Hasta que llegó su hora

Título original: C’era una volta il West / Once Upon a Time in the West

Año: 1968 (Italia, Estados Unidos)

Director: Sergio Leone

Productores: Bruno Cicogna, Fulvio Morsella

Guionistas: Sergio Leone, Sergio Donati a partir de una historia de Dario Argento, Bernardo Bertolucci, Sergio Leone

Fotografía: Tonino Delli Colli

Música: Ennio Morricone

Intérpretes: Henry Fonda (Frank), Claudia Cardinale (Jill McBain), Jason Robards (Cheyenne), Charles Bronson (Harmónica), Gabriele Ferzetti (Morton), Frank Wolff (Brett McBain), Paolo Stoppa (Sam), Woody Strode (Stony), Jack Elam (Snaky), Keenan Wynn (Sheriff), Lionel Stander (Barman), Frank Braña, Saturno Cerra, Robert Hossein, Antonio Molino Rojo, Al Molock, Ricardo Palacios, Lorenzo Robledo, Aldo Sambrell, Conrado San Martín, Fabio Testi…

Sinopsis: Un misterioso forastero, que tiene por costumbre tocar siempre una armónica, une fuerzas con un bandido fugado de la justicia para proteger a una joven y hermosa viuda que es acosada por un despiadado asesino que trabaja para el ferrocarril. Además, un secreto del pasado une a varios de estos personajes, existiendo sólo una forma de desvelarlo: con la muerte de (al menos) uno de ellos.

El penúltimo de los westerns dirigidos por Sergio Leone empieza enseñando sus cartas ya desde el comienzo: casi se podría decir que sus diez primeros minutos son una especie de desafío para el espectador más impaciente, como una especie de obstáculo que sólo los cinéfilos más entregados tendrán la habilidad de sortear. Es este el tiempo que el director dedica en contemplar como tres matones (Jack Elam, Woody Strode y Al Mulock) están esperando a alguien (o algo) en una destartalada estación de tren: para hacer más amena la espera, cada uno de ellos se dedicará a pasatiempos de lo más mundanos (espantar moscas, crujirse los nudillos o ponerse debajo de la gotera de una cuba para ir llenándose lentamente el ala del sombrero de agua), hasta que el silbato de un tren que se aproxima les hará parar y centrarse en la misión por la que se han desplazado hasta allí.

Sergio Leone bromeando durante un descanso del rodaje.

Sergio Leone bromeando durante un descanso del rodaje.

Es una opinión totalmente subjetiva (y, como tal, seguramente equivocada) pero estos primeros momentos de Hasta que llegó su hora me parecen una de las expresiones de cine puro más impresionantes que he tenido la suerte de ver: Leone retrata a unos pistoleros de tercera, matando el tiempo de la forma más ordinaria posible, con un manejo increíblemente elegante e hipnótico de los diferentes elementos que pueden componer una película. Sin la ayuda de apoyo musical, apenas con el sonido chirriante de un molino de viento, van pasando las parsimoniosas imágenes de los ociosos rostros de estos tipos, en uno de los más gloriosos espectáculos de la nada que se hayan visto jamás en una pantalla: la totalmente pasiva presencia de estos hombres se transforma así en una suerte de coreografía de enorme fuerza física… y todo esto, tengámoslo en cuenta de nuevo, sin oír aún en ningún momento la música de Ennio Morricone. Leone es capaz de conseguir tan admirables resultados manejando elementos de lo más insustanciales: imagináos entonces el nivel de emoción que puede llegar a lograr este hombre cuando dos (o más) hombres se enfrentan, por fin, en duelos a vida o muerte. Si te quedas atrapado por esta primera secuencia, podrás ver el resto sin problemas (parece ser la advertencia del propio autor); si, por el contrario, hace acto de presencia el aburrimiento, más te valdría quitar el DVD y dedicar tu tiempo libre a otros menesteres. Esta inicial toma de contacto con la obra maestra del spaguetti western no miente: la escena de la estación es Hasta que llegó su hora en estado químicamente puro, sólo hay que verla para hacerse una idea totalmente exacta del tipo de ritmo que va a condicionar el resto de su metraje.

Siguiendo el tono que el autor impone, todos los personajes parecen estar esquivando de continuo a la muerte: siempre vigilándose unos a otros, calculando sigilosamente cada uno de los pasos que toman, y con la proximidad fatal de la Parca en todo momento presente en sus acciones, y reflejada en esas caras que Leone sabía filmar como nadie. Si en su anterior trilogía Leone “reinterpretaba” a su manera el western clásico que adoraba desde su niñez, en Hasta que llegó su hora realiza una suma total de los elementos recurrentes del género: por ejemplo, el leitmotiv principal sobre el que gira la película, la llegada del ferrocarril y el fin de la vida en el salvaje oeste como tal, es un tema presente en decenas de films, desde El caballo de hierro hasta La conquista del Oeste; por no hablar de la obsesión de Leone por rodar varios planos en el mismísimo Monument Valley, por puro capricho cinéfilo más que por conveniencia para la propia película, ya que la mayor parte del metraje se rodó entre España y Cinecittá, lo que provoca no poca extrañeza al irse comparando la variedad de paisajes que aparecen a lo largo de la película.

En el apartado de los personajes, más que seres humanos se los puede considerar arquetipos más grandes que la vida, siempre creados a partir de otros títulos míticos: el pistolero que interpreta Fonda es de la misma estirpe de villanos desalmados que el Jack Palance de Raíces profundas o el Henry Silva de Los cautivos; Harmónica, tan magníficamente encarnado por Bronson, es un claro sosias de Johnny Guitar, y el personaje de Claudia Cardinale no desentonaría para nada como resuelta heroína de cualquier película de Howard Hawks… por no mencionar a un Jason Robards que prefigura los caracteres que encarnaría en sus, futuras en el tiempo, colaboraciones con Sam Peckinpah. Sus guionistas resucitan, con gran conocimiento, el western clásico del pasado, redefinen el del presente y se adelantan incluso unos cuantos años al que nos encontraremos en el futuro.

Leone da instrucciones a la bellísima Claudia Cardinale

Leone da instrucciones a la bellísima Claudia Cardinale

A pesar de que esta manera de tratar a los protagonistas pueda parecer simplista, no hay nada más lejos de la realidad: Leone filma a sus actores como si fueran semidioses, plenamente consciente de la carga de significado y pasado que cada uno de ellos acarrea en sí mismos, tratándolos con una delicadeza y admiración a la hora de retratarlos que no creo que ninguno de ellos haya tenido planos más cuidados en ninguna de las otras películas en las que tuvieron la oportunidad de trabajar. El director consigue también una impresionante homogeneidad en todas las interpretaciones de sus actores, a pesar de que cada uno de ellos posee un estilo diferenciado, y además vienen (tanto geográfica como profesionalmente) de lugares distintos: jugando con el estilo clásico de Fonda, el teatral de Robards, el hierático de Bronson o el más expresivo de la Cardinale, se consigue sacar lo mejor de cada uno de ellos, logrando además que intérpretes tan dispares encuentren una sintonía que conecta totalmente con esa frecuencia tan especial que el italiano quería que distinguiera a la película.

Dicho claramente, este es un film que impone su característico estilo por encima de cualquier otro elemento: es manierista hasta decir basta, y tiene un concepto de la filmación donde es más importante que el plano quede bonito y no tanto que encaje dentro de una supuesta realidad. Ello provoca no pocas paradojas espacio-temporales en algunos momentos algo confusos; pero ya desde la primera, y fantasmal, aparición de Bronson uno se va haciendo a la idea de que está viendo cualquier cosa menos un western realista. Hasta que llegó su hora pertenece a ese reducido grupo de películas como 2001: Una odisea del espacio, Apocalypse now o El gatopardo, que de cuando en cuando te pones por el simple placer de mirarlas: casi no importan la historia, ni los actores o los diálogos.

Una cosa que posee vital importancia en esta clase de films es la presencia de la música, y en éste que nos ocupa mucho más que en cualquier otro. Dejando aparte el hecho de que, con toda seguridad, sea una de las mejores bandas sonoras compuestas para el cine, aquí la música es un elemento totalmente activo y con un protagonismo y relevancia como pocas veces ha disfrutado: aunque es bastante obvio que Harmónica se comunica sobre todo a través de su instrumento, todos los demás personajes hacen exactamente lo mismo al asignarles Morricone su propio e intransferible tema musical, lo que unido al estilo eminentemente visual de Leone hace que se expresen de manera mucho más elocuente de esta manera que hablando… y aunque los pocos diálogos que hay son bastantes buenos, incluso te llegan a estorbar cuando finalmente te acostumbras a esta forma tan audaz de comunicación con lo que piensan los personajes. Hasta que llegó su hora supone una de esas raras ocasiones en que imagen y música son totalmente inseparables entre sí, formando un todo totalmente uniforme como obra cinematográfica: sin ir más lejos, Stanley Kubrick le confesó al propio Leone lo mucho que le había influido a la hora de rodar su también magnífica Barry Lyndon.

José Manuel Romero Moreno

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