Los ojos del diablo

Título original: Two Evil Eyes / Due occhi diabolici

Año: 1990 (Estados Unidos, Italia)

Directores: George A. Romero, Dario Argento

Productores: Claudio Argento, Dario Argento, Achille Manzotti

Guionistas: George A. Romero, Dario Argento, Franco Ferrini

Fotografía: Peter Reniers

Música: Pino Donaggio

Intérpretes: Adrienne Barbeau (Jessica Valdemar), Bingo O’Malley (Ernest Valdemar), E.G. Marshall (Steven Pike), Harvey Keitel (Roderick Usher), Madeleine Potter (Annabel), John Amos (Det. Legrand)…

Sinopsis: Adaptación de dos relatos de Edgar Allan Poe: en La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar la joven esposa de un viejo y enfermo millonario mantiene a su marido con vida para irse apoderando paulatinamente de su patrimonio. En El gato negro, un fotógrafo de sucesos se obsesiona hasta la locura con un gato callejero que su esposa encuentra casualmente en su casa.

Dario Argento, el principal impulsor de Los ojos del diablo, concibió en un principio la idea de bautizar de este modo a una serie de televisión basada en relatos de Poe, cuya dirección correría a cargo de una ecléctica plantilla de cultivadores del terror con más o menos prestigio a finales de los 80: de esta forma, Romero accedió a hacerse cargo del piloto adaptando La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar, mientras que Michele Soavi se encargaría de La máscara de la muerte roja.Por su parte, Richard Stanley, director de Hardware: programado para matar, haría lo propio con una versión de El barril de amontillado que iban a protagonizar nada menos que Jonathan Pryce y Michael Gambon. Cuando tal concepto pasó de la televisión al cine, el director italiano tuvo entonces la esperanza de convertir la película en una colaboración conjunta entre cuatro de los directores más importantes del género: a Romero y al propio Argento hipotéticamente se les unirían Wes Craven y John Carpenter, pero estos dos últimos no pudieron sumarse al proyecto debido a incompatibilidades con sus respectivas agendas, por lo que a Argento no le quedó más remedio que transformarla en una película limitada a dos historias en la que él y Romero se encargarían por separado de la dirección de ambos segmentos.

En el caso de la primera parte, el creador de La noche de los muertos vivientes transforma la minuciosidad casi forense del cuento en el que se inspira en una historia de ambición y amores traicionados, que remite más en su estructura y desarrollo a la novela negra (y en concreto a las historias de James M. Cain) que a las constantes atmósfericas, argumentales y morales del autor de El cuervo. Romero tampoco se resiste en esta ocasión a inyectar en la narración cierto grado de humor negro que podría perfectamente remitirnos al de los cómics de la EC (sobre todo en lo referente a sus irónicas y crueles codas finales) a los que ya había homenajeado sobrada y brillantemente a la hora de realizar su anterior Creepshow. Precisamente, de su excelente colaboración con Stephen King, rescata casi una década después a tres de sus intérpretes: una madurita Adrienne Barbeau que, a pesar de contar con 45 años cuando tuvo lugar el rodaje, se defiende bastante bien en su rol de femme fatale a la que acaba superando el sentimiento de culpa; Tom Atkins, actor de culto especializado en tipos duros (La niebla, El terror llama a su puerta, Maniac Cop) en un pequeño papel de policía, y el eterno secundario E.G. Marshall, encarnando al reticente albacea del Sr. Valdemar, completan el resto de un reparto bastante sólido aunque no lo suficientemente aprovechado.

Por otra parte La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar está narrada de forma simple pero eficaz, logra arrancar más de un momento terrorífico y su director consigue amoldar las ideas más atractivas de la historia a su característico estilo, dándole además una nueva vuelta de tuerca al eterno asunto del muerto viviente al introducir en esta ocasión un inesperado – al menos en su filmografía- acento espiritual al tema del resucitado: lamentablemente, está puesta en escena funcional pero plana en exceso (tal vez deudora de ese primer estadio televisivo al que antes hacíamos referencia) y una relativa previsibilidad en la exposición de los hechos, acaban jugando en su contra para que esta pieza llegara a ser algo más que un entretenidillo cuento de fantasmas.

En lo que respecta al fragmento de Argento, y aunque cuente con el mérito de acumular más elementos provenientes de Poe que el de su compañero, no logra hacer suya la historia… y mucho menos sacar partido a las múltiples posibilidades dramáticas y terroríficas que, a la hora de trasladarlo en imágenes, el relato original ofrecía. Y es que aunque desde el mismo comienzo se haga evidente que resulta visualmente mucho más atractiva y cuidada que su predecesora, estas relativas cualidades quedan sepultadas bajo una alarmante incapacidad para crear y mantener una mínima sensación de suspense: además, y pienso que es algo bastante preocupante teniendo en cuenta de quien estamos hablando, el director de Rojo oscuro se muestra en esta ocasión ineficaz a la hora de provocar siquiera el terror a partir de los sangrientos (y, en su mayoría, ridículos) golpes de efecto que van jalonando el argumento.

Lo más interesante sin duda es la evocadora y surreal escena del sueño del protagonista que establece además interesantes conexiones con el satanismo y la brujería, aunque por desgracia no se llegan a desarrollar posteriormente de manera satisfactoria: si no se hubieran limitado a travestir el goticismo romántico y atormentado de Poe en el obvio y grotesco remedo de giallo que finalmente se nos ofrece, y hubieran seguido más el camino estilístico que esta escena sugería, que duda cabe que El gato negro habría ganado enteros en cuanto a fascinación y capacidad de sugestión se refiere. En el aspecto actoral la cosa tampoco es que sea para tirar cohetes: el habitualmente inmenso Harvey Keitel nos ofrece en esta ocasión una interpretación brusca, carente de matices y perennemente intensa que no resulta de gran ayuda a la hora de identificarnos con un personaje que, desde los primeros compases del relato, ya da sobradas muestras de estar sumido en la locura, alejándose de la manera sutil y gradual de la que hacía gala Poe a la hora de narrar el descenso a los infiernos de la demencia del protagonista principal de su historia.

En líneas generales, y aunque es indudable que resulta un ejercicio curioso para el aficionado más completista, el visionado de este film en conjunto se revela altamente decepcionante… y además, por partida doble: porque la distancia que se establece entre las expectativas que un material de partida con tanta calidad pueda llegar a crear, y lo que nos encontramos finalmente en pantalla como espectadores, es demasiado grande como para llegar a ignorarla.Los ojos del diablo se revela asimismo como el comienzo de una etapa en ambos creadores en la que, a pesar de algún que otro aislado hallazgo, resulta evidente la  incapacidad de aclimatar sus respectivas personalidades al cambiante panorama cinematográfico de las dos futuras décadas: en este aspecto, el caso de Romero fue especialmente dramático ya que sólo pudo rodar otra película más en los años 90 (La mitad oscura, 1993) y exclusivamente parece remontar el vuelo retomando una y otra vez (y de forma cada vez más rebuscada y autopárodica) el tema del muerto zombificado. En cuanto a Argento, y a pesar de ese fugaz espejismo de vuelta a los buenos tiempos que fue El síndrome de Stendhal (La sindrome di Stendhal, 1996), su carrera parece ir de mal en peor: y, aunque todas las señales así lo indiquen, esperemos que su último largometraje (su atroz adaptación de Drácula ) no haya supuesto la puntilla para una trayectoria filmíca de la que parece haberse apoderado una profunda, y dolorosamente inexplicable, decadencia.

José Manuel Romero Moreno

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  1. Muy buena reseña! Y estoy de acuerdo en todo. La fui a ver en su estreno y supuso una gran decepción, pero aun así tiene momentos y sin duda se merece al menos un visionado si te gusta el género.


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