Entrevista a María Kosti

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Nacida en Madrid en 1951, María Kosti pertenece a esa rara estirpe de intérpretes que, a día de hoy, han conseguido el difícil mérito de hacerse un hueco en la memoria de los espectadores españoles. En activo desde los quince años, sus múltiples trabajos para teatro, cine y televisión dan buena cuenta de una prolija trayectoria que, solo en la pequeña y gran pantalla, se encuentra próxima a alcanzar la redonda cifra del centenar de trabajos. Aunque para el gran público su figura suele estar asociada a sus intervenciones dentro de la comedia española, donde trabajó a las ordenes de directores tan característicos y fundamentales como Pedro Lazaga, Mariano Ozores, Pedro Masó o Luis María Delgado, en los albores de su carrera María se convertiría en uno de los rostros más característicos de nuestro querido fantaterror. Un bagaje que, durante su última edición, el Festival de Sitges quiso reconocer haciéndole entrega del premio honorífico Nosferatu que año tras año la sección “Brigadoon” concede a un destacado profesional relacionado con el género como reconocimiento a su trayectoria. La mañana siguiente de recibir el reivindicativo galardón en olor de multitudes, una María simpática, cercana y aún emocionada por el homenaje recibido pocas horas antes, repasó con nosotros su experiencia dentro de los márgenes del cine fantástico, así como sus recuerdos de algunas de las personalidades más destacadas con las que coincidió en aquellos tiempos del denominado “terror de pipas”.

María Kosti dirigiéndose al público tras recibir el Premi Nosferatu del Festival de Sitges como reconocimiento a su trayectoria.

María Kosti dirigiéndose al público tras recibir el Premi Nosferatu del Festival de Sitges como reconocimiento a su trayectoria.

– Durante la primera parte de tu carrera son varias las películas de género fantástico en las que intervienes, siendo especialmente numerosas las enmarcadas dentro del cine de terror nacional, corriente en la que te convertirías en una de sus presencias más recurrentes. ¿Esta, llamémosle, especialización fue algo totalmente fortuito o existía en ti un interés especial por este tipo de films?

Fue absolutamente fortuito. Esta especialización vino de la mano de León Klimovsky, con el que había trabajado en La casa de las chivas. Él firmó un contrato en exclusiva con la productora catalana Profilmes, que en ese momento se dedicaba a hacer cine de terror. Empezaron muy fuerte apostando por este género y tenían en plantilla a directores como Amando de Ossorio, Juan Bosch o el propio Klimovsky. Y como a él le gustaba mi manera de trabajar, contó conmigo para varias de estas películas.

– Con la perspectiva que da el paso del tiempo, ¿cómo recuerdas aquella etapa de tu carrera?

Era una etapa en la que trabajaba mucho y por ello estaba muchas veces muy cansada. Tanto es así que en una de estas películas, La saga de los Drácula, me quedé dormida en un ataúd. Estábamos en la Cartuja de Talamanca del Jarama. Durante el rodaje, tenía como una hora libre entre una escena y otra. Para hacer tiempo, me puse a dar una vuelta y llegué hasta la cripta. Allí estaba el ataúd donde descansaba el conde Drácula, que interpretaba Narciso Ibáñez Menta. Lo observé y tenía una pinta con su colchoncito, su almohada de seda… Total, que con el cansancio que arrastraba de simultanear dos funciones diarias en el teatro con la grabación de la película me eché a dormir en él. Pasaron como dos horas y, claro, el equipo comenzó a buscarme como locos por todos los sitios sin que yo apareciera, hasta que bajó un eléctrico a coger una manga. Al escucharle me incorporé desde el ataúd asustada. El hombre pegó un salto que no te puedes imaginar. Para colmo, todo lo que había alrededor del ataúd eran calaveras, tibias, peronés y cosas por el estilo, que yo pensaba que serían de atrezo, pero no: eran los restos de los monjes que estaban enterrados en esa cripta.

– Entrando a repasar tu filmografía fantástica, tu debut en el género se produce en 1969 con El perfil de Satanás. ¿Qué tal fue esta primera experiencia?

Personalmente no considero El perfil de Satanás una cinta de temática fantástica. El demonio no deja de ser una figura alegórica del capitalismo. Digamos que no es de terror puro y duro como lo que haría después. Era otro tipo de terror sobre lo que ahora mismo existe. Es el terror de las ansias de poder, de dinero, la corrupción, la venta de armas y de drogas, el cómo un país se come a otro… Todo lo que ahora mismo estamos viviendo lo denunciaba ya entonces esta película, lo que demuestra lo poco que ha cambiado el mundo en todo este tiempo.

– El máximo artífice de este título sería Juan Logar, todo un hombre orquesta que dirigía, producía, escribía, interpretaba y, en ocasiones, incluso hasta musicaba sus películas…

También era y es actor de doblaje. Precisamente, hará un par de años hizo una película titulada Aún hay tiempo, en la que volví a reencontrarme con él. Lógicamente, era ya un señor muy mayor, pero con muchísima ilusión, y el guion era muy bonito. Aparte de mí, también estaban Ramón Langa y Pedro Peña, que desgraciadamente ha fallecido hace poco.

La peculiar familia vampírica de "La saga de los Drácula". De izda. a dcha.: Helga Liné, Narciso Ibáñez Menta, Cristina Suriani y María Kosti.

La peculiar familia vampírica de “La saga de los Drácula”. De izda. a dcha.: Helga Liné, Narciso Ibáñez Menta, Cristina Suriani y María Kosti.

– No es hasta cuatro años después de esta primera toma de contacto que no retornas al género; lo haces por partida doble con la ya comentada La saga de los Drácula y La rebelión de las muertas, ambas dirigidas por León Klimovsky, a quien siempre se le ha achacado la rapidez con la que despachaba los proyectos que le eran encomendados. Tú que tuviste la oportunidad de trabajar con él repetidamente, ¿hasta qué punto esta leyenda era cierta?

Lo que pasa es que a él le daban un presupuesto del que no podía pasarse, y lo que hacía era no perder el tiempo en dirigir a los actores. Era una persona muy efectista. Sabía mucho de cine y decía que las motivaciones te las trajeras de casa, que allí se iba a rodar un plano tras otro, lo que propiciaba una forma de trabajar en la que el actor tenía que sacar todos sus recursos. Afortunadamente, yo traía una formación del teatro, donde había trabajado con directores muy buenos como José Luis Alonso o Miguel Narros, aunque en realidad luego no te servía de nada, ya que, una vez salía el monstruo, con que gritaras bastaba. Por eso había esas desigualdades en las interpretaciones si quieres, porque entonces no hacíamos sonido en directo. ¿Qué ocurría? Que llegaban actores con su texto aprendido y el personaje preparado y otros que rezaban el padre nuestro porque no se lo habían estudiado, como me ocurrió a mí en cierta ocasión con cierto actor. Entonces, claro, había que tener mucho oficio.

En La saga de los Drácula el papel protagonista correría por cuenta de toda una leyenda del género como Narciso Ibáñez Menta. ¿Cómo fue trabajar codo con codo junto a tan genial intérprete?

A mí me dijo una vez: “María, no esperes enamorar a la cámara ni que la cámara se enamore de ti. Tú tienes que ser la cámara. Tus ojos tienen que traspasar la pantalla y hacer sentir a la gente que te estás metiendo en ellos.” Era una cosa impresionante porque, además, cada personaje que él interpretaba lo mimaba y lo rodeaba de matices. De repente lo veías y tenía una oreja distinta que llevaba picuda. Al otro día tenía la nariz ganchuda, al otro día la boca torcida, al otro día la barbilla… Era algo espectacular. Pero, sobre todo, al trabajar con él frente a frente, y también en pantalla, su presencia provocaba frío. Cuando él estaba metido en el personaje producía como una especie de repelús. En una palabra: imponía. Luego terminado el trabajo era un hombre súper amable. Pero cuando él te miraba mientras estábamos rodando te dejaba como helada.

– Si en La saga de los Drácula coincidirías con el gran Ibáñez Menta, en La rebelión de las muertas lo harías con el tótem por antonomasia del cine de terror español, Paul Naschy, con el que repetirías después en varias ocasiones. Dada su condición de guionista y estrella principal, ¿solía intervenir en el trabajo del director?

No, al contrario. Él se ceñía a su papel de actor y, además, era una persona muy generosa, a quien le gustaban muchos los actores. Siempre me decía: “María, si hago algo que tú no te sientas bien, dímelo y lo trabajamos juntos.” Él respetaba mucho a la gente que había hecho teatro. Yo me llevaba muy bien con Jacinto, la verdad. Una cosa que me hacía mucha gracia era cómo describía en el guion a los personajes que él interpretaba. Siempre ponía lo mismo: “Mirada profunda, nariz ligeramente aguileña, musculoso aunque no muy alto, sensual y atractivo.”

Loreta Tovar y María Kosti convertidas en mujeres leopardo prestas a atacar a Kali Hansa en "La noche de los brujos".

Loreta Tovar y María Kosti convertidas en mujeres leopardo prestas a devorar el cuello de Kali Hansa en “La noche de los brujos”.

– Tras estos dos trabajos, inicias tu serie de colaboraciones con el gallego Amando de Ossorio, comenzando con La noche de las brujas, película rodada en el Safari Park de Madrid haciéndolo pasar por la sabana africana, y en la que uno de sus principales reclamos estaba en un elenco de atractivas féminas compuesto por Loreta Tovar, Kali Hansa, Bárbara Rey y tú misma…

De esta película publicaron una foto graciosísima en Fotogramas en la que salgo yo mientras las otras hacían de mujeres pantera que me intentan morder. En el pie de foto ponía: “María Kosti, Loreta Tower y Barbara King.” ¡Es lo más friki del mundo y a mí me encanta! (Risas) Bárbara era muy graciosa. Decía que era muy atlética, así que empezaba a dar saltos para subir a los árboles y un día se dio un tortazo que no podíamos rodar de la risa que nos entró.

Aunque algún actor, como sin ir más lejos el protagonista masculino de La noche de los brujos, Simón Andreu, me ha desmentido tal extremo, sobre Ossorio pesaba la acusación de estar más pendiente de sus criaturas que de dirigir a los actores. ¿Contigo fue así?

Totalmente. Además te pedía cosas imposibles. A mí un día que había puesto un travelling en alto me dijo: “Durante la escena sáltalo, pero sin que se note”. Por más que le expliqué que aquello que me pedía era imposible, él siguió en sus trece. Así pues hice la toma según sus indicaciones y al intentar saltar el travelling me di una leche de impresión contra el suelo. Sin levantarme, instintivamente, me dirigí a Amando y le dije: “¿Lo ves como no se puede hacer?” Ni corto ni perezoso, ordenó cambiar la posición de la cámara y continúo como si no hubiera pasado nada.

– No obstante, los papeles que interpretarías para él paradójicamente tendrían una mayor carga dramática de lo que solía ser habitual en esta clase de películas…

No. Era porque el texto lo pedía así, nada más. Lo que ocurre es que hay películas donde los personajes tienen carga y otras en las que tienen menos carga. Pero si hubo alguien que confió en mí fue León. Al hilo de esto, la pega que veo a estas películas, que las quiero mucho y me encanta volver a verlas, es lo solos que estábamos los actores. No había una unión. Era muy difícil encontrar a alguien de tu rollo, por así decirlo, y la rara vez que lo hacías te puedes imaginar. Por ponerte un ejemplo, en este sentido, el coincidir en La endemoniada con Julián Mateos, fue divino, porque estábamos encantados preparando nuestras cosas, pero si por el contrario dabas con alguien al que la película le importaba tres narices y solo iba allí a lucirse, lo pasabas mal.

María en una escena perteneciente a "Una libélula para cada muerto".

María en una escena perteneciente a “Una libélula para cada muerto”.

Por las mismas fechas en las que participas en La noche de los brujos, lo haces también en un par de giallos; de nuevo con Naschy y Klimovsky en Una libélula para cada muerto y en la coproducción hispano-italiana Los mil ojos del asesino, protagonizada por Anthony Steffen, por entonces de cierta popularidad gracias a sus personajes en el spaghetti-western…

En realidad, Los mil ojos del asesino fue una de las primeras películas de este tipo que hice. Lo recuerdo porque se rodaba en Portugal y para viajar hasta allí necesitaba tener pasaporte. Por aquella época para sacarte el pasaporte o el carnet de conducir tenías que hacer el auxilio social, pero como a mí no me daba la gana hacerlo, gracias al rodaje de esta película la productora se encargó de que me dieran el pasaporte.

– Volviendo a tus colaboraciones con Ossorio, en 1975 desempeñas el papel de la heroína de La noche de las gaviotas. ¿Cómo afrontaste el reto de enfrentarte a uno de tus primeros personajes protagonistas para la gran pantalla?

Con anterioridad ya había encarnado más personajes protagonistas, y el hecho de que fuera una película de terror tampoco cambiaba mucho las cosas. Para mí el cine de terror no tiene demasiada diferencia con otros géneros. Son sensaciones. Al igual que hay gente que se prepara para conocer el amor o para que le toque la lotería, el actor tiene que estar preparado; tiene que tener toda su psique lista para que de repente se abra una puerta y aparezca una mano, un templario o lo que sea.

– Esta película sería la cuarta y última entrega de la saga de los monjes templarios creada por Amando de Ossorio. ¿En el momento de rodarla conocías los films anteriores?

No. Yo entré en este mundo con estas películas. O mejor dicho, me reencontré con él, porque mi padre, que era un cachondo andaluz, cuando era pequeña y me ponía pesada me contaba la historia del hombre sin cabeza que a mí me daba terror. Así que él siempre me amenazaba con contármela. Después, cuando vi el Frankenstein de Boris Karloff y vi la escena en la que primero tira la margarita y después la niña, se acabó por completo el cine de terror para mí. (Risas)

El personaje de María es observado desde la ventana en un momento de "La noche de las gaviotas",

El personaje de María es observado desde la ventana en un momento de “La noche de las gaviotas”,

– Al igual que en otros títulos en los que participaste, La noche de las gaviotas a día de hoy está considerada un film de culto en todo el mundo. ¿Qué opinas de esta reputación, teniendo en cuenta que en origen se trataba de producciones bastante modestas industrialmente hablando, y por lo general vilipendiadas cuando no ignoradas por la crítica?

A mí todo lo que suceda para bien me encanta. Si hay una satisfacción grande que me he llevado en mi vida ha sido venir a Sitges y ver a gente que podría ser mis hijos pidiéndome hacerse fotos conmigo y trayéndome películas para que se las firme. Es algo que te cuentan y no te lo crees. Te puedo jurar que ni una noche de estreno en el Español siendo la primera actriz me ha dado la misma emoción que he sentido al recibir en el Auditori el premio Nosferatu del Festival, porque es algo que no te esperas. Sobre todo en este momento, en que no estoy tan activa como en aquella época en la que simultaneaba teatro, cine y televisión, y estaba continuamente trabajando. Ahora, con esto de que la industria no está muy boyante y que las actrices mayores parece que no tenemos cabida, es muy difícil. Tanto es así que, en mi caso, durante los tres últimos años he hecho dos películas. Por cierto que una de ellas, El señor Manolo por las buenas o por las balas, roza el cine de terror aunque de otra manera. Mi personaje es muy bonito. Es una mujer que tiene alzhéimer, pero también dispone de momentos de lucidez. Y cuando vuelve, lo hace como un terremoto.

– Coincidiendo con la realización de El exorcista, participas de dos exploits autóctonos concebidos con el propósito de adelantarse al estreno de este film norteamericano en España. Me refiero a La endemoniada, tu tercera y última colaboración con Amando de Ossorio, y Exorcismo, en la que te reencuentras con otros dos viejos conocidos, Paul Naschy y Juan Bosch, el director de Los mil ojos del asesino. ¿Eras consciente de la naturaleza de estas propuestas? ¿Conocías el film de William Friedkin en ese momento?

Por supuesto que el equipo lo sabíamos pero, al menos yo, no había visto la película.

Dos Marías, Kosti y Perschy, atienden a una endemoniada Grace Mills en “Exorcismo”.

– Respecto a La endemoniada, algunas fuentes indican que su rodaje se desarrolló en poco más de siete días y que, en tu caso, entraste en el reparto en sustitución de la inicialmente prevista María Silva, después de que, tras el primer día, sus responsables comprobaran que no daba el tipo que el personaje requería. ¿Fue así?

En siete días no fue. Creo. Sí puedo decir que a lo mejor estuve cuatro días, porque ya sabes que las secuencias se agrupan y ruedas toda tu parte seguida. Y lo de María no lo sé. He trabajo mucho con ella y me lo podría haber dicho.

– Siguiendo con las informaciones confusas, en algunas de tus filmografías que circulan por la red figura tu participación de forma no acreditada en Leonora, el tercer film del hijo de Luis Buñuel, Juan Luis. ¿Interviniste realmente en esta película?

No participé, pero sí es verdad que me llamaron para el papel que finalmente haría Carmen Maura y yo lo rechacé. Preferí hacer otra película que ahora mismo no recuerdo, en la que el personaje que me ofrecían tenía mayor importancia. La verdad es que soy poco mitómana en este sentido, y en ese momento no le di ninguna importancia a que fuera una película de Juan Luis Buñuel. Por estas cosas del destino, curiosamente años después sí que trabajaría con él en una cosa que hicimos para televisión titulada El laberinto de Adriana, con Emma Suárez y Jean-Pierre Cassel de protagonistas. [N.d.a. Se refiere a Ariadna, capítulo perteneciente al formato Alta tensión, compuesto por un total de quince episodios de temática policiaca.]

– Otro film en que también se te nombra como parte del reparto es El espiritista, una coproducción hispano-portuguesa que tenía en Vicente Parra a su actor protagonista…

Tampoco participé.

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– El final de la Dictadura coincide con el despegue definitivo de tu carrera y tu desvinculación de este tipo de películas. ¿Cuáles han sido las causas para que desde entonces no hayas vuelto a incidir en el género fantástico?

No me han llamado más. También coincidió que al final de la dictadura comenzó el destape puro y duro, además de barato. Entonces, si tú haces la misma historia pero encima enseñando las tetas, como que no.

– Una última curiosidad. ¿De dónde viene tu nombre artístico?

Mi padre se llamaba José Mesa Kosti, y como a Ana Mariscal, con la que di mis primeros pasos en el oficio, el nombre de María Soledad Mesa no le gustaba, comenzó a jugar con mis apellidos hasta que dio con María Kosti. Le sonó bien y lo adapté.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on abril 1, 2015 at 5:24 am  Dejar un comentario  
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