela de culto del mismo título escrita por David Wong – publicada en un principio por entregas exclusivamente en internet-, y a pesar de partir de material ajeno hay que admitir que los estrafalarios hechos narrados en ella se adaptan como un guante a las constantes, filias y temas más queridos por el director, dando éste otro importante paso al abordar el rodaje de la película más audaz, compleja y ambiciosa de todas las que se había hecho cargo hasta la fecha.

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Absoluto festín para todo buen aficionado al cine de género de los últimos treinta y cinco años, John muere al final acusa en su relato las influencias literarias tanto de Philip K. Dick (en la construcción de una trama alucinógeno-conspiranoica), como de Lovecraft (en lo que respecta a la latente amenaza de monstruosas criaturas primigenias), a las que Coscarelli inyecta de forma brillante de toda la energía e irreverencia multigenérica del cine de serie B y teen de los 80 (con guiños a clásicos de la época como Re-animator o El terror llama a su puerta), a lo que también hay que sumar el gusto por los ambientes surrealistas, y las escenas de epatante violencia extrema, típicas de autores como Lynch o el ya citado Cronenberg.

Estructurada a partir de la entrevista que el personaje del periodista encarnado por Giamatti le hace a uno de los jóvenes protagonistas (película narrada pues a modo de flashback y, al igual que la anterior Bubba Ho-tep, con una verborreíca voz en off presente en gran parte del metraje), el film cuenta en clave de estrambótica comedia negra una de las tantas fantásticas aventuras de dos amigos que se dedican a lidiar en sus ratos libres (que son la mayoría) con amenazas sobrenaturales de toda índole; a partir de un vertiginoso y subyugante prólogo que nos mete de inmediato en situación, y a pesar de tener como hilo conductor una tan ignota como peligrosa droga denominada “salsa de soja”, la primera parte del metraje evidencia su origen literario en una sucesión de situaciones (o capítulos) claramente diferenciadas, que a pesar de lo brillante de su ejecución a todos los niveles (estos primeros compases poseen un ritmo y un sentido de la comicidad realmente admirables) funcionan sin embargo casi mejor por separado que como compacto conjunto.

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Dejando de lado un ligero caos argumental a causa del continuo encadenado de densos conceptos que, por muy ingeniosos que sean, pueden llegar a apabullar en su acumulación al espectador más predispuesto, como contrapunto esta primera mitad se ve beneficiada de un incesante bombardeo de momentos, personajes e imágenes de lo más descacharrantes – … bigotes voladores, perros telépatas o pomos de puertas que se transforman en lustrosos penes (¡!)- en la que la credibilidad de los efectos prácticos de Bob Kurtzman (Abierto hasta el amanecer, El ejército de las tinieblas) y la soberbia fotografía del debutante Mike Gioulakis tienen bastante que ver con su efectividad.

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Desafortunadamente, y justo en el momento en que la historia se torna más ambiciosa en sus planteamientos (concretamente, a partir del transvase de los dos protagonistas a una dimensión paralela a la nuestra), además de tomar el guión rutas mucho más convencionales – con las que Coscarelli recupera de forma evidente vicios estéticos y narrativos contraídos de su más famosa saga -, el limitado presupuesto se hace notar en la excesiva, y en ocasiones innecesaria, utilización de un mediocre CGI y en la omnipresencia de la pantalla verde – imaginamos que para compensar el gasto en decorados -, que de forma tan súbita como inesperada llevan al film de tener todos los valores de un agudo e imaginativo film indie a poseer el cutrelook de una algo chapucera gamberrada direct to video.

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A pesar de este ocasional altibajo – afortunadamente se vuelve a recuperar el tono de los mejores momentos en su último tramo –, seguramente nos hallemos, tanto por su complejidad como por su regularidad en el ritmo narrativo, ante la mejor película de todas las firmadas por su autor… a lo que tampoco es ajeno el excelente reparto con el que cuenta en esta ocasión, posiblemente el más destacado que haya tenido jamás a sus órdenes: junto a las magníficas interpretaciones de los desconocidos Chase Williamson y Rob Mayes (además de a un siempre sobresaliente Giamatti), es de justicia destacar la presencia de figuras más o menos de culto como Doug Jones (El laberinto del fauno), Glynn Turman (Gremlins), Daniel Roebuck (Los renegados del diablo) y, especialmente y aunque su rol de Dr. Marconi finalmente sea menos lucido de lo esperado, el gran Clancy Brown (Los inmortales, Starship Troopers, Cadena perpetúa), a los que habría que añadir al inseparable de Coscarelli – y ya casi nonagenario – Angus Scrimm, el mítico Hombre Alto de la saga Phantasma.

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En cuanto a su estreno en España tras más de dos años de espera, desgraciadamente parece que va camino de convertirse en costumbre el hecho de que cualquier película mínimamente original o rompedora que pertenezca al fantástico, terror y /o ciencia-ficción, y a la vez tenga trazas de convertirse en un film de referencia en el resto del mundo – el caso más sangrante en este sentido fue el de La cabaña en el bosque (Cabin in the Woods, 2012) -, vea incomprensiblemente postergado su debut en salas en nuestro país e, incluso y si se da el caso, su posterior distribución en formato doméstico. Por fortuna, la gente de La aventura audiovisual están dedicando en estos últimos tiempos sus esfuerzos a ocupar ese nicho de mercado vergonzosamente dado de lado por el resto de distribuidoras; de este modo la oferta cinematográfica en nuestro país es, gracias a ellos, un poco menos aburrida y la vida del sufrido aficionado patrio un poco más feliz.

José Manuel Romero Moreno

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