Entrevista a Claudia Gravi (primera parte)

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Hace unos días La abadía de Berzano tuvimos el inmenso placer de pasar una tarde inolvidable con una de las actrices más internacionales de nuestro cine, en la que repasamos de forma distendida su extensa carrera que incluye títulos como Las Ibéricas F.C. o ¡Mátalo!, en la que se codearía nombres propios del séptimo arte como Vincent Price, Eloy de la Iglesia o Jorge Grau. Una muy interesante conversación que ofreceremos en dos partes. En esta primera, Claudia nos habla de sus inicios como actriz… 

  • Naciste en el Congo Belga por la profesión de tus padres, médico y enfermera. Más tarde emigraste a Bélgica y pasaste una temporada en Irlanda ¿Por qué elegiste España para instalarte?

En Bruselas empecé los estudios de intérprete que en aquel momento se llamaba “intérprete parlamentaria”. A mí no me gustaba Bélgica, donde estuve viviendo tres años. Entonces me dije: “voy a buscar una profesión que me permita largarme cuanto antes”. Los estudios duraban cuatro años, pero pasados dos años podías tomarte uno sabático. Como había elegido español e inglés, me fui primero a Irlanda para estudiar el inglés y luego a España. Mi idea era estar en España unos ocho meses; es decir, no es que yo eligiera quedarme aquí, sino que me eligieron a mí. El día de mi llegada a Madrid me encontró Jorge Grau con Miguel Narros, lo que fue toda una aventura, porque yo no conocía a nadie en Madrid. Estaba instalada en el hotel Mercator, en la zona de Atocha, por recomendación de mis padres, ya que era propiedad de unos belgas. Sin embargo, cuando llegué resultó que los belgas estaban casando a la hija mayor en Dinamarca. O sea, estaba sola. Total, que llegué en tren, dejé la maletita en el hotel y me fui a las dos de la tarde a dar una vuelta en pleno Agosto. Recuerdo que me parecía muy curioso el que no hubiera nadie en la calle a las dos de la tarde. Claro, yo sudando, porque al volver de Irlanda estaba muy gorda, decidí sentarme en la terraza de un café llamado El Dólar, entre Alcalá y Gran Vía, -actualmente es un banco-, para ver pasar a la gente y refrescarme del calor. Y estando allí sentada fue cuando me vieron Jorge Grau y Miguel Narros. Estaban buscando la protagonista para la película Acteón. Debía de ser una mujer joven y muy esplendorosa, ya que era el papel de una Diosa. Habían estado en el Prado viendo cuadros, los modelos de Rubens, para tomar referencias y al verme a mi gordita, con unos mofletotes rosaditos, llena de salud, y, según cuenta Jorge, se miraron y dijeron: “es ella”.

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Claudia en su debut cinematográfico en 1964: Acteón, de Jordi Grau.

Yo al verlos pasar varias veces mirándome, pensé que eran unos latin lovers, hasta que se acercó Jorge Grau y me empezó a hablar. Aunque entendía un poco el castellano, me acuerdo que le dije que me hablara más despacio porque sino no le entendía. Total, me contó que era un cineasta que estaba preparando una película y que quería hacerme una prueba. Le contesté que yo no era actriz, pero pese a ello me citó en la productora aquel mismo día… ¡a las siete de la tarde!, que eso para una belga es como si aquí te dicen a las once de la noche. Me acuerdo que dejé un papel encima de la cama, ojalá lo hubiera guardado, en el que escribí: “Son las seis y media de la tarde, voy a X Film, calle Narváez. Si no he vuelto a las ocho, avisar a la policía”. Fui pero con un miedo horrible, sobre todo porque me habían prevenido contra la trata de blancas. La productora estaba en una segunda planta, estaba allí Méndez Leite, y recuerdo que subí y no me atreví a pulsar el timbre. Pensaba: “¿Qué estoy haciendo aquí? Es una imprudencia que puede ser fatal”. Ya me veía metida en un baúl camino de Arabia Saudita cuando se abrió la puerta y apareció José María Rodríguez, que era el jefe de producción y tenía una pinta de trata de blancas tremenda. Alto, moreno, el pelo negro engominado, un bigotito… Me pregunta: “¿Usted es Maricló?”, porque mi nombre real es Marie Claude. “Pase, Jorge Grau la está esperando” Me contó un poco de qué iba la película. Se basaba en la historia mitológica de Diana la cazadora seducida por Acteón. Me preguntaron donde me alojaba y me dijeron que me llamarían para hacer una prueba.

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Marie Claude junto a Martín LaSalle.

Efectivamente, me llamaron y me emplazaron a las once de la mañana en los estudios Ballesteros, creo que se llamaban, que eran los más viejos de Madrid, un horror, llenos de manchas de humedad. Al llegar me estaba esperando el ayudante de Jorge. Me llevó a la sala de maquillaje, donde me sentaron en esa silla que parecía como de tortura. Allí estaba Miguel Narros que se había traído una especie de trailer de Suecia, que si no me equivoco era de una película de Bergman, en el que se veía a una mujer en la playa con los pechos al aire, bañándose y acariciándose. Lo pasaban en la pared detrás de donde me estaban maquillando, con lo que yo veía todo reflejado en el espejo y pensaba: “Dios mío, me van a pedir que haga estas cosas”. Te puedes imaginar en qué estado llegué al estudio. Estaba todo el mundo mirándome, y como el único al que conocía era a Jorge Grau, ya parecía mi hermano de haberlo visto tantas veces. Me dijo: “Maricló, bienvenida, le voy a explicar la primera prueba. Usted es una chica de campo, sana, juvenil. La escalera de allí es una montaña, este círculo es una fuente. Es verano, hace mucho calor, usted baja de la montaña, va a la fuente, empieza a tirarse agua para refrescarse y de repente entre las hierbas ve a un chico que la mira. Primero se pega un susto y luego ve que es un chico normal y termináis tirándoos agua”. ¡En mi vida he bajado tan rápido una montaña con tal de terminar! Jorge, con una paciencia infinita, me dice: “bien, bien, pero a ver si lo puede hacer un poco más despacito”.

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Claudia en el papel de la Diosa Diana.

Para la segunda prueba dice: “Ahora no le voy a decir en qué consiste”. “Ya está, me va a decir que me quite el sujetador, las bragas y todo”, pensé. Grita: “¡motor!”, me pone en los brazos una muñeca y, me acordaré toda la vida, me dice: “Haz un guiño a la cámara”. Yo, que no sabía qué quería decir “guiño”, hice una cosa espantosa a la cámara. Terminó la prueba, me dieron las gracias y me dijeron que ya me llamarían. Ese era el segundo día que estaba en Madrid, así que me marché al hotel y fui a la cafetería a cenar algo. Allí había un grupo de jóvenes con un señor mayor. Les oía que hablaban francés, con un acento belga espantoso. De repente, aquel señor vino hacia mí y me preguntó si estaba sola. “Sí, sí”, le contesté. “¿Es usted belga? Soy el director del Museo de Bellas Artes de Bruselas. Estoy aquí con un grupo de alumnos para ir a visitar el Museo del Prado. ¿Por qué no cena con nosotros?”. Aunque yo era estudiante, quería encontrar un trabajo de media jornada y, charlando, este hombre me propuso que, ya que yo sabía hablar inglés, francés y español, podía preguntar si me podían dar un trabajo en el Museo. “¡Sería estupendo!”, le contesté. Fui con ellos al Prado y, efectivamente, me contrataron como traductora. A todo esto me llamaron del cine, para que me pasara por la productora. ¿Y qué les oigo decir?, ¡que me ofrecen el personaje protagonista! Yo no me lo creí, claro. No quería hacer la película, ya que me daba mucho miedo. Seguía pensando que se trataba de una red de trata de blancas. Así que me olvidé del asunto y comencé a trabajar en el Prado. Hacía el horario de nueve a una y media de la tarde. Pues ¿te puedes creer que una mañana salgo del Museo del Prado y a quién me encuentro? ¡A Jorge Grau! Estaba localizando. “¡Maricló, has vuelto!” Me comentó que la película se había atrasado por problemas económicos y que no había encontrado una actriz para el personaje.

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La actriz se dobló a si misma y a su alter ego en la película, la actriz Pilar Clemens, con su por entonces marcado acento francés.

  • ¿Qué ocurrió en el rodaje de Acteón, para que decidieras cambiar el rumbo y dedicarte a la interpretación?

Pues que me gustó. Al final contraté a un abogado para que recopilara información sobre aquella gente y, mira por dónde, resultó que se trataba de una película de verdad. Empezamos a rodar en la Costa Brava en Noviembre, con un frío horrible. Aunque no fue todo tan sencillo. Entonces hice la película y ahí fue como me entró el gusanillo.

  • Sin embargo, antes de la película contabas con cierta formación, ya que anteriormente habías hecho teatro…

No había hecho teatro, solo era aficionada. Entonces los domingos en Bruselas, mi madre me permitía que en lugar de ir a misa fuera a asistir a clases de teatro. Pero para mi era sólo una distracción, nunca me hubiera propuesto actuar como profesional. Mi padre no estaba, había vuelto a África, si no seguramente no me lo hubiera permitido.

  • ¿Y cómo se lo tomó tu familia una vez abandonas los estudios para dedicarte a la interpretación?

Al principio fatal. A mi padre le sentó como un tiro: él médico, quería que yo fuera médico. Pero aunque la idea no me desagradaba, tenía que estudiar durante once años y en Bélgica, por lo que me habría suicidado antes de terminar. Así que cuando le conté que iba a dedicarme a la interpretación me dijo: “¿Quieres ser actriz?, pues sélo. Ahora, no cuentes conmigo para ayudarte”. Entonces vino una época en la que pasé hambre de verdad. Toda la chicha que había acumulando durante mi estancia en Irlanda la perdí. Me alimentaba de manzanas y latas de sardina y café con leche. La experiencia de Acteón me gustó mucho, pero consideré que no estaba preparada para ser actriz. Miguel Narros era el director del TEM, el Teatro Estudio de Madrid, con William Layton, y allí conocí y estudié con Ana Belén, José Carlos Plaza, Paco Algora, Manolo de Blas…

  • ¿De dónde surgió tu nombre artístico?

Cogí el Claudia de mi nombre y Gravi era el apellido de mi abuela paterna que nunca conocí, porque murió cuando mi padre tenía trece años. Se llamaba Lia Gravy, que a mi me sonaba muy bien y por eso cogí Gravi.

  • ¿Y a qué se debe qué algunas veces salgas acreditada como Grabi o Gravi o Gravy?

Eso es una falta ortográfica. Siempre se ha escrito con uve. La i griega la cambié yo, por eso durante bastante tiempo, mi apellido Gravi se escribía con i griega, que así además era el apellido d mi abuela. La cambié por “i” porque la gente no entendía, le parecía muy complicado con i griega… igual que la uve.

  • Normalmente te doblaban la voz en las películas, al tener un acento extranjero, que actualmente apenas se puede distinguir. Aquello era algo bastante habitual de la época…

Sí, doblaban a muchos actores y actrices españoles. Era la costumbre para ganar tiempo ya que no había sonido directo. El doblaje se hacía mucho tiempo después del rodaje y a veces el actor ya no estaba libre. Ahí se forraron los dobladores, se hicieron multimillonarios.

  • ¿Cómo te sentías al verte con otra voz en pantalla?

Mal. Pero cuando un día me oí hablando en gallego me hizo mucha gracia. Hasta que llegó el sonido directo y se perdió la moda de doblar. Recuerdo la anécdota en Italia con Claudia Cardinale, que tenía la voz grave, rota. Entonces la doblaban. Hasta que un buen día rodó con su voz propia y quedó espléndida.

Tengo otra anécdota a este respecto relacionada conmigo, porque todavía tengo acento, aunque dependiendo del día lo tengo francés, italiano… Incluso me han llegado a preguntar si era valenciana. Por eso cuando trabajo a la hora de preparar el personaje estudio el doble de lo normal para quitarme el acento. Normalmente trabajo con una grabadora, de noche y con una vela. Esto que voy a contar ocurrió con Jaime de Armiñán durante el rodaje de Juncal, donde me ofrecieron el papel de una escritora extranjera que sigue la huella de Rilke en Andalucía y tiene una historia de amor con Juncal, el torero mayor al que interpretaba Paco Rabal. Así que el primer día que estábamos en Córdoba Jaime me pidió que bajara de la habitación del hotel para ensayar con Paco la secuencia que íbamos a rodar a la mañana siguiente. Empezamos y Jaime me pregunta: “Oye, Claudia, ¿dónde está tu acento?” “Pero, ¿lo querías con acento?” “Sí”… “¡Pues tú no sabes el trabajo que me costó volver a recuperar el acento extranjero!”.

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Claudia junto a Paco Rabal en la serie Juncal.

  • Volviendo al desarrollo de tus primeros años en el cine, en 1967 ruedas en Barcelona La casa de las mil muñecas, protagonizada por nada menos que Vincent Price. ¿Llegaste a coincidir con él en el rodaje?

Sí, aunque yo nunca vi esta película. Pero, como digo, si que coincidí con Vincent y también con Maria Rhom. Precisamente ya me ha preguntado sobre ello alguien que está escribiendo un libro sobre Vincent Price. Yo rodé muy poco en esta película, le conocí poco, pero la primera impresión que tuve fue que físicamente Vincent Price era un tío raro, ¿no? Me llamaba la atención por lo raro que era. Era bastante amable, cortés, y no demasiado introvertido, aunque tampoco extrovertido. Estaba a su rollo, centrado en su trabajo. Pero parecía agradable. Es lo único que puedo decir. Tenía una voz importante, una presencia increíble y era un pedazo de actor, claro.

  • Poco después, protagonizas un par de western a las órdenes de José María Zabalza: Plomo sobre Dallas Los rebeldes de Arizona. Según parece fueron rodadas de forma conjunta…

Totalmente. Eran listos los productores, ya que de esta manera podía utilizar el mismo equipo y los mismos actores. Las rodé con los hermanos Manzano. Fue duro, porque rodamos en el pueblo de Hoyo de Manzanares donde se hacían siempre todas las películas de este tipo, pero también una experiencia divertida.

  • ¿Son ciertos los problemas con el alcohol que padecía Zabalza?

Eso dicen, yo nunca le vi borracho en el rodaje. Aunque también te digo que era un tipo muy simpático que a mi me caía muy bien. Y la mujer también. Recuerdo que en una secuencia tenía que incendiarse una cabaña. Y vaya que si se incendió. Habían aparcado coches detrás que no se veían, bombonas de gas… Y mientras, Zabalza: “¡A rodar, a rodar!”; quería aprovechar este incendio fortuito y real y no quería parar de rodarlo. Luego hice otro western, Frontera al sur, producida por Frade. Miguel Narros, que me ayudó mucho, me recomendó que fuera a verle. Fui, y me propuso contratarme en exclusiva. Aunque yo en aquella época estaba estudiando, muerta de hambre, no me gustaba la idea de exclusividad. Además, me enteré que en el mundillo a Frade le llamaban Fraude.

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Claudia posando para La Abadía en la librería 8 1/2.

  • En Frontera al sur coincidiste con Patty Sheppard…

Sí, en aquella época trabajaba como modelo: hacía lo del brandy aquel, Fundador. Era americana, con una carita muy mona y unos maravillosos ojos azules. Se casó con Manuel de Blas. Su primera película fue esa. Pobrecita mía, vaya experiencia, porque volvíamos de Hoyo de Manzanares como a las diez y media u once de la noche, y luego el coche nos recogía a las cuatro de la mañana. Íbamos siempre las dos juntas. Me recogían a mí, luego la recogíamos a ella en Torrejón, ya que su padre era militar y estaba destinado en la base americana. Pues bien, una noche el coche que nos transportaba se averió. Encima llovía. Y ella se echó a llorar y decía (pone acento inglés): “¡yo quiero ir a mi casa!”, “Joder, Patty, es que yo también me quiero ir a mi casa, pero ¿qué quieres que haga?”. Me acordaré toda la vida, luego me hice amiga de Patty y le dije: “es que aquella noche me pusiste la cabeza así…”,

A ella no le gustaba mucho el cine, y aunque Manuel de Blas quería convencerla para que estudiara para hacer teatro, creo que ella no estaba hecha para este tipo de profesión. Entonces abrió una boutique cerca de la Plaza de España. También tenía una boutique en Cataluña, no recuerdo dónde, que funcionaba de maravilla, pero la de Madrid la cerró en seis meses. Pobrecita, ya murió, aunque gracias a Dios lo hizo rodeada de Manuel y de su hijo.

  • Otra película en la que interviniste en estos años fue De picos pardos en la ciudad, de cuyo director, Ignacio F. Iquino, dices que era muy perfeccionista, a pesar de hacer películas como churros…

Era un tirano. Era muy duro porque sabía exactamente lo que quería. Yo nunca he tenido problemas ni de dinero ni de trato con Iquino. A lo mejor me respetaba, y pensaba que no me podía tratar mal porque me entregaba totalmente al trabajo. La falta de respeto nunca la he soportado. Y a mi me daba igual. ¿Me iba a echar? Pues que me echara. Pero era muy exigente y te marcaba y tenías que hacerlo como marcaba él. De dinero, la verdad es que no pagaba mucho, pero pagaba. Yo hice dos o tres con él: Chico Chica Boom, en la que era productor y Codo con codo, con Massiel.

  • Otro prolífico director con el que trabajaste por entonces fue Jesús Franco en la adaptación del Marqués de Sade Justine, película que dices que prefieres no recordar debido a las rarezas de su artífice…

No me gustó mucho, a mi me pareció que había un ambiente como turbio. Para empezar, Jess Franco, que tenía mucho talento, no lo niego, sería un gran director, pero era un tío raro, tanto él como su mujer, que era francesa. Se traían unos rollos raros. No te voy a decir que a mi trataran de enrollarme, pero por ahí iba la cosa. Y luego para la película nos puso como unos trajes blancos que nos dejaba el culo al descubierto, lo que a mi me parecía de mal gusto. Al menos, durante el rodaje tuve la suerte de coincidir con Romina Power, que era un cielo de chica, y Jack Palance, otro rarito maravilloso.

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Claudia en Justine de Jess Franco.

  • También apareces en el spaghetti western ¡Mátalo!. ¿Sabíais que estabais haciendo una película tan singular?

Esa película la hizo Cesare Canevari, un hombre muy especial, y con Lou Castel de protagonista, que era en aquel momento un actor muy conocido, un intelectual. Recuerdo que en Italia decían que “E un western psicologico”. Funcionó más o menos bien, pero más mal que bien, porque claro, la gente iba a ver un western y se encontraban con un producto que no era ni chicha ni limoná.

Yo estaba tan metida en el papel, que en una escena en la que mi personaje debía aparecer hecha una furia, estaba tan fuera de mí, tan convincente que los técnicos aplaudieron.

  • ¿Qué tal fue la experiencia junto a Castel y Canevari?

Lou Castel era estupendo, iba muy a su bola, muy profesional. No era nada divo, estaba muy metido en su trabajo. Hay actores que necesitan aislarse cuando trabajan, yo soy un poco así también, no me gusta cuando trabajo estar de cháchara por ahí. Yo necesito concentrarme en lo que voy a hacer. En cuanto a Canevari tuve muy buena relación con él, y realmente fue a raíz de ¡Mátalo! cuando me fui a Italia.

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Fotograma de ¡Mátalo!

  • En enero de 1971 se produce el encuentro benéfico Folklóricas contra finolis en el que participaron desde Lola Flores a Rocío Jurado, Marujita Díaz o Encarnita Polo. En octubre del mismo año se estrena Las ibéricas FC. ¿La película surgió gracias a este gracioso encuentro futbolístico?

No lo sé, porque yo en esa época estaba viviendo en Italia, ya que me casé con un fotógrafo italiano. Lo que si puedo decir es que lo pasé muy bien haciéndola con Pedrito Masó, que era su primera película. Fue muy divertido.

  • ¿Qué relación tuviste con tus compañeras de equipo?

Muy buena. Rosanna Yanni era muy competitiva, pero era un encanto, fue con la única con la que seguí una relación de amistad. La Contrahecha que era una bailaora estupenda, salió muy bien parada con su primera experiencia en el cine.

  • Otra de las integrantes del equipo era Ingrid Garbo, de la que se saben pocos datos y que tras unos años muy activos laboralmente hablando, desapareció sin dejar ni rastro. ¿Es cierto que era mexicana?

Ingrid Garbo era española. Era muy guapa, yo diría que la más guapa de todas. Desapareció del mapa cinematográfico porque creo que se casó con un médico y se fue a vivir al norte de España.

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  • ¿Crees que el final de la película es machista?

Al final los maridos las apoyan, se casan… al principio sí tienen una actitud totalmente machista pero luego yo creo que las apoyan y que siguen jugando al fútbol. ¿Sabes lo que pasa? Es que como en la escena final estamos todas ahí, vestidas de novia, felices, dándole la patada al balón, a lo mejor se puede suponer que a la mierda el fútbol, yo soy feliz, me caso… pero no porque lo impongan los maridos, ellas son las que dicen: “¿Qué es eso del fútbol? Yo tengo a mi maridito, estoy enamorada, voy a ser feliz…”

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¡Gol, gol, gol, gol!

  • Una vez instalada profesionalmente en Italia ruedas Byleth, el demonio del incesto de Leopoldo Savona, en la que trabajaste junto al estadounidense Mark Damon…

Sí, Savona era un director artesano, de la vieja escuela, muy agradable, y el personaje a mi me gustaba, aunque no recuerdo ni de qué iba. Es otra película que no he visto. Mark Damon era muy buen compañero. Siempre lo he pasado muy bien con los actores con los que he trabajado y nunca he tenido problemas de enfrentamientos. Si acaso he tenido alguna vez enfrentamientos con algún director o alguna vez con algún productor, pero con los compañeros no.

  • ¿Cómo te permitía hacer películas eróticas tu marido con lo celoso que dices que era según cuentas en tus memorias Cuando me bajé del Baobab?

Tenía problemas no por la película, si no porque el protagonista a lo mejor era un chico joven y guapo. Yo tuve un acuerdo con mi marido, porque yo quería seguir trabajando. Eso de ser la señora de y vivir de, no. A él no le gustaba que yo ganara mi dinero.

(Continuará…)

Jesús Palop

Published in: on junio 24, 2015 at 9:16 am  Dejar un comentario  
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