Murderock, danza mortal

Tras comercializar previamente Angustia de silencio, El destripador de Nueva York, Siete notas en negro y Una lagartija con piel de mujer, Murderock, danza mortal supone el quinto título de Lucio Fulci en aparecer dentro de la colección “Cinema Giallo”, y el sexto en ser lanzado por la compañía responsable de esta, Regia Films, si contamos con Una historia perversa. Al contrario de todos los títulos enumerados, el film escogido en esta ocasión se trata, sin ninguna duda, del exponente menos conocido y reputado de entre las incursiones de su responsable dentro de los terrenos del thriller all’italiana, a pesar de que, paradójicamente, en nuestro país ya contara con una edición previa en Dvd comercializada durante los albores del formato por parte de Vellavision. Puede que en el escaso aprecio y predicado de Murderock entre los aficionados esté relacionado con su singular naturaleza, al proponer, ahí es nada, una imposible mixtura entre giallo y explotaition de la corriente de films de “baile” que tanta popularidad gozaran a comienzos de los ochenta, tal y como nos explica en el siguiente artículo nuestro colaborador José Manuel Romero Moreno.

LA PELICULA

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Situada cronológicamente en el decadente tramo final de la filmografía de su director (disculpable si tenemos presente que sus peores obras se extienden en paralelo al declive que a mediados de los 80 ya revelaba el cine de género europeo, y por ende, el italiano), Murderock, danza mortal es un proyecto del que Fulci se haría cargo tras un par de intentos fallidos de monetizar dos de las tendencias que con más insistencia cultivaría en aquellos años la cinematografía bis transalpina. Por un lado, Roma, año 2072 DC: los gladiadores significaría su respuesta al cine de connotaciones post-apocalípticas que films de la celebridad de Mad Max, o el clásico de John Carpenter 1997: Rescate en Nueva York, pusieran en boga a comienzos de la década en los cines de todo el mundo, mientras que, por otro, el éxito cosechado por la adaptación de John Millius de Conan, el bárbaro, en particular, y el renovado interés por el cine de espada y brujería, en general, darían pie al realizador romano para contraatacar con la espantosa La conquista de la tierra perdida. Financiada entre España e Italia, como no podría ser de otro modo en su reparto participarían algunos intérpretes patrios, caso de Conrado San Martín o Violeta Cela, quienes, a modo de curiosidad, volverían a coincidir ese mismo año en otra coproducción, en esta oportunidad la hispano-japonesa La bestia y la espada mágica.

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En el caso concreto del film que nos ocupa, y revelándose ya desde su mismísima entraña tan imitativa y explotativa como las anteriormente citadas, resulta obvio que uno de los principales modelos en los que se mira es el slasher norteamericano, el cual no en vano se encontraba en esa época en pleno auge. Consecuencia de ello es que el film esté emplazado y filmado en Nueva York, no ocultándose además en ningún momento su voluntad de pasar por una producción estadounidense.  Por otra parte, en todo momento se hace asimismo patente el claro influjo del cine musical, que en su vertiente más danzarina habían vuelto a popularizar por aquella época productos en principio tan alejados de la órbita de Fulci como pudieran ser Flashdance, de la que, además de intentar emular su particular look videoclipero, se fusila con todo descaro un número musical en el que el agua es protagonista. Visto lo visto, no parece casualidad el hecho de que Slashdance sea uno de los títulos alternativos de la película.

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Incidiendo en esta línea y por insólito que pueda parecer, sus responsables dirigen igualmente su punto de mira hacia Fama, tanto a la serie de televisión como a la película dirigida por Alan Parker; “inspiración” ésta que se hace notar en la presencia de una homóloga academia de baile – con el concurso en la misma de una profesora de color, para más inri[1] –, así como en una frase que, con el propósito de motivar a sus alumnos, pronuncia el personaje interpretado por Olga Karlatos: “yo os garantizo el éxito, ¡pero a costa de saber sufrir!”, demasiado similar al de la célebre frase que semana tras semana enunciaba Debbie Allen en la intro de la popular serie catódica: “la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar…”, emblemática sentencia que llegaría a convertirse en lema para toda una generación de espectadores.

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Siempre suponiendo que ésta fuera la intención última de sus responsables, Murderock acaba fracasando en su arriesgado intento de conciliar tan antitéticas tendencias, no funcionando de este modo ambas ni en conjunto ni por separado. Y es que, y a pesar de intentar aproximarse a las constantes del referido slasher, sobre todo a través de ese grupo de adolescentes que va siendo eliminado de manera progresiva, la película se revela inconfundiblemente mediterránea tanto por la elección del arma ejecutora, una afilada aguja que el asesino clava directamente en el corazón de sus víctimas, como por la manera en la que Fulci decide afrontar la realización de tales escenas; de esta forma los prolegómenos cobran mucha más importancia que la representación en sí misma del acto homicida, elección estilística ésta por la que se puede (e incluso se debe) catalogar como giallo a Murderock, y que asimismo la aleja definitivamente de su modelo yanki.

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Así las cosas, y sorprendentemente, Fulci rebaja en esta ocasión y de manera considerable el nivel de violencia gráfica con respecto a sus anteriores trabajos dentro del género, llegándose incluso al extremo – incomprensible en un producto de estas características – de que la mayoría de los asesinatos se resuelvan elípticamente fuera de plano, desconocemos si por razones presupuestarias o puramente estilísticas. Desde luego, y sea cual fuera la motivación a la hora de proceder de esta manera, resulta ser una decisión desconcertante y de todo punto impropia por parte de un realizador que apenas un par de años antes había roto tabúes, a la vez que revuelto estómagos, con más de una escena de la controvertida El destripador de Nueva York, cinta que al igual que Murderock, y por razones obvias, fue filmada en localizaciones situadas en la Gran Manzana.

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En cuanto a los, por fortuna, contados segmentos musicales, y a pesar de ser Fulci uno de los introductores del rock en el cine italiano, la práctica totalidad de las coreografías están resueltas desgraciadamente con más voluntad que verdadero acierto. Tampoco es que contribuya precisamente a mejorarlas la naturaleza irritantemente cacofónica, así como desastrosamente influenciada por el pujante italodisco, de la banda sonora compuesta por Keith Emerson, miembro de la banda inglesa de rock progresivo Emerson, Lake and Palmer, y a la sazón responsable asimismo de la muy superior partitura de Inferno, de Dario Argento.

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Definida certeramente por el especialista Stephen Thrower como “…indigna incluso de figurar como acompañamiento musical de un anuncio de tampones…[2], debido a la “horterez” y cursilería que manifiesta en el uso y abuso de los sintetizadores, la concepción melódica del británico no sólo se revela obvia y dolorosamente ineficaz en lo referente a servir de base sonora a las citadas coreografías, si no que su inclusión arruina igualmente cualquier intento de crear tensión por parte de Fulci. Un empeño del que el realizador romano, tampoco es que salga demasiado bien parado – todo hay que decirlo -, merced a un tratamiento visual plano y rutinario en exceso, independientemente de la baja calidad de la que haga gala la banda sonora que acompaña a sus imágenes.

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No mucho más atinado se muestra el cineasta opta por dejar de lado las posibilidades argumentales que le brindaban la convivencia de estudiantes en el seno de la academia, así como las intrigas y conspiraciones que podrían haberse derivado del hecho de que las muertes coincidan en el tiempo con unas importantes audiciones que en ese momento se realizan en la escuela. Lejos de ello, en su lugar decide otorgar mayor relevancia a la investigación policial, incurriendo de paso en toda suerte de incoherencias con el fin de que las sospechas del espectador recaigan sobre el mayor número posible de personajes. Tampoco mejora mucho las cosas su decisión por centrarse en la relación que mantienen los personajes encarnados por Ray Lovelock y Olga Karlatos, que volvía a reencontrarse con el director cinco años después de Nueva York bajo el terror de los zombies.

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En cuanto al citado Lovelock, en la que sería su primera y última colaboración con Fulci, la participación del que fuera protagonista una década antes de la mítica No profanar el sueño de los muertos representa ya de entrada un clamoroso error de casting. Por desgracia el actor de origen inglés no es capaz de reflejar apropiadamente – ni en cuanto a tipología física ni mucho menos por dotes interpretativas – la necesaria y turbia ambigüedad que, al tratarse del principal sospechoso de la historia, hubiera requerido su personaje: un modelo publicitario que en el pasado había trabajado como actor en westerns. A este respecto cabe señalar que en la vida real sin embargo la presencia del actor no se hizo habitual tanto en el marco del spaghetti, a pesar de comenzar su carrera a los 17 años con un papel de cierta importancia en el bizarrísimo Oro maldito, como dentro de los márgenes del poliziesco, integrando los repartos de títulos tan representativos del cine criminal italiano como pudieran ser Banditi a Milano, Roma violenta o Brigada anticrimen.

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A modo de balance, y aunque pudiera deducirse lo contrario por lo leído hasta el momento, Murderock no acaba resultando tan catastrófica y vergonzante como sus primeros compases nos pudieran haber hecho temer. Es una cinta fallida y rutinaria en líneas generales, cierto, y a causa de la ausencia de gore puede llegar a decepcionar a los fans más superficiales de su director pero, y siempre dentro de su mediocridad, es de justicia reconocer que su trama tampoco cuenta con demasiados altibajos y que es aceptablemente entretenida, cualidad que raramente se puede destacar de la inmensa mayoría de italianadas de género que se realizaban en aquella misma época. Además, Fulci es capaz aún de mantener a lo largo de su metraje un mínimo nivel de dignidad y profesionalidad en el aspecto técnico, justo al contrario que en sus dos trabajos anteriores y que posteriormente sería muy difícil de rastrear en los films que realizaría a partir de entonces.

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De todas formas, y si Murderock guarda algún interés, es sobre todo por el hecho de significar una suerte de esbozo de la infinitamente más conseguida a todos los niveles Aquarius, de Michele Soavi, el cual había colaborado como actor para Fulci en Miedo en la ciudad de los muertos vivientes y la mencionada El destripador de Nueva York, también contaría con Keith Emerson para la banda sonora de una de sus películas y que, para más inri, reclutaría a Robert Gligorov, uno de los bailarines de Murderock, para que fuera a su vez uno de los integrantes del reparto de su magnífica ópera prima.

LA EDICIÓN

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Ésta de Regia Films viene a representar una notable mejora – en casi todos los aspectos, además – con respecto a la vetusta edición que Vellavisión puso a la venta en 2003 dentro de la colección “Clásicos de terror: giallo”. Al contrario que en aquella oportunidad, en esta ocasión podemos disfrutar de la película en su formato original 1.85:1 con mejora anamórfica y, aunque se haya perdido algo de grano con el cambio, la imagen goza asimismo de una mayor definición que la precedente. En cuanto al apartado de extras, nos encontramos con una escena eliminada de apenas 23 segundos presente en el montaje italiano y eliminada del internacional, que es el que se incluye, así como los títulos de crédito (iniciales y finales) de la citada versión italiana.

José Manuel Romero Moreno

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[1] Siguiendo con las curiosidades, no está de más señalar que la mencionada profesora afroamericana, pretendida sosias de la Debbie Allen televisiva y de la Irene Cara cinematográfica, está encarnada por Geretta Geretta, actriz que tan sólo un año después se convertiría en todo un icono del cine de terror italiano (y por extensión del mundial), merced a su memorable y escalofriante participación en la primera entrega de Demons de Lamberto Bava.

[2] En Beyond Terror: The Films of Lucio Fulci (FAB Press, 1999).

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FICHA TÉCNICA

Título original: Murderock – Uccide a passo di danza

Año: 1984 (Italia)

Director: Lucio Fulci

Guionistas: Gianfranco Clerici, Roberto Gianviti, Vincenzo Mannino, Lucio Fulci

Fotografía: Giuseppe Pinori

Interprétes: Olga Karlatos (Candice Norman), Ray Lovelock (George Webb), Claudio Cassinelli (Dick Gibson), Cosimo Cinieri (teniente de policía Borges), Giuseppe Mannajuolo (Profesor Davis), Berna Maria do Carmo (Joan), Belinda Busato (Gloria Weston), Maria Vittoria Tolazzi (Jill), Geretta Geretta (Margie), Christian Borromeo (Willy Stark), Lucio Fulci (Phil, el agente), Robert Gligorov (Bert), Carlo Caldera (Bob), Riccardo Parisio Perrotti (Steiner), Giovanni De Nava (Recepcionista de hotel)…

Sinopsis: Un sádico crimen ocurre en los vestuarios del Centro Artístico de Nueva York cuando un grupo de baile se disputa tres plazas para un nuevo espectáculo de Broadway. El teniente de policía Borges y el profesor Davis iniciarán una investigación en la que todos los aspirantes son sospechosos, pero no tardarán en suceder nuevos crímenes relacionados con el centro artístico. La ex-bailarina y directora del centro Candice Norman investigará al margen de la policía, topándose con un hombre de misterioso pasado llamado George Webb, de quien tiene un borroso y extraño recuerdo guardado en el inconsciente.

*Todas las imágenes de la película que ilustran este artículo pertenecen a capturas de la edición comentada.

Published in: on enero 8, 2016 at 6:17 am  Comments (1)  
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One CommentDeja un comentario

  1. Muy buena reseña
    Habrá que comprarla, aunque espero que no se acostumbren a sacar este tipo de películas… Esta es la peor de todas las de la colección giallo.


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