Necrológica de Sergio Sollima

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Si a lo largo de este aciago 2015 nos hemos hecho eco de los fallecimientos de destacados representantes del cine italiano de género, como pudieran ser los casos de Luciano Ercoli o Alberto de Martino, ayer mismo teníamos que lamentar también la noticia de la muerte a los 94 años de Sergio Sollima.

Poseedor de una filmografía no demasiado extensa, al menos en comparación con otros compañeros de generación, Sollima fue y será recordado por encima de cualquier otra consideración por su valiosa aportación al spaghetti western, la cual, y aunque no muy abundante en cuanto a número de títulos, gracias a la elevada calidad y personalidad desplegada en cada uno de ellos le hacen estar considerado con todo merecimiento al mismo nivel, tanto en relevancia como en influencia, que los otros dos más sobresalientes cultivadores del subgénero, es decir los otros dos Sergios más célebres dentro de los márgenes del western mediterráneo: Leone y Corbucci.

Nacido el 17 de abril de 1921 en Roma, Sollima se gradúa en el Centro Sperimentale de Cinematografía antes de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizada la contienda, en la que toma parte como miembro activo de la Resistencia partisana, empieza a despuntar primero como crítico cinematográfico (escribiendo nada menos que el primer tratado sobre cine americano que se publicó en Italia), y más tarde como director y autor teatral, en obras que por lo común intentaban reflejar sus experiencias durante los años de la guerra, como pudiera ser el caso de la comedia L’uomo e il fucile (1948).

Poco tiempo después consigue meterse en el mundillo cinematográfico desempeñando funciones como asistente del director Domenico Paolella, para especializarse a finales de los 50 en la escritura de guiones para los entonces tan en boga peplums, interviniendo de esta manera en los libretos de films tan populares dentro del género como Ursus (1961) de Carlo Campogalliani, la seudo secuela de esta Ursus, el gladiador (Ursus, il gladiatore ribelle, 1961), dirigida por su mentor Paolella, o Goliat contra los gigantes / Goliath contro i giganti (1961) de Guido Malatesta, entre otras.

A pesar de su afiliación posterior a categorías fílmicas tan masculinas y adrenalíticas como la aventura, el western o el policíaco, el debut de Sollima como director se produce en 1962 dentro de un subgénero tan típico en la Italia de la década como fue la comedia de episodios. El film en cuestión es Amores difíciles (L’amore difficile), ocupándose Sollima de dirigir el segmento titulado Le donne, protagonizado por Enrico Maria Salerno y Catherine Spaak, y compartiendo estreno detrás de las cámaras con otros tres directores primerizos, entre los que se encuentra el actor Nino Manfredi, protagonista un año más tarde de El verdugo de Luis G. Berlanga y que ya liderara en 1948 el reparto de la anteriormente citada obra teatral escrita por Sollima, L’uomo e il fucile.

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Tres años después, y como consecuencia directa del éxito en las pantallas de todo el mundo de las aventuras de James Bond, Sollima realiza bajo el pseudónimo de Simon Sterling dos de las mejor consideradas cintas encuadradas en el subgénero del eurospy o spionistico, Agente S3S: pasaporte para el infierno (Agente S3S: Passaporto per l’inferno, 1965) y 3S3, agente especial (Agente 3S3: massacre al sole, 1966), protagonizadas ambas por George Ardisson (pseudónimo a su vez del italiano Giorgio Ardisson), en la piel del agente secreto Walter Ross. Al estar rodadas y producidas en parte por España (Balcázar Producciones Cinematográficas la primera, y Cesáreo González la segunda), cuentan las dos con la peculiaridad de estar repletas de rostros perfectamente reconocibles de nuestra cinematografía, como los de Luis Induni, José Riesgo, Eduardo Fajardo o Fernando Sancho, presencias todas ellas habituales de los westerns rodados en España en aquellas mismas fechas; el caso de Sancho en concreto es especialmente curioso ya que participa en el díptico interpretando a dos personajes distintos, el de un embajador ruso en Agente 3S3: pasaporte al infierno y el de un dictador caribeño en 3S3, agente especial, desempeñando asimismo un importante rol en la piel de un corrupto oficial mexicano en el futuro y primer western del director, El halcón y la presa.

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Entre este par de films consagrados al personaje de Walter Ross, y antes de encarar su determinante trilogía protagonizada por Tomas Milian, Sollima dirige otro film de espías, Consigna: Tánger 67 (Requiem per un agente segreto, 1966), estelarizado por un otoñal (casi invernal, de hecho) Stewart Granger, que en su ocaso europeo, y en el tiempo libre que le dejaban los westerns de la saga Winnetou que rodaba en Yugoslavia, aún le daba tiempo de participar en remedos de James Bond como Misión en Hong Kong (Das Geimnis der drei Dschunken, Ernst Hofbauer, 1965) o éste que nos ocupa. Asimismo, en la última aportación de Sollima al eurospy podemos encontrarnos como partenaire de Granger a Daniela Bianchi, modelo italiana de escuetísima filmografía pero que sin embargo supo sacar rédito a su condición de primigenia chica Bond en toda suerte de derivados, copias, e incluso parodias, del universo creado por Ian Fleming: tales fueron los casos del film de Claude Chabrol El tigre (Le Tigre aime la chair fraiche, 1964), Todos los hermanos eran agentes (Ok Connery, 1967), dirigida por el recientemente fallecido Alberto de Martino y con Neil, hermano de Sean Connery como protagonista, o Zarabanda, bing, bing (1966), dirigida por José María Forqué y con el gran José Luis López Vázquez entre los integrantes de su reparto.

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A continuación Sollima rueda la considerada por muchos como su mejor obra, El halcón y la presa / La resa dei conti (1966), título absolutamente capital dentro del subgénero, no solamente por introducir la novedad de la adjudicación del protagonismo a un personaje marginal como el de Cuchillo Sánchez (sin duda alguna influencia directa de la participación del destacado miembro del partido comunista Franco Solinas – La batalla de Argel, Salvatore Giuliano – en el guión original), si no también por consolidar definitivamente tanto la imagen como la posición de Lee Van Cleef como estrella total dentro del subgénero tras La muerte tenía un precio; aunque en un principio los productores tuvieran en mente para interpretar el rol del maduro cazador de recompensas Jonathan Corbett a James Corburn, el rechazo de éste a la propuesta propició la contratación de un, en mi opinión, más adecuado Van Cleef. Asimismo, El halcón y la presa supuso un fuerte espaldarazo para un Tomas Milian que venía de protagonizar la excelente El precio de un hombre (1966) de Eugenio Martín, y para el que esta película supuso la génesis de los muchos personajes similares (desarraigados, revolucionarios, bandidos…) que durante la década siguiente convertirían al cubano en una de las figuras imprescindibles del western all’italiana.

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El siguiente western de Sollima, también rodado en Almería apenas siete meses después de El halcón y la presa, fue Cara a cara / Faccia a faccia (1967), película que incidía aún más que El halcón y la presa en las parábolas políticas y sociales que se pudieran discernir del enfrentamiento entre las personalidades antagónicas de sus dos protagonistas, en este caso un pacífico profesor de Historia, encarnado por el siempre intenso Gian Maria Volonté, y el líder de un grupo de forajidos nuevamente interpretado por Milian en una variante, con mínimos cambios, de su previo personaje de Cuchillo Sánchez.

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Continuando con su dinámica de concederle protagonismo a una serie de personajes que en cualquier otro film, perteneciente al spaghetti  o no, no pasarían de ser meros comparsas, con Cara a cara Sollima se consolida como uno de los realizadores del género más políticamente comprometidos,  abordando en esta ocasión una historia , al igual que El halcón y la presa, centrada en el desarrollo psicológico de los personajes pero con mucha menos acción que ésta última; de hecho, Milian se ha quejado a lo largo de los años de lo pasivo de su personaje de Bennett Beauregard, en comparación con el de Cuchillo. Y si bien la narración del drama de este pacífico, enfermizo y cobarde profesor que progresivamente se va convirtiendo en un sádico asesino puede considerarse en algunos aspectos como una suerte de metáfora de la eclosión del fascismo en Italia, e incluso – por el otro lado – de los peligros de los extremismos de izquierda, Sollima reconoció en cambio que su única intención a la hora de rodar la película fue reflejar los drásticos cambios que puede sufrir la personalidad de un individuo cuando se ve forzado a vivir en un entorno totalmente opuesto al que está habituado.

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Filmada justo al año siguiente, ¡Corre, cuchillo… corre! (Corre uomi corre, 1968), la última de la improvisada trilogía, rescataba de El halcón y la presa al personaje de Cuchillo Sánchez, siendo de nuevo encarnado por Milian y convirtiéndolo a su vez en el protagonista absoluto de una trama situada esta vez en el contexto de la revolución mexicana, por otra parte tan popular en aquellos años dentro del spaguetti western de connotaciones más o menos políticas (Yo soy la revolución, Tepepa…), potenciando así aún más si cabe para la ocasión el alcance social de las acciones de Cuchillo en relación a la lucha de clases, en una película que, aunque mucho más centrada en la acción que Cara a cara, quizás se resiente demasiado de no contar con un antagonista que esté a la altura de Milian, como en los anteriores casos fueron Van Cleef y Volonté.

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A pesar de la popularidad y el éxito cosechados con estos títulos, Sollima supo evitar la decadencia que el western italiano comenzaba a evidenciar a principios de los 70 abordando la realización de su película más ambiciosa hasta la fecha, Ciudad violenta (Cittá violenta, 1970). Pensada en un principio como una producción de nivel medio dentro de los estándares de la cinematografía italiana de aquellos años, originariamente se planeó poner al frente de su reparto a los habituales del cine bis transalpino Tony Musante y Florinda Bolkan (protagonistas ese mismo año, por cierto, de Anónimo veneciano, dirigida por el antes citado Enrico Maria Salerno), pero la entrada en el proyecto de la filial francesa de la Universal tuvo como consecuencia, además de una fuerte inyección de capital, que se tuviera en consideración a un dúo protagonista de más altos vuelos. Descartada en un primer momento la pareja formada para la ocasión por Jon Voight y Sharon Tate (¡¿?!), Sollima logró despertar entonces el interés de un Charles Bronson por esas fechas mucho más célebre en Europa que en los Estados Unidos, y que puso como única condición para involucrarse en el proyecto que se le concediera el protagonismo femenino a su mujer, la insulsa Jill Ireland.

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Aunque casi por costumbre se la suela enmarcar dentro de los límites del poliziesco, Ciudad violenta es un film que, aunque puntuado con espectaculares escenas de acción, bebe tanto del cine negro americano clásico, por lo arquetípico de sus personajes así como por los derroteros que va tomando su  trama, como de variantes más contemporáneas como A quemarropa, compartiendo con el film de Boorman una similar estructura construida a base de flashbacks así como cierta cualidad, vigorosa y colorista, en su puesta en escena.

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Bronson interpreta aquí a un personaje de asesino a sueldo que se diría hermano gemelo del que encarnaría apenas un par de años después en el film de Michael Winner Fríamente… sin motivos personales y, aunque fue un gran éxito en Europa, en los Estados Unidos sin embargo pasó totalmente desapercibida, siendo re-estrenada un tiempo después con el título de The family con el propósito de beneficiarse del éxito de El justiciero de la ciudad, presentándola de esta manera en los anuncios y carteles publicitarios como una película de similares características a ésta.

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Tras rodar la que probablemente sea su película más vista, Sollima se adentró en los terrenos del giallo con El cerebro del mal (Il diavolo nel cervello, 1972),  protagonizada por Keir Dullea y Stefania Sandrelli, y prácticamente imposible de ver hoy en día por medios legales. Al año siguiente Sollima se sumó a la vorágine del antes citado género policíaco italiano con Revolver, film que retomaba el patrón de sus westerns en lo referente a la dinámica de la relación de su antagónica pareja protagonista, el vicedirector de una cárcel encarnado por un soberbio Oliver Reed y el delincuente de poca monta al que incorpora Fabio Testi. Como en anteriores películas de su director, otra vez tenemos a dos personajes a ambos lados de la ley que se ven forzados a olvidar sus diferencias a la hora de enfrentarse con un enemigo mayor.

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Sollima incidía a su vez en el comentario social a través de una sutil crítica a lo patentemente corrupto de los estamentos judiciales, policiales y penitenciarios de la sociedad italiana de comienzos de la década de los 70: tan equidistante de la energía característica del poliziesco como de la sequedad expositiva y del pesimismo del mejor polar francés de la época, la filmación de Revolver se vio animada por un Oliver Reed que venía de rodar junto a Dino Risi Sábado inesperado, y que debido a sus excesos etílicos y malos modos consiguió enemistarse con todo el equipo de rodaje, incluido el propio Sollima, hasta tal punto que tuvieron que darle el finiquito tres días antes de que finalizara su contrato por un miedo real a que los técnicos locales acabaran linchándolo.

Kabir Bedi (a la izquierda) y Sergio Sollima (a la derecha) durante una pausa del rodaje de "El juramento del corsario negro".

Kabir Bedi (a la izquierda) y Sergio Sollima (a la derecha) durante una pausa del rodaje de “El juramento del corsario negro”.

Al verse incapaz de levantar proyectos cinematográficos de cierta envergadura, Sollima tuvo que refugiarse después de la experiencia de Revolver dentro de los límites de la ficción televisiva, como por otra parte tantos otros realizadores italianos hicieron llegados a una cierta edad, haciéndose cargo para la RAI de la realización de la miniserie de 6 capítulos Sandokán, protagonizada por Kabir Bedi, Philippe Leroy y Adolfo Celi. La serie se convertiría con el paso de los años en su trabajo más indiscutiblemente popular, hasta el punto de que ayer los rotativos italianos encabezaban la noticia de la muerte del director con el titular “È morto il padre di Sandokan”. A raíz del colosal éxito cosechado en todo el mundo por las aventuras catódicas del “Tigre de Malasia” Sollima volvió a las salas de cine en 1976 con El juramento del corsario negro (Il corsaro nero), personaje al igual que Sandokán extraído de entre las páginas de la obra de Emilio Salgari e interpretado igualmente por Kabir Bedi.

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El resto de la filmografía del director romano se repartió así en sus últimos años entre banales series de televisión y telefilms, siendo su último trabajo detrás de las cámaras la miniserie Il figlio di Sandokan que protagonizada también por Bedi, y al igual que El regreso de una leyenda (1995) lo fue para Curro Jiménez, representó una tan tardía como estéril intentona de reverdecer los laureles de épocas pasadas.

Como sucedió hace unas semanas con Christopher Lee, hoy tenemos que lamentarnos por la desaparición de una de las figuras más trascendentales de la historia del cine de género realizado en Europa, uno de los pocos realizadores (junto a genios de la talla de Leone, Bava o Melville) que podía presumir de contar con más de una obra maestra en una filmografía siempre consagrada a las variantes más populares y, por lo tanto, menos prestigiosas, del glorioso cine de género de los 60 y 70.

Descanse en paz.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on julio 2, 2015 at 9:10 pm  Dejar un comentario  
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