Las imágenes perdidas. La otra mirada

De entre los distintos títulos que puso a la venta Cameo las pasadas fiestas navideñas trataremos en profundidad esta curiosa mezcla de ensayo y documental, que aborda de una manera un tanto sui generis el poder de fascinación subyugante y casi mágico que el cine puede llegar a ejercer en ciertos individuos, personificados en esta ocasión en Javier Gurruchaga, el propio director de la cinta, Juan Pinzás, y Paul Naschy en una de sus últimas intervenciones para la gran pantalla.

LA PELICULA

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De forma altamente reveladora, ya en los primeros compases de este imperfecto pero interesante estudio sobre el séptimo arte – concretamente en los créditos iniciales -, podemos encontrarnos con una secuencia que define con implacable y esclarecedora contundencia (incluso más de lo que el propio director puede llegar a imaginar) tanto el cine de Pinzás en general, como lo que nos espera a la hora de visionar la presente película en concreto. En ella, y mientras se escuchan en la banda sonora unas declaraciones de Godard (entre otras, la ya célebre y demasiado sobada “el cine es realidad a 24 fotogramas por segundo”) Pinzás va seleccionando algunos DVDs de las estanterías de su videoteca, entre los que se destacan títulos de (nada más y nada menos) Bergman, Fassbinder o Dreyer.

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Demasiado elevados modelos éstos para alguien poseedor de una de las filmografías más heterogéneas, desnortadas y oportunistas del cine español de los últimos treinta años. Nacido profesionalmente al socaire de esa nefasta etapa en la que en nuestro país se borró de las carteleras todo rastro de cine adscrito a cualquier género que no fueran la comedia madrileña (… o derivados), el cine de autor o los relatos situados en la Guerra Civil y/o la Posguerra, por mucho que Pinzás declare altivamente en un momento dado de esta Las imágenes perdidas atesorar una temática y estilo propios, si precisamente hay algo que ha evidenciado el director vigués desde su ópera prima hasta la fecha, es tanto una acusada falta de personalidad en lo fílmico como una abismal desigualdad entre las pretensiones iniciales con las que afronta sus trabajos y el totalmente insatisfactorio resultado final que comúnmente suelen arrojar.

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Sobrados ejemplos podemos rastrear pues a lo largo de su filmografía, tanto de su manifiesta incapacidad para narrar una historia al uso como de su nula pericia a la hora de adentrarse en territorios más vanguardistas y/o experimentales: desde la polvorienta e insoportable El juego de los mensajes invisibles (película del año 91 tan caduca que parece filmada a comienzos de los setenta), pasando por ese delirante y chapucero acercamiento al folklore gallego que es La leyenda de la doncella (1994), y terminando con su chiripitifláutica trilogía Dogma (formada por Erase otra vez, Días de boda y El desenlace) en la que Pinzás confundía cándidamente transgresión con chabacanería y la búsqueda de un cine puro – que caracterizara la corriente que inauguraran Lars Von Trier y sus acólitos – con un sonrojante amateurismo.

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 A la manera de un Ed Wood gallego – y de manera admirablemente tenaz, todo hay que decirlo -, este director ha ido manifestando película tras película un inusitado entusiasmo por seguir rodando, a pesar de estar lejos de poseer en modo alguno el talento que justifique el que siga haciéndolo. Y aunque, en principio, y por aptitudes (o más bien por falta de…) pareciera el nombre menos indicado para ocuparse de un film del calado reflexivo de Las imágenes perdidas, resulta el destino más consecuente al que le ha podido conducir (además de un ego del tamaño del estadio de Balaídos) una trayectoria que, aunque carezca de un patrón determinado, sí se muestra al menos cada vez más proclive a la experimentación… aunque mucho me temo que esta inclinación responda sencillamente a dificultades por levantar proyectos de mayor envergadura que a pretensiones exclusivamente estéticas.

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Si hay otra peculiaridad que define el cine de Pinzás (adquiriendo esta vez una importancia desmesurada) es su debilidad por incluir en sus pelis, de manera totalmente arbitraria en la mayoría de los casos, a sus amiguetes del mundo de la farándula en papeles de diversa relevancia, aún cuando la mayoría de las veces no tengan nada que ver con el mundo de la actuación, como fueron en el pasado los casos de Andrés Aberasturi o Juan Manuel de Prada. En Las imágenes perdidas, y para no ser menos, ha tenido la deferencia (sobre todo para con el sufrido espectador de su cine) de compartir plano y pensamientos con dos figuras infinitamente más interesantes que él y que, a modo de extemporáneas presencias, ya se habían asomado anteriormente en varios de sus films. Nos referimos, como es evidente, a la extraña pareja que componen para la ocasión Javier Gurruchaga y Paul Naschy.

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En el caso concreto de nuestro hombre lobo nacional, y aunque el film se centre entre otras cosas en una hipotética meditación acerca de la fascinante perdurabilidad a través del tiempo del cine en general (y de los profesionales que trabajan en el medio en particular), Naschy (por descontado y como era habitual en él) no quiere, no sabe o no puede hablar de otra cosa que no sea de sí mismo, recurriendo en la mayor parte de sus intervenciones al ensalzamiento de su propio trabajo y de su figura, con un discurso por otra parte ya de sobra conocido por todo aquel que estuviera mínimamente atento a las entrevistas que el autor de El caminante concediera en sus últimos y auto-reivindicativos años. Por más que comparezca ante las cámaras de Pinzás ya visiblemente enfermo, es de agradecer sin embargo la voluntad del realizador por no sacar rédito alguno ni recrearse en la miseria de su amigo, aunque no podamos evitar fantasear en un momento dado sobre qué hubiera ocurrido de haberse producido un acercamiento a la figura de Naschy a la manera del que Wim Wenders realizara a Nicholas Ray en la testamentaria Relámpago sobre el agua.

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Más acertada, variada y acorde con el tema de la propuesta resulta en cambio el tono de la participación del líder de La orquesta Mondragón (por mucho que a veces recurra a tópicos demasiado manidos, o haga gala de ese molesto victimismo que parece inherente a la personalidad de los artistas de este país), aunque desafortunadamente en momento alguno ninguno de los integrantes del terceto protagonista llegue a interactuar realmente con el resto, limitándose de este modo a ofrecernos una colección de monólogos (más o menos interesantes… más o menos endogámicos) que, como era de prever, se acaban revelando, a pesar de todo, como lo más estimulante de todo el dispar conjunto.

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Paralelamente a estas entrevistas con sus dos amigos (en las que el director ejerce de convidado de piedra), Pinzás se desquita intercalando retazos de una visita a su ciudad natal en una suerte de viaje iniciático a sus raíces, a la vez que aprovecha para autohomenajearse y convertirse en el principal valedor de su propia obra visitando las localizaciones en las que se rodaron sus películas, otorgándoles de este modo una dimensión casi legendaria de la que, por supuesto, carecen por completo en la realidad. Pinzás se limita en estos segmentos a filmar Vigo con su cámara – como por otra parte cualquier otro turista haría -, yendo a los lugares (el puerto, la lonja del pescado) y haciendo las actividades más típicas y comunes que se pueden realizar en la ciudad (como viajar en ferry o asistir a procesiones), a las que se intenta revestir con un mínimo de transcendencia – a pesar de no superar el estatus de anodinas imágenes de postal -, con forzadas conexiones a través de la voz en off entre aquello que contemplamos y el “mundo personal” del director.

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Culminado con la búsqueda y el encuentro del mcguffin al que debe su título (y que, como no podía ser de otra manera, resulta finalmente una excusa más para que el cineasta autosatisfaga su desproporcionado ego), a pesar de los desmanes narcisistas de distinto signo repartidos por todo su metraje, probablemente nos encontremos, si no ante el mejor, sí ante el más sólido de los trabajos de su autor. A ello ayudan tanto el formato elegido (que permite, además de más libertad de acción a la hora de filmar, un mayor nivel de tolerancia por parte del espectador predispuesto), como, sobre todo, la superficialidad general a la hora de aproximarse a cuestiones tan excelsas y profundas como las aquí tratadas, logrando el casi milagro de que esta Las imágenes perdidas sea mucho más digerible de lo que en un principio cabría temerse. Y es que, aunque sea una película algo redundante, presuntuosa y, en ocasiones, incluso aburrida, al menos y en comparación, no resulta ni de lejos tan ridícula, vergonzante y/o molesta como el grueso de la filmografía del director gallego.

LA EDICION

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El presente film viene ofrecido con un ratio de imagen 1.85:1 anamórfico, además de subtítulos en inglés y audio 5.1 en castellano, por mucho que en el menú se indique la versión original en castellano y “francés” (¿¡!?). Suponemos que la adición de este último idioma se debe exclusivamente a los escasos treinta segundos en los que oímos hablar de fondo a Godard.

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En el apartado de extras, y junto a las consabidas fichas técnicas y artísticas, nos podemos encontrar con un tráiler y algunas escenas extendidas y eliminadas, hallándose entre estas últimas una interesantísima conversación de apenas dos minutos entre Juan Pinzás y Paul Naschy; tanto por su escasa duración como por su enorme relevancia, no podemos llegar a imaginar el motivo de que no se haya incluido en el montaje final.

José Manuel Romero Moreno

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FICHA TÉCNICA

Título original: Las imágenes perdidas. La otra mirada

Año: 2010 (España)

Director: Juan Pinzás

Guionista: Juan Pinzás

Productores: Juan Pinzás, Pilar Sueiro

Fotografía: Pablo Bar, Juan Pinzás

Interprétes: Paul Naschy [Jacinto Molina], Javier Gurruchaga, Juan Pinzás, Pilar Sueiro, Enrique de Prado, Adela Boronat

Sinopsis: El viaje interior de uno de los directores españoles más controvertidos. El cineasta Juan Pinzás realiza un viaje físico e iniciático en busca de unas imágenes perdidas que había rodado en los años ochenta. El viaje le conduce desde Madrid hasta su Galicia natal encontrándose en el camino con diversos personajes, como el mítico actor y director Paul Naschy o el polifácetico actor y cantante Javier Gurruchaga, en cuyos universos personales ahonda el film. Finalmente hallará en Vigo una vieja película en formato de Súper-8 mm con las imágenes deseadas. La catársis se produce con el visionado del antiguo film que resulta ser un homenaje al cine y supone el final del viaje introspectivo del cineasta.

*Todas las imágenes de la película que ilustran este artículo pertenecen a capturas de la edición comentada.

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