Necrológica de José Canalejas

La Muerte Tenía Un Precio

Si hace tan sólo unos meses nos hacíamos eco de la muerte del imprescindible secundario de nuestro cine Ricardo Palacios, ayer nos enterábamos de la noticia del fallecimiento a los 90 años en un hospital de Madrid de José Canalejas, otra figura ubicua y fundamental dentro del panorama del cine de género realizado en España durante las décadas de los 60 y 70.

De familia íntimamente ligada al mundo del arte (su padre era el violinista Manuel Álvarez Trigo), tras una exitosa y prolongada actividad sobre los escenarios en una gran variedad de compañías de repertorio, Canalejas consigue debutar en el cine a la tardía edad de 35 años: fue en 1960 y nada menos que de la mano de Jesús Franco en la comedia policíaca Labios rojos, en la que no por casualidad actuaba asimismo su hermana Lina Canalejas, que aunque más joven contaba con más experiencia en lo que a actuar delante de las cámaras se refiere.

Condicionado en el aspecto interpretativo por sus marcadamente raciales rasgos de aires mexicanos, su distintiva apariencia lo alejó de intervenir en el tipo de cine cómico-costumbrista tan en boga a inicios de la década y al que tan asidua era en cambio su hermana. Sin embargo, gracias a su peculiar fisonomía, y al igual que ocurriera con Aldo Sambrell o el mucho más versátil Fernando Sancho, el actor madrileño lograría hacerse más tarde un hueco en la serie de westerns que a mediados de los 60 comenzaron a rodarse en nuestro país, participando así tanto en la seminal Por un puñado de dólares / Per un pugno di dollari (1964), como en La muerte tenía un precio / Per qualche dollaro in più (1965), en pequeños roles de esbirro del villano principal, interpretado en ambos casos por Gian Maria Volonté.

Por un puñado de dolares

Además de por estas pioneras colaboraciones con Leone, y por mucho que en la mayoría de los casos se le relegara a roles episódicos o meramente presenciales, su relación con el spaghetti es digna de señalar tanto por su (omni)presencia en un gran número de sus más destacados títulos (El precio de un hombre, Cazador de recompensas, Django…) como por su estrecha colaboración con algunos de los más señalados, representativos y/o incansables realizadores que cultivaron el subgénero: así podríamos citar en este sentido los nombres de Sergio Corbucci, Tonino Valerii, Mario Caiano, Eugenio Martín o, sobre todo, el destajista León Klimovsky. Por otro lado, Canalejas estuvo asimismo presente en los repartos de films que directores en principio tan poco vinculados al western como Mario Bava, José Luis Borau o Amando De Ossorio consagraron al género de manera excepcional en su período de mayor apogeo en Europa.

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A inicios de los 70, y debido al decreciente interés que el público iba mostrando por este tipo de cine al que el actor parecía haberse especializado, Canalejas comenzó a ser reclamado por directores con los que anteriormente ya había trabajado vestido de vaquero para participar esta vez en el cada vez más pujante cine de terror, evidenciando de esta manera el forzado reciclaje al que toda una industria se tuvo que someter a principios de la década a la hora de adecuarse a los nuevos gustos de la platea. Así las cosas el actor madrileño aparecería en esta nueva etapa en títulos tan emblemáticos de la especialidad como el clásico de Eugenio Martín Pánico en el Transiberiano / Horror express (1972), actuaría a su vez junto a Paul Naschy en Una libélula para cada muerto (1974) de León Klimovsky, y ejecutaría uno de sus papeles más importantes y memorables en la piel del retrasado Murdo en la magnífica El ataque de los muertos sin ojos (1973), segunda entrega de la Tetralogía Templaria de Amando de Ossorio.

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A pesar de la incuestionable profesionalidad desplegada en los films anteriormente citados, Canalejas no consiguió encajar tan bien en el llamado fantaterror como sí lo había hecho en el spaghetti, diversificando como resultado por esa misma época su carrera actoral con el salto a la dirección. Su carrera detrás de las cámaras se saldaría con dos únicas películas que tenían como fin último explotar el dudoso humor de los por entonces más o menos célebres hermanos Calatrava: El último proceso en París (1974), que ya desde su oportunista título dejaba patente su obvia intención de sacar tajada del éxito del polémico film de Bertolucci, y El in… moral (1976).

Serpiente de mar

Debido a la progresiva e injusta desaparición durante más de una década y media de todo lo que oliera a cine de género manufacturado en España, consecuencia tanto de los cada vez más sofisticados gustos del público como de la nefastamente elitista Ley Miró, Canalejas como tantos otros compañeros de generación dedicó una gran parte del último tramo de su carrera profesional a colaborar en series de qualité tales como La barraca (dirigida de nuevo por Klimovsky), Teresa de Jesús o Los jinetes del alba, con una ocasional vuelta al  terror cañí a mediados de los 80 con la tardía y ridícula cinta de Ossorio Serpiente de mar.

Niño nadie supondría en 1997  su último trabajo, volviendo así a reunirse con Borau tras su experiencia conjunta en Brandy (1964) y también con su hermana Lina cuatro décadas después de su debut ante las cámaras, cerrándose de este modo el círculo de su trayectoria actoral de una manera tan simétrica como entrañable. Con la desaparición de Canalejas el pasado 1 de mayo se nos va otro de los contados representantes (por desgracia, cada vez más escasos) de toda una pléyade de profesionales patrios gracias a los cuales, y a su buen hacer, nuestro país fue durante casi una década el lugar de rodaje predilecto de los cineastas del mundo entero.

Descanse en paz.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on mayo 5, 2015 at 8:29 pm  Comments (1)  
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One CommentDeja un comentario

  1. Aunque, por desgracia, no contara con el mismo reconocimiento que otros característicos de su estilo caso de Frank Braña o Aldo Sambrell, poseía como ellos la capacidad de llenar la pantalla con su sola presencia, fuera cual fuera su cometido.

    Descanse en paz otro de nuestros grandes secundarios.


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