Entrevista a Adrián Sánchez, autor de “La historia del cine australiano”

Fotografía de F. Carlos Campillos.

Fotografía de F. Carlos Campillos.

Una de las acepciones que el Diccionario de la Llingua Asturiana otorga al vocablo “esbilla” es la acción de deshojar el maíz. Así las cosas, no parece casualidad que el gijonés Adrián Sánchez escogiera, precisamente, este término como seudónimo y nombre con el que bautizar su rincón en el ciberespacio. Y es que eso, separar el grano de la paja, es a lo que se ha dedicado desde sus inicios con sus escritos de materia cinematográfica, en su mayoría consagrados al cine de género. Una labor de desbroza que no ha pasado desapercibida para aficionados y especialistas, convirtiéndole con todo merecimiento en una de las más importantes voces surgidas de la red dentro de la crítica cinematográfica española. La calidad de sus textos, cimentada en su buen hacer, conocimiento de la materia, junto a su capacidad de análisis y reflexión, han hecho que poco a poco su presencia haya sido requerida por diferentes proyectos que le han permitido codearse con la crème de la crème del gremio, al tiempo que granjearse una sólida reputación como autor.

Siguiendo esta línea ascendente en su trayectoria, solo era cuestión de tiempo que se produjera un nuevo paso adelante con la publicación de un libro en el que poder desarrollar a conciencia todo el potencial que atesora. Algo que se cumplía hace escasos meses con la salida de la mano de T&B Editores de La historia del cine australiano,  un exhaustivo, documentado y apasionante volumen que repasa el desarrollo de la cinematografía de nuestras antípodas, desde sus primeros pasos en los albores del siglo XX hasta la aparente bonanza que atraviesa en la actualidad, pasando por su definitiva eclosión durante la década de los setenta. Aprovechando su cercanía con esta abadía, con la que no en vano en el pasado colaboró con algunas críticas, mantuvimos con él la siguiente charla en la que, además de cine australiano, hablamos de sus inicios, de la gestación del estudio y de sus futuros proyectos. Una entrevista en definitiva que supone la primera mitad de un dossier que se completará el próximo viernes con la publicación de una reseña analítica de la obra referida. Mientras tanto, es momento de dejar al autor para que nos cuente los pormenores de su obra:

Antes de entrar en materia me gustaría que rememoraras qué te impulsó a comenzar a escribir sobre cine y cómo fueron tus inicios…

Supongo que no encontraba a nadie que dijese lo que quería oír. Escribir es una actividad totalmente egocéntrica. Lo haces para convencer a otros de que tú tienes razón. Alan Moore dice algo por el estilo, sobre como intentamos sustituir la mirada de los otros sobre el mundo por la nuestra propia.

En otro sentido, más prosaico, tuvo que ver con la facilidad de las herramientas. Internet es un cosa silvestre donde todos podemos pastar una parcela, solo cuesta un poco de esfuerzo, relativo, y bastante constancia.

En tu caso particular, la labor que has desarrollado en la red, y muy especialmente con tu imprescindible blog “Esbilla cinematográfica popular”, te ha abierto las puertas a participar en distintas publicaciones profesionales, por utilizar el eufemismo, editadas en papel. ¿Cómo ha sido el salto? ¿Cuáles son las diferencias, virtudes y defectos que en tu opinión existen entre el formato digital y el impreso?

Pertenezco a esa generación de escritores que, sin Internet, no existiría. O nos hubiese costado mucho más… Lo cual si lo piensas con crueldad tal vez no hubiese estado tan mal. La criba es diferente, ahora en serio. Seleccionar y encontrar voces en ese entorno tan ruidoso de la red a veces es complicado. He tenido la suerte de que otros han sintonizado donde yo emitía y hasta se han quedado a escuchar. Más allá, me han dado otros espacios en sus propios sitios, tanto en Internet como en papel, y nunca me han dicho lo que tenía que hacer.

La red, pienso, es más favorable a la experimentación, a la variedad de formatos y acercamientos, al ensayo/error. Hay algo efímero que me gusta mucho…, pero paradójicamente en ese éter de la información las cosas duran para siempre. El papel sigue teniendo una mística especial, tal vez porque el lector es menos abstracto y va con el dinero por delante. Cuando pagan una entrada por verte la responsabilidad cambia: hay que compensar la inversión.

No obstante, este salto no ha significado el que hayas seguido simultaneando tus textos en ambos formatos, lo que te aparta de cierta tónica que al menos personalmente me ha parecido percibir de gente que solo utiliza la facilidad que da la red como una suerte de trampolín con el que darse a conocer para conseguir medrar hasta publicaciones, llamémosles, “serias”…

Para mí son formatos complementarios. Haciendo mío lo que Hernán Casciari  decía hace un tiempo en un estupendo artículo, yo no soy un blogger, yo soy uno que escribe en un blog. Para mí un blog y un hoja de papel (de Word, vamos) en blanco son lo mismo y significan lo mismo. Lo serio, o lo significativo, como quieras, lo pones encima de eso, con las letras que seas capaz de juntar.  Lo que escriba ahora, bueno o malo, es producto de una evolución donde el papel y el internet se mezclan y contaminan. Una mezcla también de diferentes cosas a las que me he acercado, desde la formación como historiador, a la crítica, el ensayo o el periodismo, y de las cosas sobre las que he escrito… Y en ese sentido no haberme ceñido al cine ha sido para mí fundamental. Escribir solo sobre películas es un auténtico coñazo. Puedes terminar por tener una visión unívoca, muy cerrada. Primero escribo…, luego escribo sobre un tema o sobre un objeto. Y eso puedo hacerlo gracias a Internet y, de nuevo, a la gente que me presta sus sitios.

Barry McKenzie Holds His Own

Consecuencia de esta evolución en tu trayectoria a la que aludíamos antes es la aparición hace unos meses de La historia del cine australiano, el cual ha supuesto tu primer libro publicado en solitario. ¿Su nacimiento ha sido algo buscado, o surgió de una forma un tanto fortuita?

Muy buscado. Escribir libros es algo que quiero hacer…, y escribir este libro era algo que necesitaba hacer.

¿Y qué es lo que te interesaba o llamaba la atención del cine australiano para que le dedicaras este trabajo?

Es fascinante, por un lado, y asumible en solitario por otro. También es una obsesión muy privada, y cuando te metes en algo que va a consumir más de un año… tiene que ser algo privado y obsesivo. Desde chaval, y yo pertenezco a esa generación que se educó a salto de mata entre videoclubes y pases televisivos, las películas australianas tenían algo distintivo. Un algo salvaje, una pureza demente. Poco a poco y tirando de Mad Max o de Peter Weir fui descubriendo lo que allí había. Me atraía ese fantástico tan singular, pero también la estética de la fealdad de La boda de Muriel o Sweetie, que era otro universo, muy agresivo. Pero aquello estaba lleno de agujeros, las pelis parecían islas, pequeños periodos agrupados, insulares otra vez, y luego… pues ese desierto. Llegas a Walkabout y te pones a mirar hacia atrás en el tiempo y parece que haya un horizonte sin fin. Yo quería saber qué había allí, entre el horizonte y 1970. Quería rellenar los huecos, saber qué se hacía en Australia de verdad, no solo lo que pasaba los filtros comerciales o festivaleros.

Body Melt

En la introducción del libro comentas que la génesis del proyecto se encuentra en cierto artículo tuyo sobre la producción fantástica australiana aparecido en la especializada revista Scifiworld. ¿Quiere esto decir que en un principio tu intención era limitarte al alcance de esta temática?

No. Aquel artículo fue producto de la oportunidad y los recursos. Yo había escrito sobre varias pelis de ese periodo de los 70/80, y cuando Scifiworld me preguntó si me apetecía colaborar con un dossier pensé que era una buena ocasión para ordenar aquello. Pero ya allí trataba temáticas laterales, como el thriller o el cine de época. En cierto modo era un esqueleto del Revival, que es la parte central del libro, si bien leído desde el fantástico.

¿Hasta qué punto el que te ocuparas de un cine tan poco estudiado y relativamente desconocido en nuestro país supuso un inconveniente a la hora de buscar una editorial dispuesta a publicar tu estudio?

Bueno… Contactar con cualquier editorial siempre es complejo. Un reto de paciencia. Pero una vez que hice el contacto con T&B (gracias, Ramón Alfonso) no hubo problema. Para mi sorpresa he de decir. La propuesta iba enmascarada entre otras, algunas abiertamente comerciales. Eran monografías sobre directores y otras temáticas. Me dijeron que preferían alguna de las temáticas y, claro, yo dije que esta. Era la que quería hacer y al que pensaba que nadie más haría.

Por cierto, y siguiendo con temas editoriales, al contrario de lo que parece haberse convertido en una norma en las obras de otros colegas, no has contado con la colaboración de alguna celebridad que pusiera su nombre en la firma del prólogo, sirviéndote así como gancho comercial. Dado que imagino que por posibilidades no ha sido, ¿a qué se ha debido esta ausencia?

Hubo ofrecimientos muy amables, y que agradezco mucho, en ese sentido, pero no soy un fan de los prólogos en los libros de este tipo; bien al contrario en antologías de relatos, novelas o tebeos, que los encuentro muy pertinentes y algunos brillantes, incluso. En un momento pensé en hacer yo mismo un prólogo, que explicase cómo se gestó el libro y que resumiese el asunto, las líneas maestras del cine australiano… Pero, al final es eso, como si fuese un resumen. Preferí empezar el libro de un empujón, caída libre hacia finales del XIX. Me preocupaba que se convirtiese en un manual, un libro de texto, en lugar de algo que te apeteciese seguir leyendo, como una novela, como una historia…, que es lo que es, una historia.  Para llevar la contraria, además, hice un epílogo.

Mad Dog Morgan

Pasando al contenido del estudio propiamente dicho, a lo largo de sus páginas queda puesta de relieve la concienzuda labor de documentación que has llevado a cabo para su redacción. Un rasgo que es especialmente detectable durante el primer bloque de los tres en los que se divide el libro, y en el que abordas los primeros pasos del séptimo arte en el país oceánico, lo que te obliga a hablar de “oídas” de ciertos films perdidos o de difícil acceso, en el mejor de los casos. ¿Cuán de procelosa fue toda esta labor?

Buscar las fuentes, seleccionarlas, criticarlas, compararlas… es un trabajo de intendencia, agradecido cuando sacas la información que necesitabas, pero peligroso si te pierdes en ella, y más si como era mi intención el libro no iba solo sobre películas, sino sobre un país cultural, política y sociológicamente.  Mi formación como historiador, que es académica aunque muy mal aprovechada, me ayudó mucho en eso. Sé hacerlo, por así decirlo. Los años del silente no fueron los más complicados, tampoco los del sonoro y la primera mitad del XX. Hay buenos libros, los historiadores australianos se han preocupado de ello y las autoridades han puesto recursos para preservar las pelis que se conservan, o sus restos. Las aportaciones de productoras extranjeras, caso de la Ealing, están bien documentadas, y las obras básicas, y algunas de las otras, se pueden ver o enteras o al menos fragmentos significativos. Es decir, la cronología histórico-cinematográfica se puede trazar con relativa sencillez una vez se tiene claro qué se busca y qué se quiere contar.

Los medios, claro, ayudan mucho. No puedo dejar de admirar a los autores de Fantípodas en 2002 o los de los libros sobre Australia y Nueva Zelanda que editó la SEMINCI en el 96 y el 97. Tiempos pre-Internet. Ahora, la biblio-filmoteca tan tremebunda facilita el trabajo. Encima, si tienes colegas expertos en el buceo por la red…, pues al final te haces con un material de trabajo respetable.

Lo más complejo resultó ser el lapso de los 60. El primer cine post-colonial. Australia parece el páramo de Mad Max. Se llega al extremo de años sin producción de cine de ficción. Meterse en el cine underground y experimental fue complicado pero fascinante. De pronto no solo resultaba que aquella imagen de vacío era falsa, sino que allí se gestó, en unas pocas escenas equiparables a las musicales, la eclosión de los 70. El barrio bohemio de Carlton, en Melbourne, los laboratorios de creación universitarios, la figura capital de Giorgio Mangiamele, un inmigrante italiano que profundiza en la problemática de la identidad, o la de Tim Burstall, que es el tío que se inventa el Revival, están todas allí, interactuando. Encima, la investigación y escritura de esta fase coincidió con los últimos meses de gestación y el nacimiento de mi hija.

No obstante, tu investigación no solo se ha ceñido a la información cinematográfica, sino que también has buceado en la historia y la propia idiosincrasia como pueblo de Australia, algo que parece de cajón pero que, por desgracia, muchas veces es pasado por alto en este tipo de trabajos…

Para mí es básico. No entiendo el texto, ni mucho menos el subtexto, sin el contexto. Además me fascina la idea de contar la gran historia desde los márgenes. Australia está en sus películas, y sus películas, y sus imágenes, explican Australia como continuo histórico, político, pop…

En este sentido, me parece encomiable el esfuerzo que has realizado por empaparte de la mentalidad australiana para tratar de explicar ciertas cosas desde su punto de vista…

Muchas gracias. Quería tratar de entenderlos… y luego intentar explicarlos. Intentaba escapar de la mirada paisajística, de la fascinación por lo exótico. También es cierto que hay muchas cosas que encuentro muy cercanas: desde los procesos de descolonización a la búsqueda de la identidad, hasta el humor bruto, el tratamiento de los géneros o la visión mágica de la existencia y el lenguaje de los aborígenes.

The Last Wave

Una de las ideas en las que más haces hincapié durante el texto es la de que, a pesar de que se trate de un país joven, de su pasado británico y de la herencia cultural que ello conlleva, existe una especificidad de cine típicamente australiano, presente incluso en algunos exponentes filmados por realizadores foráneos. ¿En qué consiste y cuáles son esos rasgos característicos?

Volvemos al carácter postcolonial del país, y de su cine. La historia de Australia es la de la búsqueda de la identidad; una tensión entre complacer a la metrópoli, impresionarla y emanciparse respecto a ella. Eso alumbra una mixtura singular de individualismo y gregarismo, de inocencia y derrotismo, de salvajismo y civilización: lo rural y lo urbano en el sentido del espacio abierto, salvaje, y el ordenado, es decir, civilizado.  Todo dentro de una cultura y un ambiente viril, masculino en su mismo origen como penal y donde persiste el sistema de clases (y el clasismo) británico. Y luego está el paisaje claro, telúrico, mesmerizante.

Ya cinematográficamente, creo que se dividiría entre lo fantástico, que puede carecer de tales elementos fantásticos, y que irradia de la tierra misma, de ese paisaje y la estética de la fealdad que decía antes, derivada en parte del Free Cinema y la herencia documentalista  y luego personalizada. Otra vez los contrarios, o los contrastes: lo sublime y lo kitsch, lo hermoso y lo grotesco, el miedo y la comedia.

¿Podemos hablar entonces de una “australiana”, en equivalencia a la “americana” de los Estados Unidos?

Podría ser, sí. Cosas como Sunday Too Far Away, un título estupendo de Ken Hannam que sacudió Cannes el mismo año de Picnic en Hanging Rock entraría de lleno en esa definición. Te la robo.

Wake In Fright

Junto a títulos tan reputados como puede ser el caso de la mentada Picnic en Hanging Rock, en tu obra descubres un buen número de títulos desconocidos por estos lares a los que atribuyes no pocos méritos. ¿Cuáles de ellos pueden considerarse esa joya oculta que todo buen cinéfilo que se precie debiera conocer y por qué?

Wake in Frigh está ya semioculta, así que la descartaría. Pero es una obra maestra que deja patidifuso a cualquiera que la vea. Creo que Bruce Beresford, como cineasta, puede ser el gran reivindicado del libro. Su obra australiana tiene una solidez, audacia y variedad insólitas, incluidas dos obras maestras como Asalto al furgón blindado y Breaker Morant. Era un cineasta que parecía capaz de hace cualquier cosa y ejemplifica cómo la emigración hacia Hollywood de la generación del Revival destruyó tanto el tejido del cine y la industria en Australia como la carrera de un puñado de cineastas tremendos. Lo mismo para John Duigan, que venía del underground y evoluciona de maravilla, es un cineasta capital del cambio de década entre los 70 y 80, un gran retratista de la adolescencia y también de los treinteañeros perdidos.

Por otra parte hay tanto oculto… Casi todo, incluso cosas a plena vista… Tal vez por sintética y totalmente alucinante recomendaría buscar un documental de la Shell, producido en los 50, The Back of Beyond, sobre un camionero-cartero y su ruta por el interior del país. Australia, la australianidad, y la australiana (ves cómo te lo robaba) están allí resumidos y condensados; purísimos.

Tal y como expones, la etapa dorada del cine australiano se ubica durante la década de los setenta, en la que beneficiada por las leyes gubernamentales, la industria cinematográfica australiana eclosiona definitivamente, propiciando la aparición de los Peter Weir, George Miller y compañía. ¿Se dio esa rara circunstancia de confluir los elementos justos en el momento preciso?

Absolutamente. Fue la cuadratura del círculo. Planes muy similares se implementaron por las mismas fechas (más o menos) en Canadá, Sudáfrica o Nueva Zelanda, pero en ninguno de ellos el resultado fue tan rotundo y abrumador. Los cineastas estaban allí, solo hacía falta articularlos. Se puso la estructura, se dio la posibilidad de dedicarse profesionalmente al cine. Encima se sucedieron pelis que iban de frente a por el público, la comedia ocker y la sexploitation, con otras que arrebataban a la crítica. Picnic en Hanging Rock epitomiza esto; fue mucho más de lo que el gobierno podía esperar: era una película que podías pasear por todo el mundo. Era la imagen ideal de un país y de su arte.

Desde su afianzamiento a finales de los setenta, el cine australiano se ha acostumbrado a que, a poco que despunten sus realizadores, estos sean reclamados por la todopoderosa industria hollywoodiense. Sin embargo, no faltan nuevos cineastas prestos a tomar su relevo. ¿De dónde sale esa inagotable cantera de talentos, sobre todo si tenemos en cuenta que la población del país es poco menos que la mitad de la de España?

Es menos inagotable de lo que parece, en realidad. Y muy tóxica para el cine y la industria australiana. Los dos grandes momentos del cine australiano, el Revival en los 70, y el cine de la fealdad (lo voy a institucionalizar) de principios de los 90 fueron saqueados por Hollywood y de sus directores, a excepción de Weir y Luhrmann, nunca más se ha oído hablar. La renovación viene dada por la política de subvenciones, por los planes de formación y porque la estructura se ha mantenido. Hay una producción interna estable, con picos debido a lo exportable de filones como el horror en los 80 o en la segunda mitad de los 2000. Desde entonces, el abaratamiento de los equipos ha favorecido que surjan bastantes productoras independientes, algunas con personalidad y éxito como la Blue Tonge, una cooperativa  que ha rodado cosas como Animal Kingdom o The Rover. Como en España, las películas se mueven entre el presupuesto medio y el low cost. Eso hace sostenible el invento.

The Return of Captain Invincible

Los aficionados al fantástico conocemos de sobra el buen momento que atraviesa la filmografía de aquel país referente al tema, con títulos como Babadook u otros que, si bien en su mayoría ausentes de nuestras carteleras, se pasean por el circuito de festivales acompañados de cierto éxito. ¿A qué se debe esta especial predilección que, al menos a primera vista, parece tener aquella industria por el cine perteneciente a este género? ¿Responde a una razón de exportabilidad, o hay otros motivos?

En cierto modo el cine australiano se refundó en el fantástico. Quiero decir… Walkabout y Wake in Fright no son fantásticas, pero tienen esa vibración, ese sentimiento. Picnic en Hanging Rock lo resume: es una peli de prestigio y es un peli fantástica. Es Henry James. Lo fantástico está ahí. Es, paradójicamente, real.

Y luego, en un sentido mundano, los fantástico, o lo fantaterrorífico, fue un buen de mercado en los 70 y 80. Se vendía rápido y se producía rápido; y había cierto talento para hacerlo; eso y cara dura, que siempre suma en ese mundillo. En los 2000 pasó lo mismo. En aquel momento el gobierno no financiaba pelis de género y rechazaron Saw. Ya sabemos que se hizo en Norteamérica por cuatro chavos y ganó millones. Así que se decidió que eso no le iba a pasar por segunda vez. Wolf Creek surgió de ahí, de un cajón. Y a partir de ella se regresó a la dicotomía clásica: películas identitarias o películas internacionalistas.

Y fantástico aparte, ¿cual es la situación actual que atraviesa el cine australiano en su conjunto?

Precario pero estable, se podría decir. Está en un momento de repunte internacional, lo cual no es sinónimo de estar bien, sino de que seis o siete pelis se ven fuera. El fantástico ha resistido,  y se ha ido regresando al paisaje incluso en obras fuera de género como Tracks, la Blue Tongue sigue firme como ejemplo de independencia viable y Mad Max asoma en el horizonte, tal vez un regreso al apocalipsis, en coherencia con las cosmogonía aborigen del tiempo cíclico: creación y destrucción. El cine aborigen es, precisamente, lo más estimulante. En los 90 comenzaron a hacer sus películas, a levantar su propio Revival y han ido desprendiéndose de los modos de representación blancos, a la búsqueda de algo propio, identitario a su vez. Ahí está metida esa singularidad que es Rolf de Heer, quien se ha desnudado de su ego y se ha puesto al servicio de una comunidad y de una cultura para ser su médium, pero también un grupo de cineastas aborígenes contándose en sus propios términos.

The Man From Hong Kong

Abandonando ya nuestro recorrido por La historia del cine australiano, ¿en qué otros proyectos te encuentras trabajando ahora mismo? ¿Tienes pensada ya alguna idea para un próximo libro, aunque sea a medio plazo?

Ahora estoy terminando mi parte de un libro sobre la saga Terminator. Una idea de Miguel González, de Ultramundo, para Applehead Team. Es un encargo, pero he tenido libertad de acción, así que ha quedado una cosa excéntrica y personal. También participo, muy modestamente, en otro libro de los antedichos sobre la productora Empire. Fuera de eso, estoy envuelto en un par de libros interesantes, uno sobre la obra y figura de Richard Matheson y otro sobre el fantaterror español, en formato de antología crítica, y otro sobre cine y publicidad. Todos colectivos.  Hay alguna cosilla más pero en estado embrionario. Por lo demás, no creo que tarde la segunda parte del estudio sobre el cine surcoreano que hice para Cine-Bis y estoy dando la tabarra con un par de ideas, una fuera del cine. A ver si consigo engañar a otra editorial. Y sigo en Internet claro, casi a diario. Un pesado, vamos.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on marzo 4, 2015 at 4:28 am  Dejar un comentario  

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