Ángeles robados

Título: Ángeles robados

Autor: Shaun Hutson

Editorial: Tyrannosaurus Books

Datos técnicos: 376 páginas (Barcelona, enero, 2015)

“… no es que no la crea, pero venir aquí y decir algo como eso (…) es como una escena de una mala película de terror.”

Fuera de los ámbitos literarios, Shaun Hutson es principalmente conocido por ser el autor de la historia que dio origen a Slugs, muerte viscosa, el entrañable mini-clásico del terror patrio dirigido por Juan Piquer Simón en 1987, novela que – al igual que estos Ángeles robados – se encuentra desde hace algún tiempo disponible en librerías de la mano de la editorial independiente Tyrannosaurus Books: empeño digno de aplauso el de la modesta empresa barcelonesa por publicar en nuestro país la obra de un escritor tan prolífico como desconocido por estos lares como es Hutson, aunque es una lástima que todo ese esfuerzo esté destinado finalmente a dar a conocer una obra tan decepcionante como es la presente.

Precisamente, si existe una característica que defina el estilo desarrollado por el autor inglés, tanto en esta novela como en la mayoría de sus obras adscritas al género, es su tan excesiva como perniciosa dependencia de los más ramplones recursos narrativos del lenguaje cinematográfico: y es que, y aún contando con un interesante epicentro argumental que combina de manera ecléctica satanismo, pedofilia y maldiciones mortales, conforme vamos pasando las páginas no podemos evitar tener la sensación de que Hutson se limita en todo momento a reimaginar el guión de un mal thriller a la hora de dar forma a su novela, sin que apenas se gane en lo que a calidad literaria respecta con el cambio de formato.

Así pues en Ángeles robados hincha hasta lo indecible lo escueto de su atractiva historia principal mediante la suma de una serie de mucho menos interesantes subtramas y situaciones de relleno, a la vez que hace progresar la trama mediante el uso y abuso de unos estereotipados y previsibles diálogos, como ya señalamos más propios de una mala película de Serie B que de un escritor que se tome a sí mismo, o a sus lectores, mínimamente en serio. Redundando en estos vicios contraídos del séptimo arte, nos podemos encontrar asimismo con una desmesurada inclinación por una tan minuciosa como estéril descripción de personajes y ambientes, sirviéndose la mayor parte de las veces de esta técnica para situar al lector desde un punto de vista visual en los escenarios donde se desarrolla la acción, pero jamás en pos de potenciar la caracterización de sus más bien impersonales protagonistas.

De esta manera, Hutson parece más interesado en sobredimensionar hasta el más mínimo detalle del vestuario o el mobiliario antes que en profundizar en las motivaciones y/o sentimientos de sus desdibujados personajes: justamente por su condición de vacuos estereotipos andantes, fruto de la absoluta incapacidad de su creador a la hora de hacernos partícipes de su mundo interior, resulta extremadamente difícil llegar a sentir un mínimo de empatía por cualquiera de los roles principales. En este sentido es obligado señalar el del inspector Talbot, simplista y muy poco original amalgama de todas aquellas peculiaridades que definen por principio a los duros protagonistas del género noir, ya sea en su variante literaria o cinematográfica, y que en esta ocasión por desgracia no consigue evolucionar más allá del monolítico y consabido cliché.

Y aunque al menos se percibe una cierta voluntad de enriquecer el relato a través del uso de una narración a tres bandas, en la que el protagonismo se va alternando entre los principales personajes, tal estrategia deviene como resultado en una historia mucho más deslavazada e impresionista de lo que cabría desear. Así las cosas, la principal dificultad que Piquer Simón achacaba a la novela original de Slugs a la hora de ser trasladada a la gran pantalla (“No tiene una historia coherente, sino que son fragmentos de pequeñas estampas con los bichos” [1]) puede extrapolarse perfectamente a ésta: a lo largo de los noventa y seis capítulos en los que se divide un libro que, recordemos, no supera las cuatrocientas páginas, Hutson nos ofrece una serie de escenas breves que, si bien pueden llegar a funcionar de manera independiente, están muy lejos de formar una historia consistente como conjunto.

En este caso en concreto este enfoque excesivamente episódico no beneficia por lo tanto ni a la construcción de una historia sólida ni a atrapar la atención del lector de una manera más o menos continuada: defectos estos a los que habría que añadir lo limitado que se muestra el autor en lo que a exhibir sus (escasas) habilidades literarias se refiere. De este modo podemos encontrarnos con metáforas tan “evocadoras” como “Las hojas yacían esparcidas por el césped como si fueran confeti verde”, por citar sólo una de las más desafortunadas y cursis imágenes con las que nos podemos topar en este sentido a lo largo del texto.

Aún teniendo en cuenta todas sus flaquezas, quizás lo más molesto de aproximarse a la lectura de Ángeles robados sea la manera en la que incluso el propio Hutson parece acabar aburriéndose de su propia historia: así, y consciente de su ineficacia a la hora de sacar partido de sus ya agotados contenidos, decide en sus últimas páginas forzar un cambio de rumbo en el que el grueso de lo explicado anteriormente carece súbitamente de importancia. De hecho se deja en suspense gran parte de la trama principal en favor de un tramo final tan efectista como tramposo y que, por muy sorprendente o inesperado que llegue a resultar, no es tan brillante como para hacernos olvidar los infinitos cabos sueltos que el autor se ha ido dejando chapuceramente en el camino.

En última instancia, y retomando el símil cinematográfico, Ángeles robados podría ser considerada, tanto en la forma como en el fondo, el equivalente a aquellas películas que a finales de los 90 intentaron saquear con más pena que gloria el éxito de Seven (Seven, 1995) de David Fincher, sin que responda a la casualidad el hecho de que la novela esté escrita un año más tarde del estreno del célebre film protagonizado por Brad Pitt. Como Postmortem (Postmortem, 1998) de Albert Pyun o Resurrección (Resurrection, 1999) de Russell Mulcahy, nos encontramos ante un refrito de temas mucho mejor tratados en otras obras, que en muy pocas ocasiones logra zafarse de su asumida condición de sucedáneo y con ello, de su mediocridad literaria.

José Manuel Romero Moreno

[1] Extraído de “Entrevista a Juan Piquer Simón” de Manuel Valencia en el libro coral coordinado por Carlos Aguilar,  Cine fantástico y de terror español 1900-1983 (Donostia Kultura, 1999), pág. 440.

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