Crónica de la XII Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid

Un año más, y ya van cuatro, el Callao City Lights vistió sus mejores galas para acoger la celebración de la duodécima Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid. Del 5 al 8 de marzo, el evento organizado por Versus Entertainment en colaboración con Universal Networks International volvió a acercar a la capital un corolario de títulos pendientes por el momento de distribución comercial en nuestro país con el que coger el pulso a la producción anual de género fantástico. Una iniciativa que, una vez más, contó con el respaldo del público madrileño, que acudió en masa a la llamada, tal y como pudieron comprobar en primera persona los viandantes que paseaban por la zona comercial de Preciados a decir de las enormes colas de gente que antes de cada sesión se desplegaban alrededor de la Plaza del Callao.

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Como es costumbre, la selección realizada presentaba sobre el papel de todo y para todos los gustos; desde exponentes puramente genéricos como la belga Cub, hasta propuestas autorales como la de A Girl Walks Home Alone At Night, pasando por experimentos inclasificables como el realizado por Jonathan Glazer en Under the Skin. Es cierto que se echaba a faltar una mayor presencia de trabajos correspondientes a nombres propios del fantástico, apartado que a duras penas era cubierto con la nueva película de Neill Blokamp, el regreso detrás de las cámaras de un Joe Dante en horas bajas, o la última locura del japonés Sion Sono, decantándose en su lugar la organización por una nutrida representación de títulos premiados en la pasada edición del Festival de Sitges, en la mayoría de los casos dentro de apartados menores. Una apuesta a caballo ganador que, paradójicamente, se dejaría sentir en el bajo nivel cualitativo ofrecido por la programación en términos generales.

Pero mejor dejemos las reflexiones para el final y comencemos esta crónica por donde toca; esto es, el principio:

JUEVES 5: ROBOTS HUMANOS

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Siguiendo con el desarrollo habitual de la Muestra Syfy, esta duodécima edición arrancaba con una primera jornada consagrada a una sesión inaugural que debía de servir de carta de presentación del certamen de cara a su público, y que tenía como plato fuerte de la noche el preestreno de un blockbuster hollywoodiense próximo a ser estrenado comercialmente en nuestras salas. Fiel a lo esperado, y con media hora de retraso sobre el horario previsto, aparecía sobre el escenario de la sala 1 del Cine Callao la maestra de ceremonias de la Muestra, Leticia Dolera. En un clima totalmente distendido, la actriz y realizadora repasaría a su particular y caótica manera la programación de este año, mostrándose más interesada en caldear los ánimos de los más exaltados por medio de supuestas gracias como el ya tradicional chiste hecho a costa de la rima con Canino. Todo un ejemplo de lo más significativo de los derroteros por los que parece que sus responsables quieren llevar a la Muestra, potenciando a toda costa el ambiente supuestamente festivo por encima mismo del visionado de las propias películas. Al menos hay que reconocer que, por fortuna, los peores augurios que estos primeros compases presagiaban no se cumplieron, y en líneas generales, y salvo momentos puntuales, las sesiones se desarrollaron dentro de una relativa tranquilidad, sin que se llegaran a repetir episodios tan irritantes y bochornosos como los vividos el año pasado durante el pase de la versión del francés Christophe Gans de La bella y la bestia, en la que las gracietas, por llamarlo de algún modo, y gritos constantes de ciertos elementos indeseables del público hicieron que la proyección fuera un auténtico suplicio. Algo es algo.

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Terminada su intervención, la presentadora cedería el testigo al director del certamen, quien tras los oportunos agradecimientos de rigor daría paso a su vez a la principal protagonista de la velada. Casualidad o no, el caso es que el título escogido para dar el pistoletazo de salida a esta Muestra 2015 guardaría no pocos puntos en común, tanto en la forma como en el fondo, con el cartel oficial de esta duodécima edición, comenzando por el hecho de que ambos versaran sobre el concepto de la inteligencia artificial. Se trataría de Chappie, tercer largo del sudafricano Neill Blokamp donde, siguiendo el modelo empleado en sus dos incursiones previas, se vale de una ambientación futurista para llevar a cabo una parábola social de corte humanista. Basada en un corte previo de su autor, al igual que ocurría en su aclamado debut Distrito 9, y con ciertas semejanzas con el clásico ochentero Cortocircuito, el film utiliza la historia de un robot que toma conciencia de su existencia para articular una reflexión sobre la propia condición humana bajo una envoltura de espectáculo para todos los públicos, lo que conlleva la asunción de ciertas concesiones comerciales. Una circunstancia que limita el calado de su discurso y la adopción de un tono que por momentos puede parecer algo ñoño, pero que en ningún momento invalida una propuesta que sobresale por derecho propio del actual panorama copado por aparatosas producciones fantásticas de usar y tirar. Con ella, Blokamp vuelve a reafirmarse como uno de los cineastas más interesantes del momento, si bien se haga urgente un cambio de rumbo en su carrera antes de que los síntomas de repetición y estancamiento que comienza a acusar su trabajo se hagan más evidentes. Quizás esa secuela-remake de la saga Alien en la que se encuentra trabajando en estos momentos sea el mejor escaparate para ello.

VIERNES 6: COMEDIAS FANTÁSTICAS

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A una hora bastante más temprana que en anteriores ocasiones, el segundo día de esta duodécima Muestra echaba a andar a eso de las tres y media de la tarde. Por delante quedaban cinco sesiones que tendrían en la comedia su principal denominador común. Y es que, no se sabe si de forma premeditada o no, el caso es que la distribución de la programación de este año agruparía las películas dependiendo de su afinidad genérica, tal y como pudo comprobarse con el discurrir de los días. La encargada de abrir el talón sería la neozelandesa Housebound, la primera de la nutrida representación de películas participantes en el pasado Festival de Sitges que se pudieron ver a lo largo del certamen. Escrita y dirigida por Gerard Johnstone, el film en cuestión se inscribe en un subgénero tan transitado en los últimos tiempos como es el de las casas encantadas, si bien lo hace de forma harto particular. El arresto domiciliario de la protagonista en el hogar materno, donde tienen lugar fenómenos en principio sobrenaturales, es el punto de partida de una narración que entremezcla comedia, terror y thriller, sin cargar las tintas en ninguna de las vertientes, y haciendo un inteligente uso de los resortes característicos de este tipo de relatos, hasta desembocar en un último tramo plagado de giros de guion a cada cual más sorprendente. Esta manifiesta capacidad para reinventar continuamente su metraje sobre la marcha y, con ello, las expectativas creadas por el espectador, es a la vez uno de los mayores logros y la principal pega de un conjunto cuya falta de definición genérica acaba por quedarse un poco en tierra de nadie, sin que resulte tan hilarante como se propone ni tan terrorífica como debiera. Con todo, se trata de un trabajo hasta cierto punto simpático, aunque solo sea por las excelentes prestaciones de su elenco interpretativo. Por cierto, que antes de su pase Leticia Dolera aprovecharía la consabida presentación de la película para arremeter con simpatía y no cierta ironía contra nuestro compañero y buen amigo Oscar Atxein de “La mansión del terror” por las críticas vertidas en su crónica de la inauguración de la consabida potenciación de ciertas conductas más propias de un patio de colegio que de una celebración cinematográfica a las que aludíamos antes.

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Mucho más ortodoxa se mostraría en la introducción a la segunda película de la tarde, Tokyo Tribe, en la que con un par de anécdotas pondría en antecedentes a los profanos acerca de la peculiar personalidad de su director, Sion Sono, cuya huella es plenamente visible en su cine. No en vano, su particular forma de concebir el hecho cinematográfico le ha hecho merecedor de la etiqueta de enfant térrible del cine japonés, lo que tratándose de una filmografía tan tendente a lo bizarro y la psicotronía como la nipona no es decir poco. Por si hubiera alguna duda, en Tokyo Tribe demuestra el porqué de este calificativo, con un trabajo que en más de un sentido prolonga lo expuesto en su anterior Why Don’t You Play in Hell? Tanto es así que, si en aquella ofrecía su personal homenaje al séptimo arte, esta vez es la cultura hip-hop la que centra este alucinado cruce de caminos entre The Warriors y West Side Story, basado en un manga de Santa Inoue. El partir de un material ajeno no es impedimento para que Sono se lo lleve a su terreno, dando forma a un musical de dos horas de duración sobre una guerra de bandas callejeras a ritmo de rap, rodado según los cánones estéticos y narrativos de la serie Z del país del Sol Naciente, pero con una factura visual, un apabullante dominio de la técnica y, en fin, un nivel productivo que para si quisieran este tipo de cintas. El resultado es tan excesivo como se podría antojar en un principio, siendo uno de esos ejemplares incapaz de dejar indiferente a nadie: o se le ama o se le odia, así de simple. Por desgracia, en el caso que nos ocupa fueron mayoría los que no comulgaron con sus formas, pasando por alto las muchas virtudes que atesora uno de los títulos más interesantes, atrevidos y transgresores de esta Muestra. Sirva como ejemplo la forma en que sintetiza la mentalidad de cierto tipo de rap al hacer que el desencadenante de toda la trama sea el ego por ser el que la tiene más grande.

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Tras la fría acogida dispensada a Tokyo Tribe era turno de ver lo que daba de sí Burying the Ex, el último trabajo de un director con cuyas imágenes había crecido buena parte de los presentes: Joe Dante. Cinco años después de su anterior Miedos 3D, el autor de la mítica Gremlins se vuelve a poner detrás de las cámaras con esta comedia romántica de terror con la que, sin traicionar sus raíces, intenta rejuvenecer su cine acorde a los nuevos tiempos. Pero ni la adopción de un argumento centrado en los devenires de un triángulo amoroso formado por veinteañeros, ni la participación de varias promesas del Hollywood actual como Anton Yelchin, Ashley Green o Alexandra Daddario sirven por sí solos para aportar savia nueva a una propuesta que suena a ya vista, y que, lo peor de todo, tampoco es que haga nada por ocultarlo. Por el contrario, su responsable parece estar más preocupado por trufar cada plano de guiños cinematográficos, con especial predilección en los dedicados al cine de terror italiano –cf. la ex-novia que regresa de entre los muertos para complicar la vida del protagonista se llama Evelyn, en clara referencia al film de Emilio Miraglia La noche que Evelyn salió de la tumba-, en lugar de intentar apartarse de caminos demasiado trillados a estas alturas. No quiere decirse con ello que se trate de un mal film. Es más bien una cuestión de expectativas. Y que, viniendo de alguien que entre finales de los setenta y principios de los ochenta legaría gemas indiscutibles del fantástico como Pirañas, Aullidos o la mencionada Gremlins, por solo citar las más célebres, uno esperaba algo más que un trabajo tan insustancial como el presente, cuyo único valor reside, precisamente, en evidenciar las dificultades de su veterano director para conectar con los gustos del público actual.

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Con la sala repleta y cierto retraso sobre el horario previsto, sobre las diez y media de la noche daba comienzo la que a priori estaba diseñada como la sesión estrella de la jornada. Obviando el momento chorra de costumbre cortesía de Leticia Dolera, la sesión se iniciaba con nuestro antiguo colaborador Paco Fox sobre las tablas del escenario presentando el crowfunding para financiar su proyecto-homenaje al cine de serie Z Cine Basura: la película, que tras haber recaudado el dinero necesario se encuentra en estos momentos en plena fase de rodaje. Terminados los momentos publicitarios, el productor de Safari presentaba ante el público el que iba a ser el primero de los representantes de la selección de cortos programados por la Muestra en colaboración con Canal + por segundo año consecutivo. Tomando como base un tema por desgracia tan actual como el acoso escolar y las matanzas cometidas por alumnos en recintos estudiantiles, el zamorano de nacimiento y asturiano de adopción Gerardo Herrero –no confundir con el veterano cineasta y productor de idéntico nombre- da buena muestra de sus dotes como realizador con un trabajo de hechuras cinematográficas que destaca por la ingeniosa forma con la que, por medio de la fragmentación narrativa, logra dotar de un acentuado sentido del suspense a un hilo argumental en realidad mínimo. No debe pues extrañar los muchos reconocimientos recibidos desde su estreno en la Semaine de la Critique de Cannes, entre los que destaca su reciente nominación al mejor cortometraje de ficción en los Goya, y el SITGES CINE 365 FILM entregado por el certamen catalán en colaboración con la productora Apaches Entertainment y Cine 365, cuyo premio consiste en la financiación de un largometraje.

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A continuación, era momento entonces para el plato fuerte de la noche. Nos referimos, claro está, a Lo que hacemos en las sombras, segundo título del día procedente de Nueva Zelanda y que aterrizaba en la Muestra con el aval que suponía el haberse alzado con los premios del público del Festival de Sitges y la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián. Con evidentes puntos en común con el belga Vampires de Vincent Lannoo, otro falso documental de hace un par de temporadas, la cinta coescrita y codirigida por Taika Waiti y Jemaine Clement, intérpretes también de dos de los papeles principales, se sumerge en el día a día de un grupo de vampiros que comparten piso en la Nueva Zelanda de hoy. El contraste entre la cotidianidad del modo de vida de la juventud actual pasado por la singular mitología de su grupo protagonista, a través de los cuales Waiti y Clement satirizan algunas de las encarnaciones vampíricas más extendidas dentro de la cultura popular, conforman la base de la propuesta. Un planteamiento interesante, sin duda, pero que no daba para un largometraje, lo que provoca que, transcurrido el ecuador del metraje, empiecen a flaquear las ideas y su discurrir acabe pecando de reiterativo, perdiendo así gran parte de la chispa y brillantez que poseía hasta el momento. No obstante, estas pegas no quitarían para que su pase resultara todo un éxito, como quedaría demostrado por las sonoras carcajadas que arrancarían sus ocurrencias entre gran parte de los asistentes, quienes no dudarían en ovacionarla en señal de aprobación una vez los títulos de crédito asomaron en la pantalla.

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Por si aún el apetito del personal aún no había quedado saciado, la sesión de madrugada tenía reservada a los más valientes una nueva comedia terrorífica, Hunger Z, cuyo supuesto gamberrismo debía de servir para poner la guinda a esta segunda jornada. Procedente del lejano Oriente, se trataba de un prototípico representante de la psicotrónica Serie Z japonesa a la que nos referíamos al hablar de Tokyo Tribe, un poco en la onda trash del cine de Noboru Iguchi, de quien no por casualidad pudimos ver hace un par de años en este mismo marco y con idéntico horario su Dead Sushi. En el caso de Hunger Z, también conocida internacionalmente como Hunger of the Dead, se encuadra en el sobresaturado subgénero sobre muertos vivientes por medio de una premisa sorprendentemente atractiva: en un futuro cercano dominado por los zombis, los humanos no infectados son confinados en granjas donde son obligados a reproducirse para procurar así alimento a sus amos. A pesar de las jugosas posibilidades a las que se presentaba semejante punto de partida, ni qué decir tiene que su desarrollo se desplaza desde el primer momento por los terrenos de la comedia gore. Nada raro, por otra parte, en vista de sus antecedentes. Lo preocupante está en la forma en que lo hace. Plana, sin gracia, interminable, pese a su ajustada duración de hora y cuarto, carente del más mínimo sentido del delirio y acreedora, además, de un look visual entre amateur y cutre, sus resultados no cumplen siquiera las funciones básicas que habría que pedirle a un producto de sus características. Buena muestra del nivel por el que se mueve la cinta está en la sobresaturación de planos recursos protagonizados por muñecas de porcelana, en lo que queda la duda de si es un intento por crear una broma a base de su exagerada repetición, o simplemente consecuencia de las escasas aptitudes de su debutante director, el ignoto Naoto Tsukiashi.

SÁBADO 7: CINE DE GÉNERO

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Las altas horas a las que concluiría el pase de Hunger Z no impidieron que la jornada del sábado comenzara bien temprano. Lógico, al tratarse de la más numerosa del festival, con la proyección de media docena de películas y dos cortos repartidos en seis sesiones. De este modo, a las doce del mediodía tenía lugar el “Syfy Kids”, el espacio dedicado por la Muestra a los más pequeños de la casa. En esta ocasión el título seleccionado para tal menester sería una de las obras maestras de Hayao Miyazaki, Mi vecino Totoro, nombrada por la revista británica Time Out como “la mejor película de animación de la historia”, según figura en la Wikipedia. Con el fin de acercarla aún más al público al que iba dirigida la propuesta, la película sería proyectada en su versión doblada al castellano, lo que no evitaría sin embargo que la sesión se saldara con una afluencia inferior que en anteriores ocasiones, presentando la sala 1 del Callao City Lights alrededor de media entrada.

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Dos horas de parón más tarde y ya con su público habitual, la Muestra regresaba tal cual lo había dejado. No solo porque lo hiciera nuevamente con una película de dibujos animados, que también, sino por la semejanza que el título en cuestión arrojaría con el cine del mentado Miyazaki. Debut en solitario del irlandés Tomm Moore, tras codirigir en el 2008 junto a Nora Twomey El secreto del libro de Kells, Song of Sea se presenta como una fábula sobre la necesidad de afrontar la pérdida y los sentimientos que ello conlleva, articulada mediante el iniciático viaje emprendido por sus dos hermanos protagonistas. Su nominación a los Oscar de este año dentro de su categoría hablan bien a las claras de la calidad de esta coproducción europea de corte clásico en sus formas y narrativa, que a un servidor le recordó en más de un sentido a esa desconocida joya de nuestra animación que es El mago de los sueños de Francisco Macián. Dentro de sus innumerables aciertos, conviene no pasar por alto su excelente uso de la mitología irlandesa como base de su recorrido argumental, lo cual es ratificado por el acompañamiento sonoro de melodías celtas que pueblan su banda sonora y arropan la belleza plástica de sus imágenes, si bien en su contra quepa recriminarle el que su carga metafórica resulte demasiado evidente y predecible, mientras que su tono demasiado infantil y sensiblero no pegaba demasiado con el estilo habitual de la Muestra.

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Sin abandonar las relaciones familiares, y ya con Leticia Dolera en la sala, quien había estado ausente en las dos proyecciones previas, la segunda sesión de la tarde nos traía a Goodnight Mommy, título internacional de la austriaca Ich seh, Ich seh, la cual ha supuesto el primer largo de ficción del tándem formado por Severin Fiala y Veronika Franz, quienes a su vez firman también el libreto. Ganadora del Premio de la crítica y del “Méliès d’Argent” al mejor largometraje en la pasada edición del Festival de Sitges, la ópera prima de Fiala y Franz entremezcla el clásico setentero El otro con la asepsia estética y perversidad discursiva de su paisano Michael Haneke, adaptando para ello determinado estilo muy característico de cierto cine europeo de pretensiones autorales. No por casualidad, la exagerada influencia que a nivel argumental y de puesta en escena ejerce el citado film de Robert Mulligan, hasta el punto de antojarse una suerte de remake encubierto, junto a su frialdad expositiva, provoca que su discurrir narrativo resulte en todo momento tedioso y previsible, tan solo animado por la sequedad con la que es mostrada la violencia y vejaciones que los dos infantes protagonistas someten a la que ellos no reconocen como su madre y que ocupa el último tercio de metraje.

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Quizás por aquello de las sincronías, o tal vez por la abundancia de ellas en la programación, de una galardonada de Sitges pasaríamos a otra con Spring, merecedora de una mención especial en el certamen catalán, y curiosamente también dirigida por una pareja de directores al igual que la previa. Dos años después de su presentación en sociedad con la atmosférica y sensorial Resolution, los estadounidenses Aaron Moorhead y Justin Benson dan un gigantesco paso adelante en su evolución como cineastas con una obra mucho más ortodoxa, a pesar de compartir ciertos elementos comunes, que evidencia la extraordinaria madurez alcanzada por el dúo en tan corto espacio de tiempo. El que su argumento funcione independientemente tanto como una cinta de género al uso como una fábula romántico-fantástica ejemplifica la riqueza de matices que posee una película repleta de lecturas y plena de sugerencias, basada en el desarrollo de sus personajes. La contraposición entre la mentalidad mediterránea y anglosajona aprovechando su ambientación en Italia es solo uno de los muchos diálogos interesantes de un conjunto que reflexiona sobre el amor, la muerte y la vida. Temas profundos y complejos, pero que son tratados con una total sencillez y naturalidad, sin caer en ningún momento en la pretenciosidad que podría esperarse en un principio. Sin lugar a dudas uno de los títulos más redondos vistos a lo largo de la Muestra, al que puestos a buscarle peros solo cabe reprocharle la excesiva dilatación de su último acto.

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Como quiera que no hay dos sin tres, antes del pase de Spring se proyectaría el corto Sangre y unicornio, otra nueva pieza protagonizada por un par de hermanos, con la particularidad de tratarse de dos osos de peluche a la caza de unicornios. Tan delirante punto de partida, en cuyo desarrollo adquiere resonancias bíblicas, es plasmado con una animación minimalista por Alberto Vázquez, al que durante su presentación nuestra simpar maestra de ceremonias confundiría con el responsable de los video-montajes del programa El intermedio de La Sexta. Le tocó rectificar en la siguiente sesión de dar paso a otro corto animado de tono surrealista titulado 365, cuya supuesta gracia consiste en estar compuesto por trescientos sesenta y cinco cuadros correspondientes a los días de un año, sirviendo así como resumen. Este sería el aperitivo de Cub, producción belga que, siguiendo con la tónica reinante, venía de formar parte del palmarés del último Festival de Sitges merced al reconocimiento conseguido por su novel director Jonas Govaerts.

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A caballo entre el survival y el slasher, el que a la postre se revelaría como el representante con una naturaleza más genuinamente genérica de toda la programación, se enmarca dentro de la oleada de títulos aparecidos en los últimos años que vienen reivindicando las bondades del cine fantástico realizado durante los años ochenta. En este sentido, la escena con la que se abre la cinta no puede ser más clarificadora al respecto. En ella se muestra a una chica corriendo por un bosque mientras trata de escapar de lo que a primera vista parece una criatura monstruosa, pero que más tarde descubrirá ser un niño asilvestrado con una máscara de un ser cornudo; de fondo, unos acordes a base de sintetizadores de indudables ecos carpenterianos suenan como banda sonora. Toda una declaración de principios de cómo, sin inventar nada nuevo, Cub da una ingeniosa vuelta de tuerca a este tipo de historias, ofreciéndolas desde un novedoso punto de vista. Para ello, la habitual pandilla de jóvenes ávidos de juerga, sexo y alcohol en algún remoto paraje son sustituidos por un grupo de boy scouts dispuestos a pasar un fin de semana en contacto con la naturaleza. Semejante cambio repercute en que durante su primera parte la mayoría de los mecanismos y lugares comunes acuñados por esta clase de cintas sean omitidos en favor a una mayor atención al desarrollo de los personajes y las relaciones existentes entre ellos, por más que no dejen de ser los mismos estereotipos de siempre. Para cuando una vez se inicie la cacería, y con ella la llegada de tropos más familiares, la película se desenvuelve con una precisión y eficacia dignas de elogio, destacando en el cómputo global del conjunto las ingeniosas trampas empleadas por el matarife de turno con el fin de atrapar a sus víctimas.

Leticia Dolera y Chris Orchard, responsable de los efectos visuales de "Crazy Bitches".

Leticia Dolera y Chris Orchard, responsable de los efectos visuales de “Crazy Bitches”.

Similares patrones narrativos, pero con muy distintos resultados, serían manejados por Crazy Bitches, la escogida para echar el cierre a la jornada en la sesión golfa y que estaría acompañada con la presencia en el escenario directamente llegado de Fantasporto de Chris Orchard, responsable de los efectos visuales de la película. Por más que haya que agradecer a la organización el tomarse la molestia de traer como invitados a miembros de los films proyectados, haciendo así que la Muestra no se limite a un simple encadenado de proyecciones, lo cierto es que a la hora de la verdad poco aportaría la intervención de Orchard. La culpa la tendría una vez más nuestra Leticia Dolera, que en lugar de hablar de Crazy Bitches como tocaba, se dedicó a preguntarle tonterías varias, como si le gustaba [REC 3] y cosas por el estilo. En fin… En cuanto a la cinta en cuestión, a juzgar por su título quien más quien menos esperaba que ofreciera grandes dosis de locura y desparrame. Unas apreciaciones que no podían estar más equivocadas, ya que, en realidad, nos encontraríamos ante lo más parecido a un capítulo de Sexo en Nueva York ambientado en un rancho. Y eso que, sobre el papel, su idea inicial parecía interesante, al proponer un slasher visto bajo la óptica de una mujer de cuarenta años, tomando como base la reunión de unas viejas amigas de la Universidad para celebrar el cumpleaños de una de ellas durante un fin de semana en el que saldrán a relucir toda clase de trapos sucios a la misma velocidad que el grupo va siendo diezmado por un misterioso asesino. Claro que todo el posible potencial que pudiera poseer se queda aquí, ya que Jane Clark, su directora y guionista, se descuelga con un trabajo plano y aburrido, montado a base de fundidos en negro, unas escenas de muerte de lo más flojas y, lo que es peor, todo ello pésimamente narrado. En resumidas cuentas, un bodrio de un nivel similar al visto en la misma sesión veinticuatro horas antes.

DOMINGO 8: ARTE Y ENSAYO

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Siguiendo con la división por temáticas practicada este año, si al viernes le había correspondido las películas cómicas y al sábado los ejemplares con raíces más genuinamente genéricas, la jornada del domingo estaría reservada para aquellos exponentes con pretensiones más autorales. Comenzaba a las tres y veinte de la tarde con la sueca L.F.O., cinta que debido a la falta de referencias acerca de su contenido hacía que lo que pudiera deparar su visionado resultara una auténtica incógnita, a pesar de acumular diferentes distinciones a su paso por el circuito de festivales. Finalmente se revelaría como un drama psicológico bajo las formas de una cinta de ciencia ficción minimalista que sigue los avances de un hombrecillo que durante sus investigaciones descubre el poder que la oscilación de las frecuencias bajas de sonido ejercen sobre la voluntad de las personas, lo que aprovechará para jugar a ser Dios con sus dos vecinos, mientras las apariciones de su difunta esposa le cuestionan la moralidad de sus actos. La gravedad que se podría extraer de semejante punto de partida es suavizada por el empleo de un humor negro particularísimo, que junto a las interpretaciones de sus tres actores principales, en especial la encarnación de Patrick Karlson como el huraño protagonista, y un guion inteligente y bien construido, se convierten en las mejores bazas de este film de ritmo pausado al que el temprano horario en el que fue proyectado, cuando la mayoría aún estábamos con la comida en la boca, no le beneficiaría en absoluto.

Mayor lentitud expositiva exhibiría en cualquier caso Jaime Marks is Dead, enésimo de los títulos programados tras alzarse con un galardón en el pasado Festival de Sitges. En este caso sería el logrado por su operador Darren Lew, cuya apagada fotografía en ocasiones cercana al blanco y negro plasma a la perfección la atmósfera melancólica e intimista que pretende transmitir esta singular historia de fantasmas morales y espirituales. Perteneciente a esa veta fantástica del cine indie norteamericano que tan activa se encuentra en los últimos años, supone el más reciente trabajo de Carter Smith, cineasta al que algunos recordarán por ser el responsable hace unos años de la cinta de terror Las ruinas, por más que se trate de la excepción que confirma la regla dentro  de una obra caracterizada por el tratamiento de temáticas homosexuales bajo un envoltorio fantástico. Por si hubiera alguna duda, Jaime Marks is Dead prosigue esta senda. La relación de amistad más allá de la muerte surgida entre el espíritu de un estudiante fallecido y uno de sus compañeros de clase, no carente de cierta pulsión sexual, es la excusa empleada por Smith para hablar del mobbing escolar o el rechazo al diferente, en esta mirada a los conflictos propios de una edad de desorientación y cambios como es la adolescencia. Excesivas pretensiones para un conjunto que, una vez presentada su premisa, se dedica a girar de forma machacona sobre sí mismo, posiblemente al no tener otra cosa que decir, a pesar de la impostada trascendencia con la que se trata de envolver al relato y que contrasta con la puerilidad de sus metáforas. De entre ellas, la más evidente y risible se encuentra en que la puerta de entrada interdimensional del homosexual espectro se encuentre en el interior de los armarios.

Bien entrada la tarde, la Muestra encaraba la penúltima sesión de este año. Lo hacía en primer lugar con el cortometraje Splintertime, una historia onírica entre la vida y la muerte de atractiva inventiva visual, firmada por el artista gráfico holandés Rosto. Perfecto complemento, pues, dadas sus características, para acompañar a A Girl Walks Home Along At Night, una de las propuestas más singulares de esta temporada, debido al origen persa de su directora y guionista, la debutante Ana Lily Amirpour, y su condición de neowestern vampírico rodado en riguroso blanco y negro. No obstante, el atractivo de la ópera prima de Amirpour no se limita a la exótica conjunción de tan pintorescos ingredientes, sino que se encuentra plagada de múltiples aciertos, especialmente en lo referente a su acabado formal. Por un lado, gracias a una depurada estética más propia de una novela gráfica, derivada de la extraordinaria mano de su realizadora para la composición de planos en combinación con la contrastada fotografía de Lyle Vincent, pero también de la audaz idea de trasladar los usos y costumbres de la sociedad iraní a un entorno más propio del American Way of Life de los años cincuenta. Fruto de ello son estampas tan poderosas como las apariciones en medio de la noche de su protagonista por las solitarias calles de un típico barrio residencial de los Estados Unidos, ataviada con el tradicional chador en lugar de la habitual capa vampírica, en lo que supone una ingeniosa analogía. Esta idea de mezclar dos culturas tan distintas como la árabe y la occidental y que en buena parte resume la razón de ser de un film producido en los Estados Unidos en lengua persa con actores originarios de aquellas latitudes, es también trasladada a su banda sonora, formada a base de una interesante mezcla de ritmos tradicionales y canciones pop iraníes, junto a otros temas anglosajones. Pero si visual y sonoramente A Girl Walks Home Along At Night resulta un film de una riqueza extraordinaria, en materia narrativa no lo es tanto. Los ropajes indies y fantásticos no logran ocultar el parecido que su rutinaria historia sobre seres marginales que consumen su vida con la noche como testigos guarda con la de esos dramas iraníes que tanto triunfan en según qué tipo de festivales cinematográficos. Con ellos también comparte una languidez narrativa que mediado el metraje desemboca en pura deriva, sin que el preciosismo de sus imágenes consiga hacer nada para espantar el tedio al que conduce.

Pasadas ya las diez de la noche, la duodécima edición de la Muestra entraba ya en sus últimos compases con el inicio de la gala de clausura. En consecuencia, Leticia Dolera hacía su última aparición ante el público a modo de despedida, no sin antes aprovechar para arremeter una vez más contra el webmaster de “La mansión del terror” por sus ya comentadas críticas contra los modos de la presentadora. Terminados los prolegómenos, le seguía el pase de Ghost Train, sencillo relato de terror de formas clásicas y excelente factura técnica que encierra en sí mismo una pequeña película. En dura pugna con Safari, se trataría del mejor y más cinematográfico de la selección de cortos vistos a lo largo del certamen. Menos entusiasmo despertaría en cambio Under the Skin, encargada de la siempre mediática misión de echar el cierre a la Muestra. Una elección solo entendible por el protagonismo de una Scarlett Johansson que a lo largo de la película da numerosas oportunidades a los espectadores de deleitarse observando su bien dotada anatomía en paños menores o directamente desnuda. Y es que, si obviamos este punto, la apuesta formal sobre la que se sustenta la nueva película de Jonathan Glazer va dirigida a un tipo de público muy específico y pretendidamente elitista, totalmente ajeno a los gustos de las grandes audiencias. Más al contrario, las andanzas de una alienígena por Escocia que acabará por  tomar conciencia de la naturaleza humana se apunta al carro, salvando las distancias, del cine practicado por Shane Carruth en su premiada Upstream Color, pongo por caso: ciencia ficción hermética de tono experimental y tendente a la abstracción, más preocupada de crear imágenes visualmente poderosas que de otorgar de algo de coherencia a un relato cuyo sentido último queda en mano de las pretendidamente sesudas interpretaciones que quieran darle sus consumidores.

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Las aireadas reacciones de los asistentes durante y después de su pase, incendiando literalmente las redes sociales con sus comentarios, dan buena muestra de la equivocada selección de títulos escogidos este año, lo que innegablemente terminó por reflejarse en el flojo nivel exhibido por esta Muestra 2015 en términos cualitativos. Pocos fueron los títulos verdaderamente memorables y sí muchos los fallidos. La idea de sus responsables de tirar por el camino fácil y apostar sobre seguro, formando el grueso de la programación en base de las ganadoras del pasado Festival de Sitges no pudo ser más desacertada, aunque peor se saldaron las que podríamos denominar como sus apuestas personales, principalmente singularizadas en las olvidables integrantes de las dos sesiones golfas de este año. Es de esperar que este pequeño borrón represente algo transitorio y que, de cara al año que viene, el comité seleccionador recupere la inspiración y vuelva a ofrecer una selección acorde a lo que se espera de un certamen que a lo largo de sus doce años de vida ha conseguido la nada fácil tarea de convertirse en cita ineludible para los amantes del cine fantástico madrileños. Es lo menos que la Muestra se merece.

José Luis Salvador Estébenez

Fotografía: Juan Mari Ripalda

Published in: on mayo 22, 2015 at 5:08 am  Dejar un comentario  
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