El gótico español: Un folletín costumbrista y castizo. Un repaso a un subgénero autóctono a través de Neville y su film “La torre de los siete jorobados” (II)

2- El guión

Santugini

Portada de la publicación Buen Humor.

Portada de la publicación Buen Humor.

El toledano José Santugini Parada nació casi con el siglo pasado y falleció en Madrid en 1958.  En aquella ocasión la prensa especializada se lamentaba por su pérdida asegurando que era el mejor guionista  con el que contaba nuestro país (en aquellos años, por supuesto). Humorista reconocido de las más populares revistas de la época, se dejó muy pronto seducir por el medio cinematográfico. En 1936 dirigió su único film, Una mujer en peligro, estrenado en plena II República. Se trata de una “comedia de miedo” protagonizada por la conocida cupletista Antoñita Colomé[1].   Admirado y querido por coetáneos de la talla de Enrique Jardiel Poncela, Santugini obtuvo sus mayores logros en la década de los cincuenta, poco antes de su muerte, y sobre todo al formar “pareja artística” con el realizador Ladislao Vajda para el que escribió siete de sus films más importantes, entre los que se encuentra la desasosegante El cebo. Como argumentista de la interesante Brigada criminal de Ignacio F. Iquino, de 1950, se le puede considerar también el padre del género policíaco a la española[2].

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Respecto al film que nos ocupa se trata de un proyecto personal del propio Santugini que llevaba algunos años detrás de la idea de adaptar la novela de Carrere (desde 1935). Al final consiguió su objetivo al entrar Neville en el proyecto, y, si bien éste último figura como co-guionista, es más que probable que la autoría total del argumento sea del propio Santugini.

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Fotogramas de “Viaje sin fin”.

3- Los actores

Evidentemente como en cualquier buena historia que se precie, tenemos al héroe, a la chica y al villano. Y, por supuesto, todos ellos arropados por un grupo de comparsas de mayor o menor peso en la historia.  Es así.

Antonio Casal en una foto promocional de la época.

Antonio Casal en una foto promocional de la época.

Comencemos por nuestro héroe. Antonio Casal Rivadulla nació en 1910 en Santiago de Compostela y falleció en Madrid en 1974. Sus padres querían, como todos los campesinos de aquella época, que su hijo ejerciera una carrera de provecho. Así es como se introdujo como mecánico en la Armada, o empezó sus estudios de Comercio. Pero él, en realidad, quería ser payaso. Así que se unió a un circo y acabó en una compañía teatral en Madrid (la de Julia Lajos, posterior veterana secundaria de lujo del cine español y actriz fetiche de Edgar Neville, a la que también nos encontramos en La torre de los siete jorobados). Tras un breve parón durante nuestra guerra, se reintegra a su labor teatral hasta dar el salto definitivo a la pantalla grande en 1941 de la mano de Florián Rey en Polizón a bordo. Su forma de hacer, entre tímida y torpe, lo convierte en el perfecto galán cómico del cine español que cultivaría a lo largo de muchos títulos, entre ellos el que nos ocupa.

El "diabólico" Dr. Sabatino.

El “diabólico” Dr. Sabatino.

El villano interpretado por el, ya entonces veterano, Guillermo Marín es un malo vitriólico, de suaves maneras, educado, culto y refinado. Capaz de raptar a la heroína al mismo tiempo que de trabar amistad con el héroe. No es el típico mad doctor del cine de género de la época. Es un personaje más bien mefistofélico, encantador e hipnótico como una serpiente venenosa. No en vano su nombre, Victorio Sabatino (Doctor Sabatino a secas en el film) oculta un claro significado satánico o brujeril, muy del gusto de su creador (Emilio Carrere): el triunfo del sabbath o aquelarre (algo de eso hay en la historia original que se pierde en su trasvase al film).

Marín vs. Casal, o lo que es lo mismo, Sabatino vs. Basilio.

Marín vs. Casal, o lo que es lo mismo, Sabatino vs. Basilio.

Volvamos a Marín. Este madrileño nacido en 1905 y fallecido en 1988, comenzó en el teatro prácticamente cuando su oponente en la película (Antonio Casal) contaba con 5 años.  En 1934 ya disponía de compañía propia, y cuando fue requerido por Neville estaba a punto de celebrar sus bodas de plata con el escenario. Si bien su prestigio como actor de teatro fue enorme, en el cine su carrera no estuvo aureolada de la misma grandeza.

La hermosa Isabel de Pomés.

La hermosa Isabel de Pomés.

Isabelita dosPara hablar de la chica[3], o más bien, de su intérprete, deberíamos antes dar a conocer el origen de tal talento y profesionalidad. Isabel de Pomés es hija de Félix de Pomés. Ambos coinciden en esta cinta como tío y sobrina. Félix de Pomés interpreta a Don Robinsón de Mantua, un espectro en busca de venganza. El gran Félix de Pomés tuvo una vida intensa. Estudió derecho y medicina. Escribió guiones, dirigió películas, trabajó en más de setenta films (de todas las nacionalidades), y fue campeón nacional de esgrima. Y futbolista, alternativamente, del RCE Espanyol y el FC Barcelona. Fue el futbolista que más veces cambió de equipo en la época. Pasaba del uno al otro con una fidelidad familiar casi esperpéntica. Su hija, Isabel de Pomés, fallecida en 2007, se dedica al mundo del espectáculo desde muy niña, especialmente al teatro. En el cine debuta a los 16 años. Si bien se retiraría de las pantallas veinte años después. Un rostro y una sonrisa tan dulce y fresca, y una boca tan sensual, hubieran triunfado de otro modo en cualquier otro país o cinematografía. Sus dos películas más importantes fueron Huella de luz (Rafael Gil, 1943), una comedia romántica no exenta de una lectura político social un tanto inusitada en la trayectoria de su realizador (superioridad moral de la clase trabajadora), si bien mantiene los postulados imperantes del momento al hacer una semblanza de la democracia como nido de corrupción e inestabilidad.  Su otro film más popular fue el clásico religioso infantil Marcelino, pan y vino (Ladislao Vajda, 1955).

4- El apartado técnico

Si bien la fotografía, de tintes casi expresionistas en algún momento (con referencias visuales a Nosferatu, Metrópolis o El Dr. Mabuse, nos remite a un cine de género imperante en los años veinte y treinta (y aún en los mismos cuarenta), de ciertas cinematografías, no es lo más característico, sin embargo, del film que nos ocupa[4].

Escaleras de caracol y espejos. Ese sería el binomio dominante. Respecto al espejo es evidente que es uno de los motivos visuales y elementos más recurrentes del género (desde la época de los cuentos de hadas tradicionales). El espejo es una puerta interdimensional entre los vivos y los muertos, es la dicotomía entre lo real y lo irreal.  La oposición entre la normalidad y el elemento extraño (como muy bien demostró Lewis Carroll con Alicia a través del espejo) que, en el género, desencadena esa alteración emocional que provoca el terror o el miedo. A través del espejo[5] se produce esa violenta irrupción. Ese choque de términos bien podría haberlo heredado Neville del mismísimo Tod Browning. Por otro lado, el espejo proviene de la superficie del agua y su reflejo. También surge pues la dualidad del alma, la esencia del ser humano. Poéticamente el agua puede simbolizar tanto la vida como la muerte, dependiendo de si fluye como un cristalino afluente o permanece estancada en un pozo. Y, finalmente, la escalera de caracol supone el nexo de unión entre esos dos mundos. Una vez intercomunicados, podemos acceder a uno u otro por igual.

Los siete jorobados

La escalera de caracol del film es obra de un colectivo. Pero su principal artífice fue un innovador. Pero antes de hablar de él tenemos que volver al productor Saturnino Ulargui Moreno. Este logroñés no sólo levantó la industria tras el conflicto, sino que supo atraer a algunos de los más reputados técnicos del momento que buscaron refugio en España ante el avance de la guerra europea. Es el caso del director artístico de origen ruso Pierre Schildknecht (llamado Pedro Schild en nuestra patria). Curtido en la construcción y pintura de decorados en los años veinte (sobre todo es importante su trabajo en la mastodóntica Napoleón de Abel Gance), comenzó su carrera en el teatro hacia 1909.  Cuando el ejército nazi ocupa Francia, Schild tiene que huir. Ya en España, trabajando para la productora de Ulargui, se asocia con Francisco Escriñá y Antonio Simont en su equipo de decoración cinematográfica. Schild pasará a hacerse cargo de los trucajes y efectos visuales. Al equipo inicial, se les unirá en la cinta de Neville el valenciano Francisco Canet Cubel. La originalidad residía en que hasta ese momento cualquier trucaje de cualquier decorado donde se aplicaran maquetas se había construido en su parte baja. Se trucaba la parte alta del mismo. Schild lo hizo al revés. Todo lo contrario. Se construyó primero la parte alta del centro y se hizo posteriormente la maqueta de la parte baja y ambos lados.

Otro aspecto técnico importante del film es su banda sonora. Esta fue encomendada a José María Ruiz de Azagra. Compositor forjado en el campo de la zarzuela y la revista, se movió en esta cinta con relativa facilidad. El universo cotidiano donde se mueven los personajes “normales” tiene escaso acompañamiento musical, salvo el correspondiente a las distintas escenas donde se desarrollan sus acciones: la música de organillo, las canciones y el ambiente de la revista, etc… Algo para lo que Azagra tuvo que esforzarse poco. Sin embargo los momentos más conseguidos son los que se desarrollan en ese otro universo paralelo, en el subsuelo donde habitan los personajes “no normales” de la historia. Para estas secuencias el recurso de Azagra fue inspirarse en la tradición siniestra  del cine de la época (lo que también resulta fácilmente reconocible para el espectador con oído acostumbrado). Pasaba del costumbrismo al goticismo con total desenvoltura.

5- De la novela al guion (semblanza de Emilio Carrere, un bohemio que no pasaba hambre)

Emilio Carrere.

Emilio Carrere.

Sin duda alguna, Emilio Carrere, recuperado para las letras españolas en los últimos veinte o treinta años gracias a la iniciativa de la Editorial Valdemar[6], fue el más popular de todos los escritores españoles de la primera mitad del siglo XX. La categoría “popular” engloba muchas acepciones.  Desde ser el preferido del pueblo llano, aunque dado el índice de analfabetismo del país es poco probable, pero sí de una clase media que se distraía con las intrigas pergeñadas por este insolente y bien colocado funcionario que fusilaba sin ocultarlo sus propios textos. El poeta favorito de las porteras,  aunque no exento de la vena modernista del momento, pero con cierto espíritu ácrata y casi republicano que le acercaba al humillado populacho (si bien como muchos intelectuales de su generación, tras la Guerra Civil, o incluso antes de su estallido, sus postulados ideológicos se fueron haciendo más afines al nuevo régimen por venir, o incluso hasta a defender la monarquía). Carrere es literatura pulp en su más pura esencia, un antecedente tal vez de las novelas de bolsillo posteriores, siendo heredero del folletín de fin de siglo (Verne, Leroux, Dumas…) dándole su particular vena castiza.

Una primera edición.

Una primera edición.

Llevó una vida bohemia hasta la extenuación, pero pronto se dio cuenta que, a pesar de tener un magro sueldo fijo, ese tipo de actividades no le traerían nada bueno y, paulatinamente, se fue alejando de esos ambientes.  Tenía la costumbre de escribir en los cafés, y publicar mucho. Pero tan dispersamente, como sin renegar de cierta continuidad, a la manera caótica que fue su modus vivendi. Su obra ha sido muy difícil de recuperar. También, acercándonos a la otra acepción de “popular” hemos de constatar que Carrere fue un auténtico fabricante de “best-sellers”. Adorador de Poe y Blavatsky, se codeó con el ocultismo (del que hace gala en su novela más conocida).

El Capitán Sirius.

El Capitán Sirius.

Quizá por el ambiente que se respiraba previo al conflicto, aquellos años antes de la Guerra Civil floreció una industria literaria de la mal llamada literatura de evasión con plumas muy florecientes. Cuando las deudas de putas y juego llevaron a Don Emilio a escribir la novela que aquí reseñamos, canibalizó escritos anteriores, comenzó unos capítulos y los mezcló con rellenos sin sentido y papel en blanco para engañar al editor. Seguros de su éxito, le pagaron por un trabajo efectuado a medias sin darse cuenta del engaño. Cuando fue descubierto, se negó a finalizar el trabajo, por lo que el editor le encargó su continuidad a un joven autor que trataba de abrirse camino en la incipiente industria. Corría el año de 1924 y, un raro espécimen de la ciencia-ficción española, de profesión contable (materia sobre la que publicó varias obras que sirvieron de texto durante muchos años), fue contratado para terminar La torre de los siete jorobados, momento en que inició su carrera como autor de ciencia ficción usando los seudónimos de «Capitán Sirius» y «J. de Nogara», alcanzando el apelativo de «el Julio Verne español» y viéndose traducido al francés y al húngaro. Hablamos de Jesús de Aragón y Soldado. Tal fue el éxito de la novela (resulta, incluso hoy, difícil reconocer que parte es achacada a cada cual[7]) que el propio Carrere se encargaría de las correcciones para su posterior reedición.Un crimen inverosímil (novela corta publicada en febrero de 1922) fue el armazón con el que Carrere construyó su engaño. Los jorobados los puso el Capitán, hinchando con cierta lógica una novelita de por sí ya con principio y final.

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Obras de “el Julio Verne español”.

Una de las obras más conocidas de Roso de Luna.

Una de las obras más conocidas de Roso de Luna.

La novela es en esencia, dadas las inclinaciones y gustos iniciales de Carrere, una historia de una venganza, un duelo de voluntades, una lucha entre fuerzas sobrenaturales que atrapan a los inocentes en medio del conflicto. Si bien Carrere, en su momento, se pudo considerar uno de los primeros periodistas de lo oculto del país, influenciado, como hemos dicho anteriormente, por Blavatsky, pero sobre todo, por Mariano Roso de Luna[8], con el tiempo, igual que fue cambiando su modus vivendi excéntrico y alocado, anclado en la bohemia, también fue olvidando todas estas enseñanzas.

Continuará…

Miguel Ángel Plana

Otro más

[1] Como si de una producción típica de la Universal se tratase, la historia reúne a varios personajes estrambóticos y siniestros (entre los que no puede faltar el infalible mad doctor) dentro de un oscuro caserón en ruinas. Parecido argumento recoge Viaje sin destino (1944), realizada por alguien tan poco sospechoso como Rafael Gil (que venía del cortometraje propagandístico), y donde la mezcla paródica, marca de la casa, entre policíaco, comedia y terror, encubría, a través del periplo vacacional de un grupo de pequeños burgueses, una metáfora del incipiente régimen político.

[2] Guión que finalmente firmarían Juan Lladó y Manuel Bengoa, colaboradores habituales de Iquino. Y aunque, en principio nos encontremos con un film casi documental a mayor gloria del cuerpo policial del régimen (como un texto nos indica al comienzo del film), hay bastantes detalles técnicos (sobre todo en la forma de encuadrar algunas escenas) que lo acercan a un cierto tipo de primitiva muestra de género negro autóctono, aunque sin llegar a las cotas que más tarde alcanzaría con las obras de Julio Coll.  Nos referimos, entre otros, a títulos como Distrito quinto, Un vaso de whisky, Los cuervos, Ensayo general para la muerte (las tres primeras protagonizadas por su actor fetiche Arturo Fernández, y todas ellas de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta).  O, por citar otro ejemplo, el Julio Buchs de El salario del crimen (también de esas fechas y con Arturo Fernández de protagonista).

[3] En realidad en la novela no hay tal heroína, sino que dos mujeres de aparición episódica podrían disputarse tal rol -la criada de Sabatino y la tonadillera-.  Precisamente ese protagonismo casi exclusivo de los varones lo diferencia ligeramente del género folletinesco al que se adscribe.

[4] Esos decorados alucinantes y oníricos que se equiparan al descenso a la ciudad subterránea del film de Neville. Por otro lado, tampoco hay que olvidar, que la mayor parte de técnicos de la escuela expresionista alemana (el fotógrafo Karl Freund a la cabeza) terminarán desembarcando en las primigenias cintas inaugurales de los estudios Universal.

[5] Para todo aquel lector que desee ampliar conocimientos sobre dicho tema es de muy recomendable lectura el texto La magia del espejo de Javier Navarrete Varela, publicado por Planeta en 2008.

[6] La presente selección recoge una buena muestra de los relatos de terror que Carrere publicó entre 1916 y 1922 en la popular colección La Novela Semanal, y en ella nos encontramos con  un Madrid gótico y tenebroso repleto de intrigas sobrenaturales. La casa de la Cruz y otras historias góticas (2001). El volumen se abre con La leyenda de San Plácido, versión novelada de una vieja leyenda madrileña de los tiempos de Felipe IV. La conversión de Florestán es una historia fantástica, no exenta de cierta vena humorística, con descripciones precisas del ambiente esotérico que rodeó a la bohemia madrileña de principios del siglo XX. Un crimen inverosímil es el relato germinal de la novela La torre de los siete jorobados. El relato que da título al volumen, La Casa de la Cruz, es, sin duda, junto a La mujer alta de Pedro Antonio de Alarcón, uno de los mejores cuentos de terror de la literatura patria. Y por último, Las inquietudes de Blanca María. La calavera de Atahualpa y otros relatos (2004). Se trata una de las novelas humorísticas más divertidas de Carrere, y su protagonista, Sindulfo del Arco, inolvidable. La novela narra las disparatadas peripecias de Sindulfo. El reino de la calderilla (2006). Carrere fue también uno de los más destacados cronistas de la bohemia madrileña de anteguerra. Nos encontramos, pues, con un trabajo casi sociológico, de primera mano, de lo que fue aquel modus vivendi entre la picaresca y la anarquía. Los muertos huelen mal y otros relatos espiritistas (2009). El presente volumen es una selección tanto de relatos como artículos de prensa en los que se puede seguir la evolución de la fe de Carrere en el espiritismo, que comienza con cierto optimismo y concluye entre el escepticismo y la burla.

[7] Si bien la extraordinaria labor de Jesús Palacios en la edición de la novela por parte de Valdemar en 2004 nos aproxima bastante a la realidad.

[8] Conocido como “el Mago Rojo de Logrosán”, a Roso le gustaba definirse a sí mismo como “teósofo”. Y como tal realizó una infatigable labor divulgativa. Tradujo al castellano las obras de Blavatsky y produjo una larga serie de libros propios, agrupados en la llamada Biblioteca de las Maravillas. En sus libros, Roso aplicó la doctrina teosófica a múltiples campos, desde la musicología o la sexología, al folclore español pasando por los mitos precolombinos. También son importantes sus estudios sobre el simbolismo en las religiones del mundo.

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