Escuela de enfermeras

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Título original: Escuela de enfermeras

Año: 1965 (España)

Director: Amando de Ossorio

Productor: H. S. Valdés

Guionistas: Amando de Ossorio, H. S. Valdés

Fotografía: Miguel Fernández Mila

Música: José Pagán, Antonio Ramírez Ángel

Intérpretes: Paloma Valdés (Lucía), Carlos Larrañaga (Ramón), Carlota Avendaño (Cristina) , María Granada (Gloria), Margot Cottens, Sonsoles Benedicto, Manuel Zarzo, Jorge Rigaud, María Isbert…

Sinopsis: Lucía es una joven rica y caprichosa que, tras escaparse de su padre antes de embarcar en un vuelo con destino a Nueva York, tiene un pequeño accidente que la lleva hasta el hospital, donde conoce a un apuesto médico. Tras una serie de equívocos, terminará ingresando por amor en la escuela de enfermeras.

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Carlos Larrañaga y Paloma Valdés: amor en la policlínica.

Escuela de enfermeras es una de las películas menos conocidas del realizador gallego Amando de Ossorio, reconocido mundialmente por sus cintas de género fantástico y de terror, como Las garras de Lorelei o la saga de los templarios, iniciada en 1972 por la mítica La noche del terror ciego. No obstante, la presente cinta se encuentra diametralmente opuesta al género mencionado ya que, en realidad, se trata de una comedia de corte juvenil protagonizada por la fugaz estrella de la época – aunque por aquel entonces indispensable dentro del cine realizado en España-, Paloma Valdés, quien ya contaba un currículum bastante interesante al haber trabajado a las órdenes de Bardem en la estupenda Los inocentes o junto a Fernando Fernán Gómez en la mítica La venganza de Don Mendo, interpretando el papel de Magdalena, y que abandonaría el cine tras contraer matrimonio (1).

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Paloma Valdés, vallisoletana de nacimiento, fue definida como una mezcla entre Marina Vlady y Brigitte Bardot. Se retiró en 1971, recientemente publicó sus memorias: Como un sueño.

Valdés capitanea el trío protagonista en compañía de la desconocida Carlota Avendaño, quien, según fuentes consultadas, no volvería a participar en ningún otro filme, y María Granada, otra actriz de la época que abandonaría prematuramente la interpretación, pero que antes nos dejaría una muy interesante filmografía, incluyendo coproducciones como El hijo del pistolero, junto a Russ Tamblyn, o El halcón y la presa, película en la que coincidiría con Lee Van Cleef bajo la dirección de Sergio Sollima, cineasta con el que colaboró a lo largo de su trayectoria en un total de tres ocasiones.

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María Granada, parece ser que su nombre real era Manuela Barroso y posteriormente fue diseñadora de modas.

En torno a sus tres personajes girará el argumento del filme, una vez se conozcan al coincidir en la misma habitación tras iniciar los estudios de enfermería. Allí cada una dará a conocer su historia: Lucía, la rica y caprichosa heredera, se ha decidido a estudiar por estar más cerca de su amado, un médico- interpretado por Carlos Larrañaga- que imparte clases en la escuela y al que conoció tras acudir al hospital debido a un accidente de tráfico; Cristina, por su parte, es la humilde hija del conserje de la residencia, por lo que deberá sacar matrícula de honor para poder seguir con sus estudios; y Gloria, la tercera en discordia, tiene como principal preocupación estudiar inglés para poder así irse a vivir a Chicago con su novio. Gloria, interpretada por la bellísima María Granada, nos sorprende a mitad de la película cantando un pegadizo twist llamado Conquistador, acompañada por el famoso grupo de la época Los Pekenikes.

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El trio protagonista formado por Paloma Valdés, María Granada y Carlota Avendaño.

Hablando del filme propiamente dicho, este da comienzo con unos graciosos y animados títulos de crédito sonorizados con el himno de las enfermeras: “Somos enfermeras, de blanco puro ideal, cuando te encuentres muy mal, te cuidaré…”, que parece estar interpretado por Las monjitas del Jeep -unas hermanas cantoras que grabaron un par de discos por aquel entonces-, debido al agudo tono que utilizan para entonar el tema. Este inicio ya marcará la línea conservadora que ofrece la película, algo que queda patente por el hecho de que la propia escuela de enfermeras esté dirigida por una monja a la que pone rostro una Margot Cottens a la que por cierto, se le echa en falta su peculiar voz, y que se encarga de llevar por el buen camino a las chicas, repitiendo así el papel que interpretara tres años atrás en Canción de juventud, con la diferencia de que si en aquella la religiosa a la que interpretaba la actriz tenía un toque más liberal, en esta parece ser una hermana más chapada a la antigua.

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A Margot Cottens le encantaban los hábitos.

Y la mención a aquel clásico de Luís Lucia no es en balde, ya que son varios los puntos en común que la presente guarda con aquella, probablemente debido al enorme éxito de público que supuso en su estreno. De este modo, además del personaje de Margot Cottens, nos encontramos con otro nuevo parecido en el rol encargado de aportar el punto cómico a la historia: una chica de la escuela que sólo piensa en comer, a la que da vida Sonsoles Benedicto, y que resulta ser clavadito al de la glotona Pochola, personaje que hizo popular la actriz Conchita Goyanes en la original de Lucia.

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Sonsoles Benedicto poniendo atención en las clases.

Otro detalle más que evidencia la similitud entre ambas cintas es el análogo concurso de una carrera en vespas – que en Canción de juventud abre magistralmente el filme y en este lo cierra-, y que sirve para que comprobemos una vez más lo conservador del filme, ya que en comparación con su predecesora, en esta cada moto es conducida por un chico, llevando como paquete a cada una de las enfermeras, cuando en la cinta del 62 eran las chicas las que llevaban, y nunca mejor dicho, la voz cantante, siendo este hecho por tanto, un retroceso en cuanto al papel de la mujer dentro de la sociedad, siendo mostradas por Ossorio como dependientes en todo momento de la figura del hombre. Pero éste no es el único rasgo machista desperdigado a lo largo de la cinta; ya que el mayor sueño que presenta el trío protagonista es casarse para abandonar los estudios de enfermera y dedicarse a sus labores.

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La estatua de atrás se llama Portadores de la antorcha, está situada en el centro de la plaza central del Campus médico de Madrid y fue fundada en 1955. Su autora, la norteamericana Ana Huttington.

En lo que respecta a la realización de la cinta, Ossorio imprime un tinte tenebroso cada vez que se lo permite el guión- coescrito por el propio gallego junto a H. S. Valdés, con el que ya había trabajado previamente en el western La tumba del pistolero-, siempre partiendo de la base de que nos encontramos ante una comedia de corte juvenil, iluminada en su fotografía en blanco y negro como tal, es decir, de manera diáfana. No obstante, hay secuencias como aquella en la que Lucía y Gloria proponen hacer un cambio de imagen radical a su más bien feúcha y pueblerina compañera de habitación cortándole las trenzas. Aquí, el realizador gallego se apoya en la iluminación del plano para crear un efecto de sombras chinescas harto grotesco y que desentona con el corte cómico de la cinta.

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¿Homenaje de Ossorio a Nosferatu?

Igualmente utiliza una iluminación lúgubre en un par de secuencias de tensión- aquellas en la que unos ladrones roban en la residencia o cuando dos de las enfermeras auxilian en un accidente de carretera a un ensangrentado piloto-, algo que es potenciado además por una banda sonora de lo más truculenta. Son detalles estos que llaman la atención dentro del tono naif de la historia y que parecen adelantar el camino que tomaría su realizador en su posterior carrera cinematográfica.

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Un toque de gore a esta pintoresca historia.

Escuela de enfermeras es, por tanto, un engranaje más dentro de la filmografía de Amando de Osorio, que funcionaría de puente hacia su etapa más conocida y fructífera como autor de género y que pese al conservadurismo y el pestazo machista que envuelve al completo de la cinta- hay que recordar que la profesión de enfermera propiamente dicha estaba reservada en dicha época al género femenino (2)-, puede ser disfrutada como una comedia ligera, fresca, optimista, elegante y afortunadamente bastante alejada de la típica españolada de turno.

Jesús Palop

    (1) Algo muy común de la época. Quizá el caso más conocido fue el de Sonia Bruno, otra de las actrices que abandonaría su carrera al casarse con el jugador de fútbol de origen ceutí, Pirri.
    (2) En 1915 se crea en España el título de enfermera, algo casi exclusivo de las mujeres, que cursaban sus estudios en escuelas dependientes de hospitales. Los practicantes era la rama reservada al género masculino y cursaban los estudios en las facultades de medicina. En 1952 se creó el título de ATS, que unificaba los planes de estudio de enfermeras, practicantes y comadronas, pero las desigualdades de género aumentaron. Las mujeres que estudiaban debían estar internas y alejadas del género masculino que estudiaba dicha titulación. Esto no cambiaría hasta bien entrados los años setenta.
Published in: on febrero 12, 2016 at 6:27 am  Dejar un comentario  
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